martes, 19 de agosto de 2014

Gratias, meum Imperator

Augusto Pontifex Maximus. Detalle. Museo de las Termas. Roma 2013
Querido Augusto:
             Hace 2000 años un cálido 19 de agosto como hoy, sobre las 2 y media de la tarde, la luz se apagó en tus ojos dejando en tinieblas a un mundo romano incapaz de recordar como era su devenir antes de que tú existieras. Aquel día te encontrabas lejos de Roma, en Nola, por lo que no pudiste dar un último abrazo a tu amada ciudad, a la que te trasladaron a hombros durante más de 500 kilómetros. En el trayecto expusieron tu cuerpo en cada basílica, en cada templo, para que todos los lugares pudieran brindarte un postrero homenaje hasta que te depositaron a los pies del Palatino y así Roma entera pudo despedirse de ti, su padre amado. Nunca más volverías a alejarte de las siete colinas.
Mientras el fuego convertía tu cuerpo anciano en cenizas, la capital del mundo contempló conmocionada como tu alma volaba hacia las regiones etéreas tras la estela de una inmortalidad que te reclamaba. Vestido con tu armadura favorita, aquella que al grabar en tu pecho la devolución de las insignias robadas por los partos, encarnaba el amanecer de tu Imperio, cruzaste junto a Caronte la Laguna Estigia hacia confines infinitos. Y tu rostro se inundó de majestad y de la deslumbrante belleza que siempre lo había adornado al acariciar con tus pies descalzos la otra orilla; en él volvió a brillar la sonrisa que años de lacerante dolor habían borrado de tus labios cuando reconociste entre la inmensa multitud que te aclamaba a tantos seres queridos que la fatalidad había apartado de ti demasiado pronto: al llorado Marcelo, a la dulce Octavia, a los añorados Mecenas, Horacio y Virgilio, a tu hijastro Druso, y sobre todo al divisar a tus adorados Cayo y Lucio que, al igual que en el Ara Pacis, escapaban de la mano de su padre para abrazarte y acompañarte en tus últimos pasos hacia un trono celestial a cuya diestra te esperaba el más fiel de los amigos, Agripa. En ese momento comprendiste la magnitud de la soledad que te había consumido en los últimos años y, que lo único que te ataba a la vida era un vínculo indeleble: el deber hacia Roma, tu más preciado regalo a la posteridad. Siempre la amaste tanto que sólo abandonaste sus muros en aquellas ocasiones  que era estrictamente necesario, y ni siquiera durante el crudo invierno romano que entumecía tus huesos y agravaba tu delicada salud, soportabas vivir en otro lugar. Por eso, tus ojos se inundaron de lágrimas al vislumbrar a través de la bóveda inmensa que inundaba todo el firmamento de luz a través de su óculo perfecto el perfil incomparable de tu ciudad de mármol, tal y como como te gustaba contemplarlo cada día, dorado por los rayos de un atardecer que para ti ya sería eterno.


Panteón de Agripa. Detalle. Roma 2011

           Dos milenios después… Roma sigue intensamente ligada a ti; desde hace más de un año no ha cesado de homenajearte haciendo que tu memoria esté más viva que nunca, sobre todo hoy, donde todos sus rincones susurrarán tu nombre. Y no sólo ella te recordará: es conmovedor la cantidad de lugares donde dejaste tu sello que están exaltando tu figura, tantos, que si este 19 de agosto cada uno de ellos encendiera una vela en tu nombre, desde la bóveda celeste podrías contemplar toda Europa y muchos territorios desconocidos para ti como un inmenso festival de luz.
         Tus huellas, divino Augusto no se borrarán jamás de la faz de la Tierra, porque al sacrificar la gloria de la conquista en beneficio de la paz pusiste los cimientos del continente europeo. A diferencia de la mayoría de los gobernantes actuales que sólo aspiran al poder para enriquecerse a expensas de las arcas del Estado, invertiste tu fortuna personal en paliar el hambre y las necesidades de tu pueblo al mismo tiempo que no cesaste en tu empeño de construir ciudades en lugar de arrasarlas con innumerables guerras sin sentido, consiguiendo expandir y consolidar una cultura romana, que sigue siendo el fundamento de la nuestra.
           Por mi parte, no puedo más que agradecer que hayas existido y que nos hayas legado Roma y la romanidad como estilo de vida; tu presencia ha sido una constante en mi vida desde que siendo apenas una niña jugaba a esconderme con mis primos entre los túneles del anfiteatro de Mérida o la joven que contempló por primera vez la ciudad que tú convertiste en eterna. No puedo imaginar cómo hubiera sido mi vida sin soñar cada día cuando será la próxima vez que volveré a contemplar su silueta sagrada desde el Capitolio, sin anhelar nuevos descubrimientos arqueológicos bajo su suelo milenario que nos permita contemplarla tal y como tú la modelaste o sin seguir los ecos de su pasado allá por donde voy. Dedicarte este blog, a pesar del gran esfuerzo que me supone, es un gran honor y en él seguiré trabajando hasta que pueda abordar toda la inmensidad de tu obra, una de las más solidas y perdurables que el mundo ha conocido.

Augusto de Prima de Porta. Detalle. Museos Vaticanos. Roma 2011

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