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domingo, 31 de mayo de 2015

Eneida o la predestinación de Roma


Eneas, Anquises y Ascanio. Gian Lorenzo Bernini. 1618-19. Galleria Borghese. Roma 2018


           La Eneida, el mayor poema europeo que se escribía desde la Ilíada de Homero, es la más sublime expresión de las letras latinas y la obra cumbre de Virgilio. Parece ser que Augusto le sugirió la idea del poema, lo que no obligaba al poeta, pues ya habían rechazado tal empresa otros escritores del círculo de Mecenas, como Horacio y Propercio. Corrobora esta teoría el hecho de que en principio la intención del autor era escribir sobre el propio emperador, idea que finalmente rechazó a favor de la historia de Eneas, superviviente de la guerra de Troya, que le permitía crear un pasado glorioso para el pueblo romano y, especialmente, para la gens Julia que se decía descendiente del héroe troyano a través de su hijo Iulo, ambos respectivamente hijo y nieto de la diosa Venus. “Canto las armas y a ese hombre que de las costas de Troya llegó el primero a Italia, prófugo por el hado y a las playas lavinias, sacudido por mar y por tierra por la violencia de los dioses a causa de la ira obstinada de la cruel Juno, tras mucho sufrir también en la guerra, hasta que fundó la ciudad; y trajo sus dioses al Lacio; de ahí el pueblo latino y los padres albanos y de la alta Roma las murallas” (Libro I. 1-7).
Ya en el proemio del Libro III de las Geórgicas anuncia Virgilio su futuro poema “construiré un templo de mármol. Colocaré al César (Augusto) en el centro y él presidirá el templo”.


Lápix cura a Eneas acompañado de Venus y su hijo Ascanio. Fresco de la Casa de Sirico. Siglo I d.C. en Pompeya. Nápoles. Museo Arqueológico Nacional

Probablemente comenzó a escribir la obra en 29 a.C. tras la publicación de las Geórgicas. Se tiene constancia de que Augusto en el 26 a.C., mientras dirigía las guerras cántabras en Hispania solicitó al poeta un resumen de lo que llevaba escrito. Virgilio no pudo ofrecerle nada aún pues se sentía desbordado por la tarea que había emprendido. Eso, unido a que no escribía más de un verso al día. Esta circunstancia aumentó el ansia del Príncipe por el poema, transmitido a toda Roma, que esperaba con impaciencia los versos del poeta de Mantua. Incluso el poeta Sexto Propercio escribió: ¡Haceos a un lado, escritores romanos!¡Abrid paso, griegos! ¡Está naciendo algo más grande aún que la Iliada”.
       No muchos años después Virgilio pudo satisfacer las demandas del emperador ofreciéndole una lectura pública de los Libros II, IV y VI, los más impresionantes, que conmovieron profundamente a la familia imperial, especialmente a Octavia al escuchar los bellísimos versos dedicados a su fallecido hijo Marcelo, y al propio Augusto “Y entonces Eneas, que a su lado marchar veía a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes, mas con su frente ensombrecida y los ojos en un rostro abatido, preguntó ¿Quién padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe? ¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya! Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza. A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:. ¡ay, hijo! No preguntes por el que será un gran duelo entre los tuyos; los hados lo mostrarán a las tierras solamente un instante y que más sea no habrán de consentir. ¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino, tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas, que  he de cubrirlo de flores”. (Libro VI. 860-884).
          En el año 19 a.C. Virgilio había finalizado provisionalmente el trabajo, por lo que decidió partir hacia Grecia para pulir los versos buscando inspiración en los ambientes en los que se desarrollaba su magna obra. Antes de partir dejó el manuscrito a sus amigos Vario Rufo y Plocio Tuca, con el encargo de que si algo le ocurriera debían destruirlo. Augusto impidió que se cumpliera la voluntad del poeta, ordenando a la muerte de éste que se publicara sin añadir ni una sola coma.


Eneas huyendo de la destrucción de Troya. Federico Barocci. 1598. Roma. Galeria Borghese

             El poema se divide en 12 Libros con dos partes claramente diferenciadas:
- Libros I a VI.- Eneas, hijo del mortal Anquises y de la diosa Venus, huye de Troya junto con su padre y su hijo, Iulo (Ascanio). Su esposa Creúsa ha quedado atrás, al desaparecer entre la multitud que corría despavorida intentando abandonar la ciudad arrasada por los griegos. Las naves del héroe acaban recalando en las costas africanas donde pasa una temporada junto a Dido, reina de Cartago, con la que vive un apasionado romance. A la reina, relata Eneas en un banquete la caída de Troya y de cómo alentado por el fantasma de Héctor (que se le apareció en sueños) partió con sus barcos para buscar unas nuevas murallas para la ciudad. En ese trayecto desde las Costas de Épiro a Sicilia, en el que pasa multitud de vicisitudes, ve morir a su padre Anquises en el puerto de Drépano.


Eneas cuenta a Dido las desgracias de Troya. Pierre Narcisse Guerin. 1815. París. Museo del Louvre
- The Yorck Project: 10.000 Meisterwerke der Malerei, DVD-ROM, 2002, ISBN 3936122202. Distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH (permission). Image renamed from Image:Pierre-Narcisse Guérin 001.jpg. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - 

           El Libro IV, uno de los más bellos de todo el poema, narra los amores de Dido y Eneas con una sensibilidad y un estudio psicológico de los personajes jamás conseguido en la literatura antigua. Cuando Eneas, espoleado por los dioses debe partir a continuar su misión, la reina (quizás el personajes más potente del poema) se suicida, maldiciendo al héroe y a toda su descendencia. Siempre se ha querido ver en este hecho la gran rivalidad entre Roma y Cartago, enfrentadas históricamente por el dominio del Mediterráneo. 


Eneas se despide de Dido. Guido Reni. 1630. 


          “Cuando (Dido) el lecho conocido contempló (el que había compartido con Eneas), en breve pausa de lágrimas y recuerdos, se recostó en el diván y profirió sus últimas palabras: “dulces prendas mientras los hados y el dios lo permitían, he vivido y he cumplido el curso que Fortuna me había marcado, y es hora de que marche bajo tierra mi gran imagen. He fundado una ciudad ilustre, he viso mis propias murallas, castigo impuse a un hermano enemigo tras vengar a mi esposo; feliz, ¡Ah! Demasiado feliz habría sido si a nuestras costas nunca hubiesen tocado los barcos dardanios”. Dijo, y la boca pegada al lecho “Moriremos sin venganza, mas muramos” añade “Así, así me place bajar a las sombras. Que devore este fuego con sus ojos desde alta mar al troyano cruel y se lleve consigo la maldición de mi muerte” (Libro IV. 648-662).


La muerte de Dido. Gian Battista Tiepolo. 

          De nuevo en ruta, Eneas llega hasta Cumas donde el fantasma de su padre Anquises lo guía por el infierno por expreso deseo del héroe y le muestra hechos futuros de la historia de Roma. “Sólo esto te pido, llegar a la presencia de mi querido padre y tocar su rostro. Y a él, entre las llamas y los dardos a miles que nos seguían, lo rescaté sobre mis hombros y lo libré de las manos del enemigo; él siguiendo mi camino, todos los mares conmigo y todas las amenazas del piélago y del cielo soportaba, sin aliento, más allá de sus fuerzas y  de la suerte de sus años”. (Libro VI. 106-114). 



Eneas y la Sibila de Cumas. François Perrier. 1646. Varsovia. Museo Nacional
Fuente: Trabajo propio (BurgererSF). Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Perrier_Aeneas_and_the_Cumaean_Sibyl.jpg#/media/File:Perrier_Aeneas_and_the_Cumaean_Sibyl.jpg

             Es desgarrador el reencuentro con Dido: “la fenicia Dido, reciente aún su herida, errante andaba por la gran selva; el héroe troyano cuando llegó a su lado y la reconoció oscura entre las sombras, como el que a principio de mes, ve o cree haber visto alzarse la luna entre las nubes, lágrimas vertió y le habló con dulce amor: “Infeliz Dido, ¿así que era cierta la noticia que me llegó de que habías muerto y buscado el final con la espada? ¿Fui entonces yo ¡ay! la causa de tu muerte? Por los astros juro, por los dioses y por la fe que haya en lo profundo de la tierra; contra mi deseo, reina me alejé de tus costas. Que los mandatos de los dioses, que ahora a ir entre sombras, por lugares desolados me fuerzan y una noche cerrada, me obligaron con su poder; y creer no pude que con mi marcha te causara un dolor tan grande. Detente y no te apartes de mi vista. ¿de quién huyes? Por el hado, esto es lo último que decirte puedo” Con tales palabras  Eneas trataba de calmar el alma ardiente de torva mirada, y  lágrimas vertía. Ella, los ojos clavados en el suelo, seguía de espaldas, sin que más mueva su rostro el discurso emprendido que si fuera de duro pedernal o de roca marpesia. Se marchó por fin y hostil se refugió en el umbroso bosque donde su esposo primero, Siqueo, comparte sus cuitas y su amor iguala. Eneas por su parte emocionado con el suceso inocuo y mientras se aleja, llorando la sigue de lejos y se compadece”. (Libro VI. 450-476). Son conmovedoras las lágrimas del héroe vertidas por amor, en un tiempo en que el que no era habitual mostrar lo sentimientos; sólo un alma sensible como la de Virgilio podía plasmar esas escenas sin que Eneas perdiera su heroicidad.



Eneas y la Sibila en el inframundo. Jan Bruegher el joven. 1600. Viena. Kunsthistoriches Museum

          También en el Libro VI realizó el poeta la preciosa alabanza a Augusto que encabeza este blog: “Éste es, este es el hombre que a menudo escuchas te ha sido prometido, Augusto César, hijo del divo, que fundará los siglos de oro de nuevo en el Lacio por los campos que un día gobernara Saturno, y hasta los garamantes y los indos llevará su Imperio; se extiende su tierra allende las estrellas, allende los caminos del año y del sol, donde Atlante portador del cielo hacer girar sobre sus hombros un eje tachonado de lucientes astros. Ante su llegada, ahora ya se horrorizan los reinos caspios con las respuestas de los dioses y la tierra meotia; Ni aún Alcides recorrió tanta tierra” (Libro VI 791-801). 

- Libros VII a XII.- Por fin llega Eneas a las costas de Italia y desembarca en el río Tíber, reconociendo en sus orillas la patria predestinada. “Y ya enrojecía con sus rayos el mar y desde el alto éter la Aurora brillaba de azafrán en su bigas de rosas, cuando se posaron los vientos y se detuvo de repente todo soplo y se esfuerzan los remos en el tardo mármol. Y ve entonces Eneas un enorme bosque desde el mar. Aquí el Tíber de amena corriente y rápidas crestas  y rubio de la mucha arena irrumpe en el mar. Alrededor y en lo alto frecuentan aves diversas sus orillas y el curso del río endulzando el aire con su canto y volaban por el bosque. Torcer el rumbo ordena a sus compañeros y volver las proas a tierra y alegre se adentra en la corriente umbrosa” (Libro VII. 25-31). Allí se compromete en matrimonio con Lavinia, la hija del rey Latino, lo que provoca enfrentamiento con otros reyes locales, especialmente con Turno, rey de los rútulos, a quien Latino había ofrecido con anterioridad la mano de su hija. 


Eneas en la corte de Latino. Ferdinand Bol. 1661-63. Amsterdam. Rijksmuseum
Fuente: www.rijksmuseum.nl: Home - info - pic. Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Bol-aeneas.jpg#/media/File:Bol-aeneas.jpg

           Tienen lugar (motivadas por ello) numerosas batallas en el Lacio por lo que Venus entrega a su hijo un escudo labrado por Vulcano en el que se recogen escenas de la futura batalla de Accio que enfrentaría a Augusto con Marco Antonio y Cleopatra. “A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate con los padres y el pueblo romano, y los Penates y los grandes dioses, en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza. En otra parte Agripa con los vientos y los dioses de su lado guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra, las sienes rostradas le relucen con la corona naval.  Al otro lado con una tropa variopinta de bárbaros, Antonio, vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral,  Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra arrastra consigo, y le sigue, ¡oh, sacrilegio!, la esposa egipcia. Todos se enfrentaron a la vez  y espumas echó todo el mar sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes. A Alta mar se dirigen; creería que las Cícladas flotaban arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban, en popas almenadas de moles tan grande se esfuerzan los hombres. Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza. La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro, y aún no se ve a su espalda las dos serpientes. Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis empuñan sus dardos contra Neptuno y Marte y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece  en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo, y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado acompañado de Belona con su flagelo de sangre. Apolo, viendo esto, tensaba su arco desde lo alto;  con tal terror todo Egipto y lo indos, toda la Arabia, todos los sabeos su espalda volvían. A la misma reina se veía, invocando a los vientos, las velas desplegar y largar amarras. La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige; al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo y abriendo su seno y llamando con todo el vestido a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas” (Libro VIII. 678-713).
            Turno y Eneas deciden enfrentarse en duelo por la mano de Lavinia. El rey de los rútulos muere a manos del héroe troyano. Así concluye el poema aunque nunca sabremos si ese era el final deseado por el Virgilio “le hunde furioso en pleno pecho la espada; a él (Turno) se le desatan los miembros de frío y se le escapa la vida con un gemido, doliente, a las sombras” (Libro XII. 950-953).


Eneas vence a Turno. Luca Giordano. 1688. Madrid. Museo del Prado

           La Eneida se inspira claramente en la Iliada y la Odisea de Homero, en Argonaútica del Apolonio de Rodas y en los Anales de Quinto Ennio. No obstante, a diferencia de las grandes epopeyas griegas, que contienen muchos recursos de la tradición oral anterior, la Eneida no se remonta a ninguna tradición oral pasada sino al contrario es el fruto del anhelo de crear un pasado glorioso para Roma y para su Príncipe, enlazando con el mundo de héroes y dioses de las obras homéricas. Es un poema profundamente patriótico cargado de épica y de predestinación. “Bajo el rubio manto de una loba nodriza, Rómulo se hará cargo del pueblo y alzará las murallas de Marte y por su nombre les dará el de romanos. Y yo no pongo a éstos ni meta ni límites de tiempo; les he confiado un imperio sin fin. Y hasta la áspera Juno, que ahora fatiga de miedo el mar y las tierras y el cielo, cambiará su opinión para mejor, y velara conmigo por los romanos, por los dueños del mundo y el pueblo togado” (Libro I. 275-279). La belleza y precisión técnica de sus versos es tal que lo convierten en un modelo de perfección literaria.

martes, 3 de junio de 2014

Octavia, Señora de Roma


Octavia. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

Octavia, la hermana de Augusto, es sin lugar a dudas el personaje que más me conmueve de todos los que lo rodean. Leal, honesta, siempre al servicio de Roma y de su hermano, defendió los intereses de su marido, Marco Antonio, aún cuando éste la había repudiado y humillado ante todo el mundo. Mujer de grandes valores y nobleza de espíritu reunía todas las virtudes de las tradicionales matronas romanas.
Octavia Menor nació el 69 a.C., por tanto era 6 años mayor que Augusto. Ambos tenían una hermanastra, Octavia Mayor, fruto de un matrimonio anterior de su padre. Los dos más pequeños estaban muy unidos, mucho más de lo que era frecuente en la estricta sociedad romana. Sin embargo, el futuro emperador y Octavia nunca ocultaron el gran afecto mutuo que se profesaban.
La joven tuvo una infancia feliz en Velletri. En el 54 a.C fue dada en matrimonio a Cayo Claudio Marcelo, un miembro distinguido de la poderosa gens Claudia, 20 años mayor que ella. Con anterioridad Julio César (que era su tío abuelo) la había ofrecido a Pompeyo como esposa. Éste, que acababa de enviudar de Julia (la hija de César) rechazó la oferta. De haberse producido el matrimonio quizás hubiera podido evitarse una guerra civil. A pesar de que Marcelo era contrario a César, el dictador lo perdonó y su joven sobrina vivió un matrimonio más o menos feliz. De esta unión, Octavia tuvo tres hijos: las dos Marcela y en 43 a.C., el que sería la gran alegría de su vida, el único varón que trajo al mundo, Marco Claudio Marcelo. Durante este período prestó ayuda a muchos de los condenados por las proscripciones ordenadas por el triunvirato, de ahí el amor y la admiración que todos sentían por ella.
En 41 a.C, a la edad de 29 años y embarazada de su tercera hija se quedó viuda. Sin embargo, ese mismo año por decreto senatorial casó en segundas nupcias con Marco Antonio en un matrimonio que debía consolidar la posición del triunvirato. Marco Antonio acababa de enviudar de su esposa Fulvia al mismo tiempo que había abandonado a Cleopatra, que había dado a luz a sus gemelos, fruto del invierno que habían pasado juntos en Alejandría. Octavia se convirtió en la mujer más poderosa de su tiempo, al ser hermana y esposa de los dos romanos más influyentes de su tiempo. El matrimonio fue acogido y celebrado por Roma con gran júbilo pues significaba el triunfo de la paz.

Moneda con Marco Antonio en el anverso y Octavia en el reverso

Entre el 40 y el 36 a.C., la nueva pareja vivió en Atenas junto con los tres hijos de ella y los dos de él. ¿Fue una unión feliz?. No hay nada que indique lo contrario. A pesar de la diferencia de caracteres, Antonio era un hombre que sabía satisfacer a cualquier tipo de mujer mientras que Octavia era considerada una de las mujeres más hermosas del mundo, mucho más que la reina Cleopatra. Por otro lado, su carácter paciente y dulce aportaba al triunviro una estabilidad y serenidad de la que nunca había disfrutado. Los cuatro años que estuvieron juntos mostraron al Marco Antonio más centrado y volcado en sus tareas de gobierno. La mediación de Octavia entre los dos triunviros otorgó un período armonía al mundo romano. Del matrimonio nacieron dos hijas: Antonia Mayor (abuela de Nerón) y Antonia Menor (madre de Claudio).
Pero un espíritu lujurioso como el de Marco Antonio no podría ser dichoso eternamente junto a la virtuosa Octavia. Por ello, y ante algunas divergencias surgidas con su cuñado Octavio (que Octavia logró aplacar en parte consiguiendo la renovación del triunvirato en Tarento), Antonio abandonó a su esposa romana y volvió a los brazos de Cleopatra.
            No obstante, Octavia continúo viviendo en Atenas fiel a su marido y al cuidado de los 7 niños a su cargo. En el 35 a.C., deseando reconciliarse con su esposo partió tras él con dinero y tropas para su campaña contra los partos. Éste le ordenó dejar los pertrechos para la guerra en Atenas y volver a Roma. Al llegar allí, Octavia rechazó la propuesta de su hermano de vivir con él y se instaló con sus hijos y los de Antonio en la casa de aquel, permaneciendo leal a sus intereses como una buena esposa romana. Residió allí hasta que en el 32 a.C. Antonio se divorció de ella y le exigió abandonar su casa. Aún así Octavia llevó con ella a los hijos de Antonio y Fulvia a los que continuó educando junto a los suyos propios. Humillación tras humillación, Octavia jamás mostró deslealtad ni rencor hacia su marido. Su nobleza no tenía fin, hasta tal punto que tras la batalla de Accio (que supuso en el 31 a.C. la muerte de Marco Antonio y Cleopatra), acogió también a los pequeños hijos de aquella funesta unión.

Octavia

            Cuando Augusto se hizo con el poder absoluto, Octavia (que no volvió a casarse) vivió los años más felices de su vida dedicada en exclusiva al cuidado de la numerosa prole a su cargo y, en especial a Marcelo, su hijo más querido, al que vio convertirse en un espléndido adolescente adorado por el mismo Príncipe. De hecho, éste aunque no lo adoptó como hijo lo casó en el 25 a.C. con su única hija Julia, lo que suponía considerarlo su heredero por delante de los hijos de su esposa Livia. Augusto nunca ocultó la debilidad que sentía por su joven sobrino, y al igual que César había hecho con él, Marcelo lo acompañaba en casi todos los actos públicos al mismo tiempo que lo cubrió de honores, quizás desmedidos para su corta edad, como desfilar con tan sólo 12 años a su derecha en el triunfo celebrado tras la victoria de Accio. A causa de Marcelo, tuvo Augusto las únicas desavencias con Agripa, a quien le costaba digerir los excesivos mimos y atenciones que aquel dedicaba al muchacho.

Marcelo. Siglo I a.C, París. Museo del Louvre

Sin embargo, este momento dichoso de Octavia se vio truncado funestamente en el 23 a.C. debido a la repentina e inesperada muerte del joven causada probablemente por una epidemia que asolaba Roma ese año. Y entonces el alma de Octavia que  había soportado durante su vida tristezas de todo tipo se rompió en mil pedazos. La muerte de Marcelo la sumió en una profunda depresión de la que nunca se recuperó; vistió luto el resto de su vida, se alejó de la vida pública e incluso evitaba encontrarse con su hermano viviendo en soledad y amargura los últimos años de su existencia hasta su muerte acaecida en el 11 a.C.
 Un último sacrificio de Octavia por Roma fue consentir que su hija Marcela Mayor se divorciara de Agripa a fin de que éste pudiera casarse con la viuda Julia, hija de Augusto. Para la posteridad queda el momento en que Virgilio ofreció una lectura privada de su Eneida a la familia imperial; al pronunciar los bellísimos versos dedicados al desafortunado Marcelo, Octavia se desmayó delante de todos.
“Y entonces Eneas, que a su lado marchar veía a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes, mas ensombrecida su frente y los ojos en un rostro abatido, preguntó ¿Quién padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe? ¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya! Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza. A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:. ¡ay, hijo! No preguntes por un gran duelo de los tuyos; los hados lo mostrarán a las tierras solamente y que más sea no habrán de consentir. ¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino, tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas, que  he de cubrirlo de flores” (Eneida. Virgilio. Libro VI).

Octavia se desvanece en el regazo de Augusto durante la lectura de la Eneida. Musee Toulousse

Por primera vez en su vida el dolor desgarrado de una madre se impuso al rígido protocolo de la familia imperial en una muestra más de la gran humanidad de Octavia, quien agradecida al poeta, le donó diez mil sestercios por los conmovedores versos. Éstos, junto al maravilloso teatro que su tío le dedicó, han perpetuado la memoria de Marcelo hasta nuestros días.
            ¿Y cómo era Octavia en realidad?. Los escasos retratos fiables que de ella se conservan y las fuentes nos muestran a una mujer bellísima, de delicadas facciones y exquisita elegancia. Su carácter virtuoso se reflejaba en su manera de vestir, recatada y al antiguo estilo romano. Mujer innovadora, puso de moda el nodus, primer peinado femenino romano que se conoce. Consistía en una especie de tupe sobre la frente, el resto del cabello se recogía en un moño realizado a base de trenzas sobre la nuca; a ambos lados de la cabeza se dejaban dos mechones ahuecados mientras que el resto del pelo se fijaba muy tenso. Este peinado reforzaba su imagen de castidad. Por ello, su cuñada Livia lo copió y universalizó aunque con algunas variaciones.

Peinado nodus en Octavia. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

            Se ha hablado mucho sobre una posible rivalidad entre las dos mujeres, lo que no es de extrañar sobre todo por parte de Livia. Un carácter tan bondadoso y altruista como el de Octavia es difícil que se dejara gobernar por bajas pasiones. Sin embargo, alguien tan temperamental y controlador como Livia, probablemente sentía celos de la gran influencia de su cuñada sobre su esposo, del amor que le tenía a Octavia el pueblo romano, de la importancia de aquella en la situación política, de las atenciones de Augusto a Marcelo en detrimento de sus hijos….No obstante, la emperatriz era demasiado inteligente para dejar aflorar esos sentimientos y siempre apoyó al Príncipe en todas sus decisiones; de ahí la devoción incondicional que aquel le profesaba. Sólo la pérdida de Marcelo llevó a Octavia a sentir rencor hacia Livia, ante la suerte de ésta de poder disfrutar de sus dos hijos.

Livia y Octavia. Copias de esculturas en mármol en el Museo del Ara Pacis
Roma. 2013

Octavia recibió grandes honores por parte de su hermano: fue la primera mujer romana cuyos retratos se exhibieron en lugares públicos así como el primer rostro femenino que se esculpió en una moneda. Además, Augusto le dedicó el  Pórtico que aún hoy lleva su nombre junto al teatro dedicado a su hijo. Octavia y Marcelo permanecerían unidos para siempre en su sepultura en el Mausoleo de Augusto, tal y como demuestra la lápida que compartían encontrada en su interior y que aún se conserva. El último anhelo cumplido de una mujer extraordinaria.


Pórtico de Octavia. Roma 2013

Epígrafe de Marcelo y Octavia