martes, 25 de abril de 2017

Tiberio en Capri: Villa Jovis

“El César, tras dedicar los templos de Campania, no sólo advirtió por un edicto que nadie perturbara su descanso, alejando por medio de soldados puestos al efecto la afluencia de ciudadanos, sino que, hastiado de los municipios y colonias y de todos los lugares del continente, se escondió en la Isla de Capri, separada del extremo del promontorio de Sorrento por un estrecho de tres millas. Me inclino a creer que le gustó especialmente su soledad, porque su litoral no tiene puertos y apenas ofrece unos pocos refugios para embarcaciones pequeñas; además es imposible arribar a ella sin que se enteren quienes la guardan. El clima es suave en invierno por la protección de un monte que detiene la fuerza de los vientos; su verano, vuelto al céfiro, es muy agradable también por el mar abierto que la rodea; además miraba a una bahía hermosísima antes de que la erupción del Vesubio cambiara el aspecto del lugar.[…] Tiberio se instaló allí ocupando doce enormes villas con nombres distintos” (Tácito. Anales. Libro IV, 67, 1-3).


Restos de Villa Jovis.

Villa Jovis (Villa de Júpiter) con sus 7.000 m2, era la más grande de las 12 nombradas por Tácito. Se situaba al noreste de la isla, en la cima del Monte Tiberio, a 334 metros de elevación, en la segunda cumbre más alta de la Isla.
El palacio no sigue el esquema de las residencias de ocio romanas, sino que se inspiraba en modelos arquitectónicos helenísticos adaptados a las funciones de gobierno. Se construyó varias terrazas con una elevación de aproximadamente 40 metros. El imponente edificio se divide en cuatro zonas perfectamente diferenciadas:
  • El ala norte destinada a la vivienda.
  • El ala sur era el complejo administrativo. En sus inmediaciones se situaba un faro.
  • El ala este se utilizaba para las recepciones oficiales.
  • El ala oeste se componía de un entramado de muros abiertos desde el que se obtenían espectaculares vistas.
    Debido a las dificultades para surtir de agua la villa, los ingenieros crearon un complejo sistema para garantizar la recolección del agua de la lluvia que recalaba en una gran cisterna.


Reconstrucción de Villa Jovis según Carl Weichardt (siglo XIX)
Fuente: By Carl Weichardt (1846-1906), German architect - Book "Das Schloß des Tiberius und andere Römerbauten auf Capri" from C. Weichardt, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15201747


           Aún se conserva parte del pavimento original de ladrillo, un vestíbulo con cuatro columnas y otro que da paso a tres estancias, de las que la central es el Caldarium. De las cinco estancias del piso superior sale una escalera hasta lo más alto de la villa, donde se encontraban los aposentos imperiales, formados por varias estancias con magníficos pavimentos polícromos y una terraza. Encima del mar se sitúa la loggia imperial donde aún se conservan los restos de un Specularium usado para la observación astronómica o como atalaya.
No obstante la magnificencia del edificio, Villa Jovis es famosa sobre todo por los relatos de Suetonio que narran como Tiberio se abandonó entre sus muros a una desenfrenada vida sexual durante los últimos años de su vida y que dieron lugar al nacimiento de la leyenda negra en torno a la figura del emperador. Tácito únicamente refiere sobre la vida de Tiberio en Capri que “cuanto más dedicado estaba antaño a los negocios públicos, tanto más se entregó entonces a excesos ocultos” (Anales. Libro IV, 67, 3).  Sin embargo Suetonio profundiza diciendo que “con la libertad que le ofrecía  el aislamiento y lejos, por decirlo así, de los ojos de la ciudad, dejó por fin salir al exterior todos los vicios que durante tanto tiempo apenas había logrado disimular. Hablaré de ellos, uno por uno desde el principio. En el campamento cuando era todavía soldado bisoño, su exceso apego al vino hacía que le llamaran Biberio, en lugar de Tiberio, Caldio, en vez de Claudio, y Merón, por Nerón”. (Suetonio. Vida de Tiberio. 42, 1).



Grabado francés de Villa Jovis

Continúa Suetonio narrando que “en su retiro de Capri (Tiberio) ideó incluso unos aposentos, sede de obscenidades secretas, donde grupos de muchachas y de jóvenes licenciosos reclutados por doquier, junto a los monstruosos espintrias, unidos de tres en tres fornicaran sucesivamente ante su vista, para excitar de este modo sus apagados deseos. Instaló alcobas por todas partes  y las adornó con cuadros y estatuillas de los más lascivos asuntos, equipándolas además con los libros (pornográficos) de Elefántide, para que todo el mundo tuviera, al ejecutar su cometido, un modelo de la postura que se le ordenaba tomar. Se le ocurrió también disponer en bosques y prados diversos parajes consagrados a Venus y distribuir por cuevas y grutas jóvenes de uno y otro sexo que se ofrecían al placer vestidos de faunos y de ninfas; de ahí que todo el mundo le llamará ya abiertamente “Caprineo”, haciendo un juego de palabras con el nombre de la isla”. (Vida de Tiberio. 43). A estos vicios Suetonio suma el más execrable de todos, el de la pedofilia.
Sin embargo, el mismo autor duda de la veracidad de las historias que se contaban sobre el emperador pues como recoge en el capítulo 44 de la Vida de Tiberio “se le atribuían vicios aún peores y más indignos, de tal naturaleza que apenas es lícito exponerlos u oírlos contar, y menos aún creerlos”. La supuesta desenfrenada vida sexual de Tiberio en Capri aún hoy es objeto de debate.
Suetonio agrandó aún más la leyenda negra de Tiberio en Capri haciendo hincapié en su supuesta crueldad: “Aún puede verse en Capri el lugar donde realizaba sus torturas; desde allí ordenaba arrojar al mar en su presencia a los condenados, después de haberlos sometido a largos y refinados tormentos; un grupo de marineros recogían después los cadáveres y los destrozaban a golpe de remos hasta que no les quedara el menor aliento” (Vida de Tiberio, 62, 2). El acantilado en cuestión se conoce aún hoy como Salto de Tiberio. No obstante, la leyenda ha sido refutada pues se ha demostrado que un cuerpo lanzado desde una altura de 300 metros no acabaría en el fondo del mar sino que se estrellaría contra las rocas. También el escritor francés Maxime du Camp tiró por tierra la macabra historia al lanzar piedras de diversos tamaños y formas por el acantilado comprobando que una tras otras se estrellaban contra las rocas sin caer nunca al mar.

Salto de Tiberio, junto a la Villa Jovis

El primer pensador que reivindicó la figura de Tiberio fue Voltaire en el siglo XVIII y la historiografía contemporánea sigue la línea del gran pensador francés. Varias teorías según mi opinión los confirman. En primer lugar, tras el divorcio de Julia, no se le conoce al emperador ningún interés sexual por mujer ni hombre alguno ¿por qué deberían haber salido sus “verdaderas inclinaciones” a una edad tan avanzada, en la que el deseo decae, habiendo sido tan parco sexualmente durante toda su vida?. Otra evidencia a favor de la falsedad de las afirmaciones de Suetonio es que entre los restos arqueológicos de Villa Jovis no se han encontrado vestigios de ningún tipo de índole sexual, tan abundantes por ejemplo entre las ruinas de las ciudades vesubianas como Pompeya. También es extraño que sólo este autor haya reflejado los hechos con tanta minuciosidad en los detalles.
Cierto es que Tiberio no fue nunca especialmente amado por el pueblo, principalmente debido a su carácter introvertido y retraído que lo alejaban del de su antecesor Augusto, tan afable y siempre cercano a todos. A Tiberio le gustaba la soledad y la vida de aislamiento que le ofrecía la Isla de Capri, incrementada por las medidas de seguridad que él impuso tras la conspiración de Sejano. Ello, unido a la mala fama que le dio su sometimiento a Livia, la muerte de Germánico y el poder que concedió a Sejano selló su impopularidad hasta el punto de haber sido víctima de tan atroces acusaciones, que ciertas o no, marcaron la opinión que de él tenían sus conciudadanos y que aún hoy lo acompañan.

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