domingo, 15 de abril de 2018

Semblanza de Claudio


Claudio. Siglo I d.C. Madrid, Museo Arqueológico Nacional
Fuente: De Anónimo - Fotografía: Luis García (Zaqarbal), 14 de mayo de 2006., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=790441

Las fuentes antiguas en general no son mucho más benévolas con Claudio de lo que lo fueron los miembros de su familia. Algunos lo juzgan con suma severidad, frivolizando sobre los problemas físicos que padecía el emperador desde su cuna. La historiografía moderna ha intentado rescatar su figura y lo definen como una persona muy inteligente, culto y buen gobernante. Estas contradicciones hacen que el cuarto emperador romano siga siendo un enigma en nuestros días.
Lo cierto es que la difícil infancia y adolescencia de Claudio influyeron notablemente en su carácter como adulto, convirtiéndolo en un hombre extremadamente miedoso y desconfiado, a pesar de que en su círculo más cercano se comportaba como alguien aparentemente manipulable. También se irritaba con frecuencia y se dejaba dominar por la cólera. Sin embargo, también nos cuentan sus biógrafos que era generoso, accesible, que incluso comía y reía con la plebe de vez en cuando y que, en múltiples ocasiones, pedía perdón tras algún ataque de ira.
Claudio con corona cívica. Siglo I d.C. Nápoles. Museo Archeologico Nazionale

Físicamente cuenta Suetonio que “su figura no carecía de prestancia ni de nobleza, pero eso cuando estaba de pie o sentado, y especialmente cuando descansaba, pues era un hombre alto y corpulento, de bello aspecto y hermosos cabellos blancos, dotado de un poderoso cuello; sin embargo, al caminar, las rodillas le flaqueaban, pues las tenía débiles, y cuando desarrollaba cualquier actividad, de recreo o en serio, muchos defectos le afeaban: una risa inconveniente, que llenaba de espuma su boca dilatada y le humedecía las narices, una cólera aún más indecorosa, un hablar entrecortado, y un temblequeo de cabeza que aun siendo constante, se acentuaba  mucho más al menor gesto” (Vida de Claudio, 30, 1). Los retratos que no han llegado de Claudio no muestran un gran atractivo físico, mientras que el resto de patologías que describe el historiador, serían consecuencia de las múltiples enfermedades que padecía. Séneca añade despectivamente que su voz no pertenecía a ningún animal terrestre y que sus manos también eran débiles.

Claudio. Siglo I d.C.- Roma. Museos Vaticano
Fuente: By Unknown - Jastrow (2003), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1308269

El origen de la enfermedad que padeció en su infancia continúa siendo un misterio, aunque los historiadores actuales concluyen que pudo padecer algún tipo de parálisis cerebral, poliomielitis o esclerosis múltiples, que no afectaron a sus capacidades mentales aunque sí le provocaron múltiples problemas de salud como cojera, tartamudez y otros síntomas como los que describe Suetonio.
No obstante, según este último, desde que se convirtió en Príncipe gozó de una excelente salud, salvo por los dolores de estómago que padecía, tan atroces que a veces le hacían pensar en el suicidio. No por ello perdió sus ganas de comer y beber, siendo su costumbre no retirarse del comedor hasta que no estaba harto.
El filósofo Séneca, enviado al exilio por Claudio, se burló cruelmente de él tras su muerte en su obra Apocolocyntosis divi Claudii (La Calabacificacion del divino Claudio) en la que en lugar de una apoteosis a los altares auguraba al emperador su conversión en calabaza, siendo presentado grotescamente como un espíritu débil sometido a sus libertos y a sus esposas. A pesar de ello, Claudio fue el primer emperador, después de Augusto, proclamado Dios. No hay mejor testimonio de un buen gobierno.

Claudio como Júpiter. Siglo I d.C. Museos Vaticano. Roma 2011

Por eso, a pesar del perfil negativo sobre Claudio que reflejan las obras clásicas, nadie puede dudar que fuera un excelente administrador, un gran constructor, un considerable expansionista en política extranjera (pues a pesar de su poca formación militar conquistó Britania) y un incansable legislador, que presidía personalmente los tribunales y que promulgó 20 edictos en un día. Pero su situación inestable en el poder le hacía ver conjuras por todos lados, por lo que condenó a muerte a muchos senadores y nobles que lo habían aceptado a mala gana como su Príncipe. Estos, y sus descendientes, fueron los que escribieron las crónicas que han llegado hasta nuestros días.

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