domingo, 29 de junio de 2014

Augusto y Livia

El 17 de enero del mismo año en que se renovó el Triuvirato en Tarento (38 a.C), Octavio siguió por primera vez en su vida los dictados de su corazón y, a pesar de las dificultades, contrajo matrimonio con la que sería su tercera y definitiva esposa, la hermosa Livia Drusila.

Livia Drusila. Siglo I a.C. Madrid. Museo Arqueológico Nacional

El mismo día que nació su hija Julia, el futuro Augusto se divorció de su esposa Escribonia alegando “que no podía soportar más su manera de molestarlo” (Suetonio. Vida de Augusto, 62, 2). Sin embargo, la verdadera razón residía en que se había enamorado perdidamente de una joven patricia romana 5 años menor que él: Livia. El inconveniente era que ella no sólo estaba casada con su primo Tiberio Claudio Nerón con el que ya tenía un hijo (el futuro emperador Tiberio), sino que además estaba nuevamente embarazada.
Sin importarle el escándalo que suponía llevar a cabo tal enlace, el virtuoso Octavio no escatimó esfuerzos para conquistar a Livia y llevarlo a buen termino, pues la joven no sólo le permitiría un matrimonio por amor, sino también le proporcionaría una alianza con la gens Claudia, uno de los clanes más poderosos de Roma; a pesar de los orígenes dudosos del triunviro, a Livia el matrimonio también le reportaría beneficios pues además de conseguir un marido riquísimo más joven y atractivo que le daría estabilidad y seguridad, por encima de todo, le facilitaría el acceso al poder político que él detentaba en esos momentos junto a Marco Antonio.

Augusto, Livia y Nerón. Siglo I d.c.

El primer esposo de Livia, Tiberio Claudio Nerón había luchado en Filipos contra los triunviros; no obstante, tras la derrota de Bruto y Casio se unió a la causa de Marco Antonio. Por este motivo se encontraba en Perugia con el hermano de aquel, Lucio Antonio, cuando Octavio asedió la ciudad. Tras la victoria de éste, Tiberio Claudio huyó con su mujer e hijo, lo que condenó a la familia a años de huidas y privaciones, hasta el punto que Livia y el pequeño Tiberio estuvieron a punto de perder la vida en más de una ocasión.
La suerte cambió para la joven patricia cuando el destino cruzó su vida con la de Octavio; éste prometió una amnistía al marido si se divorciaba de la muchacha, algo a lo que Tiberio Claudio accedió sin vacilar. Incluso no tuvo problemas en asistir a la boda pues ninguna mujer, por muy hermosa que fuera, era tan importante como vivir en paz.
            Superado este obstáculo, aún quedaba el escollo del avanzado estado de gestación de Livia por lo que la pareja se tomó un tiempo antes de convertir el compromiso en matrimonio. Respetuoso como era Octavio con las leyes, consultó la circunstancia al Colegio de Pontífices, que no dudó en dar su consentimiento. A pesar de ello, la boda se celebró algunos días después del nacimiento del pequeño Druso, que vendría al mundo el 14 de enero de 38 a.C; nada más nacer fue enviado junto con su hermano Tiberio de 3 años a casa de su padre. Livia se hizo cargo de sus hijos a partir de la muerte del que fuera su primer esposo acaecida en el año 33 a.C.

Matrimonio entre dos ciudadanos romanos. Museo de Capodimonte

            ¿Fue un matrimonio por amor? Por parte de Augusto indudablemente sí; así lo demuestran tanto las circunstancias en que se celebró la boda como el hecho de que no se divorciara de ella al no darle ningún hijo. Sólo en lo que respecta a Livia, antepuso Augusto sus sentimientos a los intereses de Estado, lo que le ocasionó los más graves conflictos de su gobierno, aquellos vinculados a la sucesión. Por su parte, no sabemos lo que podría sentir Livia hacia uno de los hombres que provocó la muerte de su padre (adversario en Filipos que se suicidó tras la derrota) y que además había sido el causante de sus años de penalidades como proscrita. Lo que está claro es que salió bastante favorecida con la unión. La bellísima escultura de Augusto encontrada en la villa que la emperatriz poseía en Prima Porta puede considerarse la más grande prueba del amor de Livia hacia su esposo. Cuando enviudó, se retiró a esa villa en las afueras de Roma y llevó con ella una copia de la más espectacular imagen del difunto emperador para venerarlo hasta el final de sus días. Lo que es seguro es que pasado el ardor de la juventud, Augusto y Livia se convirtieron en compañeros de vida, siendo su matrimonio uno de los más sólidos de la antigüedad; y no sólo eso, sino que Livia llegó a ser la mejor consejera y colaboradora del Príncipe en las tareas de gobierno. Él consultaba la mayoría de sus decisiones con ella, que demostró ser mucho más que un rostro bonito, una mujer inteligente, juiciosa y una excelente administradora: la gran mujer que se esconde detrás de cada gran hombre. Pero eso sí, la propaganda de Augusto nunca reconocería los méritos de Livia. Muy tiernas las palabras que le dedicó Augusto en su lecho de muerte: “Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión”. (Suetonio. Vida de Augusto, 99,1-2).

Augusto de Prima Porta. Detalle. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticanos

  Su  matrimonio con Augusto duró 52 años, hasta la muerte del Príncipe, que la quiso y respetó más de lo que nadie amó a ninguna emperatriz;  a pesar de la influencia que ejercía sobre él, Augusto, nunca fue esclavo del sexo ni jamás se sometió a la voluntad de ninguna mujer. De hecho como era normal en la época no le fue fiel a Livia. 
            Esta es la primera de las reseñas que dedicaré a la primera emperatriz de Roma en los próximos días, una mujer excepcional maltratada sin piedad por algunas fuentes, la literatura y el cine.

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