domingo, 18 de febrero de 2018

Puñales en el Palatino

“Hubo muchos prodigios que anunciaron su asesinato. En Olimpia, la estatua de Júpiter que había ordenado desmontar y trasladar a Roma, soltó de improviso una carcajada tan imponente que los andamios se vinieron abajo y los obreros huyeron a la desbandada; acto seguido apareció un individuo llamado Casio, que pretendía haber recibido en sueños la orden de inmolar un toro a Júpiter. El Capitolio de Capua fue alcanzado por un rayo el día de los idus de marzo, así como en Roma la habitación del intendente del Palacio. Hubo quienes opinaron que el segundo prodigio anunciaba al emperador un peligro proveniente de sus guardias y que el primero presagiaba un nuevo regicidio, como el que se había perpetrado otrora esa misma fecha. Asimismo, cuando consultó acerca de su horóscopo al astrólogo Sila, éste afirmó que su muerte estaba próxima con toda certeza. Las Fortunas de Anzio le advirtieron también que se guardara de Casio; por este motivo había dado orden de matar a Casio Longino, por entonces procónsul de Asia, sin recordar que Querea también se llamaba Casio”.
Suetonio. Vida de Calígula, 57, 1-3

Amanece sobre la colina Palatina. Parece un día normal, el sol brilla en el cielo a pesar del frio del invierno romano y los pájaros sobrevuelan el Foro; pero el bullicio creciente del pueblo que se encamina en masa hacia el teatro portátil de madera, levantado en el suelo más sagrado de Roma, señala que hoy no es un día cualquiera. Se celebran los juegos palatinos en honor del divino Augusto, algo que augura dinero y comida gratis para todos. Es el 24 de enero del año 41 de nuestra era.

Calígula. Siglo I de.C. Copenhage. New Carlsberg Glyptotek

El dueño del mundo, a escasos metros de allí, se ha despertado en su palacio de excelente humor, algo no muy habitual, pues las noches insomnes le pasan factura cada mañana; de sobra es conocido por todos que Calígula no duerme apenas. Vestido con una amplia túnica de vivos colores al más puro estilo oriental con su sien coronada de áureo laurel se dispone a salir hacia el teatro. A la puerta de sus aposentos le espera su guardia germana, formada por aguerridos guerreros que lo escoltaran hasta su lugar en el palco imperial. En la puerta del corredor que comunica el palacio con el teatro, el tribuno Casio Querea le sale al encuentro para requerirle el santo y seña del día. Calígula, dirigiéndose a él en su tono de burla habitual, le indica “dame un besito”. El veterano pretoriano se cuadra y repite la contraseña con semblante serio que no desvela ninguna emoción. El emperador se acerca a él y, con gestos obscenos, frunce los labios acercando su boca a la del soldado para un instante después alejarse entre sonoras carcajadas flanqueado por los germanos. El día no podía haber comenzado mejor.

Guardia pretoriana. Relieves del arco de Claudio. Siglo I d.C. París. Museo del Louvre

Sin embargo algo no va bien, pues al sacrificar un flamenco en honor de Augusto, la sangre del animal ha salpicado la túnica de Calígula. No es un buen presagio. Pero el emperador no ha prestado demasiada atención al escabroso detalle.
Cuando hace su entrada en el teatro la muchedumbre lo aclama. Y su regocijo aumenta al ver a los espectadores luchar entre ellos por hacerse con algunos de los regalos lanzados a la grada.
En el palco se rodea de sus más fieles colaboradores. Calígula aplaude pletórico la actuación de Mnéster su actor preferido, al que invita a acercarse para, a continuación, besarlo sonoramente ante el estupor de las masas. Aunque es algo habitual en él, el pueblo no se resigna a un emperador de actitudes tan poco romanas.


Mascaras teatrales de Villa Adriana. Siglo II d.C. Roma, Museos Capitolinos

El sol se acerca a su punto más alto. Es cerca de la una de la tarde. Viniciano insta a Calígula a salir a comer algo, pero el emperador tiene aún el estómago pesado de la copiosa cena de la noche anterior por lo que declina el ofrecimiento. Al poco, el senador se levanta y se disculpa ante él con la excusa de ir a las letrinas. Se aleja por el pasadizo oscuro que había traído a Calígula hacia allí, y de la oscuridad emergen otros hombres que le exigen que atraiga al emperador como sea. Entre las sombras se dibuja la figura imponente de Casio Querea que amenaza con matar al emperador en el mismo palco. Entre los otros conspiradores lo serenan, a sabiendas que cualquier error puede acabar en un baño de sangre que les costaría la vida a todos.
Viniciano vuelve junto a Caligula. Mientras se encamina hacia él acompañado de varios pretorianos ha pensado un plan para convencerlo a abandonar su sitio. Le dice que ha llegado la compañía de actores niños, descendientes de las más nobles familias de Asia, y que están ansiosos por saludarle. El César se levanta entusiasmado y sigue al senador nuevamente por el pasadizo escoltado sólo por los pretorianos. Lo acompañan su tío Claudio y algunos senadores. La comitiva se desvía hacia la puerta del palacio seguida por la guardia germana. Calígula, no obstante, continúa caminando solo por el lóbrego pasadizo bajo la escolta de los pretorianos con la intención de saludar a los niños. Los soldados han dispersado a la multitud devota que seguía a Calígula y que podrían servirle de escudo.


La muerte de Calígula


El silencio y la oscuridad, sólo rota por la tenue luz que entra por las pequeñas ventanas, lo envuelve todo. Se oyen pisadas militares procedentes del otro extremo del corredor. Otro grupo de pretorianos encabezados por Casio Querea sale al encuentro del emperador. Calígula sonríe mientras comenta con sorna y en voz alta que hacia él avanza Venus uniformada, en un nuevo ataque al tribuno. Cuando ambos hombres están frente a frente rodeados de pretorianos, Calígula vuelve a preguntar a Querea el santo y seña del día. El soldado lo mira con fiereza, al mismo tiempo que saca una afilada daga de su cinto, mientras le espeta cerca del rostro que el santo y seña del día ha cambiado, y que no puede ser otro que ¡libertad!. Ante el estupor de Calígula, Querea le clava la daga entre el brazo y el cuello en una herida no mortal cercana a la clavícula. El emperador, gimiendo de dolor, trata de huir pero otra puñalada asestada por Cornelio Sabino le hace caer de rodillas. Y en ese preciso momento la mayoría de conjurados, como lobos enfebrecidos, clavan una y otra vez sus espadas en el cuerpo del príncipe que con los ojos elevados a lo alto implora la protección de Júpiter. Se piensa que fue Aquila o quizás el mismo Querea quien le asestó el golpe de gracia. Y hay incluso quien dice que algunos de los conjurados se jactaron de haber bebido su sangre.
Al ver el cuerpo destrozado del emperador, los conjurados huyen a refugiarse irónicamente en la casa de Germánico, padre de Calígula. En cuanto los guardias germanos se han enterado del asesinato se lanzan en busca de los asesinos matando con gran furia a todas las personas que se interponen a su paso. Su rabia no se debe a la lealtad, sino al hecho de haber perdido al benefactor que los cubría de oro.
Poco a poco se va extendiendo un rumor por el teatro aunque las noticias son contradictorias. Ante la duda, creyendo que sea incluso una treta del propio Calígula, nadie se atreve a mostrar sus sentimientos ni a moverse de sus asientos. Cuando se confirma la muerte del César, la plebe que en principio exige con violencia la muerte de los asesinos, pausadamente se dispersa y abandona el teatro. Incluso los germanos deponen las armas. Un silencio sepulcral inunda las calles de Roma.
En el Palacio imperial, uno de los conspiradores, Junio Lupo se mueve sigiloso para acabar con la vida de la emperatriz Cesonia y de su hija Drusila. La esposa de Calígula es degollada mientras que la niña, que acaba de cumplir dos años, es estrellada contra la pared.

El asesinato de Cesonia. 1624-1703. Lazzaro Baldi. Roma. Galeria Spada

En el oscuro pasadizo el cadáver del dueño del mundo yace abandonado convertido en un despojo. Sólo un hombre de rasgos orientales y porte regio se atreve a acercarse a él. Con mucha delicadeza y ayudado por un esclavo coloca el cuerpo del emperador en una litera y abrigado por la noche lo lleva en secreto hasta los jardines de Lamia en el Esquilino. Allí lo quema como puede y lo entierra a toda prisa bajo una capa de fino césped. El hombre en cuestión es Herodes Agripa, amigo íntimo y leal del emperador, que esos días se encontraba en Roma como su invitado. Pocas semanas después, al volver del exilio las hermanas de Calígula, Agripina y Livila rescataron sus restos y los incineraron debidamente. Probablemente sus cenizas fueron sepultadas en el Mausoleo de Augusto, aunque no hay certeza. Incluso en Nemi buscan hoy en día sus restos. Según un rumor popular sólo entonces el fantasma de Calígula dejó de atormentar a los guardias de los jardines de Lamia y cesaron los horripilantes ruidos que resonaban de noche en el escenario del crimen.


Moneda de Herodes Agripa
Fuente: De Classical Numismatic Group, Inc. 
CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3198715

Así, acabó sus días el último hijo varón de Germánico, con sólo 28 años de edad, de manera tan violenta como había vivido. El príncipe más aclamado al llegar al trono que, con la atrocidad de sus actos, pasó a encabezar desde entonces cualquier lista de los peores gobernantes de la historia.


Criptopórtico de Nerón. Pasadizo donde asesinaron a Calígula. Roma. Palatino

“Cayo murió de este modo, después de haber gobernado a los romanos durante 4 años  y 4 meses. Fue un hombre que, incluso antes de obtener el imperio, tenía un carácter duro y sin sentimientos, entregado a los placeres, amigo de la delación. Se atemorizaba por todo, y por ésto, una vez en el poder, estaba dispuesto a matar. Cuando disfruto del imperio, se comportó feroz y locamente aun contra aquellos que de ninguna manera debía tratar indebidamente, matando y no respetando las leyes y buscando las riquezas para sí. Quiso ser más que los dioses y las leyes, y resultó perverso para el pueblo. Aquello que la ley consideraba vergonzoso y condenable, parecíale más honorable que la virtud. No tenía en cuenta a los amigos, aunque estuvieran ubicados en altos puestos. Se indignaba contra ellos, infligiéndoles castigos por la menor causa. Para él, eran enemigos todos los que eran respetados por su virtud: quería que se cumpliera lo que ordenaba su indómita y desenfrenada voluntad. […]. No se recuerda de él ninguna acción grande o digna de un rey que haya hecho en beneficio de sus contemporáneos o la posteridad, excepto los trabajos realizados en los alrededores de Regio y Sicilia para recibir a los navíos llenos de trigo que venían de Egipto, obra muy considerable y favorable a la navegación. Pero no la terminó: la dejó inconclusa por su negligencia. Se preocupó, en cambio de cosas inútiles, de modo que gastaba grandes cantidades en placeres. […]. De nada le sirvieron las cosas buenas que aprendió  en su instrucción para librarse de la maldad a la que se inclinaba. Resulta difícil moderarse y gobernarse para aquellos que no están obligados a dar cuenta de lo que hacen y que tienen expedito el camino para proceder arbitrariamente. Al principio era tenido en gran estima por haberse esforzado en emular a los mejores en saber y reputación; luego, el exceso de sus injusticias terminó por destruir el afecto que sus contemporáneos le tenían y alimento un odio secreto” (Flavio Josefo. Antigüedades Judías. Libro XIX, 2, 5).

2 comentarios:

  1. ¿Tenían un teatro portátil de madera? ¡¡¡¡Que modernos!!!. ¿No había un teatro estable como el de Mérida?
    ¿Porqué mataron a su esposa e hija pero no a sus hermanas?
    Creo que la expresión "Libertad" que exclamó Casio Querea es demasiado moderna para aquella época, o significaba otra cosa que actualmente.
    De todas maneras, es un magnífico artículo.

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  2. Claro que existían en esta época varios teatros de piedra: el Marcelo, el de Pompeyo y alguno más. Imagino que debido a la gran vinculación de Augusto con el Palatino por eso montaban uno portátil allí para celebrar los juegos en su honor, cerca del lugar más sagrado de Roma.
    En cuanto a las hermanas, no estaban en Roma. Estaban exiliadas en la isla de Pandataria. Si hubieran estado allí, también hubieran muerto. Fue Claudio quien las hizo volver.
    Nada de moderna. La opresión y la libertad han existido desde siempre. Muchas fuentes coinciden en que esa fue su exclamación. La misma expresión fue usada por otros asesinos, que incluso se llamaron a ellos mismos "libertadores", casi un siglo antes cuando asesinaron a César. Si pienso que a mi querido César lo mataron como a este impresentable, se me pone la piel de gallina. Menos mal que la historia y la leyenda de cada uno, ha puesto a cada cual en su sitio. Saludos

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