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viernes, 31 de octubre de 2014

La Batalla de Accio

La Batalla de Accio. Lorenzo A. Castro

La Batalla de Accio, sin ser espectacular en cuanto a estrategia militar, por sus consecuencias políticas puede considerarse una de las batallas más importantes de la historia, pues en ella se decidió nada más y nada menos que el destino de Europa.
Tras la consternación que produjo la lectura del testamento de Marco Antonio en el Senado romano, Octavio se dirigió al templo de Belona (diosa de la guerra) ubicado en el Campo de Marte para celebrar el antiguo ritual de declaración de guerra. La ceremonia consistía en que los sacerdotes de Belona arrojaban lanzas manchadas con la sangre de un cerdo sacrificado hacia la columna bélica (que se ubicaba dentro de un terreno delimitado delante del templo). Finalizado el rito, Roma se consideró oficialmente en guerra con Egipto.
El 1 de enero del año 31 a.C. Octavio fue nombrado cónsul por tercera vez. Dejando nuevamente a Mecenas al frente del gobierno de Italia cruzó el Adriático junto con Agripa a quien puso al frente de sus tropas. Antonio, por su parte, desplegó las suyas por las costas del Epiro y de Grecia, desde Corcira a Metone. Agripa, con una gran audacia,  asestó el primer golpe casi inmediatamente, al atacar y apoderarse del fuerte de Metone con lo que comprometía el abastecimiento que llegaba desde Egipto provocando escasez de víveres entre las filas de Antonio. Octavio, entre tanto, navegó hacía Accio y acampó en una colina al norte, desde donde disfrutaba de unas vistas inmejorables del terreno.

Detalle del monumento a Marco Vipsanio Agripa. Mérida 2014

Al poco, Antonio y Cleopatra se trasladaron desde Patras y ubicaron su campamento frente al del cónsul romano. Al mismo tiempo Agripa se apoderó de dos puertos muy valiosos: Leucas y Patras, lo que cortaba totalmente los suministros por mar al campamento de Antonio, donde comenzaba a reinar una gran desolación causada por el hambre y las enfermedades producidas por el bloqueo. Por este motivo comenzaron las deserciones entre las filas de Antonio, agravadas por el hecho de que los soldados romanos no toleraban que una mujer, la reina Cleopatra, compartiera el mando con su general. La huida de su amigo Domicio Ahenobarbo y la de Delio (el cual proporcionó a sus rivales un informe completo de sus planes bélicos) afectaron profundamente a Antonio.

Tapiz Antonio y Cleopatra saliendo hacia Accio. 1620. Madrid. Palacio Real

      Todo ello precipitó que Antonio y Cleopatra decidieran romper el bloqueo antes de que fuera demasiado tarde. El primero estaba decidido a plantear una batalla terrestre pues era el campo en el que se desenvolvía mejor; no obstante acabó secundando el deseo de la reina de que la batalla se desarrollara por mar.

La Batalla de Accio

El 2 de septiembre del 31 a.C., los barcos comenzaron a avanzar por el estrecho en fila y se desplegaron en dos líneas. Cleopatra desde su buque insignia la “Antonia” se colocó detrás de las filas sin intención de participar de forma activa en la batalla. Agripa se negó sensatamente a moverse por lo que toda las mañana estuvieron las flotas frente a frente quietas. Finalmente Antonio adelantó sus barcos iniciando la ofensiva. Agripa separó probablemente sus tropas en dos filas al contar con un número mayor de naves mientras que Antonio se vio obligado a  formar sólo una. Agripa avanzó hacia el flanco norte de su enemigo seguido por los barcos de Antonio por lo que el centro de la formación de éste acabó debilitándose. Después de dos horas en la que los barcos de Antonio estaban oponiendo resistencia aunque no conseguían salvar el bloqueo, ocurrió el hecho que marcó el desenlace de la batalla: la “Antonia” por orden de Cleopatra izó las velas repentinamente y atravesando el débil flanco central por una zona vacía de barcos se dirigió hacia el sur, en dirección hacia Egipto. Antonio se pasó inmediatamente a un barco más liberado del ataque y con una pequeña flota siguió a la reina, dejando el resto de su armada inmersa en el fragor de la batalla. Aunque de este episodio se han dado múltiples interpretaciones incluida aquella que la reina huyó presa del pánico y que Antonio la siguió perdidamente enamorado, lo cierto es que probablemente obedecía a un plan para escapar del asedio. No obstante,  al no conseguir  que lo siguieran el resto de los barcos la estrategia resultó ser un auténtico fracaso.
Al día siguiente la flota de Antonio que había quedado luchando frente al promontorio de Accio, se pasó al bando de Octavio que les prometió las mismas recompensas que a su ejército. A pesar de ello, algunos oficiales abandonaron a escondidas las filas de Octavio y fueron al encuentro de un Antonio, que tras dar alcance al barco de la reina se sumió en una profunda depresión acrecentada por el hecho de que las legiones acantonadas en Cirenaica se habían pasado a su enemigo. Entre tanto Cleopatra, entró en Alejandría con los barcos adornados como si hubiera ganado la guerra y eliminó a todos los que querían aprovechar la delicada situación para mermar su poder.
Por su parte, Octavio erigió en su campamento un enorme monumento en honor de la Victoria en el lugar que posteriormente fundó la ciudad de Nikópolis.


El vencedor de Accio en todo su esplendor
Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticano


      La batalla de Accio fue cantada por todos los poetas del entorno de Mecenas que la consideraron como el inicio de una nueva Edad de Oro; especialmente bellos son los versos que le dedica el más grande poeta latino, Virgilio, en su Eneida, porque refleja el profundo patriotismo con el que la afrontó el pueblo de Roma e Italia:
“A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate con los padres y el pueblo romano, y los Penates y los grandes dioses, en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza.
En otra parte Agripa con los vientos y los dioses de su lado guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra, las sienes rostradas le relucen con la corona naval.
 Al otro lado con una tropa variopinta de bárbaros, Antonio, vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral,  Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra arrastra consigo, y le sigue, ¡oh, sacrilegio!, la esposa egipcia.
Todos se enfrentaron a la vez  y espumas echó todo el mar sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes. A Alta mar se dirigen; creería que las Cícladas flotaban arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban, en popas almenadas de moles tan grande se esfuerzan los hombres. Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza.
La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro, y aún no se ve a su espalda las dos serpientes. Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis empuñan sus dardos contra Neptuno y Marte y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece  en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo, y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado acompañado de Belona con su flagelo de sangre. Apolo, viendo esto, tensaba su arco desde lo alto; con tal terror todo Egipto y lo indos, toda la Arabia, todos los sabeos su espalda volvían. A la misma reina se veía, invocando a los vientos, las velas desplegar y largar amarras. La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige; al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo y abriendo su seno y llamando con todo el vestido a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas”. (Virgilio. Eneida. Libro VIII. 678-713).

domingo, 8 de junio de 2014

Virgilio profetiza la Edad de Oro


Publio Virgilio Marón. Nápoles. Parque Virgiliano

El papa Urbano VIII la primera vez que citó en audiencia al arquitecto y escultor Gian Lorenzo Bernini (el único artista parangonable al gran Miguel Ángel Buonarotti) lo recibió con estas palabras:  “Es gran fortuna la vuestra, caballero, ver papa al cardenal Maffeo Barberini, pero bastante mayor es la nuestra que el caballero Bernini viva en nuestro pontificado” (Passeri. Vite de Pittori, scultori e architetti che hanno lavorato in Roma). Augusto hubiera podido ciertamente expresar lo mismo en relación a Publio Virgilio Marón, el mejor poeta latino, que ensalzó como ningún otro tanto al primer emperador como las bienaventuranzas de su Principado.
Coincidiendo con el Tratado de Brindisi que culminó con el matrimonio de Marco Antonio y Octavia, el poeta de Mantua, escribió la famosísima Égloga IV de sus Bucólicas, en la que celebra la paz alcanzada y anuncia el nacimiento de una nueva Edad de Oro para la humanidad.
“¡Musas sicilianas, cantemos cosas un poco más elevadas! No a todos agradan los árboles y los humildes tamariscos. Se aproxima ya la última edad de la profecía de Cumas. El gran orden de los siglos renace íntegramente. También regresa la Virgen; regresa el reinado de Saturno. Una nueva progenie desciende de lo alto del cielo. Tú, Casta Lucina, protege al niño que va a nacer; con él terminara la generación del hierro y una de oro surgirá en todo el mundo. Ahora reina Apolo, tu hermano. Y en concreto, contigo, Polión, durante tu consulado, comenzará este siglo glorioso y empezarán a correr los grandes meses. Bajo tu mando, si algunos vestigios quedan de nuestro crimen, borrados, liberarán al mundo de su perpetuo terror. Él recibirá la vida de los dioses y verá a los héroes mezclados con los dioses, y él mismo será contemplado entre ellos y gobernará con las virtudes paternas un orbe pacificado. Para ti, niño, sin que nadie la cultive, prodigará la tierra sus primicias, errantes hiedras y nardos silvestres por doquier. Por sí solas las cabras traerán a casa sus ubres henchidas de leche y no temerán los rebaños a los grandes leones. Tu propia patria hará brotar para ti hermosas flores. La serpiente morirá y morirán las falaces plantas venenosas. Y en cuanto puedas leer los elogios de los héroes y las hazañas de tu padre y saber qué es el valor, habrá también otras guerras y de nuevo el gran Aquiles será enviado a Troya. Encamínate a los supremos honores ¡Oh, hijo amado de los dioses, noble vástago de Júpiter! Observa el Universo que se mueve por la fuerza de la bóveda celeste, y las tierras  y los espacios del mar y el alto cielo. Mira como todas las cosas se regocijan en el siglo que va a llegar. Oh, permanezca en mí, entonces, un último aliento de mi larga vida, el espíritu y cuanto sea necesario para cantar tus proezas. Empieza pequeñín, a reconocer a tu madre con una sonrisa. A quien no ha sonreído a su madre, ningún dios lo ha considerado digno de su mesa ni diosa alguna de su lecho”.
Es increíble la gran cantidad de interpretaciones y matices que esconden estos bellísimos versos que yo he resumido. Lo evidente, es que el poeta se hace eco de la felicidad y el optimismo reinante en aquel momento de paz entre los dos grandes hombres que compartían el gobierno del Imperio. Pero, ¿quién es el bienaventurado niño al que glorifica Virgilio?; cuando escribió la Égloga, tanto Escribonia (mujer de Augusto) como Octavia (esposa de Antonio) estaban embarazadas, de ahí que la teoría más factible es que se refiera a uno de ellos aunque algunos autores creen que se refiere al hijo del cónsul Polión (nombrado en el texto); para mí resulta obvio que por la gran adhesión del poeta a Octavio (al que estaba muy unido desde que éste a instancias de Mecenas le devolvió las tierras que le habían sido confiscadas), debe referirse al futuro hijo de aquél o incluso al Príncipe mismo, gobernante jovencísimo que aún se estaba gestando en el papel de Soberano del mundo. Igualmente, es fácil asociar toda la prosperidad que el poeta profetiza con las bonanzas de la paz inmortalizadas en mármol en el Ara Pacis Augustae y en los exquisitos paneles conservados de una Fuente de Praneste (Relieves Grimani). Incluso me aventuro a pensar que Virgilio habla de nuevas guerras porque, muy a su pesar, debía intuir que el mundo era demasiado pequeño para que lo compartieran dos líderes de la talla de Octavio y Marco Antonio. Si analizamos como los dos acabaron enfrentándose en Accio, tomarían sentido hasta los versos que se refieren a la muerte de la serpiente (animal sagrado asociado históricamente a los reyes egipcios y  muy especialmente a Cleopatra VII).
Ironías del destino, tanto Escribonia como Octavia dieron a luz sendas niñas.
Por su parte, numerosos autores cristianos vieron en esta Égloga el anuncio del nacimiento del Mesías ya que Jesucristo nació durante el gobierno de Augusto, dos décadas después de la publicación de las Bucólicas. Las coincidencias con el mensaje bíblico son muy interesantes: el regreso de la Virgen, la muerte de la serpiente (símbolo del Pecado original de Eva), el nacimiento del niño en sí que traerá una nueva era, e incluso los últimos versos que hablan del pequeño sonriendo a la madre parecen evocar cualquier imagen en la que el niño Jesús se representa tiernamente en brazos de María. Por ello, Virgilio se consagró como el anunciador del cristianismo, siendo considerado un escritor con alma cristiana. Esa concepción lo convirtió en el poeta preferido de la Edad Media y en el elegido por Dante  Alighieri para guiarlo en el descenso al Purgatorio y a los Infiernos en su Divina Comedia.

Dante y Virgilio en La Barca de Dante. Eugène Delacroix. 1822. París. Museo del Louvre

Sea cual sea la interpretación dada al relato, lo cierto es que Virgilio estuvo especialmente inspirado al escribir la Égloga IV, que por encima de todo es un canto a la Paz, tan anhelada por un pueblo romano hastiado de guerras civiles.

martes, 3 de junio de 2014

Octavia, Señora de Roma


Octavia. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

Octavia, la hermana de Augusto, es sin lugar a dudas el personaje que más me conmueve de todos los que lo rodean. Leal, honesta, siempre al servicio de Roma y de su hermano, defendió los intereses de su marido, Marco Antonio, aún cuando éste la había repudiado y humillado ante todo el mundo. Mujer de grandes valores y nobleza de espíritu reunía todas las virtudes de las tradicionales matronas romanas.
Octavia Menor nació el 69 a.C., por tanto era 6 años mayor que Augusto. Ambos tenían una hermanastra, Octavia Mayor, fruto de un matrimonio anterior de su padre. Los dos más pequeños estaban muy unidos, mucho más de lo que era frecuente en la estricta sociedad romana. Sin embargo, el futuro emperador y Octavia nunca ocultaron el gran afecto mutuo que se profesaban.
La joven tuvo una infancia feliz en Velletri. En el 54 a.C fue dada en matrimonio a Cayo Claudio Marcelo, un miembro distinguido de la poderosa gens Claudia, 20 años mayor que ella. Con anterioridad Julio César (que era su tío abuelo) la había ofrecido a Pompeyo como esposa. Éste, que acababa de enviudar de Julia (la hija de César) rechazó la oferta. De haberse producido el matrimonio quizás hubiera podido evitarse una guerra civil. A pesar de que Marcelo era contrario a César, el dictador lo perdonó y su joven sobrina vivió un matrimonio más o menos feliz. De esta unión, Octavia tuvo tres hijos: las dos Marcela y en 43 a.C., el que sería la gran alegría de su vida, el único varón que trajo al mundo, Marco Claudio Marcelo. Durante este período prestó ayuda a muchos de los condenados por las proscripciones ordenadas por el triunvirato, de ahí el amor y la admiración que todos sentían por ella.
En 41 a.C, a la edad de 29 años y embarazada de su tercera hija se quedó viuda. Sin embargo, ese mismo año por decreto senatorial casó en segundas nupcias con Marco Antonio en un matrimonio que debía consolidar la posición del triunvirato. Marco Antonio acababa de enviudar de su esposa Fulvia al mismo tiempo que había abandonado a Cleopatra, que había dado a luz a sus gemelos, fruto del invierno que habían pasado juntos en Alejandría. Octavia se convirtió en la mujer más poderosa de su tiempo, al ser hermana y esposa de los dos romanos más influyentes de su tiempo. El matrimonio fue acogido y celebrado por Roma con gran júbilo pues significaba el triunfo de la paz.

Moneda con Marco Antonio en el anverso y Octavia en el reverso

Entre el 40 y el 36 a.C., la nueva pareja vivió en Atenas junto con los tres hijos de ella y los dos de él. ¿Fue una unión feliz?. No hay nada que indique lo contrario. A pesar de la diferencia de caracteres, Antonio era un hombre que sabía satisfacer a cualquier tipo de mujer mientras que Octavia era considerada una de las mujeres más hermosas del mundo, mucho más que la reina Cleopatra. Por otro lado, su carácter paciente y dulce aportaba al triunviro una estabilidad y serenidad de la que nunca había disfrutado. Los cuatro años que estuvieron juntos mostraron al Marco Antonio más centrado y volcado en sus tareas de gobierno. La mediación de Octavia entre los dos triunviros otorgó un período armonía al mundo romano. Del matrimonio nacieron dos hijas: Antonia Mayor (abuela de Nerón) y Antonia Menor (madre de Claudio).
Pero un espíritu lujurioso como el de Marco Antonio no podría ser dichoso eternamente junto a la virtuosa Octavia. Por ello, y ante algunas divergencias surgidas con su cuñado Octavio (que Octavia logró aplacar en parte consiguiendo la renovación del triunvirato en Tarento), Antonio abandonó a su esposa romana y volvió a los brazos de Cleopatra.
            No obstante, Octavia continúo viviendo en Atenas fiel a su marido y al cuidado de los 7 niños a su cargo. En el 35 a.C., deseando reconciliarse con su esposo partió tras él con dinero y tropas para su campaña contra los partos. Éste le ordenó dejar los pertrechos para la guerra en Atenas y volver a Roma. Al llegar allí, Octavia rechazó la propuesta de su hermano de vivir con él y se instaló con sus hijos y los de Antonio en la casa de aquel, permaneciendo leal a sus intereses como una buena esposa romana. Residió allí hasta que en el 32 a.C. Antonio se divorció de ella y le exigió abandonar su casa. Aún así Octavia llevó con ella a los hijos de Antonio y Fulvia a los que continuó educando junto a los suyos propios. Humillación tras humillación, Octavia jamás mostró deslealtad ni rencor hacia su marido. Su nobleza no tenía fin, hasta tal punto que tras la batalla de Accio (que supuso en el 31 a.C. la muerte de Marco Antonio y Cleopatra), acogió también a los pequeños hijos de aquella funesta unión.

Octavia

            Cuando Augusto se hizo con el poder absoluto, Octavia (que no volvió a casarse) vivió los años más felices de su vida dedicada en exclusiva al cuidado de la numerosa prole a su cargo y, en especial a Marcelo, su hijo más querido, al que vio convertirse en un espléndido adolescente adorado por el mismo Príncipe. De hecho, éste aunque no lo adoptó como hijo lo casó en el 25 a.C. con su única hija Julia, lo que suponía considerarlo su heredero por delante de los hijos de su esposa Livia. Augusto nunca ocultó la debilidad que sentía por su joven sobrino, y al igual que César había hecho con él, Marcelo lo acompañaba en casi todos los actos públicos al mismo tiempo que lo cubrió de honores, quizás desmedidos para su corta edad, como desfilar con tan sólo 12 años a su derecha en el triunfo celebrado tras la victoria de Accio. A causa de Marcelo, tuvo Augusto las únicas desavencias con Agripa, a quien le costaba digerir los excesivos mimos y atenciones que aquel dedicaba al muchacho.

Marcelo. Siglo I a.C, París. Museo del Louvre

Sin embargo, este momento dichoso de Octavia se vio truncado funestamente en el 23 a.C. debido a la repentina e inesperada muerte del joven causada probablemente por una epidemia que asolaba Roma ese año. Y entonces el alma de Octavia que  había soportado durante su vida tristezas de todo tipo se rompió en mil pedazos. La muerte de Marcelo la sumió en una profunda depresión de la que nunca se recuperó; vistió luto el resto de su vida, se alejó de la vida pública e incluso evitaba encontrarse con su hermano viviendo en soledad y amargura los últimos años de su existencia hasta su muerte acaecida en el 11 a.C.
 Un último sacrificio de Octavia por Roma fue consentir que su hija Marcela Mayor se divorciara de Agripa a fin de que éste pudiera casarse con la viuda Julia, hija de Augusto. Para la posteridad queda el momento en que Virgilio ofreció una lectura privada de su Eneida a la familia imperial; al pronunciar los bellísimos versos dedicados al desafortunado Marcelo, Octavia se desmayó delante de todos.
“Y entonces Eneas, que a su lado marchar veía a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes, mas ensombrecida su frente y los ojos en un rostro abatido, preguntó ¿Quién padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe? ¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya! Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza. A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:. ¡ay, hijo! No preguntes por un gran duelo de los tuyos; los hados lo mostrarán a las tierras solamente y que más sea no habrán de consentir. ¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino, tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas, que  he de cubrirlo de flores” (Eneida. Virgilio. Libro VI).

Octavia se desvanece en el regazo de Augusto durante la lectura de la Eneida. Musee Toulousse

Por primera vez en su vida el dolor desgarrado de una madre se impuso al rígido protocolo de la familia imperial en una muestra más de la gran humanidad de Octavia, quien agradecida al poeta, le donó diez mil sestercios por los conmovedores versos. Éstos, junto al maravilloso teatro que su tío le dedicó, han perpetuado la memoria de Marcelo hasta nuestros días.
            ¿Y cómo era Octavia en realidad?. Los escasos retratos fiables que de ella se conservan y las fuentes nos muestran a una mujer bellísima, de delicadas facciones y exquisita elegancia. Su carácter virtuoso se reflejaba en su manera de vestir, recatada y al antiguo estilo romano. Mujer innovadora, puso de moda el nodus, primer peinado femenino romano que se conoce. Consistía en una especie de tupe sobre la frente, el resto del cabello se recogía en un moño realizado a base de trenzas sobre la nuca; a ambos lados de la cabeza se dejaban dos mechones ahuecados mientras que el resto del pelo se fijaba muy tenso. Este peinado reforzaba su imagen de castidad. Por ello, su cuñada Livia lo copió y universalizó aunque con algunas variaciones.

Peinado nodus en Octavia. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

            Se ha hablado mucho sobre una posible rivalidad entre las dos mujeres, lo que no es de extrañar sobre todo por parte de Livia. Un carácter tan bondadoso y altruista como el de Octavia es difícil que se dejara gobernar por bajas pasiones. Sin embargo, alguien tan temperamental y controlador como Livia, probablemente sentía celos de la gran influencia de su cuñada sobre su esposo, del amor que le tenía a Octavia el pueblo romano, de la importancia de aquella en la situación política, de las atenciones de Augusto a Marcelo en detrimento de sus hijos….No obstante, la emperatriz era demasiado inteligente para dejar aflorar esos sentimientos y siempre apoyó al Príncipe en todas sus decisiones; de ahí la devoción incondicional que aquel le profesaba. Sólo la pérdida de Marcelo llevó a Octavia a sentir rencor hacia Livia, ante la suerte de ésta de poder disfrutar de sus dos hijos.

Livia y Octavia. Copias de esculturas en mármol en el Museo del Ara Pacis
Roma. 2013

Octavia recibió grandes honores por parte de su hermano: fue la primera mujer romana cuyos retratos se exhibieron en lugares públicos así como el primer rostro femenino que se esculpió en una moneda. Además, Augusto le dedicó el  Pórtico que aún hoy lleva su nombre junto al teatro dedicado a su hijo. Octavia y Marcelo permanecerían unidos para siempre en su sepultura en el Mausoleo de Augusto, tal y como demuestra la lápida que compartían encontrada en su interior y que aún se conserva. El último anhelo cumplido de una mujer extraordinaria.


Pórtico de Octavia. Roma 2013

Epígrafe de Marcelo y Octavia

lunes, 31 de marzo de 2014

Mecenas o el poder de las artes

Cayo Cilnio Mecenas

Si buscamos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la palabra mecenas la definición  que encontramos es la siguiente: “persona que patrocina las letras o las artes”. Dicho término alude a Cayo Cilnio Mecenas, el otro fiel consejero del emperador Augusto que destacó precisamente por su labor de protección de las artes y la literatura y, que poniéndolas al servicio del principado, creó un vehículo de propaganda sin precedentes en la historia. En los tiempos actuales se equipararía a un Ministro de Cultura.
Perteneciente a una rica familia noble de origen etrusco afincada en Arezzo, Mecenas nació en el año 70 a.C. Las primeras noticias que tenemos de él es cuando, por recomendación de Julio César, se une al círculo que acompaña a su sobrino nieto Octavio a Apolonia. Junto con Agripa, a pesar de las diferencias entre ambos, los tres jóvenes desde el primer momento establecieron unos fuertes vínculos que los mantendrían unidos durante toda su vida.

Agripa, Augusto y Mecenas

Frente al liderazgo militar de Agripa, Mecenas, si bien participó en alguna campaña militar, desempeñó sobre todo un papel decisivo como consejero y confidente de Augusto que reconoció que nunca había recibido mejores consejos de nadie. Incluso leía y corregía sus discursos. Intervino también como mediador en numerosas ocasiones como en el Tratado de Brindisi (40 a.C) que reconciliaría a los triunviros y que se refrendaría con la boda entre Marco Antonio y la dulce Octavia (hermana del futuro emperador) o en aquel con Sexto Pompeyo que culminó con la boda de Octavio y Escribonia, pariente de Sexto. También están sus consejos detrás de la estructura del Estado romano creada por Augusto en  la que las instituciones tradicionales sobrevivían despojadas de poder. En múltiples ocasiones se quedó al cargo de Roma en ausencia del Príncipe  (en 30 a.C. desbarató una conjura para matar a Augusto encabezada por el hijo del ex-triunviro Lépido). Todos los historiadores coinciden que gracias a la influencia de Mecenas, Augusto se dulcificó y humanizó su política.
Sin embargo, su mayor aportación al principado fue el descubrimiento y protección de jóvenes talentos literarios como Horacio (al cual regaló una villa en los Montes Sabinos) y por encima de todos al mejor poeta latino, Publio Virgilio Marón, quien le dedicó sus Geórgicas. Otros poetas a los que favoreció fueron: Propercio, Lucio Varo Rufo, Plocio Tucca, Cayo Valgio Rufo o Domicio Marso. Así elevó el tono de la vida literaria y cultural en la Era de Augusto y puso a todos los poetas de su círculo al servicio del régimen. El ejemplo más claro es La Eneida de Virgilio, una oda a la Gens Julia y a las virtudes de Augusto. 

Mecenas presentado las Artes Liberales al Emperador Augusto.
Giovanni Battista Tiepolo. 1745. San Petesburgo. Museo del Hermitage

Frente a la sencillez y seriedad de Agripa, Mecenas era un personaje bastante pintoresco, un sibarita de maneras exóticas y afeminadas. Llamaba la atención  su forma de llevar la túnica ceñida sobre las rodillas por lo que le pendía suelta hasta los pies igual que las mujeres o el modo de cubrirse la cabeza con el manto. Amaba la ostentación y el lujo, a la vez que sentía debilidad por las sedas, las joyas y la opulencia en los banquetes (puso de moda en las mesas más refinadas la carne de mono joven e incluso construyó la primera piscina climatizada de Roma). Veleyo Paterculo lo define como “Insomne en la vigilancia y en las emergencias del Estado, clarividente en sus reacciones, pero en los momentos de ocio era más suntuoso y afeminado que cualquier mujer”.

Villa de Mecenas en Tívoli. Jakob Philipp Hackert.1783. San Petesburgo. Museo del Hermitage

Mecenas también era escritor, sin embargo, la calidad de su prosa estaba muy alejada de la de sus protegidos. El propio Augusto se mofaba de él en tono cariñoso por su estilo y el uso de palabras raras.
A pesar de tener múltiples amantes de ambos sexos, estuvo casado con Terencia con la que pasó media vida discutiendo aunque siempre acababan reconciliándose. Y aquí aparece el motivo por el que las relaciones con Augusto se enfriaron hacia 23 a.C. Parece ser que Terencia mantuvo un affaire con el Príncipe, lo que no molestaba a Mecenas; el problema surgió a causa de la indiscreción que cometió el consejero al comentar asuntos de Estado con su esposa (una conspiración contra el principado en la que estaba implicado el hermano de Terencia, Aulo Terencio Varrón Murena y a la que ella advirtió de correr peligro). Este asunto irritó mucho a Augusto. El propio Suetonio lo comenta en su Vida de Augusto “Echó en falta discreción en Mecenas pues había revelado a su mujer Terencia el secreto en que se tenía el descubrimiento de la conjura de Murena”. Siguieron relacionándose con cierta cordialidad y Augusto continúo recurriendo a él de vez en cuando en busca de consejo pero el emperador lo excluyó de su círculo íntimo de máxima confianza.
Así y todo, Mecenas lo nombró su heredero cuando murió en el septiembre del 8 a.C. Mecenas era hipocondriaco y temía mucho a la muerte. Para tranquilizarlo Horacio le dedicó una oda bellísima (Oda 2, 17, 8-12) en la que le prometía seguirle en la muerte, promesa que cumplió, pues murió dos meses después que su patrón:

“El mismo día
tirarán tierra sobre los dos:
Presto el juramento del soldado:
tú diriges e iremos los dos juntos,
preparados para pisar el camino
que pone fin a todos los caminos,
como amigos inseparables”

El comportamiento de Mecenas fue imitado por muchos a través de los siglos. El caso más significativo es el de Los Medici en Florencia que reunieron en su torno a sí los más grandes talentos de su tiempo.