lunes, 6 de junio de 2016

Funeral de Estado

Aunque al mundo romano le costara asimilarlo, Augusto había muerto y el tiempo se detuvo. Probablemente Livia retrasó algo el anuncio del fallecimiento para consolidar la posición de Tiberio y controlar la situación a fin de que no se produjeran disturbios


Livia como sacerdotisa. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticano

        Nada más difundirse oficialmente la noticia el cuerpo sin vida del emperador fue preparado para realizar su último viaje hacia la ciudad que había sido la razón de su vida. Para evitar el calor del mes de agosto, el traslado se hacía de noche dejándolo reposar de día dentro de alguna fresca basílica o templo de las ciudades en las que paraba, edificio que permanecía abierto para que los ciudadanos de cada colonia pudieran rendirle un último homenaje. Y éstos acudieron en masa dando grandes muestras de veneración y respeto. Augusto, independientemente de su autoridad y de las decisiones difíciles que tuvo que tomar en ocasiones, era muy querido por la mayoría, que no recordaba ya otra forma de gobierno y que sentía pavor de volver a nuevas guerras civiles que pusieran fin a la prosperidad reinante. Cada noche los principales líderes de cada ciudad eran los encargados de transportar el féretro hasta la siguiente parada. Así hasta llegar a Bovilla, donde un grupo importante de ecuestres transportaron el cuerpo hasta el mismo vestíbulo de su casa en el Palatino. Y por delante de él pasó Roma entera para honrar al que era considerado como el segundo fundador de la ciudad del Tíber.

Asistentes a un funeral. Detalle de un sarcófago de época tardorromana

Mientras, aunque la actividad política se encontraba en suspense, el Senado deliberaba sobre la mejor manera de honorarlo.
El funeral (celebrado probablemente a principios de septiembre) comenzó como todos los de los nobles romanos con una reunión en el Foro. Acompañaban el cortejo las máscaras funerarias de todos los antepasados de  Augusto, a las que se unieron las imágenes de otros grandes hombres que habían dado su vida por Roma, incluida la del rival de César, Cneo Pompeyo, pues se estaba enterrando al más grande de  los romanos después de Rómulo, al hombre que había traído los beneficios de la paz al más vasto Imperio conocido y que había embellecido a Roma hasta el punto de poder hacer sombra tanto a Atenas como a Alejandría. La única imagen ausente fue la de Julio César, debido a su categoría de dios. No obstante, para que su recuerdo estuviera presente, Tiberio, vestido totalmente de luto, pronunció el primer discurso fúnebre desde la rostra del templo del divino Julio en el Foro. Su hijo, Druso el menor, pronunció una segunda oración funeraria desde la ancestral rostra del Foro. La procesión encabezada por los senadores y los magistrados electos se encaminó a continuación hasta el Campo de Marte siendo una marcha triunfal entre los bellísimos edificios legados por el llorado emperador.
      El cuerpo de Augusto (debido a su edad y a las altas temperaturas de final del verano) iba dentro  de un ataúd cerrado coronado por una imagen suya en cera ataviado de general que lo representaba en el apogeo de su belleza. También enriquecieron el cortejo una imagen suya en oro traída por los senadores desde la Curia Julia y otra llevada en un carro.

En el Campo de Marte el féretro fue depositado en la pira funeraria. Acto seguido los sacerdotes hicieron una procesión alrededor del túmulo; tras ellos desfilaron los guardias pretorianos, muchos de los cuales arrojaron sus condecoraciones igual que habían hecho los soldados de César en su funeral, aunque el de Augusto fue mucho más organizado. Los centuriones de los pretorianos fueron los encargados de arrojar las antorchas que hicieron prender la madera perfectamente colocada. En ese momento se soltó un águila que voló hacia los cielos simbolizando el ascenso del alma del Príncipe.

El alma de Augusto asciende a los cielos. Gran Camafeo de Francia. Detalle. 19 d.C. París. Gabinete de las medallas

Durante los cinco días que estuvo ardiendo la pira, Livia, a pesar de su avanzada edad, permaneció allí viendo consumir en primera fila los restos de su compañero de vida. Cuando el fuego se extinguió hombres descalzos y sin cinturón recogieron las cenizas y restos de huesos y los introdujeron en una urna que fue depositada en el interior del Mausoleo. Al cerrarse las puertas del mismo, se cerraba el siglo de oro, la época más gloriosa de Roma. Y un profundo  silencio lo embargó todo.

Mausoleo de Augusto. Roma 2005

2 comentarios:

  1. Hola:
    En la primera línea sobra la penúltima palabra(artículo "el").
    Casi estoy de luto después de leer este relato. ☺

    Una pregunta: ¿los romanos no tenían cementerios, todo el mundo iba a la hoguera?

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    1. Muchas gracias por la apreciación Javi. Corregido!! No te creas, me ha costado escribirlo pero al pobre no se le podía estirar más con esas edades en aquel tiempo, jjj.
      En Roma se practicaban tanto la inhumación como la incineración aunque, para un pueblo práctico por encima de todo como el romano, era más frecuente lo segundo. Pero sí existían las necrópolis; se ubicaban a las afueras de la ciudad y se colocaban túmulos y monumentos funerarios a ambos lados de la calzada en los que se depositaban las cenizas. Yo ví in situ las de Pompeya (ya te enviaré alguna foto). En el bajo imperio, con la llegada del cristianismo empezó a imponerse la inhumación que perduró como rito preponderante hasta nuestros días.
      Un saludo

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