Augusto Pontifex Maximus. Siglo I d.C. Museo de las Termas. Roma 2013
En el 13 a.C., tras casi cuatro años
de ausencia, Augusto y Agripa volvieron a Roma, el primero desde Occidente y el
segundo desde las provincias orientales. El Príncipe entró en la ciudad de
noche para intentar pasar desapercibido y evitar nuevos honores. No obstante,
el Senado decretó la construcción de un altar dedicado a la
Pax Augustea imperante
tras la pacificación de la Galia
e Hispania. El Ara Pacis Augustae se
convirtió en uno de los más sublimes ejemplos de la relivaria antigua.
Augusto y Agripa renovaron su imperium por otros cinco años, concediéndosele a Agripa por primera
vez el imperium maius, lo que
igualaba sus competencias a las de su suegro y colega.
Ese mismo año, se
consagró igualmente el Teatro Marcelo. En la ceremonia de inauguración tuvieron
lugar además de imponentes luchas de fieras los denominados juegos troyanos, en
los que jóvenes de alta alcurnia participaban en exhibiciones ecuestres simulando
batallas. Gran expectación generó la intervención
en ellos con tan sólo 7 años del pequeño Cayo, nieto y heredero de Augusto. El niño fue recibido con
una gran ovación lo que irritó al Príncipe que no quería que sus nietos fueran
adulados en exceso sin merecerlo. Algo a lo que contribuyó también Tiberio
cediéndole el sitio de honor junto a su abuelo, que recibió una gran reprimenda
de su padrastro.
Cayo César con vestimenta troyana. Ara Pacis Augustae. Roma 2013
En esta misma línea, el
emperador no permitió que se le concediesen a sus hijastros Tiberio y Druso,
los más que merecidos triunfos por sus éxitos en los Alpes, si bien aceptó que
se les condecorase con insignias militares y que Tiberio accediera al consulado
por primera vez a la edad de 29 años.
Por su parte, el propio
Augusto obtuvo en marzo del año siguiente (12 a.C.) uno de los más importantes cargos del
Estado que aún no ostentaba: el de Pontifex Maximus. A finales del 13 a.C., murió su antiguo
colega triunviral, Lépido, a quien el entonces Octavio había destituido del triunvirato
pero no lo había despojado de la dignidad de máxima autoridad religiosa, aunque
sólo la ejerciera nominalmente. Este puesto no fue ocupado por nadie más que no
fuera emperador hasta que en 382 d.C., el emperador Graciano renunció a él a
favor del Obispo de Roma, quien lo sigue ostentando.
Augusto celebró la toma
de posesión con gran pompa. Siempre se sintió muy identificado con su papel de
principal exponente de la religión pues aunque el pueblo romano no era
especialmente creyente, sentían gran respecto en relación a la idea de que Roma
se había convertido en la capital del mundo gracias a la protección de los
dioses, de los que siempre fue favorita. Por ello, nadie mejor que el hijo de
un dios para desempeñar la labor de principal sacerdote de Roma e intermediario
con los protectores de la ciudad de Tíber. Del mismo modo Augusto aprovechó su
gran popularidad entre las clases bajas para asociar su Genius con el de los lares
compitales (espíritu que protegía cada distrito de la ciudad cuyas imágenes
se adornaban con flores dos veces al año). Así su presencia se convirtió en una
constante en el día a día de los ciudadanos de todas las clases sociales.
Altar de lares con el genius de Augusto flanqueado por Cayo y por su hija Julia como Venus. Copia del Siglo II d.C. Florencia. Galleria degli Ufizzi
Tradicionalmente, el Pontifex Maximus tenía su residencia en la Casa de las Vestales. Sin
embargo, Augusto, tras restaurar el templo de Vesta (dañado por un incendio) lo
cedió a las sagradas sacerdotisas e inauguró la costumbre de residir en su casa
del Palatino, parte de la cual estaba consagrada como templo y él había
convertido nominalmente en propiedad pública con la idea de realizar sus
funciones religiosas adecuadamente tal y como marcaba la tradición, sin ofender
a las deidades.
La prueba del gran
apego del Príncipe hacia el Pontificado Máximo es que la mayoría de las
imágenes suyas que se han conservado lo retratan en ese papel, siendo la más
hermosa de ellas la que se conserva en el Museo de las Termas de Roma.
Ayer 19 de
agosto, día exacto en el que se cumplían los 2000 años de la muerte de su
emperador, Roma se volcó en los actos para recordar su memoria.
En primer
lugar, el Ara Pacis Augustae abrió sus puertas a partir de las 21 horas para volver a mostrar con
un espectáculo digital de luz realizado con efectos especiales sus
colores originales.
Por su parte, en el Foro de
Augusto siguen las proyecciones “Foro de Augusto 2000 anni dopo” que
continuarán iluminando el emblemático lugar hasta el 27 de septiembre.
Mausoleo de Augusto. Roma 2005
Asimismo, se
organizaron visitas en grupos reducidos al Mausoleo de Augusto, cerrado al
público desde hace años, que puso sin duda la nota negativa del día, pues no
sólo se siguen demorando los inicios de la restauración del monumento sino que
a causa de la rotura de una tubería, precisamente ayer, amaneció con su foso
anegado. Una pena pues hubiera sido excepcional poder reinaugurarlo
precisamente este 19 de agosto y que todo el mundo que quisiera hubiera podido
rendir su homenaje particular al Príncipe en su última morada. Esperemos que lo
ocurrido sirva como aviso y que muy pronto empiecen las obras que devuelvan su
esplendor tanto al magnífico monumento como a la plaza que lo antecede que
lleva el nombre del emperador. Tal y como él se merece. Las celebraciones en honor de Augusto continuarán durante todo el año en la Ciudad Eterna. Los días 30 y 31 de
agosto se presentará en los Mercados de Trajano el espectáculo “Tyrtarion” en el que alumnos de la Academia Vivarium
Novum recitarán en latín poemas de Virgilio, Horacio, Ovidio y Catulo.
En el mes de septiembre,
desde del día 18 se podrá visitar un Museo Palatino renovado y a partir del 24,
la Exposición
“Le chiavi di Roma. La città di Augusto” permitirá un recorrido por la Roma del Príncipe.
Pero el regalo
más extraordinario a Augusto en este año, será la reapertura de nuevas salas de
su casa en el Palatino totalmente restauradas a partir del 18 de septiembre. De
este modo, se podrán contemplar las salas privadas del ala occidental entre las
que se incluyen la Sala
de los Pinos, la Sala
de las máscaras y, por primera vez, la
Sala de las Perspectivas, denominada así por el juego de
elementos arquitectónicos pintados sobre sus muros. Asimismo, abrirá sus
puertas al público, la Casade Livia, que mostrará al mundo los maravillosos frescos vegetales del triclinio.
Precisamente,
en la Villa de
la primera emperatriz en Prima Porta también se han realizado intervenciones,
habiéndose vuelto a plantar el bosque de laurel cultivado por ella que se
convirtió en el símbolo de la dinastía Julio-Claudia.
Frescos de la Villa de Livia en Prima Porta. Roma 2011
“Cuando regresé de Hispania y la Galia, durante el consulado de Tiberio Nerón y
Publio Quintilio (13 a.C),
tras haber llevado a cabo con todo éxito lo necesario en esas provincias, el
Senado, para honrar mi vuelta, hizo consagrar, en el Campo de Marte, un altar
dedicado a la Pax Augusta
y encargó a los magistrados, Pretores y Vírgenes Vestales que llevasen a cabo
en él un sacrificio en cada aniversario”.
Augusto. Res Gestae Divi Augusti, 12
Ara Pacis Augustae. Roma. 2013
Con estas palabras, el
mismísimo Augusto relata el momento en que el Senado decretó la construcción
más exquisita de su principado: el Ara Pacis Augustae. Una verdadera obra
maestra que no sólo se convertiría en el
culmen del arte relivario romano sino
que inmortalizaría la instauración de la Pax Romana,
el mayor logro del gobierno de Augusto.
El monumento, cuya ejecución
fue aprobada el 4 de julio del 13
a.C., se consagró el 30 de enero del 9 a.C. Estaba situado en sus
orígenes junto a la Via Lata (último
tramo de la Via Flaminia),
y no se trasladó a su ubicación actual junto al Mausoleo de Augusto hasta 1938.
Está realizado en mármol de Carrara.
De estructura
rectangular (mide 11,65 x 10,62
metros), el verdadero altar donde cada año se realizaban
los sacrificios se encuentra en su interior, cuyas paredes están decoradas con
guirnaldas y bucráneos (cráneos de bueyes). A él se accede a través dos puertas
que se abren en el centro de los lados más estrechos, la delantera por donde entraban
los sacerdotes oficiantes a través de una escalera, mientras que la trasera se
utilizaba para introducir los animales. El altar propiamente dicho aparece
decorado con personificaciones de provincias conquistadas en la parte inferior y
una procesión de vestales acompañada por ayudantes de sacrificio en la parte
superior. Se corona con volutas y cabezas de león.
Interior del altar. Roma 2018
Interior del altar. Roma 2018
Sin embargo, lo
verdaderamente relevante en el Ara Pacis es la decoración escultórica de las
paredes externas. Estructuradas en 2 frisos, el inferior lo cubre una exuberante
ornamentación a base de ramas de acanto en la que se intercalan aves y pequeños
reptiles como lagartijas y serpientes. Esta vegetación está tallada con tal
elegancia y delicadeza que desvela su evidente ascendencia helénica. En el
friso superior, por su parte, se distribuyen escenas mitológicas en los lados
más cortos y la famosa procesión de sacerdotes, senadores y familiares de
Augusto en los laterales.
Detalle de la decoración vegetal. Roma 2013
Detalle de animales entrelazados en la decoración vegetal. Roma 2018
Las escenas mitológicas trasmiten
un gran significado político que enlaza perfectamente con la propaganda augustea.
La primera de ellas, situada en el nivel superior de la parte frontal del altar,
a la izquierda de la puerta, representa al Luperco, es decir, la cueva donde
según la leyenda Rómulo y Remo fueron amamantados por la loba. A la derecha, se
coloca la escena de Eneas ofreciendo un sacrificio a los dioses penates. El
mensaje es claro: vincular el linaje de Augusto con el de Eneas y con los
mismísimos fundadores de Roma, subrayando una vez más el origen divino de la
gens Julia.
En la parte trasera, en
la zona derecha aparece la diosa Roma vestida de amazona sentada sobre sus
armas en un panel del que apenas quedan restos. A la izquierda, la diosa Tellus
(Tierra) ejemplificando una alegoría de la Pax, aparece representada como una figura
exuberante y maternal con dos bebés en el regazo, rodeada de una elegante
vegetación y figuras de animales domésticos. La flanquean los genios del Aires (sobre
un cisne) y del Agua (sobre un monstruo marino). Esta escena está íntimamente
vinculada con la política demográfica de Augusto en las que se exalta el
matrimonio y la maternidad, a la vez que pone de manifiesto los frutos de la
prosperidad alcanzada gracias a la Paz.
En los frisos laterales,
aparece una larga procesión ordenada por rango. El meridional, el más famoso
sin duda, lo encabezaban 12 lictores, de los que quedan escasos restos; a continuación
se abren paso una serie de togados, entre los que destaca el propio Augusto (cuya imagen, velada, en su papel de Pontifex Maximus se ha conservado
parcialmente) seguidos por lo cuatro flamines mayores que preceden a la familia
imperial, en lo que se convertiría en un retrato colectivo de incalculable
valor histórico. En primer lugar, se coloca Agripa, a su vez con la cabeza
velada, acompañado de su esposa e hija del Príncipe, Julia Mayor y el pequeño
Cayo (luciendo vestido y collar troyanos para recalcar su papel de heredero de
Augusto) que se esconde entre sus padres. La situación prominente de éstos se
debe a que ellos aseguraban la línea de sucesión imperial.
Detalle Friso meridional en el que aparece Augusto. Roma 2013
Familia imperial en el friso meridional. Roma 2013
A
continuación observamos a Tiberio (primogénito de la emperatriz Livia) seguido
muy de cerca de Antonia la
Menor, cuyas bellísimas
facciones reflejan la mezcla tan atractiva de sangre que corría por sus venas;
la joven, que lleva de la mano a su hijo Germánico (padre de Calígula) se
vuelve hacia su esposo Druso (el otro hijo de Livia). Cierran la comitiva
Antonia la
Mayor acompañada de su
hijos: Domicio (padre de Nerón) y Domicia (madre de la emperatriz Mesalina).
Cuando se consagró el altar varios de sus protagonistas habían fallecido
como es el caso de Octavia y Agripa.
Por su parte, en
el friso septentrional (peor conservado pues muchas de las cabezas fueron
rehechas en el siglo XVI) aparece una representación de sacerdotes y
senadores junto a otros miembros de la familia imperial, entre
los que destacan la hermana y la esposa de Príncipe, o lo que es lo mismo
Octavia y Livia; ésta última lleva de la mano a Lucio César, el segundo
nieto de Augusto de apenas 5 años, ataviado también con vestidura troyana como
su hermano Cayo.
Friso septentrional. Roma 2011
Detalle del friso septentrional con el pequeño Lucio César de la mano de Livia
Aunque con claras
reminiscencias del friso de las Panateneas (obra de Fidias que decoraba el
Partenón de Atenas), los del Ara Pacis inauguran una modalidad dentro de la
escultura completamente nueva y genuinamente romana: el relieve histórico, a la
vez que lo eleva a los más altos niveles. La calidad técnica de los mismos se
evidencia en detalles como la búsqueda de la profundidad a través de la alternancia
del alto, medio y bajo relieve o en el estudio de los pliegues unido a la
sublime belleza y delicadeza de los retratados. Igualmente, frente a la seriación
de algunas figuras en la obra maestra griega y la espiritualidad de los rostros,
bellísimos, pero que no transmiten emociones, los personajes del Ara Pacis se presentan
en diferentes posturas, relacionándose entre ellos y, algunos de ellos,
poniendo de manifiesto los sentimientos que los unen, aunque siempre dentro de la
contención y sobriedad romanas: preciosa es la escena que nos muestra el diálogo que mantienen con la mirada Antonia la menor y su esposo
Druso de los que se sabe estaban muy enamorados, y sobre todo, resultan muy entrañables aquellas que protagonizan niños, los cuales fruto de la inocencia de su edad, en un acto de tal
solemnidad, se esconden y agarran a las vestiduras de los adultos, como el
pequeño Lucio César que parece escapar quizás para correr hacia sus padres o las
manos que acarician las cabezas de Cayo César y Julia Menor buscando calmar su
inquietud infantil.
Jinetes del friso de las Panateneas. Fidias. Siglo V a.C. Lóndres. Museo Británico 2011
Antonia, Druso y Germánico. Roma 2013
Los niños del Ara Pacis: Cayo y Lucio junto a otro hijo de Agripa de un anterior matrimonio
Cada año, el día del
aniversario de su dedicación y el 30 de marzo (onomástica de las divinidades
protectoras del Estado) una procesión encabezada por Augusto acudía al altar
para inmolar una víctima blanca, al tiempo que se pronunciaba la plegaria que
recoge Ovidio en sus Fastos: “Para que
viva eternamente con la paz, la casa que nos la garantiza. Rogad a los dioses
con píos votos para que nos sean propicios”.
El Ara Pacis fue abandonado
en la antigüedad quedando sepultado en el subsuelo romano. En 1568 empezaron a
salir a la luz los primeros fragmentos del mismo, que sin ser reconocidos,
fueron vendidos a diferentes coleccionistas de arte en Italia y en el
extranjero. En el siglo XIX, fueron descubiertos nuevos fragmentos que Von Duhn
asoció al altar augusteo del que hablaban las fuentes. Ya en los primeros años
del siglo XX, Benito Mussolini impulsó la excavación definitiva y reconstruyó
el monumento en su ubicación actual, protegido por pabellón, con los paneles
que pudo recuperar (no consignó los que habían acabado en París y Viena). Se
inauguró el 23 de septiembre de 1938, día del bimilenario del nacimiento de
Augusto.
En el año 2006 abrió
sus puertas el nuevo Museo del Ara Pacis, un edificio realizado en cristal,
acero, travertino y estuco, proyectado por el arquitecto estadounidense Richard
Meier que cubre en su totalidad el monumento y que ya entonces recibió
numerosas críticas. Críticas acertadas, pues el pasado mes de noviembre la
lluvia que abatió Roma con particular violencia se infiltró en el edificio
Meier alcanzando al Ara Pacis. Es indignante que un edificio que costó 17
millones de euros (5 más de lo que cuesta restaurar el Mausoleo de Augusto), no
sea capaz de cumplir su cometido principal, que no es precisamente lucirse sino
proteger la joya única que alberga en su interior. Esperemos que imágenes tan
penosas no vuelvan a repetirse.
Un hecho curioso es que en 2009, el Ayuntamiento
de Roma organizó unas sesiones para mostrar el Ara Pacis con sus colores
originales a través de efectos especiales. Por unas jornadas, el Altar de la
paz pudo contemplarse como lo vieron el Príncipe y sus coetáneos.
Son tres preciosos relieves que formaban parte
de una fuente en Praeneste (actual Palestrina, municipio cercano a Roma) y que hoy se encuentran
repartidos por los museos de Viena y Palestrina. Reciben ese nombre a causa de
su primer propietario. Pertenecen al tipo de relieve romano conocido como
ilusionista, aquel que consigue un efecto de ilusionismo óptico modificando la
altura del relieve y la orientación de las figuras. Esto, unido a la concepción espacial, a la creación de la
perspectiva, al naturalismo y a la narración continuada son aportaciones de la escultura romana que la diferencian de la
griega. Su perfección técnica y la sabia composición
conectan estos relieves con los del Ara
Pacis Augustae.
Los
paneles, de formato cuadrado ligeramente cóncavos, representan animales
amamantando a sus crías en un paisaje idílico evocando sentimientos de paz,
serenidad, fecundidad y prosperidad como prerrogativas de la nueva edad de oro
nacida de la mano de Augusto.
En este sentido, el Príncipe
promulgó dos leyes a favor del matrimonio que perseguían un aumento de la
población para paliar el declive democrático de la ciudad de Roma. Por tanto,
estos paneles que plasman la felicidad materna y la prole numerosa se conciben
como instrumentos de la propaganda augustea.
Los grupos de animales
ocupan el primer plano. Sin embargo, enriquecen la composición numerosos
símbolos alusivos a Augusto, por ejemplo, sobre la jabalina aparecen las hojas
de encina (propios de su corona cívica) y el motivo de la fecundidad
representado por los juncos.
Relieve con jabalina. Palestrina. Museo Arqueológico Nacional
Sobre
la leona se perfila el laurel (símbolo de Apolo) y un santuario campestre
acompañado de ofrendas votivas. Por su parte, encima de las ovejas, el morral
del pastor y el establo pregonan la felicidad de la vida sencilla de la gente
de campo, muy en consonancia con los ambientes cantados por Virgilio en sus Bucólicas.
En
el Museo de Bellas Artes de Budapest se encuentra un fragmento, del que se ha
considerado el cuarto relieve de la serie, en el que se ha conservado la
representación de una platanera y el ala de un pájaro. Esto ha permitido a
algunos autores asociar los relieves con la 4 estaciones, ya que según
Aristóteles y Plinio el parto de la oveja tiene lugar en invierno, el de la
jabalina en verano y el de la vaca (que
se piensa sería el animal representado en el 4º relieve) en otoño.
No me voy a extender sobre el maravilloso Altar de la Paz que el Senado decretó a Augusto en el 13 a.C a su vuelta de las campañas que supusieron la pacificación de Hispania y Galia porque hablaré de él ampliamente en la sesión Un paseo por la Roma de Augusto. Los relieves del Ara Pacis son la máxima expresión del relieve histórico romano. En sus frisos, sobre una decoración vegetal sin precedentes, se representa la procesión de la familia imperial y de los senadores, y su valor histórico y artístico es incalculable. Sin embargo, aquí comentaré un fragmento del mismo que se expone en el Departamento de Antigüedades griegas, etruscas y romanas del Museo del Louvre y que es una de las piezas expuestas en la Exposición del Quirinale.
Me emocionó particularmente la contemplación de este fragmento del friso septentrional que volvía por primera vez a Roma desde que saliera de allí en siglos anteriores. En el siglo XVI empezaron a redescubrirse los primeros restos del Ara Pacis. Al desconocerse su origen, las piezas fueron vendidas a museos de toda Italia y del extranjero. En 1895 las obras en un Palacio romano sacaron a la luz nuevos y espectaculares fragmentos que en 1093 Friedrich Von Duhn reconoció como los del Altar dedicado a la Pax Augusta del que hablaba el emperador en sus memorias. En 1937, coincidiendo con el bimilenario del nacimiento de Augusto se concluyeron las excavaciones. Mussolini obligó a la mayoría de los museos que albergaban fragmentos del mismo a devolverlos a Roma, inaugurando la reconstrucción del Altar el mismo día del cumpleaños del Príncipe. No consiguió recuperar los fragmentos de París y Viena.
Éste en concreto del Louvre es particularmente significativo porque en él se han identificado las dos mujeres más importantes de la vida de Augusto: su esposa Livia y su hermana Octavia (portando en su mano izquierda una rama de laurel), ya fallecida en el 9 a.C., año en que se inauguró el Ara. Además de ellas, aparecen cinco personajes adultos y dos niños, la niña, es probablemente Julia Menor, nieta de Augusto.
Siguiendo a la figura identificada como Octavia aparece una mujer anciana con la cabeza cubierta que se tapa la cara con el borde del manto. Es una alegoría de la muerte, que viste duelo por la hermana del Príncipe desaparecida 2 años antes.
Muy discutido ha sido el hecho de que Livia no aparezca representada junto a su esposo, inmortalizado en el friso meridional seguido muy de cerca por su yerno y amigo Agripa, su hija Julia y el hijo mayor de ambos Cayo César. Según apuntan puede deberse a que Livia no le había dado herederos, mientras que Julia era quien había asegurado la sucesión del Imperio a través de sus hijos.
Independientemente de su belleza y simbolismo, lo que me ha conmocionado es ver en un museo una pieza que debería estar ubicada en su lugar original. Al visitar el monumento esa misma tarde el hueco sin su presencia se hizo más intenso. Es muy triste para los que amamos el arte este tipo de circunstancias porque en este caso concreto no se trata de una escultura exenta o una pintura que puede exhibirse en cualquier lugar. Se trata de una pieza de un puzzle único que por las vicisitudes de los siglos se expone en un lugar descontextualizado y frio, en la que la mayoría de visitantes del Louvre, ansiosos en contemplar la sonrisa de la Gioconda, ni siquiera reparan. Es execrable la política de este museo y del Museo Británico de Londres, que a falta de riqueza arqueológica propia nutren sus colecciones del expolio del legado de las ciudades cuna de civilizaciones legendarias, la mayoría de las veces sacado de sus países de origen de una manera ilegal o aprovechando períodos bélicos o gobiernos totalitarios. El legado de la ciudad de Roma es de los romanos no existiendo mejor custodia para el mismo que la propia Roma. Espero que las autoridades italianas puedan algún día recuperar éste y los restantes fragmentos y que las generaciones venideras puedan contemplar el Ara Pacis en todo su esplendor tal y como lo vio Augusto.
Fragmento en su lugar de exposición en el Museo del Louvre