domingo, 6 de marzo de 2016

Ovidio o el poder del Ars Amandi


Ovidio


            Publio Ovidio Nasón nació en Sulmona (a 150 Kilómetros de Roma) el 20 de marzo del año 43 a.C. en el seno de una familia modesta, pero de gran abolengo dentro del orden ecuestre.
Aún niño se trasladó a Roma para realizar sus estudios, que después perfeccionó en Grecia. El mismo año que Octavio fue proclamado Augusto (en el 27 a.C.), Ovidio vistió la toga virilis. Pronto abandonó el cursus honorum para dedicarse por completo a la poesía.
Se relacionó entonces con el círculo literario de Mesala Corvino donde conoció a Horacio, Virgilio y Propercio. Gracias a éste último se acercó a la obra de Catulo y Tíbulo, que trajeron a Roma la influencia del helenismo. Ovidio se convirtió así en el poeta del amor, o sea de elegías destinadas a una o varias mujeres. En el caso de Ovidio su musa es una misteriosa mujer llamada Corina, no sabemos si real o fingida. En esa línea en el año 15 a.C. publica Amores, obra que lo encumbró como principal poeta mundano de Roma.
Tres años más tarde, Ovidio escribió su propia versión de Medea, a la que siguió Heroides, elegías combinadas con epístolas. No obstante, la obra que lo catapultó a la fama y que reafirmó su prestigio como poeta del amor fue el Ars Amandis o Arte de Amar escrita entre los años 2 a.C. y 2 d.C. La obra se divide en tres libros en los que ofrece una serie de consejos sobre relaciones amorosas:
  • Libro I.- “Sobre cómo y dónde conseguir el amor de una mujer”. Al igual que el libro II va dirigido a los hombres.
  • Libro II.- “Sobre cómo mantener el amor ya conseguido”.
  • Libro III.- “Consejos para que las mujeres puedan seducir a un varón”. Este libro va dedicado a las mujeres.
            Aunque de contenido didáctico, el espíritu y la forma del libro es el de la elegía mientras que el metro usado es el díptico elegíaco.
La obra, que cantaba el adulterio y la picardía de las prostitutas, tuvo un éxito inmenso a pesar de que las enseñanzas iban en contra de la política oficial encaminada a recuperar las antiguas virtudes romanas por lo que provocó recelos en Augusto y en el sector más conservador de la sociedad.


Escena erótica del prostíbulo. Pompeya 2011

            Para aplacar un poco los ánimos a finales del 2 a.C. Ovidio publicó Remedios de Amor en los que se enseñaba a protegerse de los amores desgraciados o viciosos.
            Después se centró más en temas de carácter mitológico dando lugar a su otra obra maestra, Metamorfosis. Al mismo tiempo y para congratularse en parte con el emperador publicó los Fastos en los que plasma magistralmente aspectos diversos del calendario romano.
            Ovidio se casó tres veces, siendo sólo duradero su tercer matrimonio. Al poeta le gustaba la vida placentera y la asistencia a fiestas donde se codeaba con las clases altas. En este mundillo es donde probablemente conoció a Julia, la nieta de Augusto. Ésta fue desterrada a las Islas Trimero por su comportamiento adultero en el año 8 d.C. A los pocos meses Ovidio fue también enviado al exilio en Isla de Tomi (en la actual Rumanía). Aún hoy se desconocen las causas de tal castigo. El poeta en sus versos señala que le perdieron un poema y un error o imprudencia.
A pesar de que la poesía de Ovidio no era del gusto del emperador, Augusto no prohibió que se difundiera el Ars Amandis. Ello, unido a que en los últimos tiempos Ovidio había cambiado el tono de su lírica, hacen probable que el motivo del destierro no fuera la producción del poeta. De alguna manera y por las fechas, el exilio parece estar relacionado con Julia Menor, de la que se ha especulado que incluso pudiera ser la misteriosa Corina, musa del autor o que quizás éste facilitó la relación adúltera de Julia con Silano.
Muchas conjeturas se han hecho al respecto, sin embargo, considero que lo único suficientemente grave para llevar a Augusto a tomar tal decisión puede ser que el propio Ovidio hubiera sido amante de su nieta o que estuviera implicado de alguna forma en la conjura que se desveló meses después. También hay quien especula que el poeta hubiera descubierto a Augusto o a Livia en algún desliz, lo que no parece muy probable pues Ovidio no era bienvenido en  los círculos del Príncipe.


Monumento a Ovidio en Sulmona (Italia)

            Lo cierto es que Ovidio marchó al exilio para nunca más volver, a pesar de sus súplicas de perdón que no fueron escuchadas ni por Augusto ni por Tiberio años después, quien no tuvo problemas en perdonar a Silano, el amante declarado de Julia Menor. Esto refuerza la teoría que el motivo del destierro de Ovidio era seguramente de índole político. Quizás se enteró de la conspiración en alguna fiesta y no lo puso en conocimiento de Augusto. Mientras que alguien sí informó al emperador señalando a los presentes en aquel evento. En este sentido parecen girar los versos del autor escritos en Tomi: “¿Por qué vi lo que vi? ¿Por qué son culpables mis ojos? ¿Por qué me enteré sin querer de un delito? Acteón no tuvo intención de ver a Diana desnuda, pero fue despedazado por sus propios perros”  (Ovidio. Tristia. 2, 103-106).
            En su doloroso destierro el poeta continuó escribiendo movido por la nostalgia. Tristia y Epístolas ex Ponto son dos elegías de esta época, dominadas por un hondo sentimiento, en las que desea proclamar la injusticia por el duro castigo al mismo tiempo que implora a sus amigos que aboguen por él. “Nunca intenté provocar la perdición universal amenazando la cabeza del César, el líder del mundo; no dije nada, mi lengua nunca pronunció palabra de violencia. No se me escaparon irreverencias sediciosas entre copa y copa” (Tristia. 3,5, 45-48).
Murió en 17 d.C. a la edad de 60 años amargado por no poder volver a Italia.
A pesar de su desgracia, la influencia de Ovidio fue inmensa desde el principio y se ha mantenido durante todas la épocas: desde los poetas latinos de época carolingia a los poetas franceses de los siglos XIII y XIV, y muy especialmente en el Renacimiento con el Humanismo. En esos años Metamorfosis inspiró entre otras el famoso soneto XIII de Garcilaso de la Vega, instante que ya en el Barroco fue plasmado magistralmente por al gran Gian Lorenzo Bernini en su obra maestra, Apolo y Dafne. Su fama ha perdurado hasta nuestros días.


Apolo y Dafne. Gian Lorenzo Bernini. Roma. 1625. Galería Borghese


         "[...] Muchos la pretendían (a Dafne), pero ella, alejando a sus pretendientes, no pudiendo soportar el yugo del hombre y, libre, recorre los bosques sin camino y no se preocupa del himeneo, ni del amor, ni del matrimonio. [...] Pero los encantos que posee son un obstáculo para lo que anhela y su hermosura se opondrá a su deseo. Apolo ama y luego de ver a Dafne desea ardientemente unirse a ella [...].
      La hija del Peneo, con tímida carrera, huyó de él cuando se dirigía a ella y le dejó con palabras incacabadas, siempre bella a sus ojos; los vientos desvelaban sus carnes, sus soplos, llegando sobre ella en sentido contrario, agitaba sus vestidos y la ligera brisa echaba hacia atrás sus cabellos levantados; su huida realzaba más su belleza. Pero el joven dios no puede soportar perder ya más tiempo con dulces palabras y, como el mismo amor le incitaba, sigue sus pasos con redoblada rapidez [...]. Y como persigue, ayudado por las alas del amor, es más veloz y no necesita descanso; ya se inclina sobre la espalda de la fugitiva y lanza su aliento sobre la cabellera esparcida sobre la nuca. Ella, perdidas las fuerzas, palidece y, vencida por la fatiga de tan vertiginosa fuga, contemplando las aguas del Peneo, dijo: "Auxíliame padre mío, si los ríos tenéis poder divino; transfórmame y haz que yo pierda la figura por la que he agradado excesivamente". 
   Apenas terminada la súplica, una pesada torpeza se apodera de sus miembros, sus delicados senos se ciñen con tierna corteza, sus cabellos se alargan y se transforman en follaje y sus brazos en ramas; los pies, antes tan rápidos, se adhieren al suelo con raíces hondas y su rostro es rematado por la copa; solamente permanece en ella el brillo. Apolo también así la ama y apoyada su diestra en el tronco, todavía siente que su corazón palpita bajo la corteza nueva y, estrechando con las manos las ramas que reemplazan a sus miembros da besos a la madera; sin embargo, la madera rehúsa sus besos. Y el dios le dijo: "ya que no puedes ser mi esposa, serás en verdad mi árbol; siempre mi cabellera, mis cítaras y  mi carcaj se adornarán contigo. ¡Oh, laurel!, tú acompañarás a los capitanes del Lacio cuando los alegres cantos celebren el triunfo y el Capitolio vea los largos cortejos. Como fidelísima guardiana, tú misma te encontrarás antes las puertas del Augusto y protegerás  la corona de encina situada en el centro; así como mi cabeza, cuyos cabellos jamás han sido cortados, permanece joven, de la misma manera la tuya conservará siempre su follaje inalterable". (Ovidio. Metamórfosis. Libro I).

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