domingo, 23 de noviembre de 2014

La conquista de Egipto

Octavio aunque vencedor en Accio pronto se encontró en apuros, pues tras la batalla, se vio obligado a volver a Italia para sofocar el amotinamiento de las tropas de veteranos allí acantonadas, en lugar de proseguir su camino hacia Alejandría para arrinconar a sus rivales; no sólo eso, sino que al llegar supo que Mecenas acababa de frustrar una conspiración encabezada por el hijo de Lépido (el antiguo triunviro) destinada a acabar con su vida.
No obstante, el Senado casi al completo se desplazó casi 500 kilómetros para brindarle a su llegada a Brindisi el más grande recibimiento que nunca le había otorgado a nadie en la historia de Roma. Usando sus grandes dotes para la diplomacia, acabó fácilmente con la revuelta de los veteranos pagándoles una parte de lo que les adeudaba, dándole tierras y prometiéndole recompensas cuando completara la conquista de Egipto que ellos habían interrumpido con su hostilidad.


Alejandría dominada por su espectacular Faro

Persiguiendo aquel objetivo, y tras pasar solamente un mes en Italia, se encaminó a Samos. Mientras tanto en Alejandría, Cleopatra había logrado rescatar a Antonio de su depresión por lo que ambos comenzaron a reclutar un ejército y a armar una flota. Al mismo tiempo enviaron varias propuestas de negociación a Octavio, quien no prestó la más mínima atención a ninguna de ellas mientras seguía avanzando a través de Siria hacia Egipto seguido por un numeroso ejército. Una prueba de la gran confianza de Octavio en que no se encontraría con serios problemas es que no llevó con él a Agripa, su sombra protectora. De hecho venciendo los últimos débiles focos de resistencia entró en Alejandría y acampó junto a las murallas de la ciudad. Antonio en una escaramuza venció a un destacamento de la caballería romana lo que lo sumió en tal estado de gran euforia que retó a Octavio a un combate cuerpo a cuerpo. Difícil imaginar la respuesta del futuro Augusto ante tal desafío. Plutarco recogió la siguiente frase como contestación: “hay muchos caminos por los que Antonio puede ir hacia la muerte” (Vida de Antonio, 75.1).


La muerte de Marco Antonio

Al amanecer del 1 de agosto Marco Antonio salió al encuentro de su rival en lo que fue el mayor fiasco de su vida: los barcos rindieron sus remos sin plantear lucha, la caballería desertó y los soldados de infantería huyeron. Antonio volvió al Palacio, y al creer el rumor de que Cleopatra se había suicidado se atravesó el vientre con su espada. La reina (que estaba escondida en su mausoleo) al enterarse de lo ocurrido ordenó que llevaran a Antonio junto a ella que tras horas de agonía murió entre sus brazos. No se sabe cuál fue la reacción de Octavio al recibir la noticia, aunque dudo que llorara al ver la espada ensangrentada como apuntan algunas crónicas pues nunca sintió el más mínimo afecto hacia una persona tan diametralmente opuesta a él que no sólo había humillado a su queridísima hermana, sino que había dado la espalda a lo que Octavio más amaba: Roma.
Tras conceder un indulto a los habitantes de Alejandría y permitir el entierro de Antonio con todos los honores, en los días sucesivos el vencedor entró triunfalmente en la ciudad (que le impresionó profundamente) con la intención de reunirse con Cleopatra. Probablemente ambos dirigentes se habrían visto alguna vez en Roma durante la estancia de la reina como huésped de César, sin embargo ni Octavio era ya el niño delicado de aquel entonces ni ella una reina exuberante. Se presentó ante él enferma a la vez que desaliñada y, dejando de lado por primera vez en su vida su legendario gran orgullo, se postró a sus pies implorando clemencia. Hay quienes apuntan que Cleopatra intentó seducirlo, sin embargo es poco probable por el estado en el que se encontraba. Por su parte Octavio, ni era esclavo de los placeres como Antonio, ni sentía la más mínima atracción por una mujer seis años mayor que él tan diferente a su adorada Livia. Lo que sí tengo claro es que en caso de que Octavio hubiera sentido algún interés por ella, Cleopatra hubiera cedido pues reina por encima de todo, habría hecho cualquier cosa por conservar Egipto para la dinastía Ptolemaica, independiente del amor que había sentido por Antonio.

Cleopatra delante de Octavio Augusto. Guercino. 1640. Roma. Pinacoteca Capitolina

En cambio, tras perder todas sus esperanzas y conocedora de la costumbre romana de humillar a los reyes vencidos obligándoles a desfilar en el Triunfo del general victorioso encadenados a su carro triunfal por las calles de Roma, Cleopatra se suicidó con gran dignidad. Dicen las crónicas que engañó a Octavio fingiendo un apego a la vida. Es difícil de creer pues si alguien en el mundo podía hacer sombra a la inteligencia de la reina ese era precisamente el heredero de César. No obstante, cuando la inteligencia femenina se enfrenta a la masculina, aquella vence casi siempre; esto unido a que Cleopatra era la reina de los ardides deja abierta cualquier posibilidad. Cuenta Plutarco que Cleopatra “pidió a César (Octavio) que le permitiera celebrar las exequias de Antonio, y habiéndoselo otorgado, marchó al sepulcro, y dejándose caer sobre el túmulo con las dos mujeres de su comitiva exclamó:-Amado Antonio te sepulté poco ha con manos libres, pero ahora te hago estas libaciones siendo sierva y observada por guardias para que no lastime con lloros y lamentos este cuerpo esclavo que quieren reservar para el triunfo que contra ti ha de celebrarse. No esperes ya otros honores que estas exequias, a lo menos habiendo de dispensarlos Cleopatra. Vivos, nada hubo que nos separara; pero en la muerte, parece que quieren que cambiemos de lugares: tú, romano, quedarás aquí sepultado, y yo, infeliz de mí, en Italia, participando sólo en esto de tu patria; pero si es alguno el poder y mando de los dioses de ella, ya que los de aquí nos han hecho traición, no abandones viva a tu mujer, ni mires con indiferencia que triunfen de ti en esta miserable, sino antes ocúltame y sepúltame aquí contigo, pues que con verme agobiada de millares de males, ninguno es para mí tan grande y tan terrible como este corto tiempo que sin ti he vivido”. (Vida de Antonio. 84). Tras fingir que se resignaba a su suerte consiguió que sus guardianes se relajaran, logrando darse muerte sin que Octavio pudiera hacer nada para evitarlo.

La muerte de Cleopatra. Reginald Arthur. 1892. Londres. Roy Miles Gallery

Verdaderas o no estas crónicas, lo cierto es que al futuro Príncipe le vino muy bien la desaparición de la última descendiente de la dinastía lágida, pues una mujer desvalida encadenada a su carro podía acabar incitando la compasión hacia ella algo que en absoluto deseaba. Hay quien apunta incluso que él envió asesinarla, sin embargo, la mayor parte de autores aceptan la hipótesis del suicidio de la reina.


Única imagen que se conserva de Alejandro Helios y Cleopatra Selene, los gemelos hijos de Marco Antonio y Cleopatra. Siglo I a.C. El Cairo. Museo Egipcio

            Tras ordenar que el cuerpo de Cleopatra fuera enterrado con todos los honores junto al de Antonio respetando la última petición de la soberana, Octavio mandó dar muerte a Antilo (hijo mayor de Antonio con Fulvia) y a Cesarión que habiendo cumplido legalmente la mayoría de edad podían plantearle problemas futuros. Los otros tres hijos de Marco Antonio y Cleopatra fueron perdonados y llevados con él a Roma donde tras desfilar en su Triunfo fueron entregados a su hermana Octavia que también cuidaba desde hacía años al hijo menor de Antonio y Fulvia, Julo Antonio. Los niños recibieron una esmerada educación de príncipes. Poco se sabe del destino de los pequeños Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo que, seguramente murieron en su más tierna infancia. Cleopatra Selene en cambio contrajo matrimonio con Juba II de Mauritania país del que llego a ser reina. En cuanto a los hijos romanos de Antonio, Octavio adoraba a sus sobrinas, especialmente a Antonia Menor, a la que estaba más unido que a las Marcela, hijas del primer matrimonio de Octavia. Incluso a Julo Antonio lo tuvo siempre en la más alta consideración otorgándole grandes favores, como casarlo con su sobrina Marcela la Mayor lo que le permitió entrar de pleno derecho en la familia imperial hasta el punto que fue retratado en el Ara Pacis Augustae.

 Julo Antonio acaricia la cabeza de Julia Menor tras los pasos de su madrastra Octavia. Fragmento del
Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. París. Museo del Louvre

            El nuevo dueño de Egipto no quiso desperdiciar la ocasión, antes de partir hacia Roma, de visitar la tumba de Alejandro Magno para rendir honores al gran monarca macedonio. Contenido como era para todo la única pieza que se llevó para él como recuerdo fue una copa de ágata del Palacio de los Ptolomeo. Todo el oro y la plata que atesoraba el milenario país del Nilo fueron enviados al erario de Roma que vio como se resolvían todos sus problemas económicos mientras que Egipto perdió su independencia al convertirse en provincia romana; no obstante a partir de entonces el emperador ejercería un control especial a través de un prefecto perteneciente al orden ecuestre sobre el país del que dependía la mayor parte del abastecimiento de grano de la capital del Imperio, considerándolo su feudo privado. Tal era la obsesión de Augusto por controlar el granero del Imperio que ningún senador podía visitar Egipto sin su expreso consentimiento. Allí, Octavio fue reconocido como faraón, “Señor de las dos Tierras” y “Rey de Reyes” por parte de los alejandrinos que lo aceptaron sin ningún problema.


Augusto como faraón haciendo ofrendas a los dioses. Siglo I a.C. Relieve del Templo de Kalabsha 

4 comentarios:

  1. Según otra versión, Octavio quería evitar una sublevación popular de los egipcios en favor de su reina, así que le contó con todo detalle lo que le esperaba cuando la llevaran a Roma: cadenas, humillación, burlas de la plebe, ejecución tras ser paseada como un trofeo. Lo hizo queriend que ella se suicidara por su propia mano, para evitar tanto la sublevación como Cleopatra ganra simpatías en Roma si demostraba gran dignidad en el triunfo de Octavio (como antes pasó con su hermana Arsinoe en el triunfo de César.

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  2. Es difícil saber lo que pasó en realidad, a lo mejor si logran encontrar la tan buscada tumba de Cleopatra con la momia, es posible esclarecer algo más; estoy de acuerdo contigo en que lo mejor para Octavio, fue lo que ocurrió pues pienso que él la prefería muerta antes que en su desfile y le venía muy bien no ser señalado como el culpable directo, darle un gran funeral... para como bien dices ganarse al pueblo egipcio sin más complicaciones.

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  3. Para mí Cleopatra habría sido una buena emperatriz para Roma. Habría unido Oriente y Occidente en un solo imperio con Roma y Egipto unidos, para mí no es la reina prostituta que pintó Octavio y pintaron otros.

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    1. Como tú admiro mucho a Cleopatra, una gran reina y una gran mujer, que supo imponerse en un mundo controlado por hombres. No obstante, según mi opinión Augusto y Agripa fueron el mejor desenlace para Roma, una de las ciudades de la antigüedad que mejor ha llegado hasta nuestros días, en parte gracias a la labor y a la dedicación de ambos. De haber vencido Cleopatra, quizás hoy Roma no existiría...algo que mi mente eminentemente romana, es incapaz de concebir. Un saludo y gracias por leerme

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