domingo, 1 de abril de 2018

Difícil vida de Claudio en la familia divina

Para entender un poco la psicología y la forma de comportarse del nuevo emperador quiero retrotraerme algunos años en su vida para analizar cómo fue su infancia y adolescencia en la familia imperial, en la que la mayoría de sus miembros destacaban por su gran atractivo físico, por ser inmensamente populares o excelentes soldados adorados por las tropas.
La familia imperial en el Ara Pacis, 13-9 a.C, Roma 2013

Aunque Augusto predicaba la humildad y normalidad dentro de su familia, lo cierto es que ésta no pudo abstraerse al gran influjo mediático que proyectaba entre todos los estratos de la sociedad romana. Cabe recordar los casos de Marcelo, Cayo y Lucio César, Druso el mayor, Germánico o la popularidad llevada al extremo más absoluto de la que gozó Calígula desde que era un bebé. Por su parte, las mujeres también sobresalían ya fuera por sus actos o por su belleza como ocurrió con Livia, Octavia, Julia la mayor o Antonia, entre otras. Precisamente, ésta última, fue la que peor asumió haber engendrado un vástago con los problemas físicos y de salud de Claudio.
El cuarto emperador nació el 1 de agosto del año 10 a.C. en Lyon siendo el tercer hijo de la pareja formada por Druso el mayor y Antonia la menor, o sea era nieto de la emperatriz Livia y sobrino nieto de Augusto. Su linaje no podía ser más impecable. Su padre murió el año siguiente por lo que Antonia (que se negó a volver a casarse) tuvo que afrontar sola la educación de tres niños pequeños (el mayor, Germánico, contaba entonces con 6 años).

Copia de busto de Druso, padre de Claudio. Ara Pacis Augustae. Roma

 Claudio en sus primeros años de vida se vio afectado por una serie de enfermedades serias que lo debilitaron gravemente. Como consecuencia de ellas se le quedó una tartamudez y cojera crónica; lo que era intolerable para los miembros de la familia divina. Así y todo, Claudio podía sentirse afortunado pues en el siglo I a.C. ya no se practicaba la antigua costumbre ancestral de abandonar a los recién nacidos deformes o débiles condenándolos a morir por exposición (eran abandonados en la calle y si nadie los recogía morían irremediablemente).
No obstante, para las mentalidades de nuestro siglo, son estremecedores los relatos que nos han dejado las fuentes antiguas sobre los primeros años de vida de Claudio. Cuenta Suetonio que su madre “repetía con frecuencia que era un engendro humano que la naturaleza había dejado sin terminar, y, cuando quería tachar a alguien de estúpido, decía que era más tonto que su hijo Claudio” (Vida de Claudio, 3, 2). En cuanto a su abuela Livia “lo tuvo siempre en el mayor de los desprecios; no solía hablarle más que en contadas ocasiones, y todos sus avisos se los hacía llegar por medio de notas duras o lacónicas o por intermediarios” (Vida de Claudio, 3, 2). Ambas eran mujeres de virtud intachable y de moral íntegra, pero no dudaron en mostrar tal trato a un niño débil e indefenso.

Antonia Menor, madre de Claudio. Siglo I a.C. Roma. Museo de las Termas

Debido a esto, estuvo durante largo tiempo sometido a la tutela de un preceptor, incluso tras haber superado la mayoría de edad. Relata Suetonio que él mismo se quejaba en un escrito del maltrato que le dispensaba éste, quien lo corregía con la mayor crueldad posible y bajo cualquier pretexto.
 En cuanto a sus hermanos, nada dicen las fuentes en relación a Germánico, por lo que es de suponer, basándonos también en los homenajes que Claudio le dedicaría con posterioridad, que alguien tan bondadoso como Germánico tendría más consideración con él.  No ocurriría del mismo modo con la intrigante Livila, que lo despreciaba sin disimulo. Cuando alguien predijo que Claudio llegaría a ser emperador “abominó públicamente y en voz alta de la suerte tan miserable e indigna que le estaba reservada al pueblo romano” (Vida de Claudio, 3, 2).
Augusto de Prima Porta. Detalle. Siglo I d.C. Museos Vaticano, Roma 2011

Augusto, por su parte, manifiesta preocupación por el destino del joven, algo que Suetonio testimonia a través de varios pasajes de cartas escritas por el emperador a su esposa Livia que se conservaban en época del biográfo. En una de ellas se expresa así “cumpliendo tu encargo, mi querida Livia, hablé con tu hijo mayor acerca de lo que debía hacerse con tu nieto Tiberio durante los Juegos de Marte. Los dos estamos, por otra parte, de acuerdo en que debemos decidir de una vez por todas qué criterio hemos de seguir respecto a él. Pues si es apto, por decirlo así, en todos los sentidos, ¿qué motivos tenemos para dudar en promocionarlo haciéndole pasar gradualmente por las mismas etapas que hemos hecho atravesar a su hermano? Y si, por el contrario, pensamos que es inferior, que tiene dañadas sus facultades físicas o mentales, no hay que proporcionar a los hombres, que tienen por costumbre burlarse de estas cosas, la ocasión de reírse no sólo de él sino también de nosotros”. (Vida de Claudio, 4, 1-2)
En otra dice  “durante tu ausencia, invitaré cada día a comer al joven Claudio, para que no lo haga solo con sus preceptores. Deseo que observe las maneras de alguien a quien pueda imitar. El pobrecillo no tiene suerte, pues cuando su mente  no se extravía, se deja ver claramente la nobleza de su espíritu” (Vida de Claudio, 4, 5).
Una tercera carta vuelve a poner de manifiesto la sensibilidad de Augusto hacia su joven sobrino nieto: “por mi vida que me admiro, mi querida Livia, de que tu nieto Tiberio haya podido agradarme cuando declamaba, pues no veo como un hombre que se expresa con tan poca claridad puede decir claramente lo que se debe decir cuando declama”. (Vida de Claudio, 4, 6).

Livia. Siglo I d.C. Copenhage.Carlsberg Glyptotek

Las cartas dejan claro que Augusto mostró compasión y deseo de integrar a Claudio. A pesar de ello, al joven no se le permitió ejercer ningún cargo; probablemente Augusto fue aconsejado negativamente por sus colaboradores en un tema en el que tenía enormes dudas, como también evidencian las misivas.
Así, cuando Claudio tomó la toga viril, fue llevado en litera al Capitolio a media noche, para no llamar la atención y sin la ceremonia habitual. Del mismo modo, aunque le dejaron presidir la ceremonia en unos juegos de gladiadores en honor de su padre, tuvo que hacerlo con la cabeza cubierta.
Siendo emperador su tío Tiberio, tampoco obtuvo ninguna magistratura ni papel relevante aunque sí se le concedieron algunas insignias honoríficas.

Claudio togado. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticano

Por ese motivo, Claudio, gran aficionado a la historia, se consagró a escribir, siguiendo los consejos del gran historiador romano Tito Livio. Tomó como punto de partida el asesinato de César, algo que acabó abandonando ante la censura de su madre y abuela que no le permitían narrar los hechos con veracidad. Se centró entonces en temas menos espinosos como en relatar una historia sobre los cartagineses en 8 volúmenes y de los tirrenos en  20. Al mismo tiempo se dedicó al ocio lo que le hizo ganarse una mala fama de borracho y jugador.
Sería su sobrino Calígula quien reclamó a Claudio para desempeñar cargos públicos de importancia, no tanto para honrarlo sino para burlarse de las instituciones romanas.

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