jueves, 18 de diciembre de 2014

Augusto del pueblo romano


            “Durante mis consulados sexto y séptimo (28 y 27 a.C), tras haber extinto, con los poderes absolutos que el general consenso me confiara, la guerra civil, decidí que el Gobierno de la República pasara de mi arbitrio al del Senado y el pueblo romano. Por tal meritoria acción recibí el nombre de Augusto, mediante senado-consulto. Las columnas de mi casa fueron ornadas oficialmente con laureles; se colocó sobre mi puerta una corona cívica y en la Curia Julia se depositó un escudo de oro, con una inscripción recordatoria de que el Senado y el pueblo romano me lo ofrecían a causa de mi virtud, mi clemencia, mi justicia y mi piedad. Desde entonces fui superior a todos en autoridad, pero no tuve más poderes que cualquier otro de los que fueron mis colegas en las magistraturas”.
Augusto. Res Gestae Divi Augusti. 34
Además del triunfo, muchos otros fueron los honores que recibió el vencedor de Accio al ser el artífice del final de las guerras civiles; entre otros, le concedieron el título de Imperator de forma permanente y lo que más agradó a Octavio: por decreto del Senado se cerraron por primera vez en su Principado las puertas del Templo de Jano, algo que sólo acaecía en tiempos de paz, lo que era muy poco común en la ciudad de Roma (hasta el nacimiento de Augusto sólo se habían cerrado dos veces desde la fundación de la urbe y con él se cerró en tres ocasiones).  Fueron los inicios de la Pax Augusta.

Moneda y esquemas del Templo de Jano

Aliviado probablemente con la finalización de los festejos por sus triunfos, Octavio ya podía dedicarse a su afición favorita: el trabajo. Tenía una ardua tarea por delante pues debía reorganizar el más vasto Imperio que la humanidad había conocido en un territorio desolado por las guerras. Sin embargo, la aprensión que lo embargaba en el campo de batalla, se diluía sentado en el delicioso estudio de su Casa del Palatino, pues en este terreno, sin duda alguna, se reveló como uno de los mejores administradores que haya jamás gobernado nación alguna.

Estudio de Augusto en su Casa del Palatino. Siglo I a.C. Roma 2011

Lo primero que tuvo que decidir fue el tipo de régimen que pretendía desarrollar. Antes de tomar una decisión, madurada durante varios años, escuchó la opinión de sus dos grandes colaboradores: Agripa, partidario del retorno a la legendaria forma de gobierno republicana y Mecenas, ardiente defensor de la monarquía.
En 27 a.C., a la edad de 36 años y siendo cónsul por séptima vez pronunció en la Curia Julia el discurso más significativo de su vida en el que renunciaba a sus poderes y devolvía el gobierno del Estado al Senado: “Depongo mi cargo en su totalidad y os devuelvo toda la autoridad: la autoridad sobre el ejército, las leyes y las provincias; no sólo sobre los territorios que me confiasteis, sino sobre los que mas tarde gané para vosotros” (Dión Casio. Historia Romana. 53, 4). Sus intenciones causaron un gran impacto en unos senadores (la mayoría afines a él) que entre protestas y aclamaciones le convencieron para que continuara llevando las riendas del Estado. Casi todos los historiadores coinciden en que Octavio nunca tuvo la intención de abdicar, entre otras cosas porque pondría en riesgo su propia supervivencia y la de su familia. Su objetivo era el de comprobar hasta que punto era aceptada su primacía política a la vez que dejaba claro que no albergaba las ansias monárquicas de su padre adoptivo. Después de un largo tira y afloja, aceptó continuar aunque sólo gobernando una provincia que incluiría Hispania, la Galia y Siria. El resto de provincias las dejaba a cargo del Senado. Esta decisión le confería a Octavio el mando de 20 legiones frente a las 5 o 6 bajo tutela senatorial, lo que demuestra que el poder de Octavio residía sobretodo en la fuerza de su ejército auque gracias a este acuerdo revestía su estatus de legalidad constitucional algo que beneficiaba ampliamente a la mayoría pues traería estabilidad, paz y una administración pública más justa y eficaz. La otra fuente del poder de Octavio era la inmensa clientela que había heredado de César, que le rendía lealtad incondicional a lo largo de todo el Imperio
En este línea aceptó el título de Princeps (el primero de los ciudadanos). Así, enmascarándola con las instituciones de la antigua República inauguró una nueva forma de gobierno totalmente novedosa que aunaba la visión de sus dos amigos más íntimos.
El Senado, para celebrar los acuerdos, le concedió nuevos honores: ordenó que el marco de la puerta de su casa fuera decorado con laurel y el dintel de la misma con hojas de roble, en agradecimiento por haber salvado a los ciudadanos romanos de nuevas guerras civiles. Asimismo en la Curia Julia se colocó un escudo de oro enalteciendo sus virtudes.

Copia en mármol del escudo de oro de Augusto. Siglo I d.C. Arlés. Musée départemental Arles antique

No obstante, la mayor distinción que recibió fue la de dotarlo de un nombre único que jamás nadie hubiera detentado. Descartado Rómulo por las implicaciones abiertamente monárquicas que encerraba, tan odiadas por Roma, decidieron nominarle como Augusto, el Venerable, el bien más sagrado del pueblo romano. El nuevo nombre al igual que el de César se convertiría en el título que ostentarían tanto el resto de emperadores como muchos gobernantes posteriores. Al mismo tiempo, y tal como había ocurrido con Julio, llamaron Augusto al mes de sextilis, escogido por él por ser cuando obtuvo su primer consulado y su victoria en la Batalla de Accio.

Augusto con corona cívica. Siglo I d. C. Munich. Gliptoteca 

A partir de ahora dejaré de referirme al protagonista de este blog como Octavio y lo nominaré siempre como tanto le complacía que le llamaran; si he usado Octavio hasta este momento ha sido para facilitar la comprensión de los relatos aún a sabiendas que Augusto lo hubiese reprobado pues detectaba que le recordaran los turbios orígenes de la gens Octavia. Igualmente he obviado el cambio que hizo de su nombre cuando fue adoptado por César (de Octavio a Octaviano) para no confundir al lector y dar más fluidez a la lectura.

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