viernes, 14 de marzo de 2014

Agripa, la sombra del Príncipe. 1ª Parte

Marco Vipsanio Agripa. Siglo I a.C. París. Museo del Louve

Me gusta creer que si Agripa hubiera vivido en el Renacimiento hubiera sido un genio comparable al mismísimo Miguel Ángel Buonarotti, quien conmocionado ante la cúpula del Panteón (obra cumbre diseñada por el romano y a la que dio forma Adriano en el siglo II d.C.), no pudo más que exclamar su famoso “angelico e non umano” (Obra de los ángeles y no de los hombres).
Interior del Panteón de Agripa. Siglo II d.C. Roma 2013
Uno de los máximos aciertos de la política de Augusto fue rodearse de hombres de su absoluta confianza, cuyas familias no pertenecían a la nobleza romana del más rancio abolengo y cuyo ascenso debían mayoritariamente a él, ganándose de este modo su lealtad incondicional. Válidos por sus méritos, no por la pureza de su sangre, entre ellos sobresale por encima de todos, Marco Vipsanio Agripa, que se convertiría en su amigo íntimo, consejero y valuarte de casi todas sus victorias militares gracias a su genialidad en el campo de batalla ya fuera por tierra o por mar. No sólo eso, ingeniero y arquitecto, Agripa dio forma a la Roma ideada por Augusto. Fue el perfecto segundo, siempre a la sombra del Príncipe, siempre trabajando para que él brillara. A las cualidades de Agripa se añaden también las de cartógrafo y escritor, o sea un perfecto humanista quince siglos antes.
Pertenecía a una familia de cierta riqueza del orden ecuestre afincada en las zonas rurales cercanas a Roma aunque no se sabe con certeza si procedía del Véneto. Ninguno de sus miembros había accedido nunca a ningún cargo público. Parece que su hermano luchó en la Guerra de África contra César y que fue perdonado por éste gracias a la intercesión de su sobrino Octavio. Este hecho sirve para corroborar el fuerte vínculo que unía a los dos jóvenes desde la más tierna adolescencia.
Debido al escaso talento militar de Octavio, desde el momento que los jóvenes conocieron la noticia del asesinato de César, delegó el control de las legiones en Salvidieno y Agripa. En el 40 a.C. la traición del primero dejó el mando de las mismas a Agripa, que las condujo victoriosas en las Batallas de Naulocos y Accio. Participó también en la Batalla de Munda bajo el mando de César, y ya junto a Octavio en Filipos, Módena y Perugia. Por su triunfo en Naulocos sobre los piratas liderados por Sexto Pompeyo (que tanto daño hacían a la población al impedir el suministro de trigo) se le condecoró con una corona naval, la corona rostrata; un hecho sin precedentes, pues ningún hombre en la historia la había recibido jamás ni volvería a concederse.


Moneda con Agripa en el anverso y Neptuno en el reverso

          Augusto lo colmó de todos los honores y gracias al patronazgo de su amigo, Agripa accedió a importantes cargos públicos llegando a ostentar la más alta magistratura del estado, el consulado, en tres ocasiones. Además, fue Tribuno de la Plebe, Pretor urbano, Gobernador de la Galia Transalpina y Edil, magistratura de carácter inferior con la que se sintió plenamente realizado pues en calidad de responsable de de las construcciones de Roma pudo dedicarse a su gran pasión: la arquitectura.
Contrajo matrimonio tres veces: en primeras nupcias con Cecilia Ática de la que tuvo una hija, Vipsania, que fue la primera esposa del futuro emperador Tiberio. Con posterioridad, se casó con Claudia Marcela, sobrina de Octavio con quien tuvo otra hija. Su matrimonio definitivo fue con Julia Mayor, la hija de Augusto, tras la muerte del primer marido de ésta, el joven Marcelo. El otro amigo de ambos, Mecenas, aconsejó a Augusto sobre Agripa del siguiente modo: “Le has hecho tan poderoso que debe convertirse en tu yerno o ser asesinado” (Historia de Roma.. Dión Casio).  Este matrimonio le supuso a Agripa el reconocimiento como heredero del Príncipe y a éste el malestar de su esposa Livia que aspiraba a casar con Julia a su hijo Tiberio. Agripa y Julia tuvieron cinco hijos: Cayo, Lucio (adoptados inmediatamente por Augusto) Agripina, Julia Menor y Agripa Póstumo.


Medallón con Augusto, Agripa y Julia. Siglo XVI
En cuanto a descripción física y psicológica, Agripa representaba el contrapunto de Augusto. De rasgos duros, era alto, musculoso y fuerte. Su físico imponente contrastaba con el perfil aniñado y menudo de su amigo. Respecto a su carácter lo que se puede extraer de las fuentes es que tenía la rudas maneras de un soldado, sin embargo, era generoso, leal, altruista, un hombre sencillo al que por ejemplo le gustaba el arte, pero como algo que debía disfrutar todo el mundo y no sólo unos cuantos privilegiados; por este motivo, gastó ingentes cantidades de dinero en  comprar cuadros pero los expuso en los baños que construyó para el pueblo de Roma. Otra anécdota que nos hace comprender su grandeza es que rechazó la celebración de los tres triunfos que se le ofrecieron por sus éxitos militares para no ensombrecer al Príncipe. Hombre práctico y muy romano, poseía una férrea voluntad que no admitía errores ni retraso en nada de lo que hacía. Era a todos los efectos el igual de Augusto, único hombre al que obedecía, pero siempre iba un paso por detrás de él en los desfiles.


 
Agripa. Siglo I a.C. Museo Pushkin. Reconstrucción virtual de su rostro

Marco Vipsanio Agripa. Procesión del Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2013

Era tal la conexión entre los dos amigos que nunca los separó celos ni envidias. Sólo en una ocasión Agripa pareció molestarse ante los excesivos honores que Augusto concedía a su jovencísimo sobrino Marcelo. Aún así en el 23 a.C. Augusto, gravemente enfermo, entregó su sello a Agripa, lo que suponía reconocerlo como su sucesor en detrimento de Marcelo. Sin embargo Agripa, antes de poner al Príncipe en una situación difícil, cuando aquel se recuperó se alejó de Roma durante dos años, volviendo ya como esposo de Julia, a la muerte del joven en el 21 a.C. Suetonio define su actitud ante esta situación como impaciente: “A veces echó en falta paciencia en Marco Agripa pues por una ligera sospecha de frialdad y, porque a su entender, se le posponía a Marcelo, lo había dejado todo y se había retirado a Mitilene” (Vida de Augusto. 66.3)


Augusto y Agripa (con corona rostrata)

De nuevo los dos amigos

         Murió en Campania a la edad de 51 años a la vuelta de Panonia en el 12 a.C., sin lograr regresar a Roma. Hasta allí se trasladó Augusto que no consiguió ver a su querido amigo por última vez con vida. Fue un gran golpe para el Príncipe que llevó luto por él durante un mes entero. Él mismo leyó el discurso en el funeral de Estado con que lo honró. Ordenó que lo enterraran en el Mausoleo imperial. En su testamento, Agripa legó a Augusto su fortuna y al pueblo de Roma sus baños y jardines lo que refleja la nobleza de su carácter. Es bellísimo el párrafo que le dedica Dion Casio en su Historia de Roma:
“Fue enterrado en el propio Mausoleo del emperador, aunque Agripa había preparado uno para sí mismo en el Campo de Marte. Este fue el final de Agripa, que en todos los sentidos se había mostrado claramente como el más noble de los hombres de su época y había utilizado su amistad con Augusto, con miras de ofrecer el mayor provecho tanto para el propio emperador como para el Imperio. El que superó a todos en excelencia, se mantuvo por su propia voluntad a las ordenes del emperador y al mismo tiempo dedicó toda su sabiduría y valentía a los más altos intereses de Augusto, y todos ellos prodigados y por el honor e influencia que recibió de él hacía el beneficio de los demás. 
Es por esto, en particular, que él nunca se convirtió en odiado por Augusto ni por sus conciudadanos, por el contrario, ayudó a Augusto para establecer la monarquía, como si fuera realmente un dedicado valedor del régimen autocrático. Y se ganó a la gente en su beneficio, como si fuera el más alto grado de un gobierno popular. 
En cualquier caso, incluso a su muerte dejó sus jardines y los baños que llevan su nombre para que en ellos puedan bañarse los ciudadanos sin pagar y, a tal fin dio a Augusto determinadas fincas. Y el emperador no sólo revirtió éstas al Estado, sino también distribuyó a la población cuatrocientos sestercios a cada uno, dando a entender que había sido Agripa quién así lo ordenara. De hecho Augusto había heredado la mayor parte de los bienes de Agripa, incluida la Chersonese en el Hellespont, que habían llegado de alguna manera u otra a ser propiedad de Agripa. 
Augusto sintió su pérdida durante mucho tiempo y, por tanto, propició que fuera honrado a los ojos del pueblo, y llamó al hijo póstumo nacido de él como Agripa”.
Y Roma ha reconocido su grandeza de la mejor manera: su joya más preciada, el Panteón, muestra en su friso a los millones de personas que al igual que Miguel Ángel contemplan extasiadas el cielo a través de su cúpula, el nombre del hombre excepcional que no sólo soñó un día atrapar en hormigón el firmamento sino que superó sus propios anhelos; pues si el cielo existe, no es posible que pueda deleitarnos con una visión más hermosa que la que se nos ofrece al elevar los ojos hacia lo alto cuando traspasamos el dintel que da acceso a su Pantheon.
El Panteón de Agripa. Siglo II d.C. Roma 2013 
"Marco Agripa, hijo de Lucio, lo construyó durante su tercer consulado"

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