domingo, 16 de febrero de 2014

Perfil de un hombre sencillo

Un adolescente Augusto 
Fuente: Dibujo de Colleen McCullough 
Tal y como puede constatarse en los numerosos retratos que de él se han conservado y lo que cuentan las fuentes escritas, Augusto era un hombre de un gran atractivo físico, algo que conservó a lo largo de toda su vida.
De tez muy blanca, tenía una abundante cabellera rizada y rubia, que gustaba  peinar al modo romano: muy corta con flequillo desigual. Sus ojos de un azul grisáceo, destacaban en un rostro armonioso, en el que quizás sólo desentonaban un poco las orejas ligeramente despegadas. A él le gustaba creer en la fuerza de su mirada, pues muchos que lo miraban fijamente a los ojos se veían obligados a bajar la vista. Cuenta Suetonio que tenía una expresión tan serena que, un jefe galo al que había recibido en audiencia y que albergaba el propósito de empujarlo por un precipicio, desistió de ello al quedar cohibido ante su presencia.
Único retrato que ha conservado el color y la expresividad de sus preciosos ojos
Detalle del busto encontrado en Meroe (Nubia). 27-14 a.C. Londres. Museo Británico
Aunque era de pequeña estatura (el mismo Suetonio nos cuenta que medía 1,65 metros) y de complexión delicada, todo en él era tan proporcionado que sólo parecía bajo si alguien mucho más alto y fuerte se colocaba cerca. En algunas etapas de su vida intentó disimular su estatura usando calzado con alzas.
A los 23 años en uno de sus retratos más realistas. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos
Como la mayoría de las personas atractivas, apenas prestaba atención a su imagen. Vestía de manera muy sencilla, incluso podría decirse que anticuada, siempre ropa tejida por las mujeres de su familia. En invierno tenía que abrigarse mucho debido a su tendencia al enfriamiento y en verano no soportaba el calor ni el sol, por lo que no salía a la calle sin cubrirse con un sombrero de ala ancha.
Los bellos rasgos del Príncipe captados nuevamente por la genial Colleen McCullough
Fuente: Dibujos de Colleen McCullough 

A pesar de ser el hombre más rico de su tiempo, era de condición muy humilde, consciente de que él más que nadie debía dar ejemplo. Vivía en una modesta casa en el Palatino, más pequeña que la de cualquier noble romano. Aborrecía cualquier tipo de lujo o gusto por la ostentación.
Moderado como era en todos los ámbitos, comía frugalmente y casi siempre alimentos comunes y naturales. Apenas probaba el vino. Su único vicio reconocido era el juego. Le apasionaba jugar a los dados.
De naturaleza delicada, tuvo muy mala salud toda su vida. No se sabe mucho del origen de las múltiples enfermedades graves que lo aquejaron. Suetonio apunta que padeció cólicos nefríticos, fluxiones hepáticas, resfriados y enfermedades periódicas cada año. También de las fuentes se desprende que en situaciones límites los nervios agravaban su condición física. Sin embargo, a veces contra pronóstico, se sobrepuso a todas sus dolencias y consiguió vivir hasta los 76 años. No obstante, su precario estado físico unido a sus pocas actitudes para los ejercicios militares, propició  el abandonó de su práctica nada más acabar las guerras civiles. Prefería jugar a la pelota, pasear e incluso correr. Otros de sus hobbies eran la pesca y jugar con niños a las canicas.

 Rondando los 40 años
En cuanto a su carácter, su personalidad es compleja, camaleónica como él mismo. Para entenderla es imprescindible retrotraerse a su mundo, un mundo en el que sólo los fuertes de espíritu sobrevivían y en que el nadie era totalmente bueno ni malo. Por ese motivo no tuvo más remedio que ser cruel en muchas ocasiones hasta que consiguió asentar su posición. Era eso o acabar como pronosticó Cicerón en una de sus Cartas a sus amigos: “El chico debe ser elogiado, honrado y luego eliminado”. (Cicerón. Cartas, XI, 20,1).
Augusto a una edad más madura. S. I a.C. Museo del Louvre
De una gran inteligencia, era frío, calculador y falto de escrúpulos cuando la situación lo requería a la vez que rencoroso e inmisericorde ante la traición o el deshonor. Otras veces era tierno, dulce y compasivo. No dudó en demostrar su amor por su esposa Livia, por su hermana Octavia y demás miembros de su familia en múltiples ocasiones, en una época donde no estaba bien vista la demostración pública de afectos y mucho menos hacia las mujeres. Su carácter bondadoso le llevaba siempre a volcarse en la ayuda a sus súbditos más necesitados y a los más débiles y su gran paciencia queda patente por ejemplo en el hecho de que fue de los únicos en la familia imperial que mostró compasión por su sobrino nieto, el tullido e inquietante Claudio, que llegaría a ser emperador, al que aborrecía hasta su propia madre. En una de sus cartas a su esposa Livia (abuela del pequeño) que ha llegado hasta nosotros gracias a Suetonio, se expresaba en estos términos: “Durante tu ausencia, invitaré cada día a comer al joven Claudio, para que no lo haga solo con sus preceptores. Deseo que observe las maneras de alguien a quien pueda imitar. El pobrecillo no tiene suerte, pues cuando su mente  no se extravía, se deja ver claramente la nobleza de su espíritu”. (Suetonio. Vida de los Doce Césares. Libro V).
Asimismo es de destacar un carisma capaz de atar alguna lealtades incondicionales de por vida, como es el caso de Agripa y Mecenas, fieles a él hasta la muerte.
Trabajador incansable, de increíble eficacia y olfato político puso su vida y la de los suyos al servicio de la única pasión en la que no supo mostrar moderación: su amor desmedido por Roma. 
Augusto y Roma. Detalle de la Gemma Augustea. 9-12 a.C. Viena. Kunsthistorisches Museum

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