martes, 8 de noviembre de 2016

La sucesión: Augusto y Tiberio

El talón de Aquiles del Principado y la cuestión que más intensamente llenó de amargura la vida de Augusto fue sin duda alguna la sucesión. Desafortunadamente, no pudo conseguir su gran anhelo: dejar las riendas del Imperio y la salvaguarda de Roma a alguien de su sangre en quien confiara plenamente, pues una y otra vez el destino frustró sus planes.
Augusto, que sólo tenía una hija natural nacida de su primer matrimonio (Julia), nunca quiso divorciarse de Livia (con quien no tuvo descendencia), anteponiendo por primera y última vez en su vida sus sentimientos por encima del bienestar de Roma, poniendo de manifiesto el gran amor que sentía por su tercera esposa, pues creía poder encontrar un heredero en la descendencia de su hija.


Marcelo. 25-20 a.C. Roma. Fondazione Sorgente Group


          Por eso, en primer lugar la casó con su sobrino Marcelo, hijo de su hermana Octavia, y al morir éste prematuramente, con su gran amigo y colega de gobierno Marco Vipsanio Agripa. De este segundo matrimonio nacieron 5 hijos, entre los cuales Augusto favoreció y reconoció como herederos suyo a los dos mayores: Cayo y Lucio César. No obstante, desaparecidos  éstos también en la flor de la vida, el emperador ya anciano no tuvo más remedio que volver los ojos a la descendencia de su esposa Livia. Muerto en 9 a.C. con sólo 29 años Druso, el preferido de Augusto entre sus dos hijastros, el emperador optó por la última persona que hubiera deseado para regir su Imperio: Tiberio.
De este modo, el 26 de mayo del año 4 d.C, Augusto adoptó al hijo mayor de Livia, dejando claro que su decisión obedecía únicamente a “razón de Estado”, tal  y como recoge Suetonio (Vida de Tiberio, 21,3). Esta reticencia no nace del hecho que Tiberio no fuera un competente administrador ni un experimentado militar, sino más bien de la animadversión que Augusto sentía hacia él. Por ello, le obligó a adoptar al hijo de su hermano Druso, Germánico a pesar de que Tiberio ya tenía un hijo propio, intentando de alguna manera asegurar la sucesión en los hijos de éste que eran a su vez bisnietos suyos (al estar casado Germánico con su nieta Agripina la Mayor).


Cayo (en primer plano) junto a Lucio, ambos heroizados, flanquean a Augusto, que parece contemplar sus sueños rotos. Siglo I d.C. Corinto. Museo Archeologico

En el prólogo de su testamento Augusto nuevamente vuelve a subrayar: “Como el destino me arrebató cruelmente a mis hijos Cayo y Lucio, Tiberio heredará dos tercios de mis propiedades” (Suetonio. Vida de Tiberio, 23), dejando claro a todos que su hijastro mayor no era su candidato predilecto.
Todas las fuentes coinciden en que Augusto fue siempre muy cariñoso con sus seres queridos no dudando en demostrar públicamente su gran afecto por su hija, por sus sobrinos, por sus nietos e incluso por su hijastro Druso y sus hijos. Sin embargo, jamás manifestó demasiado afecto por el hijo mayor de Livia.
Es cierto que el carácter taciturno y reservado del joven no favorecía mucho su relación con la mayoría de la gente o que Augusto, con su gran perspicacia, ya adivinara el germen del lado siniestro de la personalidad de Tiberio; no obstante, quiero analizar la relación entre ambos intentando no ser injusta con éste último.
Tiberio tuvo una infancia difícil pues siendo aún muy pequeño tuvo que huir y vivir escondido debido a que su padre, Tiberio Claudio Nerón, había luchado primero al lado de los asesinos de César en la batalla de Filipos y, más tarde, junto a Lucio Antonio (hermano del triunviro) en el asedio de Perugia teniendo en frente siempre al que con los años se convertiría en su padrastro.  Cuando Octavio se casó con su madre, el niño, de tan sólo cuatro años, fue apartado de ésta y mandado a vivir con su padre. Sólo tras el fallecimiento de éste, se le permitió regresar junto a ella, teniendo que adaptarse a una nueva vida en la casa imperial y estando desde entonces expuesto a la opinión pública, algo no compatible con su carácter introvertido. Así y todo, Augusto no dudaba de mostrar a la vista de todos la preferencia por otros miembros de la familia como Marcelo o Agripa.


Julia y Tiberio en el Ara Pacis Augustae. 12-9 a.C. Roma 2013

Tres hechos marcaron claramente su vida y determinaron el endurecimiento de su carácter: el divorcio de su primera esposa Vipsania, a quien amaba profundamente, obligado por Augusto para que contrajera matrimonio con su hija, la muerte de su hermano Druso el mayor, a quien estaba muy unido y, en tercer lugar, las escandalosas infidelidades de su esposa Julia.
Estos acontecimientos, corroyeron lo bueno que pudiera haber en el espíritu de Tiberio convirtiéndolo en un ser cada vez más huraño e intratable, capaz de  contravenir los deseos de Augusto en algunas ocasiones, como la vez que se encontró con Vipsania tras su separación o cuando abandonó la vida pública y se exilió a Rodas, dejando al emperador sin ningún colega experimentado para que le ayudara a gobernar. Estos desaires no los digirió muy bien un emperador acostumbrado a que todo el mundo acatara su voluntad.


Detalle de la Gemma Augustea en la que aparecen Augusto y Tiberio. 9-12 d.C. Viena. Kunsthistorisches Museum

        Así y todo, la relación entre ambos siempre fue correcta, al menos en apariencia, tal y como ha quedado patente en los extractos epistolares que se conservan de la correspondencia entre ambos. Como por ejemplo cuando Augusto contesta a su hijastro ante la cólera de éste por los comentarios vertidos por algunas personas en contra del emperador  “No te dejes llevar en este asunto, mi querido Tiberio, por tu edad ni te indignes demasiado porque haya alguien que hable mal de mí; basta con que logremos que nadie pueda perjudicarnos” (Suetonio. Vida de Augusto. 51.3) o en este otro fragmento en el que Augusto le refiere muy informalmente  su suerte en una partida de dados: “Nosotros, mi querido Tiberio, hemos pasado bastante agradablemente las Quincatrias (Festival dedicado a Minerva); jugamos en efecto, durante todos estos días y calentamos la mesa de juego. Tu hermano puso el grito en el cielo; sin embargo, al final, no perdió mucho, sino que poco a poco, y contra lo que esperaba, se recuperó  de sus grandes pérdidas. Yo perdí 20.000 sestercios por mi cuenta, pero porque fui, como acostumbro las más de las veces, ampliamente liberal en el juego, pues, si hubiese exigido a cada jugador las puestas las puestas que le perdoné o hubiese conservado el dinero que les di, habría ganado hasta 50.000 sestercios. Pero lo prefiero: mi bondad me llevará, desde luego, a la gloria celeste” (Suetonio. Vida de Augusto. 71.3).
No obstante, las cartas entre ellos no pueden considerarse al mismo nivel de emotividad que las enviada por el emperador a sus nietos Cayo y Lucio: “Saludos, Cayo mío, mi querido burrito,  sólo el cielo sabe lo mucho que te echo de menos cuando estás lejos de mí. Pero sobre todo en días como hoy mis ojos anhelan a mi Cayo y, donde quiera que hayas estado, espero que hayas celebrado mi sexagésimo cuarto cumpleaños con salud y felicidad. Imploro a los dioses que el tiempo que me queda de vida lo pase contigo sano y bien, con nuestro Imperio prosperando, y tú y Lucio contribuyendo a ello como hombres y preparándoos para sucederme en el deber de proteger al Estado” (Aulo Gelio. Noches Áticas. 15. 7, 3).


Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticano

 Suetonio aporta algunos datos más sobre la animadversión de Augusto hacia Tiberio. Según él, era de creencia extendida que después de la última conversación entre ambos en el lecho de muerte de Augusto, el moribundo emperador exclamó cuando su hijastro abandonó la sala: “¡Pobre pueblo romano, que destinado a ser devorado por una mandíbula tan lenta!” (Vida de Tiberio. 21.2). En esa línea añade Suetonio que le habían contado que “Augusto condenó abierta y claramente la crueldad del carácter de Tiberio, llegando a interrumpir a veces las conversaciones más relajadas e hilarantes cuando él se acercaba, pero que consintió en adoptarlo vencido por los ruegos de su mujer, o incluso movido por la ambición de hacerse añorar más en el futuro con semejante sucesor” (Vida de Tiberio. 21.2).
Todas estas opiniones pueden haber estado influidas por la leyenda negra que acompañó a Tiberio tras convertirse en emperador, pues antes de ocupar el trono imperial el hijo de Livia siempre se comportó de manera muy prudente, reprimiendo la violencia y crueldad que anidaban en lo más profundo de su ser. En caso contrario, probablemente hubiera acabado desterrado por su carácter agresivo en una isla de por vida como Agripa Póstumo. De hecho ni el mismo Suetonio lo cree del todo pues él mismo continúa diciendo: “Sin embargo, no me puedo creer que un príncipe tan precavido y prudente haya hecho nada a la ligera, sobre todo en un asunto de tamaña magnitud; más bien me inclino a pensar que, después de haber examinado atentamente los vicios y las virtudes de Tiberio, halló estas últimas superiores” (Vida de Tiberio. 21.3). Está claro que aunque Augusto no sentía una gran afinidad con Tiberio, era lo mejor que le quedaba, no dudando en reconocer la gran valía de su hijastro en temas de administración y al frente del ejército.  Para reforzar su teoría Suetonio plasma algunos fragmentos de cartas que le envío Augusto: “Adiós, gentilismo Tiberio, que tengas éxito en tu empresa. Adiós, gentílisimo y ¡por mi dicha más valeroso varón y experto general. ¡Qué perfecta organización la de tus campañas de verano!. Yo ciertamente, mi querido Tiberio, considero que, entre tus circunstancias difíciles y tal abatimiento de las tropas, nadie habría podido comportarse con más prudencia que tú. También aquellos que estuvieron a tu lado confiesas unánimemente que se te puede aplicar aquel famoso verso: un solo hombre, permaneciendo alerta, nos ha restablecido la situación”. O esta otra un tanto más cariñosa, motivada en parte por el gran temor del príncipe en sus últimos años de vida de perder su última opción: “Cuando oigo y leo que estás extenuado por el trabajo continuo, los dioses me pierdan si mi cuerpo no se estremece; cuídate te lo ruego, para que no muramos tu madre y yo si nos enteramos de que estás enfermo, y el pueblo romano no vea comprometida la supremacía de su Imperio. Nada importa que yo esté bien o no, si tú no lo estás. Pido a los dioses que te nos conserven y permitas que sigas bien ahora y siempre, si es que no odian al pueblo romano” (Vida de Tiberio. 21.4-7).


Tiberio. Siglo I d.C. Venezia. Museo Nazionale

Así y todo, en su testamento al adoptar a Livia y convertirla en miembro de pleno derecho de la gens Julia, volvió a mostrar su recelo hacia Tiberio pues temía el comportamiento de su hijastro hacia su amada esposa una vez ostentara el poder absoluto. El deterioro de la relación entre madre e hijo corroborarían sus temores.
Para concluir, tengo que decir que Suetonio no se equivocaba del todo cuando habla de la vanidad de Augusto al dejar un sucesor peor considerado que él. Realmente, aunque sin ser la verdadera intención del Príncipe, el pueblo romano sintió profundamente su pérdida, pero lo lloró mucho más cuando emperador tras emperador se iban sucediendo uno peor que el anterior. 

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