domingo, 28 de junio de 2015

La pacificación de la Galia e Hispania


La Galia e Hispania pacificadas en ambos costados de la coraza del Príncipe
Detalle del Augusto de Prima porta. Museos Vaticanos. Roma 2011


       A finales del 17 o comienzos del 16 a.C. varias tribus germanas crucificaron a varios mercaderes romanos. A continuación realizaron una incursión al otro lado del Rhin penetrando en la Galia romana. Para contener su avance, el legado Marco Lolio reunió un gran contingente, siendo a pesar de ello derrotado. Como consecuencia se perdió nuevamente un águila, el de la Legio V Alaudade. Lolio y la mayoría del ejército sobrevivió pero la pérdida del estandarte fue un duro revés.
Augusto abandonó inmediatamente Roma en dirección a la Galia (en la que sería su cuarta visita) pero cuando llegó Lolio ya había restaurado el orden en la zona y recuperado el águila. No obstante, el Príncipe aprovechó la ocasión para visitar nuevamente las provincias occidentales. Como siempre le acompañaba Livia y con posterioridad se les unió el hijo de ésta, Tiberio. Éste había sido nombrado pretor en el año 16 cuando contaba con 25 años gracias a un decreto senatorial que adelantaba la edad para presentarse a los cargos con 5 años de antelación. Con esta medida se volvieron a ocupar los cargos públicos importantes con las nuevas generaciones de las grandes familias romana devastadas durante las guerras civiles. Así, no sólo Tiberio, sino también el hijo pequeño de Livia (Druso) empezaron a tener una gran preeminencia en los asuntos de Estado.


Copia de busto de Tiberio. Ara Pacis Augustae. Roma 2018

Copia de busto de Druso. Ara Pacis Augustae. Roma 2018

La Galia estaba romanizada en casi su totalidad a excepción de algunos poblados de los Alpes que se veían ayudados por las siempre rebeldes tribus germánicas. Augusto encargó a sus hijastros la conquista completa de la zona. Druso comenzó las operaciones en primavera del 15 a.C. avanzando desde Italia en varias columnas hasta el valle del Inn. Por su parte Tiberio avanzó desde posiciones en la misma Galia. Fue una campaña dura de escaramuzas y asaltos a fortificaciones. El 1 de agosto ambos unificaron sus fuerzas y vencieron en una batalla a gran escala, coincidiendo con el 15 aniversario de la batalla de Accio. En La Turbie se erigió un monumento conmemorativo  donde se mencionan los 45 pueblos derrotados en la campaña, según recogió Plinio el Viejo. Horacio dedicó sendos poemas a las gestas de Tiberio y Druso, que permitieron mejorar las comunicaciones entre Italia y la Galia. “Como el águila portadora del rayo a quien Júpiter, rey de los dioses, concedió el imperio sobre las demás aves por haber experimentado su fidelidad en el rapto del rubio Ganímedes, en otro tiempo los bríos juveniles, el aliento de sus padres y  la inexperiencia de los trabajos la hicieron abandonar el nido, y los vientos primaverales impulsaron en un cielo sin nubes sus primeros y vacilantes esfuerzos; después con ímpetu violento, se arroja como enemiga contra apriscos, y por último el afán ardoroso de presas y combates la precipita contra las irritadas serpientes; como la cabra que trisca en los alegres pastos contempla el cachorro que la roja leona acaba de criar, quitándole la leche, y con terror se ve ya devorada por sus finos y agudos dientes, así vieron los vindélicos al gran Druso mover la guerra en los Alpes de Retia. No pretendo averiguar de donde tomaron estos pueblos la costumbre de armar sus diestras con el hacha de las Amazonas, que no es lícito saberlo todo; pero las falanges vencedoras en cien combates, vencidas a su vez por el joven caudillo, probaron a su costa lo que puede una gran fortaleza, una índole excelente adoctrinada por sabios consejos y la solicitud paternal de Augusto en pro de los jóvenes Nerones (rama de la gens Claudia a la que pertenecían los hijos de Livia por vía paterna). Los fuertes son hijos de los fuertes y animosos. Los toros y caballos rebelan el esfuerzo de sus progenitores, y nunca el águila feroz ha engendrado a la tímida paloma. Mas la enseñanza perfecciona el buen natural, y el ejercicio de la virtud fortalece los bríos”. (Odas. Libro IV. VI).

Éstas, no fueron campañas vistosas pero sí muy ventajosas a la hora de favorecer el proceso de romanización a pesar de los escasos beneficios en botín que aportaban. Sólo alguien como Augusto dedicó tiempo a librarlas, pues eran imprescindibles para conseguir un Imperioromano estable y pacificado.
Desde la Galia, el emperador pasó a Hispania. Desde que Agripa acabó con las rebeliones en el norte en 19 a.C., la península estaba en paz. En ese momento  transfirió la provincia de la Bética al dominio senatorial, quedándose él con el control de la Lusitania y la Tarraconensis. En este viaje fundó la colonia de Caesaraugusta (Zaragoza) a orillas del Ebro. Del mismo modo mejoró la comunicación entre las diferentes provincias con una amplia red de carreteras lo que permitió un gran florecimiento del comercio dando lugar a grandes cambios económicos. Muchos de los veteranos recibieron tierras aquí, como fue el caso de Emerita Augusta (Mérida) que acogió a los licenciados de las guerras cántabras.

sábado, 20 de junio de 2015

Horacio, el triunfo del Carpe Diem

Carpe Diem Quam minimun credula postero
Aprovecha el día, no confíes en el mañana
Horacio. Odas (Libro I, 11)

 Quinto Horacio Flaco nació el 8 de diciembre de 65 a.C. en Venusia (actual Venosa en la región de Basilicata). Era uno de los poetas del círculo de Mecenas, el que más unido estaba al consejero de Augusto.
De humilde cuna, era hijo de un liberto, que invirtió todo su dinero en la educación de su hijo, por lo que ambos marcharon a Roma donde Horacio recibió lecciones de gramática y retórica. A pesar de estar muy unido a su padre, en el año 20 a.C. partió hacia Atenas a estudiar griego y filosofía. Aquí se inició en el epicureismo (corriente filosófica que busca la felicidad a través de los placeres ya sean físicos o intelectuales) máxima que regiría no sólo su obra sino también su vida.

Monumento a Horacio en Venosa

Republicano convencido, en el año 42 a.C. luchó del lado de los asesinos de Julio César en la batalla de Filipos llegando a ser incluso tribuno militar; no obstante, tras la derrota de éstos tuvo que huir para salvar la vida, hecho del que no dudó en burlarse en un poema. A partir de ahí experimentó un gran aborrecimiento a la guerra rehusando participar en cualquier contienda bélica.
Cuando Octavio proclamó una amnistía para todos los que habían luchado contra él, Horacio volvió a Roma, encontrándose con la brusca realidad de la muerte de su padre y la confiscación de sus bienes. Tuvo que vivir un tiempo en la pobreza más absoluta pero sus grandes dotes intelectuales le permitieron salir pronto de ese pozo oscuro al trabajar como escribano de un pretor. Pero el momento clave de su vida se produjo cuando conoció a Cayo Cilnio Mecenas, quien impresionado por su arte poético, le abrió el camino hacia el que pronto sería único Príncipe del imperio romano.

El círculo de Mecenas. Stepan Bakalovich. 1890. Moscú. Tretyakov Gallery

Desde un primer momento colaboró en todo los proyectos de Mecenas; así en 37 a.C, lo acompañó junto a Virgilio y a otros poetas a Tarento a negociar con Marco Antonio. No obstante, al sentir próximo un nuevo enfrentamiento entre Octavio y Antonio no dudó en proclamar. “¿Por qué, por qué os apresuráis hacia esta funesta locura? ¿Por qué blandís espadas que acaban de ser envainadas? ¿Acaso no ha sido derramada por tierra y por mar suficiente sangre latina, y no para permitir a los romanos quemar la arrogante fortaleza de la celosa Cartago, o hacer que los britanos, tan alejados de nuestro alcance, recorran la vía Sacra encadenados, sino para asegurar una respuesta a las oraciones de los partos de que esta ciudad ha de perecer por su propia mano?” (Épodos. 7, 11). Sin embargo, no le valía la paz a cualquier precio pues era consciente que su anhelo de una Roma pacificada sólo podría lograrse a través la victoria del heredero de Julio César.

Horacio

Augusto, a pesar de la debilidad que sentía por Virgilio, desde el primer momento sintió gran simpatía hacia Horacio pues ambos compartían una concepción realista y tranquila de la vida. Incluso, después de la grave enfermedad que le aquejó, le ofreció que fuera su secretario personal para ayudarlo a escribir sus cartas, propuesta que el poeta rechazó. Esta negativa no afectó a la relación entre ambos pues Augusto siempre lo trató con gran cordialidad dirigiéndose a él de manera habitual con gran familiaridad y tono bromista, incluso cuando le recriminó irónicamente que no escribiera sobre él en sus Sátiras y Epístolas “Tengo que decir que estoy muy disgustado contigo porque en tus abundantes escritos de ese tipo conversas con otros y no conmigo ¿tienes miedo de que tu reputación ante las posteridad vaya a sufrir si parece que eres mi amigo?. Sí lo incluyó en su obra más lograda, las Odas dedicándole bellísimas palabras: “Oh tu (Hermes), alado hijo de la venerable Maya, si pretendes tomar en la tierra la figura de un heroico joven, será al que llamen todos el vengador de César. Ojalá retrases tu vuelta a los cielos, y permanezcas gozoso largo tiempo con el pueblo de Quirino, sin que huyas en alas del viento, ofendido por nuestras culpas. Aquí anheles conquistar solemnes triunfos y ser llamado príncipe y padre de la ciudad; y no toleres que siendo César (Augusto) nuestro caudillo, cabalgue impunemente el medo por donde quiera” (Odas. Libro I. 2)
Horacio era físicamente pequeño de estatura y rechoncho, de aspecto campechano. Él mismo se describe con humor “Ven a verme cuando desees reír. Soy gordo y pulcro. Mi salud es perfecta, soy un porquero en la piara de Epicuro” (Épodos. 1,4, 15-16)
 Su vida era un fiel reflejo del epicureismo pues vivía rendido a los placeres al igual que su inseparable amigo Mecenas. Nunca se casó, pero era de sobra conocida su afición al sexo, de ahí que Augusto lo apodara cariñosamente “hombrecillo lujurioso” o “pequeño pene”. Cuenta Suetonio que tenía una habitación recubierta por completo de espejos a los que llevaba frecuentemente a prostitutas, convirtiendo de ese modo el acto sexual en una imagen pornográfica (Vida de Horacio, 3). Esta anécdota nos indica cuánto se había enriquecido Horacio, pues los espejos eran muy caros. El poeta no tiene ningún problema en expresar su visión del sexo: “cuando tu órgano está duro, una criada o un chico del servicio doméstico está a tiro y tú sabes que puedes asaltarlos inmediatamente,¿preferirías explotar de la tensión? Yo no. A mí  me gusta tener sexo cuando y donde quiera” (Sátiras 1, 2, 116f).

Escena de sexo de la Casa del Centenario. Pompeya

            Tan profunda era la relación de Horacio con Mecenas (éste le regaló incluso una villa en las montañas sabinas en la que ambos se retiraban frecuentemente) que cumplió su promesa de seguirle más allá de la muerte, hecho que acaeció sólo dos meses después de que su protector falleciera. Corría el año 8 a.C. y los dos fueron enterrados juntos. Le dedicó su Libro I de Odas diciéndole tiernamente: “Mecenas, descendiente de antiguos reyes, refugio y dulce amor mío”. La devoción era mutua pues su patrón a su vez le dedicó un epigrama en verso: “Si no te amo, Horacio, más que a mi vida, que tu amigo sea tan flaco como una muñeca de trapo” (en alusión a su propia corpulencia). Una vez más Augusto le demostró su estima pues viendo enfermo al poeta le escribió “haz lo que te plazca en mi casa, como si estuvieras viviendo conmigo”.

Horacio. Anton Von Werner. 1905

Su creación poética la forman sobre todo cuatro grandes obras:

  • Sátiras. Son 18 composiciones críticas con intenciones moralistas que incluyen muchos elementos autobiográficos. Las escribió al regresar de la guerra civil por lo que están llenas de desilusión y rencor, aunque el tono es irónico más que de enfado. La crítica de Horacio es menos agresiva que la de otros como Lucilio. Ataca a los avaros, los usureros, los cazadores de herencia o a aquellos que nunca están contentos con su suerte. En alguno de los poemas alaba la vida en el campo frente a la vida en la ciudad.
  • Épodos. También encierran una crítica social. Son 17 piezas de transición entre la sátira y la lírica. Algunos son mordaces y otros más líricos. El más famoso es el Beatus ille, una alabanza a la vida rural.
  • Odas. Son sin duda lo mejor de su creación, algo de lo que era consciente el propio autor, convirtiéndose en la cumbre de la lírica latina. Son 104 odas  recogidas en 4 libros que abordan temas variados: alabanzas a Augusto, elogios a la amistad, temas filosóficos, canto al amor o la naturaleza, etc. En general de todas se desprende el anhelo de disfrutar la vida al máximo sin pensar en el mañana ni dejarnos vencer por las adversidades. Su Carpe Diem se convirtió desde su publicación en un tema de gran difusión.
  • Epístolas. Son dos libros que contienen 23 cartas con reflexiones filosóficas y morales, creando el género de la epístola poética. La más famosa es la Epístola a los Pisones, conocida también con Arte Poética.

          Su estilo poético está dominado por la obsesión por la perfección formal y la elegancia de sus versos, aunque carecen del hondo sentimiento que transmiten los de Virgilio. Horacio interpreta la función del poeta como educador moral y filosófico de ahí la concordancia absoluta entre su pensamiento y la expresión del mismo.
Horacio ha influido profundamente en las generaciones posteriores, sobre todo a partir del Renacimiento siendo encumbrado por Petrarca y Garcilaso de la Vega. Del mismo modo fueron fervientes horacianos Fray Luis de León, José Cadalso o Leandro Fernández de Moratín,  llegando su influencia a la generación del 27 y a algunos poetas ingleses. 

sábado, 13 de junio de 2015

Los Juegos Seculares

Después del retorno de las águilas arrebatadas por los partos, de la purga del Senado y de la promulgación de la leyes relativas a la moral (actuaciones encaminadas todas a recuperar los conceptos ancestrales de virtus, mores maiorem y familia numerosa), Augusto quiso atraer el favor de los dioses a la vez que brindar al pueblo un espectáculo único en el que dejar clara su propaganda mediante la celebración de los Juegos Seculares (Ludi saeculares), gran celebración religiosa en la que se llevaban a cabo sacrificios y representaciones teatrales. Tenían lugar durante 3 días y 3 noches cada 100 años. Los últimos se habían celebrado hacía 136 años, por lo que el Príncipe no dudó en recuperarlos para exaltar el advenimiento de una nueva Era (anunciada según Augusto por el cometa que reveló el ascenso de César al Olimpo). Tuvieron lugar entre los días 31 de mayo y 3 de junio del año 17 a.C.

Moneda conmemorativa de los Juegos Seculares

Meses antes de los juegos, heraldos vestidos a la antigua usanza fueron anunciando “una fiesta que nadie había contemplado ni volvería a contemplar” (Suetonio. Vida de Claudio. 21,2).
Los ritos tendrían lugar en la colina palatina (siendo el centro neurálgico el impresionante templo de Apolo) y en el Campo de Marte. A diferencia de anteriores juegos en los que se exhortaban a los dioses del inframundo, éstos estaban destinados a invocar a las Moiras (diosas del destino), a las Ilitías (diosas del nacimiento y las comadronas) y a Tellus (la diosa Tierra) pues las ofrendas eran para favorecer la fertilidad y el bienestar del pueblo romano. Además se hicieron sacrificios a Júpiter, Juno, Apolo y Diana.
El pueblo colaboró activamente. El día antes de la inauguración, los ciudadanos, portando antorchas encendidas con sulfuro y asfalto como símbolos de purificación, debían realizar ofrendas a los sacerdotes de productos del campo: trigo, frutas, habas, etc. en alusión a los orígenes campesinos de Roma. Incluso los solteros y las viudas (a los que las recientes leyes prohibían asistir a espectáculos públicos) pudieron concurrir, pues la prohibición fue levantada para la ocasión).
Augusto participó en los sacrificios infatigablemente. En los nocturnos guiaba solo la ceremonia mientras que en los diurnos estaba acompañado por Agripa. La primera noche, antes de sacrificar a las Moiras 9 corderos hembra y 9 cabras hembra, pronunció una oración de corte arcaico por el destino glorioso y la salud del pueblo romano, por las legiones, por el crecimiento de su imperio terrenal, por los sacerdotes y por la familia imperial, encargada de la custodia del legado romano. Durante las dos noches sucesivas, se sucedieron las ofrendas a las Ilitías (27 libum) y a Tellus (el sacrificio más espectacular llevado a cabo por el propio Augusto que consistía en una cerda preñada). Todos ellos se celebraron en el Campo de Marte.

Relieve que representa un sacrificio en el Altar de Enobarbo. Siglo I A.C. París. Museo del Louvre

Los sacrificios diurnos fueron dedicados a Júpiter (2 toros), a Juno (2 vacas) en sus templos del Capitolio y en el Palatino a Apolo y Diana (ofrenda de 27 libum). El espectáculo debió ser inolvidable.
Coros de matronas cantaban por la bendición del Estado y de la familia mientras que  niños y niñas vestidos de blanco entonaban ante el Templo de Apolo Palatino el Carmen Saeculare, escrito por Horacio para la ocasión, que hacía referencia a los ritos de los juegos y encerraban una glorificación de la política de Augusto. El cántico también se entonó en el Teatro Marcelo (que aún no estaba acabado).

Diosa Tellus en el Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2013

Tras la finalización de los grandes sacrificios se siguieron rindiendo cultos a los dioses durante el mes de junio al mismo tiempo que se celebraron carreras de cuadrigas y luchas en el anfiteatro.

Coros de niños y niñas
¡Oh poderoso Febo, y tú, Diana, que en los bosques reina,
 astros brillantes del cielo, siempre adorados y siempre dignos de adoración,
 escuchad nuestras súplicas estos días!

¡Hoy consagrados por los versos de la Sibila, las vírgenes escogidas y los castos mancebos eleven sus cánticos en loor de los dioses protectores de las siete colinas!
Coros del pueblo y niños
¡Sol divino que en con fulgente carro descubres y escondes el día, siempre igual y diferentes naces, nada más hermoso que Roma podrás contemplar!
Coro de doncellas
¡Dulce Ilitía, que presides los alumbramientos felices, protege a las madres; ya seas llamada Lucina, ya Genital
¡Favorece, ¡oh diosa!, su fecundidad, y haz que prosperen los decretos de los senadores sobre los matrimonios y la ley conyugal llamada a multiplicar nuestra prole!
Así, transcurridos otros ciento diez años, volverán a resonar estos cantos y celebrarse estos juegos tres veces bajo la luz radiante del sol, y otras tantas
en la callada de la noche.
Coro del pueblo
Y vosotras, Parcas, siempre veraces al anunciar lo que el destino ha decretado, lo que guarda el orden estable de la naturaleza, añadid nuevas dichas a las ya logradas.
Que la tierra, fértil en granos y rica en rebaños, ciña con corona de espigas las sienes de Ceres, y fecunde sus gérmenes vitales las ondas cristalinas
y las auras de Jove.
Niños
Depón los certeros dardos, Apolo, y escucha grato y benévolo a los jóvenes suplicantes.
Niñas
¡Oh Luna, creciente reina de los astros, dígnate oír a las doncellas!
Coro general
Si la potente Roma es obra vuestra, si obedientes a vuestros mandatos abandonaron sus Lares y su ciudad y emprendieron próspero viaje hacia las playas de Etruria los habitantes de Ilión,
a quienes el piadoso Eneas, sobreviviendo a la catástrofe de su patria y fiel a sus promesas, abrió libre camino a través de la incendiada Troya para darles más de lo que abandonaban

 ¡Oh dioses!, conceded a la dócil juventud puras costumbres, plácido descanso a los ancianos, y al pueblo de Rómulo sucesión, riquezas y glorias envidiables.

Que el descendiente esclarecido de Anquises y Venus, que ahora os sacrifica los blancos toros, impere vencedor del enemigo belicoso, y clemente con el enemigo humillado a sus plantas.

Ya el medo reconoce su poder, tan grande en la Tierra como en el mar, y tiembla ante las segures de Alba; ya los escitas y los indos, antes tan soberbios, aguardan sus soberanos decretos.

Ya se atreven a volver el honor, la buena
fe, la paz, el antiguo pudor y la virtud tanto tiempo olvidada; ya aparece la feliz Abundancia
con su cuerno henchido de frutos.
Coro de niños
Y el profético Apolo, ornado de su aljaba rutilante, y siempre querido por las nueve hermanas, cuya ciencia saludable vigoriza los cuerpos que languidecen enfermos,
contempla orgulloso los alcázares del Palatino, la grandeza de Roma y la tierra feliz del Lacio, ¡que prolongue la inmortal gloria latina otro siglo con días siempre mejores!
Coro de doncellas
Que Diana, tan reverenciada en el Aventino y el Álgido, acepte los ruegos de los quince sacerdotes, y preste atento oído a los votos de los mancebos.
Coro general
Nosotros, que aprendimos a cantar en coro las alabanzas de Febo y Diana, nos llevamos a casa la firme y consoladora esperanza de que han atendido nuestras súplicas Jove y todos los dioses.

Horacio. Carmen Saeculare

domingo, 7 de junio de 2015

El Imperio de la moralidad y la virtud


Augusto pretor. Siglo I a.c. París. Museo del Louvre

Ya avanzado el año 19 a.C., muerto el poeta Virgilio y publicada la Eneida, Augusto regresó finalmente a Roma. Para evitar un recibimiento formal del Senado entró en la ciudad de noche y discretamente. En cambio, sí aceptó, en las cercanías de la Puerta Capena (por la que había entrado en la ciudad) un Templo dedicado a Fortuna Redux (diosa de los retornos afortunados). Allí, desde ese momento cada 12 de octubre se celebrarían sacrificios durante la Augustalia (fiesta que conmemoraba su regreso).
Durante su ausencia Roma había estado intranquila, a pesar incluso de la supervisión de Agripa, que tuvo que evitar que eligieran al Príncipe cónsul cada año, algo a lo que él se negaba; no obstante, usaba los símbolos del consulado, como ir acompañado por la ciudad de 12 lictores y ocupar su propia silla curul en el senado entre los dos cónsules.
En el año 18 a.C. reformó el Senado restringiendo sus miembros a 300 (anteriormente lo había reducido de 1000 a 800). Su método de elegir a 30 senadores, que a su vez elegían a otros y éstos a otros tantos acabó irritando a todo el mundo por lo que finalmente Augusto tuvo que realizar personalmente la selección. Al mismo tiempo, compensó a los senadores expulsados con numerosos privilegios.

Boda Aldobrandini. Siglo I a.C. Roma. Museos Vaticanos

No obstante,  la mayor preocupación de Augusto en estos años fue promover el matrimonio y la moralidad, con el doble fin de restaurar las antiguas virtudes romanas y que las familias, fundamentalmente aquellas nobles, siguieran proporcionando jóvenes que pudieran servir al Estado. Es reseñable que las guerras civiles y las proscripciones generaron un alarmante descenso de la población patricia.

Escena de parto. Relieve encontrado en Ostia Antica

En este contexto se presentó en el Senado y pronunció el discurso que Quinto Metelo Macedónico había pronunciado 100 años antes: “Si nosotros. ¡Oh ciudadanos!,  pudiéramos vivir sin mujeres, ninguno de nosotros, sin duda aceptaría el fastidio del matrimonio. Pero como la naturaleza ha querido que no se pueda vivir con las mujeres sin tener problemas, y también ha querido que no se pueda vivir sin ellas, es necesario que nos preocupemos por la tranquilidad perpetua, en lugar de hacerlo por el placer de corta duración. La Lex Iulia de maritandis ordinibus aprobada ese mismo año 18 a.C. prohibía a los senadores que se casaran con libertad, algo que sí se permitía al resto de ciudadanos. Igualmente premiaba la fecundidad más que el matrimonio en sí. El premio principal era el ius liberorum que se concedía a mujeres que habían tenido 3 o más hijos. Este privilegio es la única vía que consentía la mujer liberarse de la tutela perpetua del pater familiae o del marido, pues les permitía disponer de su patrimonio por testamento y las eximía de determinados impuestos. A pesar de tener una finalidad política, por primera vez en la historia se concedieron estas prerrogativas a la mujer. Del mismo modo las familias que en Roma tenías tres hijos, cuatro en Italia y cinco en las provincias estaban exentas de algunos impuestos.

Cornelia madres de los Graco y sus hijos. Pier Jules Cavalier. 1861. París. 

En cambio, los solteros y las parejas sin hijos eran penalizados. Los primeros no podían recibir herencia alguna, no se les permitía entrar en los juegos, no podían ocupar altos cargos ni podían disfrutar de exenciones fiscales.
Por su parte, los divorciados o viudos (especialmente las mujeres) estaban obligados a contraer nuevas nupcias en un período de tiempo estipulado. Si un testamento incluía una cláusula  que indicara que para heredar era imprescindible que el cónyuge no volviera a casarse, Augusto la declaraba nula.
El Príncipe, a pesar de las dudosas circunstancias en las que de tuvo lugar su matrimonio con Livia,  pretendió que la familia imperial diera ejemplo por lo que ordenó el matrimonio a muy corta edad tanto de su hija Julia (casada primero con su primo Marcelo en 23 a.C.  y después con Agripa en 21 a.C.) como de los hijos de Livia: Tiberio contrajo matrimonio en 20 a.C. con Vipsania (hija de Agripa) y Druso en 20 a.C. con Antonia Menor (hija de Octavia y sobrina de Augusto).
En el 9 a.C. la Lex Iulia de maritandis ordinibus fue revisada y bautizada como lex Papia Poppaea.
Esta reforma fue necesaria pues los senadores encontraron trucos para esquivarlas, por ejemplo, arreglaban compromisos matrimoniales con niñas, consiguiendo los beneficios del matrimonio sin llevarlo a cabo inmediatamente. Se modificó la legislación de tal manera que el compromiso matrimonial sólo se reconocía si la boda tenía lugar en los dos años siguientes.

Escena de matrimonio. Casa de la Farnesina. 21 a.C. Roma. Museo de las Termas

En torno a la misma fecha presentó la Lex Iulia de adulteriis coercendis, que castigaba el adulterio. Dión Casio recoge que Augusto descartó ser más radical, algo que propusieron algunos senadores. En la teoría un hombre podía acusar de adulterio en un tribunal especial. El castigo incluía el destierro y la confiscación de la mitad de los bienes del amante. Pero la esposa no podía ser procesada si el marido no se divorciaba  y muchos maridos, temiendo ser descubiertos también en adulterio preferían no denunciar. Es curioso un caso que fue presentado ante Augusto de un hombre que había contraído matrimonio con una mujer casada con la que previamente había cometido adulterio. Debido al propio comportamiento del emperador con Livia (con la que se casó embarazada de su primer marido) incómodamente dijo “Miremos al futuro para que nada parecido pueda volver a pasar” (Dión Casio. Historia Romana. 16, 6)
Igualmente los debates en la Curia propiciaron algunos momentos embarazosos para Augusto, por ejemplo cuando animó a los senadores a controlar mejor a sus cónyuges: “Debéis reprender e instruir a vuestras esposas como consideréis adecuado. Así como hago yo”. Algunos, conociendo el carácter terrible y autoritario de Livia pidieron a Augusto detalles de cómo regañaba a su mujer, algo que él evitó concretar y simplemente refirió que hacía sugerencias sobre los modales y ropas de las mujeres de su hogar (Dión Casio. Historia Romana. 16, 3-5)
Estas leyes fueron el gran fracaso de la política de Augusto pues parece ser que Lex Iulia de adulteriis coercendis sólo se aplicó con severidad, en la familia imperial, y especialmente en la persona de las dos Julia, hija y nieta del Príncipe. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Eneida o la predestinación de Roma


Eneas, Anquises y Ascanio. Gian Lorenzo Bernini. 1618-19. Galleria Borghese. Roma 2018


           La Eneida, el mayor poema europeo que se escribía desde la Ilíada de Homero, es la más sublime expresión de las letras latinas y la obra cumbre de Virgilio. Parece ser que Augusto le sugirió la idea del poema, lo que no obligaba al poeta, pues ya habían rechazado tal empresa otros escritores del círculo de Mecenas, como Horacio y Propercio. Corrobora esta teoría el hecho de que en principio la intención del autor era escribir sobre el propio emperador, idea que finalmente rechazó a favor de la historia de Eneas, superviviente de la guerra de Troya, que le permitía crear un pasado glorioso para el pueblo romano y, especialmente, para la gens Julia que se decía descendiente del héroe troyano a través de su hijo Iulo, ambos respectivamente hijo y nieto de la diosa Venus. “Canto las armas y a ese hombre que de las costas de Troya llegó el primero a Italia, prófugo por el hado y a las playas lavinias, sacudido por mar y por tierra por la violencia de los dioses a causa de la ira obstinada de la cruel Juno, tras mucho sufrir también en la guerra, hasta que fundó la ciudad; y trajo sus dioses al Lacio; de ahí el pueblo latino y los padres albanos y de la alta Roma las murallas” (Libro I. 1-7).
Ya en el proemio del Libro III de las Geórgicas anuncia Virgilio su futuro poema “construiré un templo de mármol. Colocaré al César (Augusto) en el centro y él presidirá el templo”.


Lápix cura a Eneas acompañado de Venus y su hijo Ascanio. Fresco de la Casa de Sirico. Siglo I d.C. en Pompeya. Nápoles. Museo Arqueológico Nacional

Probablemente comenzó a escribir la obra en 29 a.C. tras la publicación de las Geórgicas. Se tiene constancia de que Augusto en el 26 a.C., mientras dirigía las guerras cántabras en Hispania solicitó al poeta un resumen de lo que llevaba escrito. Virgilio no pudo ofrecerle nada aún pues se sentía desbordado por la tarea que había emprendido. Eso, unido a que no escribía más de un verso al día. Esta circunstancia aumentó el ansia del Príncipe por el poema, transmitido a toda Roma, que esperaba con impaciencia los versos del poeta de Mantua. Incluso el poeta Sexto Propercio escribió: ¡Haceos a un lado, escritores romanos!¡Abrid paso, griegos! ¡Está naciendo algo más grande aún que la Iliada”.
       No muchos años después Virgilio pudo satisfacer las demandas del emperador ofreciéndole una lectura pública de los Libros II, IV y VI, los más impresionantes, que conmovieron profundamente a la familia imperial, especialmente a Octavia al escuchar los bellísimos versos dedicados a su fallecido hijo Marcelo, y al propio Augusto “Y entonces Eneas, que a su lado marchar veía a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes, mas con su frente ensombrecida y los ojos en un rostro abatido, preguntó ¿Quién padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe? ¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya! Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza. A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:. ¡ay, hijo! No preguntes por el que será un gran duelo entre los tuyos; los hados lo mostrarán a las tierras solamente un instante y que más sea no habrán de consentir. ¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino, tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas, que  he de cubrirlo de flores”. (Libro VI. 860-884).
          En el año 19 a.C. Virgilio había finalizado provisionalmente el trabajo, por lo que decidió partir hacia Grecia para pulir los versos buscando inspiración en los ambientes en los que se desarrollaba su magna obra. Antes de partir dejó el manuscrito a sus amigos Vario Rufo y Plocio Tuca, con el encargo de que si algo le ocurriera debían destruirlo. Augusto impidió que se cumpliera la voluntad del poeta, ordenando a la muerte de éste que se publicara sin añadir ni una sola coma.


Eneas huyendo de la destrucción de Troya. Federico Barocci. 1598. Roma. Galeria Borghese

             El poema se divide en 12 Libros con dos partes claramente diferenciadas:
- Libros I a VI.- Eneas, hijo del mortal Anquises y de la diosa Venus, huye de Troya junto con su padre y su hijo, Iulo (Ascanio). Su esposa Creúsa ha quedado atrás, al desaparecer entre la multitud que corría despavorida intentando abandonar la ciudad arrasada por los griegos. Las naves del héroe acaban recalando en las costas africanas donde pasa una temporada junto a Dido, reina de Cartago, con la que vive un apasionado romance. A la reina, relata Eneas en un banquete la caída de Troya y de cómo alentado por el fantasma de Héctor (que se le apareció en sueños) partió con sus barcos para buscar unas nuevas murallas para la ciudad. En ese trayecto desde las Costas de Épiro a Sicilia, en el que pasa multitud de vicisitudes, ve morir a su padre Anquises en el puerto de Drépano.


Eneas cuenta a Dido las desgracias de Troya. Pierre Narcisse Guerin. 1815. París. Museo del Louvre
- The Yorck Project: 10.000 Meisterwerke der Malerei, DVD-ROM, 2002, ISBN 3936122202. Distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH (permission). Image renamed from Image:Pierre-Narcisse Guérin 001.jpg. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - 

           El Libro IV, uno de los más bellos de todo el poema, narra los amores de Dido y Eneas con una sensibilidad y un estudio psicológico de los personajes jamás conseguido en la literatura antigua. Cuando Eneas, espoleado por los dioses debe partir a continuar su misión, la reina (quizás el personajes más potente del poema) se suicida, maldiciendo al héroe y a toda su descendencia. Siempre se ha querido ver en este hecho la gran rivalidad entre Roma y Cartago, enfrentadas históricamente por el dominio del Mediterráneo. 


Eneas se despide de Dido. Guido Reni. 1630. 


          “Cuando (Dido) el lecho conocido contempló (el que había compartido con Eneas), en breve pausa de lágrimas y recuerdos, se recostó en el diván y profirió sus últimas palabras: “dulces prendas mientras los hados y el dios lo permitían, he vivido y he cumplido el curso que Fortuna me había marcado, y es hora de que marche bajo tierra mi gran imagen. He fundado una ciudad ilustre, he viso mis propias murallas, castigo impuse a un hermano enemigo tras vengar a mi esposo; feliz, ¡Ah! Demasiado feliz habría sido si a nuestras costas nunca hubiesen tocado los barcos dardanios”. Dijo, y la boca pegada al lecho “Moriremos sin venganza, mas muramos” añade “Así, así me place bajar a las sombras. Que devore este fuego con sus ojos desde alta mar al troyano cruel y se lleve consigo la maldición de mi muerte” (Libro IV. 648-662).


La muerte de Dido. Gian Battista Tiepolo. 

          De nuevo en ruta, Eneas llega hasta Cumas donde el fantasma de su padre Anquises lo guía por el infierno por expreso deseo del héroe y le muestra hechos futuros de la historia de Roma. “Sólo esto te pido, llegar a la presencia de mi querido padre y tocar su rostro. Y a él, entre las llamas y los dardos a miles que nos seguían, lo rescaté sobre mis hombros y lo libré de las manos del enemigo; él siguiendo mi camino, todos los mares conmigo y todas las amenazas del piélago y del cielo soportaba, sin aliento, más allá de sus fuerzas y  de la suerte de sus años”. (Libro VI. 106-114). 



Eneas y la Sibila de Cumas. François Perrier. 1646. Varsovia. Museo Nacional
Fuente: Trabajo propio (BurgererSF). Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Perrier_Aeneas_and_the_Cumaean_Sibyl.jpg#/media/File:Perrier_Aeneas_and_the_Cumaean_Sibyl.jpg

             Es desgarrador el reencuentro con Dido: “la fenicia Dido, reciente aún su herida, errante andaba por la gran selva; el héroe troyano cuando llegó a su lado y la reconoció oscura entre las sombras, como el que a principio de mes, ve o cree haber visto alzarse la luna entre las nubes, lágrimas vertió y le habló con dulce amor: “Infeliz Dido, ¿así que era cierta la noticia que me llegó de que habías muerto y buscado el final con la espada? ¿Fui entonces yo ¡ay! la causa de tu muerte? Por los astros juro, por los dioses y por la fe que haya en lo profundo de la tierra; contra mi deseo, reina me alejé de tus costas. Que los mandatos de los dioses, que ahora a ir entre sombras, por lugares desolados me fuerzan y una noche cerrada, me obligaron con su poder; y creer no pude que con mi marcha te causara un dolor tan grande. Detente y no te apartes de mi vista. ¿de quién huyes? Por el hado, esto es lo último que decirte puedo” Con tales palabras  Eneas trataba de calmar el alma ardiente de torva mirada, y  lágrimas vertía. Ella, los ojos clavados en el suelo, seguía de espaldas, sin que más mueva su rostro el discurso emprendido que si fuera de duro pedernal o de roca marpesia. Se marchó por fin y hostil se refugió en el umbroso bosque donde su esposo primero, Siqueo, comparte sus cuitas y su amor iguala. Eneas por su parte emocionado con el suceso inocuo y mientras se aleja, llorando la sigue de lejos y se compadece”. (Libro VI. 450-476). Son conmovedoras las lágrimas del héroe vertidas por amor, en un tiempo en que el que no era habitual mostrar lo sentimientos; sólo un alma sensible como la de Virgilio podía plasmar esas escenas sin que Eneas perdiera su heroicidad.



Eneas y la Sibila en el inframundo. Jan Bruegher el joven. 1600. Viena. Kunsthistoriches Museum

          También en el Libro VI realizó el poeta la preciosa alabanza a Augusto que encabeza este blog: “Éste es, este es el hombre que a menudo escuchas te ha sido prometido, Augusto César, hijo del divo, que fundará los siglos de oro de nuevo en el Lacio por los campos que un día gobernara Saturno, y hasta los garamantes y los indos llevará su Imperio; se extiende su tierra allende las estrellas, allende los caminos del año y del sol, donde Atlante portador del cielo hacer girar sobre sus hombros un eje tachonado de lucientes astros. Ante su llegada, ahora ya se horrorizan los reinos caspios con las respuestas de los dioses y la tierra meotia; Ni aún Alcides recorrió tanta tierra” (Libro VI 791-801). 

- Libros VII a XII.- Por fin llega Eneas a las costas de Italia y desembarca en el río Tíber, reconociendo en sus orillas la patria predestinada. “Y ya enrojecía con sus rayos el mar y desde el alto éter la Aurora brillaba de azafrán en su bigas de rosas, cuando se posaron los vientos y se detuvo de repente todo soplo y se esfuerzan los remos en el tardo mármol. Y ve entonces Eneas un enorme bosque desde el mar. Aquí el Tíber de amena corriente y rápidas crestas  y rubio de la mucha arena irrumpe en el mar. Alrededor y en lo alto frecuentan aves diversas sus orillas y el curso del río endulzando el aire con su canto y volaban por el bosque. Torcer el rumbo ordena a sus compañeros y volver las proas a tierra y alegre se adentra en la corriente umbrosa” (Libro VII. 25-31). Allí se compromete en matrimonio con Lavinia, la hija del rey Latino, lo que provoca enfrentamiento con otros reyes locales, especialmente con Turno, rey de los rútulos, a quien Latino había ofrecido con anterioridad la mano de su hija. 


Eneas en la corte de Latino. Ferdinand Bol. 1661-63. Amsterdam. Rijksmuseum
Fuente: www.rijksmuseum.nl: Home - info - pic. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Bol-aeneas.jpg#/media/File:Bol-aeneas.jpg

           Tienen lugar (motivadas por ello) numerosas batallas en el Lacio por lo que Venus entrega a su hijo un escudo labrado por Vulcano en el que se recogen escenas de la futura batalla de Accio que enfrentaría a Augusto con Marco Antonio y Cleopatra. “A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate con los padres y el pueblo romano, y los Penates y los grandes dioses, en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza. En otra parte Agripa con los vientos y los dioses de su lado guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra, las sienes rostradas le relucen con la corona naval.  Al otro lado con una tropa variopinta de bárbaros, Antonio, vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral,  Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra arrastra consigo, y le sigue, ¡oh, sacrilegio!, la esposa egipcia. Todos se enfrentaron a la vez  y espumas echó todo el mar sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes. A Alta mar se dirigen; creería que las Cícladas flotaban arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban, en popas almenadas de moles tan grande se esfuerzan los hombres. Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza. La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro, y aún no se ve a su espalda las dos serpientes. Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis empuñan sus dardos contra Neptuno y Marte y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece  en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo, y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado acompañado de Belona con su flagelo de sangre. Apolo, viendo esto, tensaba su arco desde lo alto;  con tal terror todo Egipto y lo indos, toda la Arabia, todos los sabeos su espalda volvían. A la misma reina se veía, invocando a los vientos, las velas desplegar y largar amarras. La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige; al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo y abriendo su seno y llamando con todo el vestido a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas” (Libro VIII. 678-713).
            Turno y Eneas deciden enfrentarse en duelo por la mano de Lavinia. El rey de los rútulos muere a manos del héroe troyano. Así concluye el poema aunque nunca sabremos si ese era el final deseado por el Virgilio “le hunde furioso en pleno pecho la espada; a él (Turno) se le desatan los miembros de frío y se le escapa la vida con un gemido, doliente, a las sombras” (Libro XII. 950-953).


Eneas vence a Turno. Luca Giordano. 1688. Madrid. Museo del Prado

           La Eneida se inspira claramente en la Iliada y la Odisea de Homero, en Argonaútica del Apolonio de Rodas y en los Anales de Quinto Ennio. No obstante, a diferencia de las grandes epopeyas griegas, que contienen muchos recursos de la tradición oral anterior, la Eneida no se remonta a ninguna tradición oral pasada sino al contrario es el fruto del anhelo de crear un pasado glorioso para Roma y para su Príncipe, enlazando con el mundo de héroes y dioses de las obras homéricas. Es un poema profundamente patriótico cargado de épica y de predestinación. “Bajo el rubio manto de una loba nodriza, Rómulo se hará cargo del pueblo y alzará las murallas de Marte y por su nombre les dará el de romanos. Y yo no pongo a éstos ni meta ni límites de tiempo; les he confiado un imperio sin fin. Y hasta la áspera Juno, que ahora fatiga de miedo el mar y las tierras y el cielo, cambiará su opinión para mejor, y velara conmigo por los romanos, por los dueños del mundo y el pueblo togado” (Libro I. 275-279). La belleza y precisión técnica de sus versos es tal que lo convierten en un modelo de perfección literaria.