domingo, 5 de octubre de 2014

Cleopatra, la tentación de Roma. 1ª Parte

Cleopatra VII. Relieve del Templo de Hathor. Siglo I a.C. Dendera. 

Sólo hay una figura histórica a la que admiro tanto como a mi Augusto Imperator y no es otra que la reina Cleopatra; paradójicamente, su mayor enemiga. Está claro que el desenlace de la disputa entre ambos fue el que yo hubiera deseado porque a Augusto me une, por encima de todo, nuestra mutua pasión desmedida hacia Roma, cuya supervivencia se decidió en la batalla de Accio; sin embargo el ejemplo de la Reina del Nilo unido a mi fascinación por la cultura egipcia me acompaña cada día. Mujer excepcional como ninguna otra, luchó hasta el último aliento por liberar a Egipto de la esclavitud romana sobreponiéndose siempre a las adversidades y logrando destacar en un mundo de hombres. Con su arrolladora personalidad  e inteligencia (más que con la legendaria belleza que se le atribuye y que no lo fue tal) conquistó a los dos romanos más influyentes de su tiempo y aunque el tercero acabó llevándola a la tumba, se obsesionó hasta tal punto con ella que su propaganda peyorativa devastadora en lugar de destruir su memoria acabó creando un Mito. Sólo ella, siendo mujer, consiguió lo mismo que Anibal cuando se plantó a las puertas de Roma con sus elefantes: hacer temblar los cimientos de la ciudad más poderosa de todos los tiempos. Todo se ha dicho sobre Cleopatra, yo por mi parte Intentaré trazar un perfil lo más humano posible de la persona inigualable que se escondía debajo de la mítica soberana intentando despojarla de la ponzoña que los siglos ha vertido sobre ella.

Busto de Cleopatra joven como reina macedónica. Siglo I a.C, Belín. Museo Altes

Cleopatra Filópator Nea Thea nacida en enero del 69 a.C. fue la séptima reina egipcia que llevó tal nombre y la última de la dinastía Ptolemaica fundada por Ptolomeo I Sóter, uno de los generales de Alejandro Magno. Por tanto, su ascendencia era griega siendo muy probable que por sus venas no corriera ni una sola gota de sangre egipcia. De hecho hasta su famoso nombre es macedónico (así se llamaba la hermana de Alejandro). La pequeña princesa, huérfana de madre a muy temprana edad, creció en un ambiente en el que las intrigas y la traición entre los miembros de la corte estaban a la orden del día. Por eso desde la más tierna infancia tuvo que aprender a sobrevivir en ese mundo peligroso. Su padre Ptolomeo XII Auletes, más dedicado a la diversión que a gobernar, se mantenía en el trono gracias al apoyo de Roma, a la que cubría de oro a cambio de su ayuda. De hecho en el año 55 a.C. la ciudad del Tiber ayudó a Ptolomeo a recuperar su trono, usurpado por su hija Berenice IV, a la que mandó ejecutar al recuperar su reino. El águila romana volaba al acecho de conflictos en el país del Nilo pues su oro y su trigo eran de vital importancia para el ascenso imparable de Roma.

Cleopatra. 51-30 a.C. San Petesburgo. Museo del Hermitage

Con sólo 18 años (en el 51 a.C), Cleopatra subió al trono junto con su hermano Ptolomeo XIII con quien tuvo que contraer matrimonio tal y como estipulaba el testamento de su padre. Los inicios de su reinado fueron tan inestables que 3 años después (en 48 a.C), a causa de las hambrunas que sufrió el país y de las continuas maquinaciones de su hermana menor Arsinoe por hacerse con el trono (que contaba con el apoyo de sus consejeros y de sus dos hermanos menores) se vio obligada a exiliarse en Siria con un pequeño ejército de leales.
Desde el destierro Cleopatra trató en vano de recuperar el trono; no obstante fue el destino quien llevó en 47 a.C. a Egipto al hombre más poderoso del mundo: Cayo Julio César, tras los pasos de su enemigo Pompeyo Magno. Nada más llegar al país del Nilo el general romano se topó con la desagradable sorpresa de que el desorden allí imperante había costado la vida a Pompeyo cuya cabeza le ofreció el rey Ptolomeo XIII. El hecho que unos indeseables hubieran dado muerte a uno de los más famosos caudillos romanos hizo enfurecer a César, que al instante sintió antipatía por el gobierno egipcio. Por este motivo, y con la intención de poner fin a una disputa que indirectamente perjudicaba a  una Roma (que en cada conflicto egipcio veía mermados sus beneficios en ese país) convocó a todas las partes, incluida la reina Cleopatra. Ésta llegó a su palacio de noche escondida dentro de una alfombra (para evitar ser descubierta por sus hermanos) presentándose así ante César, que quedó gratamente impresionado  ante el desparpajo y audacia de la joven “César reservadamente hizo venir a Cleopatra. Tomó ésta entre sus amigos para que la acompañase el siciliano Apolodoro, y embarcándose en una barquita se acercó al palacio al oscurecer, mas como dudasen mucho que pudiera entrar de otra manera, tendieron en el suelo una alfombra, y echada y envuelta en él, Apolodoro lo ató con un cordel, y así la entró a las puertas hasta la habitación de César; dicen que esta fue el primer ardid con que le cautivó Cleopatra, y que, vencido de su trato y de sus gracias, la reconcilió con el hermano, negociando que reinaran juntos”. (Plutarco. Vidas Parelelas. Cayo Julio César. Tomo V.  XLIX).

Julio César y Cleopatra. Jean Leon Gerome. 1866

Ese encuentro cambió la vida de la reina. Cuentan las crónicas que el enamoramiento entre ambos fue fulminante y que ya esa noche la pasaron juntos. César devolvió a la reina el trono, por lo que Arsinoe y Ptolomeo XIII les declararon la guerra. Sería la denominada Guerra Alejandrina que supuso la muerte del rey Ptolomeo, de todos sus consejeros, el exilio de Arsinoe a Roma (para hacerla desfilar junto al carro de César en su triunfo) y el afianzamiento de Cleopatra en el trono de Egipto, eso sí, casada por orden de César con su otro hermano Ptolomeo XIV de 10 años de edad.
César pasó una temporada en Egipto recorriendo el Nilo junto a la reina y dedicado por entero al ocio. En esos meses ella quedó embarazada del que sería la pasión de su vida, su hijo Ptolomeo César, al que los alejandrinos llamaban simplemente Cesarión (nacido el 23 de junio de 47 a.C). A pesar de los 25 años que los separaban, César era un mujeriego empedernido con un gran atractivo y un carisma insuperable; además era un héroe militar a la altura de Alejandro, el único hombre con un ascendente divino a la altura de la estirpe de la reina (César proclamaba que la gens Julia descendía de Venus a través de Iulo, hijo de Eneas) y el dueño del mundo. Cleopatra se enamoró perdidamente del conquistador de las Galias, pues encarnaba todas las virtudes de un dios caído del Olimpo. Por su parte, él sintió una gran pasión hacia la reina egipcia; deslumbrado por su insultante juventud, belleza e ingenio la ensalzó como nunca lo había hecho con ninguna mujer. Suetonio nos cuenta que “amó también a reinas, pero más que a ninguna a Cleopatra: con ella prolongó a menudo los banquetes hasta el amanecer, e incluso se había adentrado en Egipto hasta Etiopía en la misma nave; por último la hizo venir a Roma y no la dejo partir hasta que la hubo colmado con los mayores honores y presentes, permitiéndole además que le pusiera su nombre al hijo que había tenido” (Vida de César. 52.1). Si bien nunca reconoció a Cesarión, César la hospedó como concubina durante sus estancias en Roma en su villa (fuera del Pomerium sagrado de la ciudad pues ningún soberano ungido podía entrar en Roma) y colocó una escultura de la reina parangonando a Venus en el templo dedicado a su diosa tutelar en el nuevo Foro que se estaba construyendo. Del mismo modo hay una cierta influencia egipcia en estos años en la política de Julio César, perceptible sobre todo en la organización de la administración, en la renovación del calendario y en la introducción del culto a Isis. Como consecuencia la alta sociedad romana, que jamás rendiría pleitesía a una reina vasalla de Roma, aborrecía a Cleopatra.


Villa Sciarra. Aún se levanta en el Gianicolo en el lugar donde la leyenda ubica la villa de César que hospedó a Cleopatra en Roma.

Venus del Esquilino. 50 d.C. Roma. Museos Capitolinos
Por la aparición de la serpiente y las rosas (símbolo de Isis) se piensa que es copia de la escultura de Cleopatra que César colocó en el templo de Venus Genitrix

      El fatídico 15 de marzo de 44 a.C, ella se encontraba en Roma cuando un grupo de esos mismos nobles encabezados por Marco Junio Bruto asesinaron al dictador, así que temiendo por su vida, tuvo que huir de noche en dirección a Alejandría junto con su hijo.
Sin embargo, a pesar de las fascinación que pudiera sentir por Cleopatra, César era demasiado romano para dejarse influir por cuestiones sentimentales, por lo que en su testamento ni siquiera la mencionó ni al hijo de ambos dejando su fortuna, su nombre y el porvenir de Roma al único que reconoció como hijo: su sobrino nieto Cayo Octavio, el futuro Augusto.
Cleopatra se vio de ese modo durante algunos años apartada del horizonte de Roma. Los romanos, a su vez, estaban inmersos en una nueva guerra civil contra los enemigos de César por lo que se olvidaron de Egipto y su reina. Ésta, a su vuelta de Roma, tras la muerte de su marido Ptolomeo XIV (probablemente a manos de ella) nombró corregente a un Cesarión de tan sólo 4 años de edad. En este período se centró en buscar soluciones a los problemas de su país, asolado por continúas plagas y hambrunas.


Cleopatra y Cesarión. Relieve del Templo de Hathor. Siglo I a.C. Dendera. 

En 41 a.C., Marco Antonio convocó en Tarso a la reina para asegurarse su lealtad. Ella con la intención de ganarse nuevamente el favor de Roma, salió a su encuentro sin escatimar en gastos (a pesar de la crisis económica que sufría el país del Nilo). Así, desplegó al máximo su infinito poder de seducción tal y como relata magistralmente Plutarco: “Como hubiese recibido además diferentes cartas, así del mismo Antonio como de otros amigos de éste que la llamaban, le miró ya con tal desdén y desenfado, que se resolvió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos con palas de plata, movidos al compás de la música de flautas, oboes y cítaras. Iba ella sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus. Asistíanla a uno y otro lado, para hacerle aire, muchachitos parecidos a los Amores que vemos pintados. Tenía asimismo cerca de sí criadas de gran belleza, vestidas de ropas con que representaban a las Nereidas y a las Gracias, puestas unas a la parte del timón, y otras junto a los cables. Sentíanse las orillas perfumadas de muchos y exquisitos aromas, y un gran gentío seguía la nave por una y otra orilla, mientras otros bajaban de la ciudad a gozar de aquel espectáculo, al que pronto corrió toda la muchedumbre que había en la plaza, hasta haberse quedado Antonio solo sentado en el tribunal; la voz que de unos en otros se propagaba era que Venus venía a ser festejada por Baco en bien del Asia. Convidóla, pues, a cenar: mas ella significó que desearía fuese Antonio quien viniese a acompañarla; y como éste quisiese darle desde luego pruebas de deferencia y humanidad, se prestó al convite y acudió a él. Encontróse con una prevención y aparato superior a lo que puede decirse; pero lo que le dejó parado sobre todo fue la muchedumbre de luces, porque se dice fueron tantas las que había suspendidas y colocadas por todas partes, y dispuestas entre sí con tal artificio y orden en cuadros y en círculos, que la vista que hacían era una de las más hermosas y dignas de mirarse de cuantas han podido transmitirse a la memoria de los hombres” (Vida de Antonio. XVI). El hedonista Antonio cayó rendido a los pies de la reina y del universo de placeres que ésta le ofrecía, por lo que marchó con ella a Alejandría donde pasó un invierno en el que Cleopatra lo colmó de todos los goces imaginables. Entre los dos crearon la Sociedad de la inimitable vida cuya finalidad era la celebración de banquetes y fiestas continuas. Sin embargo, en 40 a.C., el general volvió a Roma dejándola abandonada y embarazada. La reina de Egipto tuvo que ver como su amante se casaba nuevamente con la dulce Octavia (hermana de su colega triunviro) y nuevamente durante 4 años volvió a verse relegada del panorama político de primer nivel.

El encuentro de Antonio y Cleopatra. Lawrence Alma Tadema. 1885

     Y así continuaría hasta que en el 37 a.C, un hastiado Antonio volvió de nuevo sus ojos hacia Egipto. Sin embargo, a partir de ese momento se invirtieron los papeles, pues ella tomó las riendas de su alianza, tanto en lo personal como en lo político, con la finalidad de asegurar el futuro de Egipto y de sus hijos, sobre todo el de Cesarión. Antonio le cedió territorios y se casó con ella repudiando a Octavia. Asimismo, usó al hijo natural de César como arma contra el hijo adoptivo del dictador, su enemigo dueño de Occidente: Octavio César. De alguna forma esa fue la ruina de ambos. Fundamentalmente porque el mundo romano no iba a consentir que una mujer, además vasalla de Roma, marcara las directrices de su política.
El romance entre Cleopatra y Marco Antonio, como ya esbocé en mi reseña sobre el general romano, fue una relación tormentosa siempre a caballo entre el amor y la política encaminada por encima de todo a hacer realidad el sueño de Alejandro: unir Oriente y Occidente bajo una única dinastía fundada a partir de la unión de ambos.
El anhelo de Antonio de ocupar un lugar preeminente en el mundo unido a los escasos fondos con los que contaba para iniciar su guerra contra los partos fueron los motivos principales que lo ligaron definitivamente a Egipto y a una reina Cleopatra que supo darle todo lo que él necesitaba: “Cleopatra, usando una adulación no cuádruple, como dice Platón, sino múltiple, ora Antonio estuviese dedicado, a cosas serias, ora a juegos y chanzas, siempre le tenía preparado un nuevo placer y una nueva gracia con que le traía embobado, sin aflojar de día ni de noche. Porque con él jugaba a los dados, con él bebía y con él cazaba, siendo su espectadora si se ejercitaba en las armas. Cuando de noche se acercaba a las puertas y ventanas de los particulares para hacer burlas a los que se hallaban dentro, ella también corría con él las calles, y le acompañaba, tomando el traje de una esclava, porque él se disfrazaba de la misma manera” (Plutarco. Vida de Antonio. XXIX).

Marco Antonio y Cleopatra interpretados por Richard Burton y Elizabeth Taylor en el film Cleopatra (1963)

Cleopatra por su parte precisaba las legiones y el liderazgo militar de Antonio para afianzar y ampliar su poder. La reina egipcia usó hábilmente el desasosiego que carcomía el ánimo del triunviro (provocado sobre todo por los estragos del tiempo y los excesos) para acentuar su dependencia con respecto a ella, la cual fue extremadamente criticada por sus enemigos romanos: “Calvisio, amigo de (Octavio) César, añadió, como crímenes de Antonio en sus amores con Cleopatra, los siguientes: que había cedido y donado a ésta las bibliotecas de Pérgamo; que en un convite a presencia de muchos se había levantado y le había hecho cosquillas en los pies, por cierto convenio y apuesta entre ellos; que muchas veces, estando administrando justicia a reyes y tetrarcas, había recibido de ella billetes amorosos escritos en cornerinas y cristales, y puéstose a leerlos; y que hablando en una causa Furnio, hombre de grande autoridad y el más elocuente entre los Romanos, había pasado Cleopatra por la plaza conducida en silla de manos, y Antonio, luego que la había visto, había marchado allá, dejando pendiente el juicio, y pendiente de la silla de manos la había acompañado” (Vida de Antonio. LVIII). Quizás los cronistas romanos hostiles exageran, pero la devoción de Antonio hacia la reina en sus años finales está fuera de toda duda.
En cuanto a Cleopatra, hay que decir que a pesar de ser extremadamente fría y calculadora, de alguna manera siempre estuvo al lado de Antonio especialmente en el 37 a.C., cuando aquel fue derrotado estrepitosamente en Partia: “entonces, (Antonio) caminando sobre nieves y en medio de un invierno de los más crudos, perdió otros ocho mil hombres en la marcha, y bajando hasta el mar con muy poca gente, determinó esperar a Cleopatra. Como tardase, eran grande su desazón e inquietud, y aunque recurrió a sus desórdenes de beber hasta la embriaguez, no fue de manera que aguantase y se estuviese sentado, sino que se levantaba en medio de los brindis e iba a mirar muchas veces, hasta que por fin ella arribó al puerto, trayendo mucho vestuario y cuantiosos fondos para los soldados”. (Plutarco. Vida de Antonio. LI). Aunque Octavia salió también al encuentro de Antonio con dinero, soldados y armamento, éste le ordenó que dejará lo que traía en Atenas y que volviera de nuevo a Roma. Las fuentes atribuyen el deprecio de Antonio a su esposa romana a la intervención de su amante egipcia: “Llegó a entender Cleopatra que Octavia iba a ponerse en contraposición con ella, y temerosa de que, uniendo a la gravedad de sus costumbres y al poder de César, la dulzura del trato y la complacencia a voluntad de Antonio, se le hiciera invencible y del todo se apoderara de éste, fingió que estaba perdida de amores por Antonio; y para ello debilitaba el cuerpo con tomar escaso alimento, y en su presencia ponía la vista como espantada, y cuando se apartaba de ella, caída y triste. Hacía de modo que muchas veces se la viera llorar, y de repente se limpiaba y ocultaba las lágrimas, como que no quería que él lo advirtiese. Los aduladores, interesados por ella, motejaban a Antonio de duro e insensible, porque iba a acabar con una pobre mujer que en él solo tenía puestos sus sentidos; porque Octavia había venido con motivo de los negocios, enviada del hermano, y ya disfrutaba del nombre de legítima mujer, mientras que Cleopatra, reina de tantos pueblos, se contentaba con llamarse la amante de Antonio, y no tenía a menos o desdeñaba este nombre mientras veía a éste y le tenía a su lado; y luego que se mirase abandonada, era seguro que no sobreviviría. Finalmente, de tal manera le ablandaron y afeminaron que, por temor de que Cleopatra se dejase morir, se volvió a Alejandría”. (Plutarco. Vida de Antonio. LIII).

Cleopatra probando venenos en condenados a muerte. Alexandre Cabanel. 1887. Amberes. Koninklijk Museum

     Y así, entre múltiples desavenencias y reconciliaciones pasaron los amantes sus últimos años. En ese período Antonio celebró en Alejandría, a instancias de la reina, un triunfo por su victoria sobre Armenia, ambos llevaron a cabo la ceremonia de las Donaciones que encumbró a Cleopatra y sus hijos al mismo tiempo que prepararon la batalla de Accio  en el que fue el mayor error que cometieron pues el hecho que una mujer se paseará dando ordenes entre los soldados romanos indignó hasta tal punto a los lugartenientes de Antonio que uno tras otros fueron pasándose al bando de Octavio. Estas deserciones se incrementaron masivamente tras la derrota de la flota egipcia en las costas de Accio a causa de la controvertida huida de Antonio del combate tras la nave de la soberana que se alejaba en dirección a Alejandría. Pasaron juntos su último año de vida en el que transformaron la Sociedad para la inimitable vida en la Sociedad de Compañeros de la muerte mientras esperaban su destino final. Cuando Octavio llegó a las puertas de Alejandría,  Antonio  se suicidó ante la falsa noticia de que la reina había muerto. Sólo unos días antes Cleopatra había negado la cabeza de su esposo al vencedor de Accio que le ofrecía una amnistía a cambio de la misma. Marco Antonio murió en brazos de su amada Cleopatra que lo siguió algunas semanas después. Aunque no se sabe a ciencia cierta cómo se produjo la muerte de la reina, la versión que inmortalizó Plutarco se ha convertido en legendaria:  “Cleopatra juntó diferentes suertes de venenos mortales, y para probar el grado de dolor con que cada uno ocasionaba la muerte los hizo propinar a los presos de causas capitales; mas habiendo visto que los que eran prontos causaban la muerte acompañados de dolores, y que los más benignos obraban con lentitud, quiso hacer experiencia de los animales ponzoñosos, viendo ella por sí misma cuándo se picaban unos a otros.. Encontró, pues, que entre todos sólo la picadura del áspid producía sin convulsiones ni sollozos un sopor dulce y una especie de desmayo, en virtud del que, con un blando sudor del rostro y amortiguamiento de los sentidos, perdían poco a poco la vida los que habían sido picados, sin que fuera fácil despertarlos y hacerles volver en sí, a manera de los que tienen un sueño profundo” (Vida de Antonio. LXXI). Mítica es también la frase que el biógrafo romano puso en labios de una de las sirvientas de la reina que agonizante intentaba ceñir la corona en la cabeza del cadáver de Cleopatra ataviado con sus vestiduras más regias cuando los soldados de Octavio que irrumpieron en el sepulcro le preguntaron si aquella era una forma bella de morir: “Bellísima, como convenía a la que era de tantos reyes descendiente” (Vida de Antonio. LXXXV).

La muerte de Cleopatra. Jean André Rixens.1874. Toulouse. Museo de los Agustinos

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