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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Tiberio y Julia, el matrimonio imposible

Después de valorar varias opciones, entre ellas la de desposar a su hija con un simple eques sin peso político, Augusto (quizás influenciado por Livia) decidió que la mejor opción para el futuro del Principado era el matrimonio entre Julia y su hijastro Tiberio, que entonces tenía 31 años.

Julia y Tiberio en el Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2013

Aunque el Príncipe nunca sintió gran afecto por Tiberio, descartó a su hermano Druso (su candidato favorito) porque ya estaba casado con su sobrina Antonia (hija de Octavia y Marco Antonio). La pareja, muy bien avenida, ya tenía un hijo: Germánico, sobrino nieto del emperador. Tiberio, por su parte, estaba casado con Vipsania (hija de un anterior matrimonio de Agripa), y también tenía un hijo, Druso el menor.


Vipsania (Sheila Ruskin) y Tiberio (George Baker) en un fotograma de la serie Yo, Claudio. 1976

      El primogénito de Livia sufrió mucho al verse obligado a romper su matrimonio, pues estaba muy enamorado de su esposa, una mujer discreta y dulce que había encajado perfectamente con el carácter reservado y taciturno de Tiberio. Así y todo obedeció, por lo que en el año 11 a.C contrajo matrimonio con Julia. Ésta mostró gran entusiasmo por su nuevo marido, del que dicen que había estado enamorada en su juventud; no obstante, la frialdad de él acabó pronto con su pasión. Tiberio, a pesar de que no congeniaba con la hija de Augusto ni con su carácter caprichoso (la joven incluso estando casada con Agripa había flirteado con él) intentó guardar las apariencias por un tiempo y fingir que vivía un matrimonio feliz. Sin embargo, esta aparente felicidad se esfumó pronto, al morir muy pequeño el único hijo que concibió la pareja.
A partir de ese momento, el aborrecimiento que Tiberio sentía hacia Julia se incrementó, pues Julia para olvidar la muerte del pequeño retomó su alegre vida social, la cual chocaba frontalmente con la personalidad reservada y discreta de su marido, quien no toleraba el hecho de que Julia. como hija de Augusto, gozara de mayor independencia que cualquier otra mujer.


Julia la Mayor. Siglo I a.C. Berlín. Altes Museum

 Por otro lado, Tiberio echaba terriblemente de menos a Vipsania. Cuenta Suetonio que en una ocasión se encontró con ella por la calle y que él le dedicó una mirada tan intensa y llena de tristeza que los ojos se le llenaron de lágrimas. Esto llegó a oídos de Julia, que sintiéndose humillada se quejó a Augusto, quien indignado prohibió a Tiberio cualquier contacto con su primera esposa (Vida de Tiberio. Libro III,.7, 2-3).
Esta situación incrementó el odio de Tiberio hacia Julia por lo que acabó rompiendo la relación marital con ella y trasladándose a otro dormitorio. A raíz de esta ruptura Julia comenzó a comportarse de forma indiscreta para herir a su marido, algo que a la larga le acarrearía su ruina. Por su parte, el ya de por sí difícil carácter de Tiberio empeoró debido a las humillaciones a las que sentía sometido por Julia, por lo que en el año 6 a.C., aún siendo el segundo hombre más poderoso del Imperio no dudó en dejarlo todo y en desterrarse voluntariamente a la Isla de Rodas. A la muerte de Augusto, Tiberio, ya emperador, dejó morir a Julia lentamente de hambre (la joven había sido desterrada por su propio padre primero a Pandataria y después a Reghium). 

domingo, 28 de junio de 2015

La pacificación de la Galia e Hispania


La Galia e Hispania pacificadas en ambos costados de la coraza del Príncipe
Detalle del Augusto de Prima porta. Museos Vaticanos. Roma 2011


       A finales del 17 o comienzos del 16 a.C. varias tribus germanas crucificaron a varios mercaderes romanos. A continuación realizaron una incursión al otro lado del Rhin penetrando en la Galia romana. Para contener su avance, el legado Marco Lolio reunió un gran contingente, siendo a pesar de ello derrotado. Como consecuencia se perdió nuevamente un águila, el de la Legio V Alaudade. Lolio y la mayoría del ejército sobrevivió pero la pérdida del estandarte fue un duro revés.
Augusto abandonó inmediatamente Roma en dirección a la Galia (en la que sería su cuarta visita) pero cuando llegó Lolio ya había restaurado el orden en la zona y recuperado el águila. No obstante, el Príncipe aprovechó la ocasión para visitar nuevamente las provincias occidentales. Como siempre le acompañaba Livia y con posterioridad se les unió el hijo de ésta, Tiberio. Éste había sido nombrado pretor en el año 16 cuando contaba con 25 años gracias a un decreto senatorial que adelantaba la edad para presentarse a los cargos con 5 años de antelación. Con esta medida se volvieron a ocupar los cargos públicos importantes con las nuevas generaciones de las grandes familias romana devastadas durante las guerras civiles. Así, no sólo Tiberio, sino también el hijo pequeño de Livia (Druso) empezaron a tener una gran preeminencia en los asuntos de Estado.


Copia de busto de Tiberio. Ara Pacis Augustae. Roma 2018

Copia de busto de Druso. Ara Pacis Augustae. Roma 2018

La Galia estaba romanizada en casi su totalidad a excepción de algunos poblados de los Alpes que se veían ayudados por las siempre rebeldes tribus germánicas. Augusto encargó a sus hijastros la conquista completa de la zona. Druso comenzó las operaciones en primavera del 15 a.C. avanzando desde Italia en varias columnas hasta el valle del Inn. Por su parte Tiberio avanzó desde posiciones en la misma Galia. Fue una campaña dura de escaramuzas y asaltos a fortificaciones. El 1 de agosto ambos unificaron sus fuerzas y vencieron en una batalla a gran escala, coincidiendo con el 15 aniversario de la batalla de Accio. En La Turbie se erigió un monumento conmemorativo  donde se mencionan los 45 pueblos derrotados en la campaña, según recogió Plinio el Viejo. Horacio dedicó sendos poemas a las gestas de Tiberio y Druso, que permitieron mejorar las comunicaciones entre Italia y la Galia. “Como el águila portadora del rayo a quien Júpiter, rey de los dioses, concedió el imperio sobre las demás aves por haber experimentado su fidelidad en el rapto del rubio Ganímedes, en otro tiempo los bríos juveniles, el aliento de sus padres y  la inexperiencia de los trabajos la hicieron abandonar el nido, y los vientos primaverales impulsaron en un cielo sin nubes sus primeros y vacilantes esfuerzos; después con ímpetu violento, se arroja como enemiga contra apriscos, y por último el afán ardoroso de presas y combates la precipita contra las irritadas serpientes; como la cabra que trisca en los alegres pastos contempla el cachorro que la roja leona acaba de criar, quitándole la leche, y con terror se ve ya devorada por sus finos y agudos dientes, así vieron los vindélicos al gran Druso mover la guerra en los Alpes de Retia. No pretendo averiguar de donde tomaron estos pueblos la costumbre de armar sus diestras con el hacha de las Amazonas, que no es lícito saberlo todo; pero las falanges vencedoras en cien combates, vencidas a su vez por el joven caudillo, probaron a su costa lo que puede una gran fortaleza, una índole excelente adoctrinada por sabios consejos y la solicitud paternal de Augusto en pro de los jóvenes Nerones (rama de la gens Claudia a la que pertenecían los hijos de Livia por vía paterna). Los fuertes son hijos de los fuertes y animosos. Los toros y caballos rebelan el esfuerzo de sus progenitores, y nunca el águila feroz ha engendrado a la tímida paloma. Mas la enseñanza perfecciona el buen natural, y el ejercicio de la virtud fortalece los bríos”. (Odas. Libro IV. VI).

Éstas, no fueron campañas vistosas pero sí muy ventajosas a la hora de favorecer el proceso de romanización a pesar de los escasos beneficios en botín que aportaban. Sólo alguien como Augusto dedicó tiempo a librarlas, pues eran imprescindibles para conseguir un Imperioromano estable y pacificado.
Desde la Galia, el emperador pasó a Hispania. Desde que Agripa acabó con las rebeliones en el norte en 19 a.C., la península estaba en paz. En ese momento  transfirió la provincia de la Bética al dominio senatorial, quedándose él con el control de la Lusitania y la Tarraconensis. En este viaje fundó la colonia de Caesaraugusta (Zaragoza) a orillas del Ebro. Del mismo modo mejoró la comunicación entre las diferentes provincias con una amplia red de carreteras lo que permitió un gran florecimiento del comercio dando lugar a grandes cambios económicos. Muchos de los veteranos recibieron tierras aquí, como fue el caso de Emerita Augusta (Mérida) que acogió a los licenciados de las guerras cántabras.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Triunfo

“Mas César (Augusto), llevado en triple triunfo a las murallas romanas, consagraba un voto inmortal a los dioses itálicos, trescientos grandes santuarios por la ciudad entera. Vibraban las calles de alegría y de juegos y de aplausos; en todos los templos coros de madres, aras en todos: antes las aras cayeron en tierras novillos muertos. Y él mismo, sentado en el níveo umbral del brillante Febo (Apolo) agradece los presentes de los pueblos y los cuelga de las puertas soberbias; en larga hilera avanzan las naciones vencidas, diversas en lengua y en la forma de vestir y de armarse”
Virgilio. “Eneida”. Libro VIII. 714-723

Detalle del Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticanos

            En agosto del 29 a.C., a punto de cumplir 34 años, Octavio celebró su triple triunfo: por la campaña de Iliria, por la batalla de Accio contra Cleopatra y por la conquista de Egipto.
            El triunfo era una de las ceremonias romanas más grandiosas, destinadas a testimoniar el poder de Roma a través del general que hubiera regresado victorioso junto con su ejército de alguna campaña significativa contra un enemigo extranjero. El general debía ser un magistrado electo (con imperium). El acto consistía en un desfile militar que recorría un itinerario tradicionalmente establecido. El Triple Triunfo celebrado por Octavio fue uno de los más espectaculares que se recuerdan en la historia de Roma pues exhibía todo el oro traído de Egipto junto con maravillosas muestras del arte faraónico. Era tal la cantidad de oro que los índices de los tipos de interés bajaron del 12 al 4%. El espléndido botín abría el cortejo.

Un carro sagrado se ofrece a Marte Vengador en los Relieves Medinaceli. Siglo I d.C. 
Primer panel: Sevilla. Casa Pilatos
Segundo Panel: Budapest. Szépmüvéstizeti Museum

Tras él, en un carro se exhibía una imagen de Cleopatra rodeada de serpientes que incluso muerta tendida en un lecho mostraba su lascivia al pueblo romano. Detrás caminaban los pequeños príncipes de Egipto, los últimos representantes de la dinastía ptolemaica: Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo ataviados con sus mejores galas. De alguna manera someter a niños tan pequeños al griterío ensordecedor del populacho fue una venganza de Octavio hacia su madre, a la que no podía exhibir encadenada y humillada como hubiera deseado.


Aspecto que debía lucir Octavio en el carro de triunfador
Camafeo del S. I d.C que adorna la Cruz de Lotario. Finales Siglo X. Aquisgrán. Capilla Palatina

            A continuación, iba el carro del triunfador César Octavio acompañado de sus lictores, rompiendo con las reglas establecidas pues hasta ahora el general victorioso iba siempre detrás del Senado y de los Colegios sacerdotales. Esto fue una muestra de su primacía sobre las instituciones del Estado. Subido en una cuadriga tirada por cuatro caballos, y ataviado con una toga blanca bordada en oro, el Imperator lucía espectacular. Para ello declinó la antigua costumbre de pintarse la cara de rojo a fin de no restar atractivo a su hermoso rostro coronado con una corona de laurel del bosque cultivado por Livia en su Villa en Prima Porta. En una mano portaba una rama de laurel y en otra un cetro de oro. Junto a él un esclavo le recordaba al oído con la antigua fórmula “Respice post te, hominem te esse memento” (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre). A pesar de ello, el mismo dios Apolo paseó aquel día por las calles de su amada Roma.

“Respice post te, hominem te esse memento”
            
          Flanqueaban su carro dos adolescentes montados a caballo en la que sería su primera aparición pública: el de la derecha era su adorado sobrino Marco Claudio Marcelo, el hijo de Octavia, que con sólo 14 años cautivó a un público que cayó rendido ante su permanente sonrisa y ante sus bellas facciones resultado de la fusión de tres de los linajes más influyentes de Roma: los Julio, los Claudio y los Octavio. El chico que cabalgaba a su izquierda, de 13 años, era Tiberio Claudio Nerón, el hijo mayor de su esposa Livia fruto de su primer matrimonio. Su seriedad y retraimiento daban ya muestras de un carácter taciturno que debía de reportarle muchos problemas en su vida. La aparición de los jóvenes asombró al pueblo pues Octavio daba muestras, al igual que César hizo con él, de perpetuar una dinastía.

Las instituciones del Estado siguen el carro de Octavio en los Relieves Medinaceli
Siglo I d.C. Sevilla. Casa Pilatos

            Tras ellos caminaban las instituciones del Estado, encabezadas por el Senado, los Colegios sacerdotales y las victimas sacrifícales (novillos blancos) antecediendo a los prisioneros de guerra vestidos con lujosas vestiduras, oro y joyas. Cerraba la procesión el ejército que como era obligado había permanecido desde su regreso a la ciudad a la espera del desfile en el Campo de Marte, sin poder traspasar las Murallas Servianas. Éstas exhibían con orgullo las águilas, los estandartes más sagrados de las legiones.

El triunfador llega a los pies de la escalinata del Templo de Jupiter Capitolino. Conelly

            Numerosos músicos, bailarines y actores representando escenas de las campañas animaban la procesión que había hecho su ingreso en la ciudad a través de la Porta Triumphalis; desde allí había continuado hacia el Velabro, el Foro Boario y el Circo Máximo en dirección hacia la Via Sacra que atravesando el Foro Romano la conduciría al Templo de Júpiter Capitolino, a los pies de cuya escalinata se dispersaba la comitiva, quedando sólo los miembros del Senado, los sacerdotes y Octavio que ascendieron hasta el templo para sacrificar los bueyes blancos adornados con guirnaldas y flores. En este momento también se encarcelaba a los prisioneros condenados a muerte. Sin embargo, Octavio cogiendo de la mano a los hijos de Marco Antonio y Cleopatra se los entrego a su hermana Octavia.

Las instituciones del Estado siguen el carro de Octavio en los Relieves Medinaceli
 Siglo I d.C. Sevilla. Casa Pilatos

            Con el final del acto se celebraron durante largos días juegos y banquetes para todos costeados por el triunfador para una multitud que no había parado de vitorear y aclamar a sus héroes militares durante todo el recorrido.
            A partir de ahora sólo el emperador podría celebrar triunfos, pues cualquier general actuaba a sus órdenes.
            En estas grandiosas procesiones está el origen de los actuales desfiles militares y de las procesiones de Semana Santa, que aún hoy siguen exhibiendo los emblemas de las instituciones romanas.
            En el último capítulo de la serie Roma (2007), el aún Octavio César celebra su Triunfo sobre Marco Antonio y Cleopatra. A pesar de las licencias que se toma la serie y el perfil que han imprimido al personaje del primer emperador romano, que no me gusta mucho en general, recrea muy bien tanto la ciudad de Roma como la ceremonia en sí (https://www.youtube.com/watch?v=0C9SRnc_9fY). 

domingo, 6 de julio de 2014

Livia, la gran emperatriz

“La más perfecta de todas las mujeres romanas por cuna, virtud y belleza”
Veleyo Patérculo. Historia romana. II, 75-2

Ilustración de Johs Cabrera para Arquehistoria

        Es curioso que la imagen que el devenir de los siglos ha transmitido de las dos mujeres más fascinantes e inteligentes de la antigüedad, haya sido absolutamente peyorativa. El perfil de Cleopatra, la inigualable reina egipcia, no podrá nunca desligarse del de una meretriz codiciosa cuya ambición sin límites acabó llevando a la ruina al milenario país del Nilo. Por su parte, la Livia más conocida por todos es la manipuladora sin escrúpulos retratada por Robert Graves en su mítico Yo, Claudio. El autor británico da vida a una mujer sedienta de poder, capaz de aniquilar a toda la descendencia de Augusto a través de artimañas perversas y múltiples asesinatos por envenenamiento (incluido el de su propio marido) en aras del único objetivo de su vida: colocar a su hijo Tiberio en el trono imperial. Indudablemente, la Historia la escriben los hombres...
Aún cuando puedo considerar Yo, Claudio uno de mis libros preferidos, abordaré la figura de Livia desde el rigor histórico para intentar rescatarla de las tinieblas. El principal motivo que me lleva a no poder creerme la Livia de Graves es que hacerlo supondría convertir a Augusto en un pelele idiota, algo que toda una vida dedicada a estudiar su figura, me lleva a descartarlo categóricamente. Por otro lado, y más tangible, solamente Tácito y Dión Casio (las fuentes usadas por Graves) insinúan el papel de Livia como envenenadora y mujer maléfica. Llama la atención que Suetonio, el principal biógrafo de los Césares, que no escatima recurso en describir e incluso exagerar los actos sanguinarios e irracionales de los dos emperadores más controvertidos, es decir de Calígula y Nerón, no mencione ningún indicio de criminalidad en Livia.

Busto de Livia. Siglo I a.C. Lóndres. The Courtauld Gallery 

Livia nació el 30 de enero de 58 a.C en el seno de una familia doblemente patricia. Su padre, Claudio de nacimiento, había sido adoptado por Marco Livio Druso, un riquísimo tribuno que murió asesinado en el 91 a.C intentando extender la ciudadanía romana a los itálicos. Así, la pequeña Livia recogió dos herencias: la Claudia y la Livia Drusa. Su madre Alfidia era hija de un magistrado itálico. No sabemos nada sobre si tuvo algún hermano o hermana como nos sugiere el  diminutivo Drusila.
A los 16 años contrajo matrimonio con su primo Tiberio Claudio Nerón con el que tuvo dos hijos: Tiberio y Druso y en el 38 a.C. casó en segundas nupcias con el que sería años después el primer emperador romano.

Livia con stola y manto. Siglo I d.C. Madrid. Museo arqueológico Nacional

Aunque poseía un carácter fuerte, Livia supo siempre estar en su lugar, convirtiéndose en la matrona romana por excelencia. Ejemplo de compostura, seriedad y moderación, nunca llevaba joyas y sus vestidos eran sencillos, a pesar de su juventud y posición. De hecho solía vestir una stola a la antigua usanza en colores apagados, lo que provocó que su bisnieto Calígula (envidioso de su status) se refiriera a ella como Ulixes stolatus (Ulises con stola). Adoptó como peinado el nodus (puesto de moda por su cuñada Octavia) para reforzar su imagen casta y sobria. Livia y Augusto vivían modestamente, hasta el punto que ella se encargaba de cocinar y de tejer las vestiduras para su familia. Este es el verdadero motivo por el que Augusto sentía por ella una devoción incondicional: Livia supo encarnar como nadie los valores de moral y dignitas romana, que él promulgaba como pilares de su política.
Por todo ello (además de por su sabiduría y perspicacia política) el Príncipe no dudaba en dirigirse a ella como consejera en asuntos de Estado. Hasta tal punto la estimaba que en 35 a.C. le concedió el rarísimo honor de dejarle gestionar sus bienes (algo que ninguna otra mujer consiguió durante el Imperio romano). Livia, que incluso tenía su propio círculo de clientes, no dudó en usar sus influencias para colocar en cargos públicos a sus protegidos cuando tuvo ocasión. De hecho las leyes de Augusto a favor de la liberación femenina fueron seguramente aconsejadas por Livia, que ayudó a conseguir mejoras para las mujeres de su época y posteriores, hasta que el cristianismo abolió dichas leyes. Además, y al igual que a su hermana Octavia, le dedicó un Pórtico (del que no quedan apenas restos) y esculturas públicas en las que no dudó en parangonarla a Ceres (la representación preferida de Livia) modelo de virtud, abundancia y castidad.

Livia como Ceres. siglo I d.C. París. Museo del Louvre

Livia era muy amada por el pueblo romano por ser justa y generosa. Como ejemplo de su entrega, una anécdota nos cuenta que en una ocasión siendo testigo accidental de un incendio ayudó a apagar el fuego con sus propias manos. Reconociéndole mayor piedad y sensibilidad que a Augusto, la gente se dirigía a ella como mediadora en sus peticiones a su marido.
Un hecho singular es que Augusto la adoptó en su testamento además de legarle 1/3 de sus bienes; según mi opinión este acto de amor póstumo del Príncipe hacia su esposa se debió a su deseo de legitimar la posición de Livia en la gens Julia cuando él  no estuviera pues recelaba de su hijastro Tiberio, un hombre por el que siempre sintió una nada disimulada antipatía. El comportamiento de Tiberio hacia su madre daría la razón desde ultratumba al primer emperador romano.
Físicamente Livia era bella, pero no bellísima: tenía ojos grandes, aunque no exentos de una expresión un tanto apagada, y una boca pequeña enmarcada por un mentón largo y pronunciado.

Livia. Siglo I d.C. Copenhage.Carlsberg Glyptotek

Copia de busto de Livia en el Ara Pacis Augustae. Roma 2018

Ya hemos trazado pinceladas del carácter virtuoso de Livia, una mujer adelantada a su época en la que su moderación y justicia prevalecieron por encima de cualquier sentimiento, hasta tal punto, que en el momento más dramático de su vida, cuando perdió a su hijo Druso (que murió con tan sólo 29 años) se retiró con el filósofo Didimo de Alejandría para aprender a llevar el intenso dolor privadamente, sin perder la compostura en público como su posición exigía. Según Ovidio “con su virtud la mujer de César Augusto consigue que los tiempos antiguos no superen a nuestro siglo en alabanza de la castidad. Ella, poseyendo la belleza de Venus y el temple de Juno, es la única mujer digna de compartir lecho con un dios”.
No obstante, es obvio que como cualquier matrona de la época ambicionaba el poder para su hijo lo que de alguna forma aseguraba también su posición futura. Al respecto, es interesante la leyenda que a Livia (mujer dada a buscar respuesta en los presagios) gustaba narrar: estando embarazada de su primer hijo acunó en su regazo un huevo de gallina hasta que del mismo nació un magnifico polluelo con una gran cresta. Ella lo interpretó no sólo como que daría a luz a un varón sino además que éste llegaría a ser un hombre poderoso. Sin embargo, esta creencia no lleva a convertir a Livia en una asesina despiadada, si tenemos en cuenta una época en que la tasa de mortalidad era muy elevada.

Livia y Tiberio sentados reciben pleitesía
Gran Camafeo de Francia. Siglo I d.C. París. Bibliotheque National

A pesar de ello, su relación con el que fue sin duda su hijo favorito, Tiberio, sufrió de continuos altibajos. Quizás por el carácter taciturno y reservado de aquel, (diametralmente opuesto al del encantador Druso, a quien todos adoraban) Livia lo sobreprotegió obsesivamente y no sólo en la infancia. Al principio de su gobierno, Tiberio se valió de los conocimientos políticos de su madre hasta que obtuvo de ella la experiencia suficiente para gobernar. El nuevo emperador, más tradicional y mucho menos amado que Augusto envidiaba la devoción del pueblo hacia Livia y su ascendente por lo que la relegó de las tareas de gobierno y acabaron enemistados.
Murió en el año 29 d.C. a una edad muy avanzada (87 años); nunca padeció ninguna enfermedad. El secreto de su longevidad reside en su afición a la naturopatía. Livia no bebía más vino que el denominado Pucino y era aficionada a tomar infusiones, sobre todo a base de inula, planta que abundaba en los jardines de su Villa de Prima Porta y que aún hoy se usa con fines medicinales. Fue creadora también de otros remedios naturales que ella suministraba a la familia (de ahí que algunos hayan asociado esta costumbre a su fama de envenenadora): elaboró un dentífrico, un medicamento contra la inflamación de garganta y otro para aliviar la tensión nerviosa. Precisamente en Prima Porta cultivaba Livia un laurel, protagonista de otra leyenda que narra como un águila dejó caer en el regazo de la emperatriz un pollito blanco que llevaba en su pico una rama de laurel con sus frutos. Livia se dedicó a criar al polluelo y plantó las semillas de la rama de laurel, que creció tanto que Augusto y el resto de emperadores arrancaban ramas para sus coronas oficiales.

Detalle de las pinturas murales de la Villa de Livia en Prima Porta. siglo I a.C. 
Roma. Museo de las Termas. Roma 2013

Livia asiste a la Vendimia de Grignano. Cesare Dell'acqua. 1858. Trieste. Castello de Miramare

Tiberio (que se encontraba en Capri) no asistió al entierro de su madre sino que mandó al degenerado Calígula a pronunciar el discurso fúnebre. No fue el único desprecio, sino que vetó todos los honores que el Senado quiso conferir a la difunta emperatriz. Su nieto, el emperador Claudio, la divinizó en el 42 a.C.; a partir de entonces fue honorada en los juegos públicos por un carro tirado de elefantes que portaba su imagen, le fue dedicada una estatua en el templo de Augusto (divinizado tras su muerte y del que ella era sacerdotisa) y las mujeres estaban obligadas a nombrarlas en su juramento. El reconocimiento que la más importante emperatriz romana merecía.

domingo, 29 de junio de 2014

Augusto y Livia

El 17 de enero del mismo año en que se renovó el Triuvirato en Tarento (38 a.C), Octavio siguió por primera vez en su vida los dictados de su corazón y, a pesar de las dificultades, contrajo matrimonio con la que sería su tercera y definitiva esposa, la hermosa Livia Drusila.

Livia Drusila. Siglo I a.C. Madrid. Museo Arqueológico Nacional

El mismo día que nació su hija Julia, el futuro Augusto se divorció de su esposa Escribonia alegando “que no podía soportar más su manera de molestarlo” (Suetonio. Vida de Augusto, 62, 2). Sin embargo, la verdadera razón residía en que se había enamorado perdidamente de una joven patricia romana 5 años menor que él: Livia. El inconveniente era que ella no sólo estaba casada con su primo Tiberio Claudio Nerón con el que ya tenía un hijo (el futuro emperador Tiberio), sino que además estaba nuevamente embarazada.
Sin importarle el escándalo que suponía llevar a cabo tal enlace, el virtuoso Octavio no escatimó esfuerzos para conquistar a Livia y llevarlo a buen termino, pues la joven no sólo le permitiría un matrimonio por amor, sino también le proporcionaría una alianza con la gens Claudia, uno de los clanes más poderosos de Roma; a pesar de los orígenes dudosos del triunviro, a Livia el matrimonio también le reportaría beneficios pues además de conseguir un marido riquísimo más joven y atractivo que le daría estabilidad y seguridad, por encima de todo, le facilitaría el acceso al poder político que él detentaba en esos momentos junto a Marco Antonio.

Augusto, Livia y Nerón. Siglo I d.c.

El primer esposo de Livia, Tiberio Claudio Nerón había luchado en Filipos contra los triunviros; no obstante, tras la derrota de Bruto y Casio se unió a la causa de Marco Antonio. Por este motivo se encontraba en Perugia con el hermano de aquel, Lucio Antonio, cuando Octavio asedió la ciudad. Tras la victoria de éste, Tiberio Claudio huyó con su mujer e hijo, lo que condenó a la familia a años de huidas y privaciones, hasta el punto que Livia y el pequeño Tiberio estuvieron a punto de perder la vida en más de una ocasión.
La suerte cambió para la joven patricia cuando el destino cruzó su vida con la de Octavio; éste prometió una amnistía al marido si se divorciaba de la muchacha, algo a lo que Tiberio Claudio accedió sin vacilar. Incluso no tuvo problemas en asistir a la boda pues ninguna mujer, por muy hermosa que fuera, era tan importante como vivir en paz.

            Superado este obstáculo, aún quedaba el escollo del avanzado estado de gestación de Livia por lo que la pareja se tomó un tiempo antes de convertir el compromiso en matrimonio. Respetuoso como era Octavio con las leyes, consultó la circunstancia al Colegio de Pontífices, que no dudó en dar su consentimiento. A pesar de ello, la boda se celebró algunos días después del nacimiento del pequeño Druso, que vendría al mundo el 14 de enero de 38 a.C; nada más nacer fue enviado junto con su hermano Tiberio de 3 años a casa de su padre. Livia se hizo cargo de sus hijos a partir de la muerte del que fuera su primer esposo acaecida en el año 33 a.C.

Matrimonio entre dos ciudadanos romanos. Museo de Capodimonte

            ¿Fue un matrimonio por amor? Por parte de Augusto indudablemente sí; así lo demuestran tanto las circunstancias en que se celebró la boda como el hecho de que no se divorciara de ella al no darle ningún hijo. Sólo en lo que respecta a Livia, antepuso Augusto sus sentimientos a los intereses de Estado, lo que le ocasionó los más graves conflictos de su gobierno, aquellos vinculados a la sucesión. Por su parte, no sabemos lo que podría sentir Livia hacia uno de los hombres que provocó la muerte de su padre (adversario en Filipos que se suicidó tras la derrota) y que además había sido el causante de sus años de penalidades como proscrita. Lo que está claro es que salió bastante favorecida con la unión. La bellísima escultura de Augusto encontrada en la villa que la emperatriz poseía en Prima Porta puede considerarse la más grande prueba del amor de Livia hacia su esposo. Cuando enviudó, se retiró a esa villa en las afueras de Roma y llevó con ella una copia de la más espectacular imagen del difunto emperador para venerarlo hasta el final de sus días. Lo que es seguro es que pasado el ardor de la juventud, Augusto y Livia se convirtieron en compañeros de vida, siendo su matrimonio uno de los más sólidos de la antigüedad; y no sólo eso, sino que Livia llegó a ser la mejor consejera y colaboradora del Príncipe en las tareas de gobierno. Él consultaba la mayoría de sus decisiones con ella, que demostró ser mucho más que un rostro bonito, una mujer inteligente, juiciosa y una excelente administradora: la gran mujer que se esconde detrás de cada gran hombre. Pero eso sí, la propaganda de Augusto nunca reconocería los méritos de Livia. Muy tiernas las palabras que le dedicó Augusto en su lecho de muerte: “Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión”. (Suetonio. Vida de Augusto, 99,1-2).

Augusto de Prima Porta. Detalle. Siglo I d.C. Museos Vaticanos. Roma 2018

  Su  matrimonio con Augusto duró 52 años, hasta la muerte del Príncipe, que la quiso y respetó más de lo que nadie amó a ninguna emperatriz;  a pesar de la influencia que ejercía sobre él, Augusto, nunca fue esclavo del sexo ni jamás se sometió a la voluntad de ninguna mujer. De hecho como era normal en la época no le fue fiel a Livia. 
            Esta es la primera de las reseñas que dedicaré a la primera emperatriz de Roma en los próximos días, una mujer excepcional maltratada sin piedad por algunas fuentes, la literatura y el cine.