domingo, 9 de marzo de 2014

Pompeya

Pompeya. Foro. 2011
“Imagínese que me encontraba en Pompeya, en lo alto de un muro estrecho y en ruinas. De pronto se producía una sacudida, viniéndose abajo y arrastrándome hacia el suelo de mármol antiguo…Debo decir que nunca encontraría una ocasión más hermosa para morir, ni un lugar tan propicio para ser enterrado”. F. Mazois. Carta a la Srta. Duval
Por primera vez voy a desviarme ligeramente de la figura de Augusto y su mundo para dedicar unas líneas a Pompeya en otra semana triste para los que amamos tanto la arqueología y el arte: nuevos muros han vuelto a caer en la ciudad del Vesubio a causa del mal tiempo, el séptimo derrumbe en los últimos 6 meses y no es posible sentir mayor impotencia y desconsuelo. Por eso quiero dejar aquí unas letras que escribí en “Paisajes de una ilusión (mis diarios italianos) sobre mis sensaciones tras visitar Pompeya.
“Acabo de llegar desde Italia y un gran pesar  lacera mi alma. No han pasado ni 24 horas desde mi regreso y la tierra ha vuelto a temblar en mi amado país transalpino dejando un paisaje de desolación y muerte a su alrededor, tan sólo 9 días después del anterior y devastador terremoto. Al igual que en el año 2009 con la tragedia del L’Aquila y en 1997 en Asis, siento el dolor de Italia como si fuese mío, porque cada vez que cae un trozo de Italia, es como si cayera un trozo de mi corazón.
 Esa fragilidad es la que me empujo allá en el año 2011 a no demorar más mi visita a Pompeya. Un sueño pospuesto una y otra vez  por culpa de este espíritu mío, siempre reacio a alejarse de  Roma cuando está allí.
Sin embargo, meses antes se había derrumbado la Casa pompeyana de los Gladiadores provocándome una gran zozobra, y en ese mismo instante, cuando leí la noticia en la prensa, decidí que no podía demorar más mi cita con ese lugar mítico, tan romano como la propia Roma. Así que en el que fue mi cuarto viaje a la Ciudad Eterna, obligué a mi espíritu a abandonarla durante un día y cogí el tren en dirección a Nápoles.
Y aunque haya pasado un año…no puedo dejar de escribir sobre ella. Pocas veces he sentido una emoción tan intensa como aquel 10 de junio cuando al bajar de la Circumvesubiana (el tren de cercanías que me llevó desde Nápoles) atravesé la cancela de la ciudad devastada por el Vesubio el 24 de agosto del año 79 de nuestra era. Cuando te vas  acercando a la capital de Campania, la visión del inmenso volcán recortando el horizonte, es una imagen indescriptible, que te deja sin palabras. Y ya en Pompeya, da igual hacia donde mires…desde cualquier punto si alzas la vista, allí está ese regalo de la naturaleza dominando el paisaje y grabando en tu retina una estampa inigualable.
Pompeya es mucho más que un enclave arqueológico turístico. Su atmósfera es única. Lo más conmovedor es que este lugar maravilloso te hace sentir la fugacidad de la vida a cada paso que das. Desde que atravesé la Porta Marina, que da entrada a la ciudad, mi mente no dejó de pensar en cómo en un segundo se puede perder todo. Y esa sensación, que no me abandonó durante todo el día y que se reafirmaba cada vez que mis ojos se posaban en el Vesubio terminó de convencerme de que lo más importante en la vida es aprender a disfrutar de la felicidad, allá donde ésta se encuentre.
Pompeya era una ciudad próspera, un punto importante de paso de las mercancías que llegaban vía marítima hacia Roma y el lugar escogido por los romanos adinerados para refugiarse del calor sofocante de la Ciudad Eterna.
  No obstante, de nada sirvió la opulencia ni el dinero aquel 24 de agosto cuando la vida de la urbe y de sus habitantes quedó congelada. En un segundo de desgracia todo ese mundo apacible desapareció bajo una capa infinita de cenizas y lava. Y para la eternidad…por primera y única vez en la historia: el regalo inmortalizado de ese instante.
Llevaba preparado un vasto itinerario, que pude cumplir casi en su totalidad…pero todavía hoy soy incapaz de decidir que estampa me emocionó más: si las huellas de las ruedas de los carros sobre el asfalto flanqueando los pasos de peatones de hace dos mil años, el arrullo del agua que aún puede oírse procedente de las fuentes, el pintoresco prostíbulo, los gimnasios, las inmensas villa con sus espectaculares pinturas murales, las tabernas donde todavía se siente el eco de las voces de dos amigos compartiendo un vaso de vino, las bulliciosas termas, los grafitos electorales o aquello que te traspasa el alma dejándola encogida, y que los italianos llaman calchi: los cuerpos (conservados bajo una capa de yeso) de víctimas de todas las edades e incluso de un perro retorciéndose en su cadena intentando huir de la tragedia. No hay palabras para explicar los sentimientos que se agolpan en tu corazón ante esa sucesión de imágenes que nos desvelan la inmensidad del legado de Roma y que corrobora la magnitud de un Imperio romano que aún hoy domina nuestro mundo.
La lucha para salvaguardarla debe ser prioritaria, pues Pompeya es la enciclopedia en piedra que nos ha transmitido la mayor parte de los conocimientos que poseemos de la cultura romana, o sea la nuestra. Es un patrimonio, no sólo de Italia sino de toda la humanidad, un milagro donde más allá de la muerte se resucita la vida y los sueños de nuestros antepasados que entre sus muros viven eternamente”.


 Reloj de Sol del Templo de Apolo. 2011


Calzada con huellas de ruedas de carro y paso de peatones. 2011
 
Frescos de la Villa de los Misterios. 2011

Horno de pan. 2011
 

Fuente. 2011

Casa de la Fuente Grande. 2011 

Termas del Foro. 2011 

Prostíbulo. 2011 

 Thermophilium de Vetitius. 2011

Fresco de la Casa de Venus en concha. 2011 

Casa de los Cei 

Grafitos electorales. 2011 

Calchi en el Jardín de los Fugitivos.2011

Calco de perro. 2011

Calle de Pompeya. Al fondo el Vesubio. 2011

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