domingo, 8 de mayo de 2016

El ocaso de un emperador

Cabeza de Augusto encontrada en Lora de Río. Siglo I a.C. Sevilla. Museo Arqueológico

Los últimos años de vida de Augusto fueron complicados. A la difícil situación en Germania se unieron en el año 12 d.C. una serie de inundaciones que afectaron a las principales fiestas mermando los ánimos de un pueblo romano, que vivía con temor la incertidumbre de un mundo sin el hombre que había regido su destino durante más de 40 años y que había traído la paz y prosperidad al acabar con las guerras civiles.
Esta sensación se agravó cuando al Príncipe empezaron a notársele seriamente los signos de una edad tan avanzada para la época (74 años). Así, Germánico leyó un discurso en el Senado en el que Augusto pedía a los senadores que no volvieran a saludarlo y despedirlo formalmente en sus apariciones públicas por el Foro. También pedía que fueran a visitarlo con menos frecuencia y solicitaba su perdón por no ser capaz ya de cenar en sus casas tan a menudo como antes. Augusto para aliviar su carga de trabajo empezó a realizar las tareas desde su casa, recibiendo a asambleas algunas veces reclinado en un sofá. Para facilitar su toma de decisiones modificó el consilium princeps; a partir de ahora este órgano, que servía de interlocutor entre el Senado y el emperador, en vez de estar formado por senadores elegidos por sorteo cada seis meses lo compondrían hombres nombrados por Augusto de forma permanente. Al mismo tiempo delegó más competencias en Tiberio y sus descendientes.

Augusto (Peter O’Toole) trabaja desde su diván. Fotograma de la miniserie Augusto, el primer emperador, 2004.

Esto tuvo algunas consecuencias negativas, pues por primera vez tras los desastres naturales antes mencionados se quemaron folletos llamando a la sedición y se castigó a sus autores. Al mismo tiempo, un conocido abogado, Casio Severo fue desterrado a Creta a causa de sus escritos republicanos. En este tipo de represalias se adivina seriamente la influencia de Tiberio pues Augusto nunca había prestado atención  a las críticas. “No te indignes desmasiado si alguien habla mal de mí. Basta con que logremos que nadie pueda perjudicarnos” (Suetonio. Vida de Augusto. 51,3) dijo en una ocasión a su hijastro. El Principado de Augusto se había caracterizado por la aceptación de la libertad de expresión, derecho que desaparecería durante el gobierno de Tiberio, en el que los procesos por lesa majestad estarían a la orden del día. Todo esto aumentaba la zozobra del pueblo y el miedo a lo que vendría después de Augusto.
          No obstante, el Príncipe siguió controlando una gran cantidad de trabajo y tomando decisiones importantes. Por ejemplo el impuesto del 5% sobre las herencias para mantener el Tesoro militar se había manifestado como muy impopular por lo que el Senado declaró que aceptaría cualquier impuesto menos ese. Dando una vez más muestra de su gran astucia, Augusto pidió a los senadores que presentaran propuestas válidas para financiar de manera estable el mantenimiento de las legiones. Después de estudiar varios proyectos nada prácticos decidió proponer uno sobre la propiedad, a sabiendas que éste resultaría aún más alarmante. Al final los senadores aceptaron de buen grado el antiguo impuesto. Augusto no había perdido facultades a la hora de imponer su voluntad aparentando que eran los demás quienes tomaban una decisión.

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