martes, 25 de abril de 2017

Tiberio en Capri: Villa Jovis

“El César, tras dedicar los templos de Campania, no sólo advirtió por un edicto que nadie perturbara su descanso, alejando por medio de soldados puestos al efecto la afluencia de ciudadanos, sino que, hastiado de los municipios y colonias y de todos los lugares del continente, se escondió en la Isla de Capri, separada del extremo del promontorio de Sorrento por un estrecho de tres millas. Me inclino a creer que le gustó especialmente su soledad, porque su litoral no tiene puertos y apenas ofrece unos pocos refugios para embarcaciones pequeñas; además es imposible arribar a ella sin que se enteren quienes la guardan. El clima es suave en invierno por la protección de un monte que detiene la fuerza de los vientos; su verano, vuelto al céfiro, es muy agradable también por el mar abierto que la rodea; además miraba a una bahía hermosísima antes de que la erupción del Vesubio cambiara el aspecto del lugar.[…] Tiberio se instaló allí ocupando doce enormes villas con nombres distintos” (Tácito. Anales. Libro IV, 67, 1-3).


Restos de Villa Jovis.

Villa Jovis (Villa de Júpiter) con sus 7.000 m2, era la más grande de las 12 nombradas por Tácito. Se situaba al noreste de la isla, en la cima del Monte Tiberio, a 334 metros de elevación, en la segunda cumbre más alta de la Isla.
El palacio no sigue el esquema de las residencias de ocio romanas, sino que se inspiraba en modelos arquitectónicos helenísticos adaptados a las funciones de gobierno. Se construyó varias terrazas con una elevación de aproximadamente 40 metros. El imponente edificio se divide en cuatro zonas perfectamente diferenciadas:
  • El ala norte destinada a la vivienda.
  • El ala sur era el complejo administrativo. En sus inmediaciones se situaba un faro.
  • El ala este se utilizaba para las recepciones oficiales.
  • El ala oeste se componía de un entramado de muros abiertos desde el que se obtenían espectaculares vistas.
    Debido a las dificultades para surtir de agua la villa, los ingenieros crearon un complejo sistema para garantizar la recolección del agua de la lluvia que recalaba en una gran cisterna.


Reconstrucción de Villa Jovis según Carl Weichardt (siglo XIX)
Fuente: By Carl Weichardt (1846-1906), German architect - Book "Das Schloß des Tiberius und andere Römerbauten auf Capri" from C. Weichardt, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15201747


           Aún se conserva parte del pavimento original de ladrillo, un vestíbulo con cuatro columnas y otro que da paso a tres estancias, de las que la central es el Caldarium. De las cinco estancias del piso superior sale una escalera hasta lo más alto de la villa, donde se encontraban los aposentos imperiales, formados por varias estancias con magníficos pavimentos polícromos y una terraza. Encima del mar se sitúa la loggia imperial donde aún se conservan los restos de un Specularium usado para la observación astronómica o como atalaya.
No obstante la magnificencia del edificio, Villa Jovis es famosa sobre todo por los relatos de Suetonio que narran como Tiberio se abandonó entre sus muros a una desenfrenada vida sexual durante los últimos años de su vida y que dieron lugar al nacimiento de la leyenda negra en torno a la figura del emperador. Tácito únicamente refiere sobre la vida de Tiberio en Capri que “cuanto más dedicado estaba antaño a los negocios públicos, tanto más se entregó entonces a excesos ocultos” (Anales. Libro IV, 67, 3).  Sin embargo Suetonio profundiza diciendo que “con la libertad que le ofrecía  el aislamiento y lejos, por decirlo así, de los ojos de la ciudad, dejó por fin salir al exterior todos los vicios que durante tanto tiempo apenas había logrado disimular. Hablaré de ellos, uno por uno desde el principio. En el campamento cuando era todavía soldado bisoño, su exceso apego al vino hacía que le llamaran Biberio, en lugar de Tiberio, Caldio, en vez de Claudio, y Merón, por Nerón”. (Suetonio. Vida de Tiberio. 42, 1).



Grabado francés de Villa Jovis

Continúa Suetonio narrando que “en su retiro de Capri (Tiberio) ideó incluso unos aposentos, sede de obscenidades secretas, donde grupos de muchachas y de jóvenes licenciosos reclutados por doquier, junto a los monstruosos espintrias, unidos de tres en tres fornicaran sucesivamente ante su vista, para excitar de este modo sus apagados deseos. Instaló alcobas por todas partes  y las adornó con cuadros y estatuillas de los más lascivos asuntos, equipándolas además con los libros (pornográficos) de Elefántide, para que todo el mundo tuviera, al ejecutar su cometido, un modelo de la postura que se le ordenaba tomar. Se le ocurrió también disponer en bosques y prados diversos parajes consagrados a Venus y distribuir por cuevas y grutas jóvenes de uno y otro sexo que se ofrecían al placer vestidos de faunos y de ninfas; de ahí que todo el mundo le llamará ya abiertamente “Caprineo”, haciendo un juego de palabras con el nombre de la isla”. (Vida de Tiberio. 43). A estos vicios Suetonio suma el más execrable de todos, el de la pedofilia.
Sin embargo, el mismo autor duda de la veracidad de las historias que se contaban sobre el emperador pues como recoge en el capítulo 44 de la Vida de Tiberio “se le atribuían vicios aún peores y más indignos, de tal naturaleza que apenas es lícito exponerlos u oírlos contar, y menos aún creerlos”. La supuesta desenfrenada vida sexual de Tiberio en Capri aún hoy es objeto de debate.
Suetonio agrandó aún más la leyenda negra de Tiberio en Capri haciendo hincapié en su supuesta crueldad: “Aún puede verse en Capri el lugar donde realizaba sus torturas; desde allí ordenaba arrojar al mar en su presencia a los condenados, después de haberlos sometido a largos y refinados tormentos; un grupo de marineros recogían después los cadáveres y los destrozaban a golpe de remos hasta que no les quedara el menor aliento” (Vida de Tiberio, 62, 2). El acantilado en cuestión se conoce aún hoy como Salto de Tiberio. No obstante, la leyenda ha sido refutada pues se ha demostrado que un cuerpo lanzado desde una altura de 300 metros no acabaría en el fondo del mar sino que se estrellaría contra las rocas. También el escritor francés Maxime du Camp tiró por tierra la macabra historia al lanzar piedras de diversos tamaños y formas por el acantilado comprobando que una tras otras se estrellaban contra las rocas sin caer nunca al mar.

Salto de Tiberio, junto a la Villa Jovis

El primer pensador que reivindicó la figura de Tiberio fue Voltaire en el siglo XVIII y la historiografía contemporánea sigue la línea del gran pensador francés. Varias teorías según mi opinión los confirman. En primer lugar, tras el divorcio de Julia, no se le conoce al emperador ningún interés sexual por mujer ni hombre alguno ¿por qué deberían haber salido sus “verdaderas inclinaciones” a una edad tan avanzada en la que el deseo decae, habiendo sido tan parco sexualmente durante toda su vida?. Otra evidencia a favor de la falsedad de las afirmaciones de Suetonio es que entre los restos arqueológicos de Villa Jovis no se han encontrado vestigios de ningún tipo de índole sexual, tan abundantes por ejemplo entre las ruinas de las ciudades vesubianas como Pompeya. También es extraño que sólo éste autor haya reflejado los hechos con tanta minuciosidad en los detalles.
Cierto es que Tiberio no fue nunca especialmente amado por el pueblo, principalmente debido a su carácter introvertido y retraído que lo alejaban del de su antecesor Augusto, tan afable y siempre cercano a todos. A Tiberio le gustaba la soledad y la vida de aislamiento que le ofrecía la Isla de Capri, incrementada por las medidas de seguridad que él impuso tras la conspiración de Sejano. Ello, unido a la mala fama que le dio su sometimiento a Livia, la muerte de Germánico y el poder que concedió a Sejano selló su impopularidad, hasta el punto de haber sido víctima de tan atroces acusaciones, que ciertas o no, marcaron la opinión que de él tenían sus conciudadanos y que aún hoy lo acompañan.

martes, 18 de abril de 2017

Últimos años del gobierno de Tiberio

Todos los juicios por traición y los asesinatos que se produjeron tras la caída de Sejano dañaron para siempre la imagen y la reputación de Tiberio. Desde la muerte del Prefecto del Pretorio, el emperador incrementó su reclusión en Capri y se desinteresó por completo del arbitraje del Estado. “Una vez de regreso en su isla, hasta tal extremo se despreocupó de las tareas de gobierno que, a partir de ese momento, no volvió a cubrir las bajas en las decurias de los caballeros, no cambió a ningún tribuno militar o prefecto ni a ningún gobernador de provincia, tuvo a Hispania y Siria durante varios años sin legados consulares, y dejó que los partos ocuparan Armenia, que los dacios y sármatas devastaran Mesia y los germanos las Galias, con gran deshonra y no mayor peligro del Imperio” (Suetonio. Vida de Tiberio. 41). No obstante lo recogido por el autor de las Vidas de los Doce Césares, el Imperio continuó funcionando sin problema gracias al perfecto engranaje burocrático creado por Augusto. Del mismo modo, las invasiones bárbaras mencionadas no fueron de gran envergadura.


Ruinas de Villa Jovis, residencia de Tiberio en Capri. Siglo I d.C.

Esta dejación de funciones le hizo ganarse el odio del pueblo, acostumbrado a la gran actividad en todos los ámbitos llevada a cabo por Augusto, que estuvo trabajando por la hegemonía de Roma hasta el último día de su vida. A pesar de todo, Tiberio no fue un mal emperador pues fortaleció el Imperio y aumentó considerablemente el Tesoro del Estado.
Los últimos años de su vida estuvo acompañado por sus nietos: el adoptivo Cayo Calígula (único superviviente de los hijos varones de Germánico) y el biológico, Tiberio Gemelo (hijo de Druso el menor), potenciales herederos al trono imperial. En la línea de su pasividad, Tiberio no dejó ninguna disposición para facilitar la sucesión. A pesar de ello, la popularidad de Calígula había empezado a subir hasta límites insospechados durante ese período.
El emperador se volvió paranoico, observando un miedo atroz a ser asesinado, de ahí que siempre estuviera rodeado de soldados y aumentara su aislamiento. Incluso un edicto imperial prohibía acercarse ni siquiera desde lejos a Tiberio, obsesionado con conjuras que buscaban su muerte.
En alguna ocasión intentó volver a Roma pero arrepentido se dio la vuelta sin llegar a entrar en la ciudad. “Durante todo el tiempo que duró su retiro, sólo intentó regresar a Roma dos veces; la primera llegó en trirreme hasta los jardines cercanos a la naumaquia, después de haber repartido por las orillas del Tíber puestos de guardia encargados de alejar a las personas que venían a su encuentro; la segunda avanzó por la Vía Appia hasta el séptimo mojón. Pero, después de haberse limitado a divisar de lejos los muros de la ciudad sin acercarse a ellos, volvió sobre sus pasos; en la primera ocasión, no se sabe por qué motivo; en la segunda, espantado por un prodigio. Tenía entre sus diversiones una serpiente dragón; pues bien, cuando iba a darle de comer en la mano según su costumbre, se la encontró devorada por las hormigas, y se le advirtió que se cuidara de la violencia de la multitud. Así, volvió apresuradamente a Campania” (Suetonio. Vida de Tiberio. 72.).



Busto de Tiberio. Siglo I d.C. Colonia. Romish-Germanisches Museum
Fuente: By Carole Raddato from FRANKFURT, Germany - Tiberius, Romisch-Germanisches Museum, CologneUploaded by Marcus Cyron, CC BY-SA 2.0, 

Así, Tiberio no volvió a traspasar en vida las murallas de Roma. Esta forma de comportase propició el nacimiento de su leyenda negra, aquella que lo convirtió en un anciano lujurioso entregado a vicios y excesos inimaginables; todos esos rumores arruinaron para siempre su encomiable labor como administrador, a pesar del esfuerzo de los historiadores actuales por recuperar su figura.

martes, 11 de abril de 2017

Tiberio y el proceso a Jesús

“Aquel de quien toman nombre (los cristianos), Cristo, había sido ejecutado en época de Tiberio por el procurador Poncio Pilatos” (Tácito. Anales. Libro XV. 44.3).

Cristo ante Pilatos. Duccio di Buoninsegna. 1308. Siena. Museo dell’Opera del Duomo

De esta manera, a comienzos del siglo II d.C., Tácito hacía referencia a que Cristo fue ajusticiado en tiempo de Tiberio. Los Evangelios también aluden a Tiberio, no obstante sólo es nombrado una vez por San Lucas en su Evangelio en un fragmento dedicado a la predicación de Juan el Bautista “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilatos procurador de Judea y Herodes tetrarca de Galilea […] fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías en el desierto” (Evangelio según San Lucas. 3,1-2). Aunque en el Nuevo Testamento se hace referencia muchas veces a la figura del César, no se nombra más a Tiberio explícitamente.
Llegado este punto me gustaría analizar someramente hasta que punto el emperador tuvo conocimiento del proceso que se llevó a cabo en Oriente y la responsabilidad de Roma en el mismo. El problema para estudiar el asunto con rigor histórico es que las fuentes son escasas y muchas de ellas nos remiten a escritores cristianos de siglos posteriores de dudosa fiabilidad.
En tiempos de Augusto, Judea había sido anexionada como provincia romana en el año 6 d.C. Desde ese momento, Roma quitó al Sanedrín (órgano supremo del pueblo judío) la competencia de ejecutar las sentencias a muerte, por lo que a partir de ese año las condenas a muerte por parte de los judíos se consideraban ilegales. En esta línea, Flavio Josefo (que vivió entre 37 y el 97 d.C.) en “Las Antigüedades de los judíos” señala que “Pilatos, ante la denuncia de los primeros hombres entre nosotros, le condenó a la cruz” (Libro XVII). Josefo era judío y en este párrafo hace alusión a como Pilatos promovió la ejecución de Jesús a instancias de la denuncia de las autoridades judías (a los que se refiere el autor como primeros hombres entre nosotros).
Pilatos fue designado como prefecto de Judea por Sejano, que sentía un gran odio hacia a los judíos. De ahí que la política del primero en la zona fuera contraria a ellos, chocando frecuentemente con los intereses judíos. Por ejemplo, cuando intentó colocar clandestinamente en el ángulo del templo de Jerusalén estandartes militares con las imágenes de Augusto y Tiberio. Esto originó grandes protestas por parte de los judíos que le obligaron a ceder, teniendo que trasladar las imágenes a Cesárea. Pero en otras ocasiones, los desafíos del prefecto acabaron en graves revueltas, como cuando construyó un acueducto con la tesorería del templo.

Piedra de Pilatos. Su descubrimiento demostró la vericidad del personaje de Pilatos, que dedica un edificio a Tiberio. Siglo I d.C. Jerusalén. Museo de Israel

       ¿Por qué entonces Pilatos se puso del lado de las autoridades judías en el proceso contra Jesús? Hay quien relaciona su decisión de ceder ante ellos para intentar salvar su vida debido a sus vinculaciones con Sejano, pues si liberaba al reo, Tiberio podía considerar su intervención como alta traición, en caso de que los judíos lo denunciaran ante el emperador por interceder ante un hombre que se proclamaba rey y desdeñaba la autoridad imperial. Así, evitando disturbios en Judea, Pilatos pasaba desapercibido y evitaba ser mandado llamar a Roma, donde podría relacionársele con Sejano. Por otro lado, tras la muerte de su colega de gobierno, Tiberio ordenó cambiar en Oriente a una política más favorable hacia las costumbres judías.
Esto deja claro que lo que primó en el proceso de Jesús fueron las presiones judías y la sumisión a los bajos intereses de la política, verdaderos culpables de la sentencia de muerte contra el que empezaban a llamar Cristo, a quien según los evangelios el propio Pilatos consideraba inocente “Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho pues que merezca la muerte” (Evangelio según San Lucas, 23, 14-17). El único delito de Jesús fue que su creciente popularidad ponía en jaque a las autoridades judías.
A pesar de este convencimiento Pilatos permitió que Jesús fuera crucificado, por lo que esta acción le otorga la responsabilidad última de la muerte del proclamado Mesías. El prefecto de Judea prefirió condenar a un inocente antes que afrontar los posibles problemas que podía ocasionarle el inicio de una revuelta judía que hiciera que su nombre sonara en Roma y, consecuentemente, podría suponerle un probable ajusticiamiento por sus vínculos con Sejano, si era llamado ante el  César.


Pilatos se lava las manos ante Cristo. Maestro de Cappenberg.1520.

En cuanto a Tiberio, es imposible determinar su conocimiento del asunto, tanto más cuando las fuentes principales romanas no mencionan ningún tipo de interés en él, más allá de lo que sugiere Tácito. Sabemos nuevamente por Flavio Josefo que en el 36 d.C. Pilatos fue destituido de su cargo y enviado a Roma para que diera cuentas ante Tiberio de una matanza que había llevado a cabo entre los samaritanos tras reprimir brutalmente una revuelta provocada por éstos. Antes de llegar a la capital del Imperio, Tiberio había fallecido. Nunca podremos saber qué datos nos hubiera ofrecido el encuentro entre los dos si hubiera tenido lugar. Desde ese momento la figura de Pilatos se pierde en la oscuridad de los siglos.
¿Es posible que el Prefecto de Judea haya realizado un informe para el emperador? No es improbable del todo, puesto que todos los asuntos orientales eran mirados con lupa por Roma, debido a la conflictividad de sus fronteras; mucho más en un caso de alta traición, como era considerada la causa de Jesús y que además supuso el nacimiento de una nueva religión. En caso de haber sido así, es dudoso que el anciano Tiberio prestara mucha atención al asunto, de lo contrario hubiera sido referido por algunos de sus biógrafos.



Cristo Crucificado. Diego de Silva Velázquez. 1632. Madrid. Museo del Prado
Fuente: De Diego Velázquez - [1], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4214227

    Según Tertuliano, hijo de un centurión convertido al cristianismo, que vivió a caballo entre los siglos II y III d.C., Tiberio habría propuesto al Senado el reconocimiento de un nuevo culto nacido dentro del judaísmo “Pilatos, que era cristiano en su conciencia, comunicó todos los hechos referentes a Cristo al entonces emperador Tiberio” y continúa “después Tiberio, bajo cuyo reinado el nombre de cristiano apareció por primera vez en el mundo, sometió al Senado los hechos que le habrían sido referidos desde Siria y Palestina, hecho que habría puesto de relieve la verdad de la divinidad de Cristo, y manifestó su parecer como favorable. Pero el Senado, no habiendo podido verificar por sí mismo los hechos, votó negativamente. Pero el César persistió en su convencimiento y amenazó con castigar a los acusadores de los cristianos”No obstante, esta fuente es incierta, pues la verdad es que en estos primeros momentos la doctrina cristiana no se diferenciaba mucho de la judía.

domingo, 2 de abril de 2017

Apicio, un gastrónomo en época de Tiberio

Para quien siempre me alienta a explorar nuevos y sugestivos horizontes.

Marco Gavio Apicio fue un curioso personaje que vivió entre finales del siglo I a.C, y el siglo I d.C. Nació probablemente el año 25 a.C. y tuvo un estrecho vínculo con la familia imperial, sobre todo en tiempos de Tiberio. Aunque no hay datos fidedignos sobre su vida, corrían rumores en Roma de que había sido amante de un jovencísimo Sejano, a quien no le importó prostituirse para saciar su desmedida ambición. También es posible que fuera el padre de la esposa de aquel, Apicata, y amigo de Druso, el hijo del emperador.
Sin embargo, por lo que ha pasado a la historia es por ser, posiblemente, el autor de uno de los primeros libros de recetas de la historia: De re coquinaria.


Fresco del triclinio de la Casa de los Castos Amantes. Siglo I a.C-I d.C. Pompeya

Lo que nos cuentan las fuentes antiguas es que Apicio era un afamado gastrónomo, cuya vida de desenfreno y extravagancia no conocieron igual en su época. Poseedor de una inmensa fortuna, la dilapidó en Bacanales y en suntuosos banquetes en los que hacía apología de su lujuriosa pasión hacia la comida, buscando siempre los alimentos más refinados.
Su obsesiva búsqueda de nuevos manjares le llevaron a crear recetas extraordinarias como el paté, elaborado a partir de hígado de patos engordados con higos. Igualmente experimentó alimentando a las truchas y cerdos con higos secos y vino mezclado con miel para que su hígado fuera más sabroso. Ateneo cuenta que fletó un barco para comprobar si las quisquillas (especie de gamba) de Libia eran las más grandes conocidas. Decepcionado por el tamaño de las mismas ni siquiera bajó a tierra.
Fue a partes iguales amado y odiado. Llegó a tener sus propios seguidores, los apicianos, que se dedicaban a los placeres de la mesa. Por el contrario, gozó de la antipatía de los estoicos como Plinio o Séneca que aborrecían cualquier exceso.

Mosaico con Bodegón. Siglo I a.C. Roma. Museo Nazionale Romano Palazzo Massimo alle Terme

Su obra De re coquinaria procede de un manuscrito del siglo V. Probablemente algunas recetas han sido retocadas por los copistas posteriores, sobre todo aquellas en las que no se podían encontrar los ingredientes. No obstante, el libro nos da una idea clara y precisa sobre la cocina romana, que con frecuencia es concebida como copiosa, pesada e indigesta; Apicio refleja en su recetario cómo se preocupaba por la excelencia del plato al mismo tiempo que por su repercusión sobre los estómagos, de ahí el abundante uso de hierbas y de la miel para contrarrestar las grasas. Así, en De re coquinaria, el gastrónomo mezcla los conocimientos más rutinarios con la más exquisita búsqueda del sabor. Por este motivo, podemos encontrarnos recetas muy sencillas de digestivos para el vientre al mismo tiempo de otras sofisticadas para realizar por ejemplo vino de violetas o de rosas.
De la lectura de la obra se extraen otras curiosidades como por ejemplo las carnes que predominaban en la Antigua Roma: el cerdo y liebre, que los romanos solían hervir antes de asarla debido al rechazo de la sangre animal.  A pesar de ello nuestros antepasados preferían el pescado, que solía mezclarse con queso fresco y plantas aromáticas. Otra cosa que llama la atención es el abundante uso de garum (salsa elaborada con vísceras fermentadas de pescado) y de silphium (planta hoy desaparecida).


Mosaico con peces. Siglo I d.C. Milreu (Portugal). 2014

De re coquinaria consta de 11 libros:

1. Epimeles. El Chef. Reglas culinarias, remedios caseros, especias.
2. Sarcoptes. Carnes.
3. Cepuros. Del jardín.
4. Pandecter. Diferentes platos.
5. Ospreon. Legumbres.
6. Tropetes. De las aves.
7. Polyteles Uolatilia. Excesos  y exquisiteces.
8. Tetrapus Quadripedia. Cuadrúpedos.
9. Thalassa mare. Marisco.
10. Halieus piscatura. Pescado.
11. Excerpta Vinidario. Platos diversos.

Apicio tuvo gran fama ya en su época, pues de él hablaron Plinio, Juvenal, Marcial y Séneca. Éste último narra con desprecio la muerte de Apicio  en su “Tratado para consuelo de su madre Helvias”: “el fin de este Apicio es necesario que sea conocido. Como había consumido en festines las liberalidades de príncipe y el enorme tributo del Capitolio, se sintió abrumado por las deudas y se vio obligado por primera vez a pasar cuentas. Calculó que todavía le quedaban 10 millones de sestercios (unos 14 millones de euros) y como si con 10 millones tuviera que vivir con el hambre más estrecha puso fin a su vida envenenándose. ¡Qué gran fastuosidad era ésta para quien 10 millones de sestercios eran una miseria! Es que se ha de creer que lo que importa no es la suma del dinero sino la suma del deseo. Hombres han existido a quienes les ha dado miedo 10 millones de sestercios y han huido de este dinero que otros tan ardientemente desean. Pero a este hombre de alma tan depravada le fue saludable la última bebida; cuando comía y bebía tóxicos no solamente se deleitaba sino que se envanecía con su inmensa gula exhibiendo sus vicios, atrayendo la atención de la ciudad con su intemperancia e incitando a que la juventud, propensa por sí misma a las malas inclinaciones y a los malos ejemplos, le imitara”.


Bodegón de la Casa de Julia Félix. Siglo I d.C. Nápoles. Museo Archeologico Nazionale

De su final también habla Marcial en tono de burla: “Ya habías entregado, Apicio, 60 millones de sestercios a tu estómago y te quedaban tan sólo 10 millones más. Desesperado de no poder soportar esta amenaza de hambre y sed te has bebido como último trago un vaso de veneno. Nunca, Apicio, mostraste más glotonería”. En definitiva, la extravagancia llevada a los últimos límites.
No obstante, la escritora cordobesa, Almudena Villegas, reputada experta en gastronomía ha rescatado la figura de Marco Gavio Apicio en su libro Triclinium, despojándola de tan alta dosis de frivolidad y otorgándole un perfil más humano. La novela se centra en el drama personal que vivió Apicio cuando vio morir a su hija Apicata y a sus tres nietos, hijos también de Sejano, tras la caída de éste. La muerte injusta de estos pequeños se convirtió una de las páginas más negras de la Antigua Roma. Según Villegas, el deseo de paliar tan dolorosas pérdidas fue lo que impulsó a Apicio a escribir De re coquinaria.
Como muestra he elaborado un menú romano con recetas del libro de Apicio. Bene Sapiat!.



viernes, 24 de marzo de 2017

El gran camafeo de Francia


Gran Camafeo de Francia. 23 d.C.


         El gran camafeo de Francia es el más grande de los camafeos romanos conservados. Se expone en el gabinete numismático de la Biblioteca Nacional de París desde 1791.
Datado en el año 23 d.C. (en los meses sucesivos a la muerte del hijo de Tiberio) mide 31 cms de alto por 26,5 de ancho. De exquisita finura, representa a la familia imperial en aquellos años poniendo de manifiesto la continuidad de la dinastía julio-claudia. Está realizado con cinco capas de ónice.
Se divide en tres franjas: en la superior se colocan los difuntos con Augusto en el centro vestido de Pontifex Maximus; ciñe su cabeza una corona radiada aludiendo a su divinización. Es conducido por Iulo, hijo de Eneas y fundador de la dinastía. A su izquierda, se reconoce a Druso el menor (hijo de Tiberio) y a su derecha a Germánico ascendiendo sobre la grupa de Pegaso.


Druso el menor en una moneda y en una copia del Gran Camafeo de Francia

En la franja central aparece Tiberio en el centro de la composición sentado sobre un trono vestido con la égida de Júpiter y sosteniendo en su mano derecha el  lituus de los augures. Lo flanquean dos mujeres: su madre Livia a su derecha, sentada en otro trono portando entre sus manos un ramo de espigas y amapolas, atributos de Ceres; mientras a su izquierda se encuentra su cuñada Antonia la Menor viuda de su hermano Druso el mayor. Los escoltan de un lado, Nerón César (el hijo mayor de Germánico y Agripina) acompañado de su madre y de su hermano pequeño, Calígula, que porta vestimenta militar y las pequeñas sandalias (caligae) que le valdrían su famoso apodo. Al otro extremo aparecen el segundogénito del insigne matrimonio, Druso, elevando un trofeo hacia su padre Germánico, y Claudia Livila, viuda de Druso el menor y nuera del emperador.


Tiberio en una moneda y en una copia del Gran Camafeo de Francia

      En el registro inferior se representan diferentes caudillos bárbaros, probablemente partos (con gorro frigio) y germanos (con largos cabellos).


Camafeo de Livia y Augusto. S. I a.C. Viena. Kunsthistorisches Museum y Livia en una copia del Gran Camafeo de Francia

miércoles, 15 de marzo de 2017

La política del terror

Tras conocer la implicación de Sejano y Livila en la muerte de su hijo Druso, la ira del emperador cayó sobre todos los que hubieran colaborado de alguna manera con Sejano. Muchas personas fueron juzgadas y ejecutadas siendo sus propiedades confiscadas. Tiberio “mandó que todos los que estaban en la cárcel  acusados de complicidad con Sejano fueran ejecutados. Podía verse por tierra una inmensa carnicería: personas de ambos sexos, de toda edad, ilustres y desconocidos, dispersos o amontonados. No se permitió a los parientes o amigos acercarse ni llorarlos, y ni siquiera contemplarlos durante mucho tiempo, antes bien se dispuso alrededor una guardia que, atenta al dolor de cada cual, seguía a los cuerpos putrefactos mientras se los arrastraba al Tíber, donde si flotaban o eran arrojados a la orilla no se dejaba a nadie quemarlos ni tocarlos siquiera. La solidaridad de la condición humana había quedado cortada por la fuerza del miedo, y cuánto más crecía la saña, tanto más se ahuyentaba la piedad” (Tácito. Anales. Vi, 19, 2).


Tiberio. Siglo I d.C. Londres. Museo Británico

No sólo fueron perseguidos los culpables sino también sus amigos y conocidos que sólo habían pretendido acercándose a Sejano contar con el favor del emperador. Curioso es el caso del caballero romano Marco Terencio, que al contrario de la gran mayoría no renegó de su amistad de Sejano, hablando ante el Senado durante su proceso de la siguiente forma: “Seguramente a mi suerte le conviene mejor reconocer la acusación que negarla; pero suceda lo que suceda, confesaré que no sólo fui amigo de Sejano, sino que busqué serlo, y que tras conseguirlo me alegré. Lo había visto como colega de su padre en el mando de las cohortes pretorianas y luego hacerse cargo a un tiempo del gobierno de la Ciudad y del ejército. Sus allegados y afines recibían honores; en la medida que uno tenía intimidad con Sejano, ganaba en amistad con el César; en cambio los que estaban contra él se veían agobiados por miedos y duelos. No tomo a nadie como ejemplo: defenderé con mi sólo riesgo a todos los que estuvimos al margen de sus últimos planes. En efecto, no servíamos a Sejano el de Bolsena, sino a un miembro de las casas Claudia y Julia, en las que había entrado por alianza familiar, honrábamos a tu yerno César, a tu colega en el consulado, que desempeñaba tus mismas funciones políticas. No nos toca a nosotros el juzgar a quien encumbras tú sobre los demás ni las causas por las que lo haces: a ti te han otorgado los dioses el juicio último, dejándonos a nosotros la gloria de la lealtad. Por ello miramos a lo que tenemos ante nuestros ojos: quien recibe de ti riquezas y honores, a quienes das el mayor poder para hacer bien y hacer daño, todo lo cual nadie negará que lo tuvo Sejano. Escrutar los escondidos pensamientos del Príncipe y si tiene algún designio secreto es ilícito y peligroso; además, nada se podría conseguir. No penséis senadores en el último día de Sejano, sino en sus dieciséis años. Incluso a Satrio y Pomponio los venerábamos; hasta el ser conocido de sus libertos y porteros se tomaba como algo magnífico. ¿Entonces qué? ¿se va a conceder a todos esta defensa indiscriminada? No, manténgase en sus justos términos. Que se castiguen las insidias contra el estado, los proyectos de asesinato contra el emperador, pues de su amistad y de los deberes inherentes a ella no absolverá tanto a ti, César, como a nosotros, un mismo final” (Tácito. Anales. VI, 8). Terencio no sólo fue absuelto al manifestar tan brillantemente lo que  muchos pensaban sino que sus acusadores fueron castigados.
Pero, como en todas las persecuciones de la historia, las falsas denuncias y las delaciones por venganza tomaron la ciudad, seguramente en muchas ocasiones siendo ajeno a éstas el propio Tiberio, quien sin estar libre de culpa, aumentó su aislamiento en la isla de Capri, provocado por la decepción y el pánico irracional a que intentaran acabar con su vida. A partir de aquí, su retirada fue completa desentendiéndose totalmente de las tareas de gobierno. El Imperio siguió funcionando debido a la perfecta maquinaria burocrática creada por Augusto.


Villa Jovis. Siglo I d.C. Capri

Toda esta política dañó irremediablemente la imagen de un emperador eficaz que se ha visto injustamente en muchas ocasiones clasificado junto con los  peores dirigentes del Imperio. La muerte en el año 33 de Agripina y de su hijo Druso (Nerón había muerto en el 31), a los que no se permitió ni siquiera un entierro digno, empeoró su reputación pues al odio de las clases superiores se unió el aborrecimiento de toda Roma. En ese momento comenzaron a circular todo tipo de historias sobre él en Capri, atribuyéndole vicios repugnantes de gran crueldad y prácticas sexuales en las que se combinaban el sadomasoquismo, el voyeurismo y la pedofilia. Hoy en día los historiadores tienden a considerar falsas estas acusaciones pues Tiberio siempre había sido muy parco, sexualmente hablando, y sin embargo, la propagación de las mismas nos sugieren la pésima opinión que Roma tenía de su emperador los años finales de su gobierno.

martes, 7 de marzo de 2017

Claudia Livila

Camafeo con la supuesta imagen de Livila. Siglo I d.C. Berlín. Altes Museum
Fuente: Di Sailko - Opera propria, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=40898244


          Fue la única hija nacida del matrimonio entre Druso el Mayor  y Antonia la mayor, por tanto hermana de Germánico y del futuro emperador Claudio además de sobrina de Tiberio. Nació en el año 13 a.C. Recibió el nombre de Livia en honor de su abuela, aunque para diferenciarla de aquella siempre se la conoció como Livila.
Siendo aún muy pequeña se quedó huérfana de padre, por lo que se trasladó junto con su madre a la Casa que compartían Augusto y Livia en el Palatino. Allí recibiría la misma educación rígida que todas las mujeres de la casa imperial basada en la instrucción en todas las labores del hogar, en especial las de lana y el telar, y en el conocimiento de la retórica y el griego.
Siendo apenas una adolescente contrajo matrimonio con Cayo César, el primogénito de los nietos de Augusto y principal heredero del Imperio. No obstante, al morir el joven prematuramente en el año 4 d.C., Livilla (que entonces contaba con unos 17 años) se casó en segundas nupcias con su primo hermano, Druso el Menor, también heredero imperial, al ser el hijo natural de Tiberio, que en aquella época fue adoptado por Augusto. Con Druso tuvo una hija Julia Livila y los gemelos Tiberio y Germánico Gemelo (éste fallecido a muy corta edad).


 Livila y el alma del ya fallecido Druso el Menor en el Gran Camafeo de Francia. 23 d.C. París.
Gabinete de Medallas

Durante el año 23, murió su marido Druso a los 37 años. En principio se atribuyó su muerte a la vida de excesos del joven, que pasaba sus noches entre tabernas y lupanares. No obstante, cuando Sejano fue ejecutado, la primera mujer de éste, Apicata, envió una carta a Tiberio antes de suicidarse en la que acusaba a su exmarido y a Livila de haber sido amantes y de haber planeado entre ambos la muerte de Druso, siendo la nuera del emperador quien se había encargado de administrar el veneno lentamente para simular una enfermedad. Esta acusación, confirmada por los esclavos que la ayudaron supuso el final de Livila. Según Dión Casio por respeto a su cuñada Antonia, Tiberio dejó su castigo en manos de ella que la confinó a morir de hambre encerrada en su habitación en el año 31, aunque realmente no está claro el final trágico de Livila.
A pesar de haberse divulgado tradicionalmente esta versión hay muchas sombras sobre la vida de Livila pues ¿qué ganaba ella al unir sus ambiciones a Sejano, si a través de su matrimonio con Druso, ellos eran los principales herederos del Imperio tras la muerte de Germánico?. Puede ser que la joven se enamorará del prefecto, quien según Dión Casio era “el amante de las mujeres de todos los hombres libres” (Historia Romana), y que sedujera a Livila con promesas de matrimonio; quizás ésta habría caído rendida en sus brazos ante el abandono a la que la sometía su esposo, pero también es verdad que una esposa romana nunca esperaría fidelidad de su marido. Tácito corrobora está historia diciendo que Livila “poco agraciada en sus primeros años, llegó luego a destacar por su belleza. (Sejano) fingiéndose enamorado de ella la arrastró al adulterio y después que la señoreó con el primer delito, pues una mujer que pierde su pudor ya no es capaz de negar nada, empezó a azuzarla a la esperanza del matrimonio, al Imperio compartido y al asesinato de su marido. Y ella, que era sobrina nieta de Augusto, nuera de Tiberio y madre de los hijos de Druso, se deshonraba a sí misma y a sus mayores cometiendo adulterio con un hombre salido de un municipio, ansiando un futuro criminal e incierto en lugar del honesto presente (Anales. 4, 3,3-4).


Livila (Patricia Quinn) en un fotograma de la serie Yo, Claudio, 1976

Sin embargo, es muy extraño que teniendo prácticamente a su alcance la corona de emperatriz, Livila lo arriesgara todo por un sentimiento romántico hacia un hombre mayor que ella y de baja estirpe. Otra posible teoría es que ella no hubiera tenido que ver nada con la muerte de Druso y, que al quedar desvalida tras el fallecimiento de éste, se uniera a Sejano para asegurar el trono a sus hijos frente a los hijos de Germánico respaldados por la fiera Agripina y el amor del pueblo. En el año 25, Sejano solicitó a Tiberio la mano de Livila, que éste rechazó dándole un primer toque de atención al prefecto. Posteriormente, accedió a que el prefecto contrajera nupcias con la hija de Livila, Julia. No obstante, de una manera o de otra la caída de Sejano supuso la de Livila y la damnatio de su memoria. “En Roma, como si los crímenes de Livila no hubieran sido castigados ya tiempo atrás, se presentaban mociones durísimas contra sus estatuas y su memoria” (Tácito. Anales, VI, 2,1).
Así, la mayoría de historiadores antiguos coinciden en dotar a Livila de un perfil negativo. Suetonio dice de ella que siendo niña cuando “oyó que su hermano Claudio sería emperador, abominó públicamente y en voz alta de la suerte tan miserable e indigna que le estaba reservada al pueblo romano” (Vida de Claudio, 3,2). Esto revela una repulsión no disimulada hacia su débil y enfermizo hermano pequeño que contrasta con el gran cariño y respeto que siempre le profesó a Claudio el hermano mayor de ambos, el bondadoso Germánico.