lunes, 12 de octubre de 2015

Antonia la Menor

Antonia Menor. Siglo I a.C. Roma. Museo de las Termas

Antonia era la menor de las hijas de Octavia y Marco Antonio, de ahí su cognomen. Nació el 31 de enero del año 36 a.C., y nunca llegó a conocer a su padre pues en el momento de su alumbramiento éste ya había partido hacia Egipto para reanudar su relación sentimental con la reina Cleopatra. En consecuencia, cuando el divorcio de sus padres se hizo oficial, se trasladó junto con su madre y hermanos a casa de su tío, el futuro Augusto, donde recibió una esmerada educación que la convirtieron en una mujer culta y refinada.
En el 17 a.C. contrajo nupcias con Druso, el hijo menor de la emperatriz Livia, con el que se había criado. Fue un matrimonio político pero ambos estaban muy enamorados; debido a ello, algo raro en la época, fueron siempre fieles el uno con el otro.

Druso el Mayor. Siglo I. Roma. Museos Capitolinos

Antonia no podía vivir mucho tiempo alejada de Druso por lo que acompañaba a su marido en las campañas militares siempre que era posible. Del matrimonio nacieron tres hijos: el espléndido Germánico (en 15 a.C.), la intrigante Livilla (en 13 a.C.) y el enfermizo Claudio (en 10 a.C.) que llegaría a ser emperador. En todas las representaciones con su esposo se muestra a una mujer radiante heredera de todas las virtudes de las grandes matronas romanas.

Antonia y Druso en el Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma

Sin embargo la felicidad de Antonia se vio truncada poco después al morir Druso prematuramente en el 9 a.C., quedando con sólo 27 años viuda y madre de 3 hijos pequeños. Tan grande era su dolor que pidió a Augusto dispensa para no volver a casarse. El emperador, a pesar de que iba contra sus propias leyes matrimoniales aprobadas años antes, se lo concedió.
Así la bella Antonia se trasladó junto con sus hijos nuevamente a la casa donde había vivido su infancia y se había enamorado de Druso, instalándose con su suegra Livia, a la que estaba muy unida. Del mismo modo, tenía una conexión especial con su difícil cuñado Tiberio, contándose entre las pocas personas que éste apreciaba. Valerio Máximo lo relata así: “Después de la muerte de Druso, aún siendo ella bellísima y encontrándose en la flor de la vida, vivió con la suegra. Durmiendo junto a ella en el mismo lecho Antonia dejó morir su juventud mientras Livia envejecía, afrontando así su viudez”. (Dichos y Hechos memorables. p. 132).

Casa de Livia en el Palatino. Siglo I a.C. Roma

En la Casa de Livia se dedicó a las labores propias de las matronas romanas: el telar y la educación de sus hijos. Germánico era claramente su favorito, pues era la viva imagen de su padre, tan bello y noble de carácter como lo había sido Druso. Livila en cambio era ambiciosa y manipuladora muy alejada del carácter de sus ilustres padres. Por su parte, Claudio, el niño de las mil enfermedades, fue siempre su gran preocupación. Algunas fuentes antiguas nos dejan la imagen de una madre que despreciaba a su hijo “(Antonia) repetía con frecuencia que Claudio había sido comenzado por la naturaleza y no había sido terminado, y cuando quería tachar a alguien de estúpido, decía que era más tonto que su hijo Claudio” (Suetonio. Vida de Claudio.3.2). No obstante, no sabemos hasta que punto son ciertas estas consideraciones porque siempre estuvo al lado de Claudio y cuidó de él hasta el final. De hecho, cuando fue emperador, Claudio le concedió múltiples honores, emitiendo incluso monedas con su rostro.

Monedas con la imagen  de Antonia Menor. Siglo I d.C. 

La vida fue muy injusta con Antonia pues en 19 d.C. tuvo que enterrar a su adorado hijo Germánico muerto con tan sólo 34 años en extrañas circunstancias. Asimismo tuvo que soportar la deshonra de su hija Livila que envenenó a su marido, Druso el menor (hijo de Tiberio) para allanar el camino de su amante Sejano hacia el trono imperial. Dión Casio sostiene que fue la misma Antonia quien descubrió la conjura para derrocar a Tiberio al leer la correspondencia entre su hija y su amante, el favorito del emperador. Ella misma lo puso en conocimiento de Tiberio que mandó matar a Sejano. Continúa Dión contando que “Tiberio había perdonado a Livila pero que fue la propia Antonia, quien por propia iniciativa, la dejó morir de hambre” (Historia Romana. Libro VIII). Otras fuentes sin embargo, dicen que Tiberio mandó a Livila al exilio.

Livila en el Gran Camafeo de Francia. 23 d.C. París. Gabinete de Medallas

Igualmente, tuvo que asistir a la muerte violenta de sus nietos mayores Druso y Nerón (hermanos de Calígula) y a la degeneración de Calígula y sus nietas Agripina, Drusila y Livila.
Precisamente su relación con su nieto Calígula sufrió de grandes altibajos. Éste se fue a vivir con ella en 29 d.C., año en que murió Livia (con quien se había trasladado cuando su madre Agripina fue desterrada). En los inicios de su principado, Calígula colmó a Antonia de todos los honores que en vida disfrutara la difunta esposa de Augusto. Sin embargo, una matrona virtuosa como Antonia no podía soportar la conducta depravada de su nieto a quien una vez sorprendió acariciando lascivamente a su propia hermana Drusila, de ahí que lo reprendiera severamente en múltiples ocasiones, lo que irritaba al joven emperador. Según Suetonio, “A una amonestación de su abuela Antonia, como si no bastara con desobedecerla Calígula contestó: recuerda que todo me está permitido y con todas las personas” (Vida de Calígula. 29,1).

Calígula. Siglo I d.C, Nueva York. Metropolitan Museum of Art

Antonia falleció en 37 d.C, precisamente durante el reinado de Calígula. No se sabe a ciencia cierta si por orden de su nieto o si ésta se suicidó al no poder soportar más el destino de su familia (Calígula acababa de ordenar la muerte de su otro nieto Tiberio Gemelo, algo que Antonia le recriminó con dureza). Sus últimas palabras fueron dirigidas a su amado esposo Druso rogándole perdón por haberle hecho esperar tanto. Sobre la muerte de Antonia cuenta Suetonio que “cuando su abuela Antonia le pidió (a Calígula) una audiencia privada, se negó a recibirla a menos que estuviera presente el prefecto Macrón, y a fuerza de humillaciones y disgustos de este tipo, provocó su muerte, administrándole, no obstante, también veneno según la opinión de algunos; una vez muerta, no le rindió ningún honor, e incluso contempló su pira ardiente desde su triclinio” (Vida de Calígula. 23,2).
Mujer influyente y de gran mérito, Antonia tuvo muchos amigos, entre ellos algunos familiares de Herodes el Grande. Su belleza, testimoniada en los retratos que han llegado hasta nosotros, es heredera de las facciones dulces de su madre y del gran atractivo de su padre. De Octavia heredó también su inmenso virtuosismo. No obstante, era temperamental y con arrojo como Marco Antonio pues nunca dejó de decir lo que pensaba ya fuera a Augusto o a Calígula.

Antonia se despide de su hijo Claudio antes de morir. Fotograma de la serie Yo, Claudio. 1976

Su hijo Claudio al acceder al poder le devolvió todos los honores que Calígula le había arrebatado: le dedicó exequias públicas, una carroza para pasear su imagen por el circo y el sobrenombre de Augusta. De esta época son las monedas acuñadas con la imagen de Antonia y las múltiples esculturas que la representan como Hera o Venus, en las que Claudio no sólo quería aludir a la belleza de Antonia sino también a su papel de progenitora de la gens Claudia.


La Hera Ludovisi es un retrato de Antonia Menor. Siglo I d.C. Roma. Museo de las Termas


Antonia como Venus. Siglo I d.C. Ninfeo Claudiano de Punta Epitaffio, rescatado del mar de Baiae. Museo Archeologico di Campi Flegrei

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