miércoles, 18 de febrero de 2015

Tarragona (Tarraco)



Reconstrucción de Tarragona por Hugo Frade

          Tarraco fue una de las principales ciudades de la Hispania romana, capital primero de la Hispania Citerior y desde tiempos de Augusto de la Tarraconensis. Su fundación se remonta a 218 a.C. cuando los ejércitos romanos dirigidos por Cneo y su hermano Publio Cornelio Escipión (tío y padre respectivamente del genial Africanus) llegaron a Hispania para hacer frente al avance cartaginés en lo que sería la Segunda Guerra Púnica, que enfrentó a ambas potencias por el control del Mediterráneo. Es la colonia romana más antigua de la Península Ibérica.
         Cneo, tras desembarcar en Emporion (Ampurias), estableció una primera guarnición junto a un antiguo asentamiento ibérico del siglo V a.C, que en futuro se convertiría en la ciudad de Tarraco. A finales del siglo I d.C., Plinio el joven diría que “Tarraco fue obra de los Escipiones como Cartago Nova (Cartagena) lo fue de los púnicos” (Historia Natural. III.21) La ciudad creció rápidamente pues a la llegada de los soldados, se unió la de comerciantes romanos lo que propició la consolidación de una nueva cultura.
         Uno de los principales motivos que impulsó al auge de Tarraco fue su situación estratégica y, sobre todo, el puerto del que se decía en el siglo I d.C. “que era el más rico de esta costa” (Pomponio Mela). No obstante, la edificación romana más antigua y mejor conservada sería la muralla presidida hoy por una copia en bronce de la escultura de Augusto de Prima Porta.


Murallas presididas por una copia del Augusto de Prima Porta

            Sin embargo, fue durante los años 26-24 a.C. cuando la ciudad floreció y adquirió gran relevancia, al convertirse en la capital del Imperio romano durante ese período, gracias a que Augusto la eligió como lugar de residencia durante su estancia en Hispania para dirigir las guerras cántabras. Aún quedan restos del Palacio donde se cree que se alojó el Príncipe durante la convalecencia de su enfermedad, en lo que se conoce actualmente como Cuartel de Pilatos o Torre del Pretorio.


Augusto divisa el Mare Nostrum junto a la Torre del Pretorio


Torre del Pretorio

           Augusto siguiendo con su política de crear ciudades a imagen y semejanza de Roma impulsó el urbanismo de Tarraco, patrocinando la construcción de los edificios más importantes de la ciudad. Asimismo, construyó la Via Augusta, que se convertiría en una de las más importantes de la Península pues conectaría al nordeste con Barcino (Barcelona) y al sur con Dertosa (Tortosa), Saguntum (Sagunto) y Valentia (Valencia).
          Cuenta Quintiliano una anécdota curiosa sobre Augusto y Tarraco. Dice el retórico hispano que la ciudad regaló al Príncipe un altar en el que al cabo de un tiempo creció una palmera, símbolo de Apolo, su dios protector. Parece ser que es algo que llamó la atención de las gentes de Tarraco por lo que a través de sus embajadores pusieron en conocimiento del prodigio al emperador. Éste haciendo gala de su campechanía y buen sentido del humor les respondió que el fenómeno daba fe del poco uso que le estarían dando el altar (Institutio Oratoria, VI, 3, 77). A pesar de ello, el hecho no debió dejar indiferente al Príncipe, tan devoto como era de estas premoniciones, por lo que la ciudad, que tenía potestad para acuñar monedas, inmortalizó el altar con la palmera en algunas acuñaciones y representaciones variadas.


Moneda con el rostro de Augusto en el anverso y el altar con la palmera en el reverso

            Tras la muerte y deificación de Augusto en 14 d.C. se edificó un templo en su honor a petición de la ciudad tal y como recoge Tácito: “se accedió a la solicitud de los hispanos para erigir un templo a Augusto en la colonia de Tarraco y con ello se dio a todas las provincias un ejemplo” (Anales. 78.1). De ello se deduce la gran vinculación de la ciudad con Augusto desde siempre, afecto que se mantiene en la actualidad como ha quedado patente en la conmemoración del bimilenario de su fallecimiento.
            Tal es la monumentalidad del legado romano de Tarraco que en el año 2000 fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aquí analizaremos algunos ejemplos de la arquitectura de época augustea que aún quedan en pie.

  • Teatro


            Edificado por Augusto a finales del siglo I a.C. en las cercanías del puerto, sigue el esquema del teatro Marcelo en Roma, aunque a diferencia de aquel sostiene su graderío al modo griego sobre la pendiente natural del terreno. Se convirtió en uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.
         De él se conservan apenas las 5 primeras filas del graderío y dos de las tres escaleras de acceso al mismo. También se alza aún la base del proscaenium (escenario) y del frons scaenae (frente escénico) que debió ser de gran monumentalidad. En la parte posterior de aquel se erigía una plaza con jardines dominado por un gran estanque.

  • Acueducto de les Ferreres


            Se conoce también como Puente del Diablo. Se construyó a finales del siglo I a.C. para abastecer de agua a la ciudad de Tarraco desde el río Francolí, a base de sillares aprovechando la pendiente natural del terrero. Sus 217 metros de largo salvan un valle.
           Se compone de dos niveles de arcos superpuestos: 11 en la parte inferior y 25 en la superior. 
         Corona la construcción una conducción por donde circulaba el agua originariamente tapada e impermeabilizada con oppus signinum (especie de mortero) para evitar fugas.

  • Arco de Barà


            Es uno de los arcos de triunfos mejor conservados de España. Se construyó en el año 13 a.C. a 20 km de Tarragona sobre la Vía Augusta a instancias de Lucio Licinio Sura, tal como se deduce de la inscripción hallada en él. Probablemente establecía una frontera entre dos pueblos nativos íberos: los ilérgetes y los casetanos.
     Edificado en piedra caliza a base de sillares perfectamente encuadrados probablemente precedía de canteras de la zona; es un arco de un solo vano en arco de medio punto que mide 12 metros de altura. El cuerpo central que se eleva sobre un podio está decorado con falsas pilastras corintias acanaladas. En la parte superior el entablamento está compuesto de arquitrabe, friso (en el que originariamente se encontraba la inscripción) y cornisa (hoy desaparecida). 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Hispania (27-24 a.C)


       A finales del año 27 a.C., se abrieron nuevamente las puertas del templo de Jano pues Augusto dejó la Galia en dirección al norte de Hispania con la intención de poner fin a diversos conflictos militares que habían surgido en esa zona. Este sería su segundo viaje a nuestro país ya que el primero acaeció en el año 45 a.C, cuando acudió a la llamada de César que se encontraba en el sur de la Bética combatiendo a los hijos de Pompeyo.
Los astures y los cántabros nunca habían sido subyugados por completo lo que motivó que el Príncipe, decidido como estaba a dar estabilidad a los territorios conquistados, emprendiera una serie de campañas contra ellos que implicaban no pocas dificultades pues estas tribus escondidas en lugares inaccesibles de montaña plantearon variados tipos de guerrillas y emboscadas a las que las poderosas legiones romanas no estaban habituadas. A esto se unía la ausencia de Agripa, el gran genio militar del Principado.


Batalla entre cántabros y romanos

Como solía ocurrirle en situaciones de crisis, Augusto enfermó gravemente y hubo de retirarse a Tarraco (la actual Tarragona) en el 26 a.C. donde asumió in absentia su octavo consulado. Sus legados se encargaron de poner fin a los enfrentamientos militares en 25 a.C. atacando en masa por mar a los aguerridos guerreros cántabros, aunque aún reinaba cierta inestabilidad en esa área.
Durante el período de su enfermedad, el Príncipe no estuvo ocioso: recibió en Tarraco a numerosas delegaciones que llegaban desde todos los puntos del Imperio a solicitarle favores y comenzó un proceso de reorganización de la Península Ibérica: dividió el territorio anteriormente conocido como Hispania Citerior e Hispania Ulterior en tres provincias: Tarraconensis, Lusitania y Bética. Las dos primeras quedarían bajo su tutela directa (él mismo nombraría a sus gobernadores) mientras la Bética sería una provincia senatorial al ser la menos conflictiva.


Mapa de la Hispania de Augusto en 27 a.C.

 Tras las guerras cántabras licenció a los soldados veteranos y los asentó en una nueva colonia que se convertiría en la fundación más importante durante este segundo viaje: Augusta Emerita (Mérida) que floreció tan rápidamente que pronto se convirtió en la capital de Lusitania. Tarraco e Itálica serían las respectivas capitales de Tarraconensis y Bética. Esta división imperaría durante todo casi el dominio romano pues la siguiente reestructuración la hizo Diocleciano en 298 d.C.


Fachada del teatro de Mérida. 16-15 a.C. Mérida 2014

No conocemos con exactitud el alcance de la enfermedad que aquejó a Augusto durante su estancia hispana, lo único que sabemos es que él mismo era consciente de su gravedad, por lo que tomó una serie de decisiones destinadas a perpetuar su legado en caso de que él no lograra sobreponerse: en 25 a.C, envío a Roma a Tiberio y Marcelo (que lo acompañaban en su viaje); al primero lo prometió en matrimonio con Vipsania Agripina, hija de Agripa  (boda que se celebraría en 20 a.C.) mientras que a su sobrino Marcelo le reservaba un honor mayor: el matrimonio con su única hija, Julia, celebrado durante ese mismo año. Los dos adolescentes (él tenía 18 años y ella 14) eran primos hermanos y se habían criado juntos. Este tipo de uniones entre familiares directos no eran habituales en la antigua Roma, no obstante Augusto puso por encima de todos los convencionalismos sociales, la razón de Estado, dejando claro que apostaba fuertemente por Marcelo como sucesor. Como él aún se encontraba en Hispania, Agripa presidió la ceremonia. No tenemos constancia de lo que pensó el fiel colega de gobierno del Príncipe de la repentina promoción del joven, pero lo que podemos intuir por los acontecimientos posteriores es que no lo digirió de buen grado.

El joven Marco Claudio Marcelo. Siglo I a.C. París. Museo del Louvre
Fuente: http://www.romancoins.info/c-2005%20(60).JPG

Al no recuperarse completamente de su enfermedad, Augusto abandonó Hispania en 24 a.C. con intención de regresar a Roma. Fue un viaje largo y penoso por el empeoramiento gradual de su estado lo que hizo dudar a sus médicos si llegaría a pisar nuevamente la Ciudad Eterna.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Auditorium de Mecenas

“Ahora se puede habitar en el saludable Esquilino y pasear en su llanura soleada, por donde hace poco los desdichados contemplaban el deforme campo por los blancos huesos”. 
                                                                                              Horacio. Sátira. I, 8
                                                                                                        
                                                                                                
Mecenas en el jardín de su Villa del Esquilino. C.F. Jalabert. Siglo XIX. Nimes.  Museo de Bellas Artes


Gracias a estos versos del poeta Horacio, unos restos arqueológicos encontrados en el Esquilino se identificaron como los de la villa que Cayo Cilnio Mecenas se construyó en esa zona de Roma durante los años 40-30 a.C.
Mecenas, el consejero más leal de Augusto junto con Agripa, era de un carácter muy diferente a estos últimos, cuyos actos estaban dominados en gran medida por la moderación y la austeridad. En cambio, Mecenas sentía un gusto desmedido por el lujo y los placeres, de ahí que se construyera una de las más suntuosas villas de Roma en esta zona del Esquilino que antes había sido ocupada por un cementerio (de ahí la alusión de Horacio al campo cubierto de huesos). Para la construcción de la misma fue necesario cubrir la antigua necrópolis con una gran capa de tierra en la que se plantaron flores y árboles a la vez que se tuvieron que aplanar parcialmente los terraplenes de la Muralla Serviana, dando lugar a uno de los más bellos jardines de la antigua Roma, los horti Maecenatis, que estaban decorados con numerosas obras de arte, lo que evidencia el gusto de Mecenas por el coleccionismo de antigüedades. Sabemos también por las fuentes que Augusto “cuando se encontraba enfermo dormía en casa de Mecenas”. (Suetonio. Vida de Augusto. 72.2), por lo que podemos hacernos una idea de la inmensa paz que transmitía el lugar.

Plano del Esquilino con la localizaciòn de los Horti Maecenatis

 La elección del sitio vino determinada por dos factores: el primero, la reforma urbanística promovida por Augusto de alejar las necrópolis de la ciudad y el segundo, es eminentemente práctico: para mantener el verdor de tan inmensos jardines se precisaba abundante agua, algo que no faltaba en el Esquilino al ser lugar de paso de casi todos los acueductos de Roma. A esto se unía que desde allí podía obtenerse una espectacular vista de la ciudad.
El edificio encontrado fue excavado en 1874. Los restos que aún se conservan pertenecen a una gran sala rectangular de 13 x 24 metros. En uno de los lados cortos la pared se curva en un gran ábside al que se abren una serie de nichos a modo de ventanales ficticios donde aún pueden verse trazas de la decoración pictórica. En cada uno de los dos lados más largos se distribuyen 6 nichos. Una techumbre moderna cubre la construcción sustituyendo a la original, hoy desaparecida, que debió ser abovedada.

Auditorium de Mecenas

A los pies del ábside surge una escalinata de 7 escalones concéntricos que evoca una especie de cavea teatral lo que dio nombre al edificio, sin embargo la estrechez de los escalones han identificado el lugar como un ninfeo monumental. Desde el escalón más alto descendían los flujos que vertían abundante agua en la sala. Probablemente la escalinata se decoraría con jarrones con flores entre los que discurriría la corriente lo que unido a la decoración de jardín de los nichos daba la idea de un magnífico parque subterráneo. 

Detalle del ábside

Este ninfeo formaba parte de un conjunto destinado seguramente a triclinio estivo, es decir, un lugar de reunión inmejorable para el círculo de poetas que frecuentaban a Mecenas como corroboran los versos del poeta griego Calímaco grabados en el ábside que aluden a los efectos del amor y el vino.
Tras su muerte, Mecenas legó su impresionante villa a Augusto que posteriormente la cedió a su hijastro Tiberio al regresar de su exilio en Rodas. A éste se deben las espectaculares pinturas que adornaban el ninfeo, datadas a finales del siglo I d.C. Estos frescos murales pertenecen al tercer estilo pompeyano y están íntimamente conectados con las pinturas murales del Triclinio estivo de la villa que su madre, Livia, poseía en Prima Porta.

Detalle de pájaro del ninfeo de Mecenas

       Desgraciadamente de las pinturas de la Villa de Mecenas sólo podemos hacernos una idea a partir de las reproducciones de los mismos de la época del descubrimiento de los mismos. Cada nicho estaba decorado por árboles movidos por el viento sobre los que sobrevuelan diferentes pajarillos. Al igual que en la Villa de Livia, un friso marmóreo abierto en el centro cierra el jardín por la parte baja. Justamente delante de la curvatura central de esta balaustrada se colocaba una fuente o una vasija. La parte de arriba de los nichos se ornamentaba con una profusa lluvia de flores. Dominaba el conjunto de nichos un friso decorado con escenas dionísiacas.


Grabado del siglo XIX con las pinturas de jardín del Auditorium de Mecenas


Escenas dionísiacas en el ábside


Recreación con efectos audiovisuales 3D del Ninfeo de Mecenas

miércoles, 28 de enero de 2015

Nimes (Nemausus)


Moneda con Augusto y Agripa en el anverso y el cocodrilo y la palmera (símbolos de Nimes) en el anverso

     Si hay una ciudad romana equiparable a Mérida en cuanto a la gran riqueza y majestuosidad de su patrimonio romano esa no es otra que Nimes. Ambas resumen como ninguna otra la filosofía de un pueblo romano que se impuso no sólo por la fuerza de la conquista, sino también por la expansión de un modelo de civilización que se plasma sobre todo en la ciudad, reflejo de la propia Roma en su urbanismo y arquitectura lo que dejó una huella profunda sobre el mundo occidental.
En 1996, de camino a Italia, en el que sería un viaje mítico al ser el primero a mi adorado país transalpino, paré en Nimes apenas unas horas, que aproveché para contemplar uno de los templos romanos mejor conservados del mundo: la Maison Carrée, que si bien por aquellos años hoy ya tan lejanos mostraba su preciosos mármoles oscurecidos por la contaminación y por los estragos del tiempo, me impresionó enormemente. También pude admirar el gran anfiteatro, un coliseo a pequeña escala en perfecto estado de conservación, aunque no me dio tiempo de visitar su interior.


Maison Carrée. Nimes 1996

Colonia de origen galo, Nimes se convirtió en provincia romana en 50 a.C. conservando su nombre galo: Nemausus. Un siglo antes, en el 118 a.C., Cneo Domicio Ahenobarbo diseñó la Via Domitia, la más antigua de Francia, que unía el sur del país galo con los Alpes italianos. Esta calzada supuso un revulsivo para la economía pues facilitó el comercio entre Roma y las colonias galas, lo que fue determinante en el despuntar de Nimes, pues la via pasaba delante de sus murallas.
En su estancia en la Galia en el año 27 a.C., Augusto organizó la colonia, situada en las proximidades de la capital de la Galia Narbonensis, Narbona. Ya había presencia romana estable pues allí estaban acantonados muchos de los veteranos de César, que inició la costumbre seguida por su hijo adoptivo de premiar a los soldados eméritos con ricas tierras fuera de la península itálica donde éstas escaseaban. En años sucesivos, Agripa se encargaría de darle un urbanismo romano, dotándola de todos los edificios emblemas de las ciudades romanas y que en la actualidad podemos admirar gracias una vez más a su inmensa generosidad.
La ciudad romana fue diseñada siguiendo el típico trazado  hipodámico, cruzada por un cardo máximo y un decumano máximo. En su centro se colocaría el foro en torno al cual se situarían los edificios públicos más representativos.

  • Murallas romanas

Restos de las murallas romanas de Nimes

Augusto mandó construir entre los años 16 y 15 a.C. una muralla de sillares de piedra en la que despuntaban 14 impresionantes torres. Tenía una longitud de 7 km y una altura de 9 metros. De ésta grandiosa construcción sólo quedan en pie algunos tramos y dos de las puertas de entrada a la ciudad. Una de ellas era la Puerta de Augusto, compuesta de dos grandes vanos que permitían el acceso de los carros flanqueados por dos más pequeños destinados al paso de los peatones; aún conserva la inscripción “El emperador Augusto, hijo del dios, siendo cónsul por undécima vez, ostentando la potestad tribunicia por octava vez, ofrece estos muros y sus puertas a la ciudad”. Bajo ella pasaba la Via Domitia. La otra era la Puerta de Francia que constaba de un solo vano en forma de arco de medio punto coronado con una galería ciega.


Grabado de la Puerta de Augusto. 1804-1868

Puerta de Augusto 

Puerta de Francia

  • Maison Carrée

Reconstrucción del Foro de Nimes presidido por la Maison Carrée

Edificado entre los años 16 y 12 a.C, fue dedicado por Agripa a Cayo y Lucio, sus hijos y herederos imperiales, al propio emperador Augusto y a Livia. De exquisita elegancia y pureza de líneas, sigue el esquema tradicional del templo romano. Se eleva sobre un alto podio que frontalmente muestra una escalinata que mirando al foro daba entrada al templo. Éste mide 14 metros de ancho por 28 de largo. Construido tomando como ejemplo los grandiosos templos de Apolo Palatino y de Marte Vengador erigidos por el Príncipe en la capital del Imperio nos permite hacernos a la idea de cómo debieron ser aquellos magníficos edificios religiosos de los que apenas quedan restos.


Maison Carrée

Maison Carrée. Fachada posterior

Maison Carrée. Planta y  corte transversal


    Hexástilo y pseudoperíptero (parte de las columnas que lo rodean están adosadas al muro de la cella); sus esbeltas columnas acanaladas están coronadas por refinados capiteles de orden corintio, lo que unido a la decoración vegetal del friso clara y de gran finura le imprimen un carácter puramente vitruviano.


Detalle del Pórtico


Capitels y decoración vegetal

  • Pont du Gard

Diseñado por Agripa en 19 a.C., es una de las obras más espectaculares de la ingeniería romana. Realmente es un acueducto de 300 metros de largo compuesto de 52 arcos de diferente tamaño distribuidos en tres plantas que se alza a 50 metros sobre el curso del río Gardon. Construido con grandes bloques de piedra sin argamasa, armoniza la ciencia del ingeniero y el arte del arquitecto, dando lugar a un monumento de gran practicidad, pues abastecía de agua a la ciudad de Nimes a la vez que desprendía una genuina belleza. Su inclinación es mínima (0,25 y 0,5 %) por lo que sigue asombrando a los ingenieros del siglo XXI.



  • Torre Magna
Levantada en 15 a.C,  era la torre más alta de la muralla (32 metros) desde la que podía verse cualquier punto de Nimes. Era una especie de faro y punto de referencia de la ciudad. Hoy en día se ubica en el interior de los jardines de la Fontaine. Aunque originariamente tenía tres niveles, sólo se han conservado dos.

  • Ninfeo de Nemausus
            Ubicado en el jardín de la Fontaine, está consagrado a la gloria de Augusto. Esta fuente sagrada, restaurada entre 1739 y 1753, tenía tres estanques: el de la fuente propiamente dicha (del que se conserva dos exedras romanas), el del centro (donde había un gran altar en forma de isla rectangular con columnas  en cada ángulo, coronado probablemente por una escultura de Augusto) y finalmente el estanque, desde donde las aguas eran canalizadas hacia el centro de la ciudad. Al norte, estaba flanqueada por una colina a cuyos pies brotaba la fuente. En la actualidad el resto de los lados están circundados por pórticos de época de Adriano.
            No analizaré el magnífico anfiteatro al no ser de época augustea, sino que al igual que el Coliseo está datado a fines del siglo I d.C., en tiempos de la dinastía Flavia. 

miércoles, 21 de enero de 2015

Augusto parte hacia la Galia


Augusto con corona cívica. Siglo I a.C. París. Museo del Louvre

Tras asentar su posición política en Roma, Augusto inició una gira por las provincias en lo que sería una tónica habitual en su principado pues alternaba estancias en la capital con otras en las regiones de su vasto imperio, en especial las provincias bajo su tutela. El Príncipe quería conocer de primera mano la realidad de cada uno de los rincones bajo su mando, supervisar el trabajo de sus legados para evitar injusticias e intentar dar solución a los problemas que se encontrara en cada una de ellas. Esto supone una innovación pues Augusto fue un gobernante muy cercano y accesible que escuchaba a cualquiera que se acercara a él a formularle una petición, independientemente de la condición social ya fuera en delegación oficial o a pie de calle.
Así en 27 a.C, dejando en Roma a Agripa y Mecenas a cargo de los asuntos de la ciudad, partió en un viaje que duraría casi tres años en dirección a la Galia donde realizaría su primera parada. Iba acompañado de Livia, algo muy poco usual entre las esposas de los altos oficiales romanos. Nuevamente la emperatriz fue pionera en esto pues se sabe que acompañó a su marido en la mayoría de sus viajes lo que a la vez le permitía inspeccionar las propiedades que había ido acumulando por todo el Mediterráneo y que ella misma gestionaba. Por ejemplo en la Galia poseía una mina de cobre. Del mismo modo llevó con él a su sobrino Marcelo al que tomó bajo su directa tutela al igual que César había hecho con él mismo poniendo especial atención en su educación  y a su hijastro Tiberio, al que siempre mantuvo en un segundo plano al no ser de su linaje, con la intención de que los dos adolescentes fueran aprendiendo a servir al Estado.
La Galia había sido conquistada por Julio César en el año 51 a.C., sin embargo la inesperada muerte del Dictador 7 años después impidió una completa pacificación de la región. La situación de inestabilidad se vio agravada por las guerras civiles. En 40 a.C, tras la guerra de Perugia, el entonces Octavio pasó allí una temporada analizando la situación en la zona tras lo cual nombró gobernador a Agripa (39-38 a.C.) que tuvo que hacer frente con éxito a una sublevación de los aquitanos (por tal gesta a Agripa le fue concedido un triunfo que él rechazó en deferencia a Augusto, en aquellos días recién derrotado por Sexto Pompeyo).

Vercingetorix rindiéndose a César en Alesia. Lionel Royer. 1899. Musée CROZATIER du Puy-en-Velay

 La presencia de Augusto en la provincia gala suscitó el rumor sobre la culminación de la tarea que su padre adoptivo había dejado inconclusa: la conquista de Britania. No obstante, desde el 54 a.C. las tribus principales del sureste de la isla pagaban tributos a Roma y circulaban mercancías entre los  romanos y los habitantes de la isla. El Príncipe, y a pesar de que los romanos aguardaban grandes conquistas, tenía claro que su labor prioritaria era gobernar, dar estabilidad y prosperidad al territorio ya conquistado antes que empeñarse en empresas grandiosas que trajeran más muerte y desolación al mundo romano. Sólo haría la guerra contra aquellos que desafiaran al poder de Roma y pusieran en peligro el equilibrio que pretendía alcanzar. Y ese no era el caso de Britania que incluso le proporcionaba ingresos sin necesidad de conquista.
Aprovechando su estancia en la Galia, Augusto dividió la región en cuatro para una mejor organización administrativa: la Galia Narbonensis (con capital en Narbona), la Galia Lugdunensis (con capital en Lyon), la Galia Aquitania (con capital en Saints) y la Galia Bélgica (con capital en Reims). Asimismo realizó un censo, algo muy habitual durante su principado; éste se realizaba a través de los gobernadores y magistrados locales con la finalidad de catalogar los recursos humanos y materiales, organizar la ciudad y establecer los derechos y deberes de los ciudadanos (fiscales, militares y políticos). Estos censos permitían establecer un sistema impositivo adecuado y justo acorde con las posibilidades de cada zona.  

Mapa de la Galia en el siglo I d.C.

La visita fue breve y no dio para mucho más pues a finales de ese mismo año Augusto estaba en Tarraco (actual Tarragona) para intentar poner fin a una serie de disturbios que se estaban produciendo en el noroeste de Hispania.

jueves, 15 de enero de 2015

La Tumba de Cecilia Metela

Tumba de Cecilia Metela

          Más allá de las murallas aurelianas, aún se alza dominando la Via Appia la tumba de Cecilia Metela, dama romana de la que apenas se conservan referencias históricas. Sabemos que pertenecía a la ilustre familia de los Cecilio Metelo siendo hija probablemente de Quinto Cecilio Metelo Crético y esposa de Marco Licinio Craso, heredero de aquel del mismo hombre que compartió el primer triunvirato con Pompeyo y César. La tumba estaba destinada a glorificar a esta gens romana.
Datada en el 50-40 a.C, la tumba constaba de dos plantas, la inferior cuadrada y la superior circular con un diámetro de 30 metros y 11 de altura; ésta última, revestida de mármol travertino, estaba destinada a acoger la urna con las cenizas de la difunta Cecilia Metela y presumiblemente se culminaba con una cúpula, hoy desaparecida. A ella se accede a través de un estrecho pasillo. Exteriormente, la parte de arriba estaba decorada con un friso en el que se alternaban guirnaldas de flores con cabezas de buey.


Detalle. Roma 2013

Interior de la cámara funeraria

     Este tipo de sepultura circular tiene influencias de los mausoleos helenísticos o de las más cercanas tumbas etruscas y encontraría su máximo exponente en el Mausoleo de Augusto, iniciado en el año 28 a.C.
La tumba de Cecilia Metela fue incluida durante el siglo XIII por el Papa Bonificacio VIII entre los muros del castillo de los Caetaeni, perteneciente a su familia, usándola como torre de homenaje. Su revestimiento se usó, como ocurrió con otros monumentos antiguos, para la construcción de otras obras posteriores.

Restos del Castillo de los Caetani anexos a la tumba. Roma 2013

Grabado de Giorgio Sommer.1870