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viernes, 25 de abril de 2014

Marco Antonio. 1ª Parte

Supuesto retrato de Marco Antonio. Siglo I a.C. Roma. Museos Vaticanos

          Del cuarteto formado entre César, Octavio, Cleopatra y él mismo, quizás sea Marco Antonio el punto más frágil. Los tres primeros han logrado sobrevivir al embiste de los siglos por sí mismos mientras que Marco Antonio sólo fue el lugarteniente y mano derecha de Julio César, el aliado, cuñado y después enemigo del futuro Augusto, el marido y soberano consorte de la reina de Egipto. Por tanto, ¿Qué le queda a Marco Antonio simplemente de Marco Antonio?. Extranjero en Alejandría y olvidado por una ciudad de Roma, a la que amó a su manera, pero que jamás lo entendió ni perdonó su traición oriental, de él queda poco, francamente muy poco.
Genial militar y muy querido por el pueblo romano durante casi toda su vida, fue un pésimo administrador cuando tuvo la ocasión de ejercer el poder ya fuera bajo la tutela de César o en los momentos inmediatos a la muerte de éste. Demasiado natural, demasiado despreocupado para ser comprendido por la rígida e hipócrita sociedad romana, el perfil psicológico del personaje nos muestra a un hombre dominado por fuertes pasiones pero con una inmensa necesidad de afecto y de reconocimiento. Y ese fue su punto débil.
Nació en el 83 a.C (era por tanto 20 años mayor que Octavio) en el seno de una familia romana de rancio abolengo, los Antonio, que se decían descendiente de Anteo (hijo de Hércules). Marco Antonio presumió siempre de este ascendente mítico, asociándose a Hércules (hecho que favorecía su físico corpulento). Por parte de su madre, Julia Antonia, estaba emparentado con César, del que era primo segundo.


Hércules Farnesio. Copia romana de un original griego de Lisipo. Siglo III d.C. Nápoles. Museo Arqueológico Nacional

 Tuvo una infancia compleja, en la que a la ausencia de un referente paterno (su padre murió cuando él tenía unos 10 años) se sumaba una madre virtuosa pero incapaz de imponer la disciplina y devoción que Aurelia (madre de César) y Atia (madre de Augusto) supieron inculcar a sus hijos, igualmente huérfanos de padre a corta edad. Julia Antonia era una madre un tanto despreocupada, por lo que Marco Antonio se crió casi como un salvaje al que nadie ponía límites. Pasó su juventud vagabundeando por Roma junto a sus hermanos Cayo y Lucio entre las bandas callejeras de Publio Clodio Pulcro y Cayo Escribonio Curión. Aficionados a las juergas (en las que predominaba al exceso de alcohol y sexo) y al juego, con apenas 20 años Antonio había acumulado unas deudas tan inmensas que en 59 a.C., tuvo que marchar hacia Grecia para huir de sus acreedores; finalmente se unió a las legiones de Siria donde bajo el mando de Aulo Gabinio comenzó a demostrar sus grandes dotes como militar y su don de mando y estrategia. A continuación convenció a su general para ayudar a Ptolomeo XII a recuperar el trono de Egipto lo que propiciaría su primer encuentro con Alejandría y con una princesa Cleopatra de apenas 10 años.

Marco Antonio (James Purefoy). Fotograma de la serie Roma

Sus éxitos militares en Oriente hicieron que César se fijara en él y lo llamara a las Galias donde consolidó su prestigio en el campo de batalla y se hizo muy popular entre los soldados por su valentía y camaradería con ellos. Sin embargo, su carácter impulsivo ocasionó al general algunos problemas por lo que lo envío a Roma como Tribuno de la Plebe para defender sus intereses en el Senado frente a Pompeyo y sus partidarios. De aquí acabó siendo expulsado, siendo uno de los factores que según César lo habrían inducido a la Guerra Civil. De ahí que Cicerón lo acusara de haberla provocado: “Como Helena para los troyanos, ha sido Antonio para nosotros causa de guerra, ruina y destrucción” (Segunda Fliípica, 55). Su animadversión con éste se remonta al año 63 a.C. cuando el famoso orador condenó a muerte al padrastro de Marco Antonio, Publio Cornelio Lentulo Sura, acusado de haber formado parte en la conspiración de Catilina.

Marco Antonio y las legiones cruzan el Rubicón tras César

   En los inicios de la Guerra Civil, Antonio permaneció en Roma al frente de las fuerzas acantonadas en Italia, aunque pronto fue mandado llamar por César para unirse a sus legiones, para lo que tuvo que superar incluso un naufragio. En Farsalia la victoria de los cesarianos fue absoluta.
Durante la estancia de César en Egipto, Antonio quedó encargado del gobierno de la República y en esta coyuntura se hicieron patentes sus escasas aptitudes como político. Incapaz de controlar su propio poder actuó a golpe de caprichos lo que provocó un gran descontento en la sociedad romana. Cuando César regresó tuvo que arreglar todo lo que Antonio había desarreglado lo que provocó la primera gran disputa entre ambos.
Aunque con posterioridad se reconciliaron, una de las mayores incógnitas en torno a la figura de Marco Antonio es su posible conocimiento y encubrimiento de la conjura de los idus de marzo. Muchos indicios apuntan afirmativamente en esa dirección, sin embargo, no hay sólidas pruebas que lo corroboren. Plutarco en su Vida de Antonio se refiere así al hecho de que éste conoció los planes de los tiranicidas: “Algunos querían asociar a Antonio, pero los contradijo Trebonio, refiriendo que cuando salieron a recibir a César que volvía de España, tuvieron un mismo alojamiento y caminaron junto a él, y que habiendo tocado a éste con mucho tiento y precaución, lo había entendido, más no había admitido la confianza; aunque tampoco lo había dicho a César, sino que había reservado con la mayor fidelidad aquella conversación”. Otra pista nos la proporciona el hecho de que se respetara la vida de Antonio aquel nefasto día por orden expresa de Marco Junio Bruto. Sin embargo, hacen dudar en su implicación en la conjura dos factores: por un lado, su actitud durante los días que siguieron a los Idus de marzo en los que tras pactar con los asesinos una amnistía general alentó al pueblo contra ellos en el entierro de César y, por otro, su alianza con Octavio contra aquellos (en esto tuvo un gran peso la circunstancia que los legionarios de César en uno y otro bando se negaban a luchar entre ellos).


Marco Antonio (Marlon Brando) pronuncia el discurso funerario ante el cadáver de César
Fotograma del film Julio César dirigida por Joseph Manckiewicz (1953)

       Tras la huida de los tiranicidas, Marco Antonio se apoderó del testamento y de todos los documentos del Dictador fallecido comportándose como el Primer hombre de Roma; de ahí que no supiera digerir la llegada a la capital del joven heredero de César: lo trató con desprecio llamándole “chiquillo que debía todo a un nombre” y le negó su herencia; el joven a su vez lo acusó de no haber perseguido a los asesinos de su padre adoptivo. Es el inicio de una rivalidad que habría de durar casi dos décadas.
El testamento de César fue una de los factores que marcó profundamente la vida de Antonio no logrando reponerse jamás: aquel no sólo no lo había nombrado su heredero (prefiriendo a un jovenzuelo) sino que ni siquiera lo había mencionado, haciendo pedazos su autoestima. A pesar de que apreciaba hasta cierto punto a Antonio, el Dictador era consciente de que su heredero no sólo lo era de su fortuna sino de su legado político. La desilusión que sintió ante la pésima conducta de Antonio como administrador le llevó a tomar esa decisión así como su sagacidad, que le permitió ver que aunque joven, su sobrino nieto Octavio era el futuro de Roma…la historia le dio la razón.
Éste sentimiento de menosprecio que lo carcomía unido a la creciente popularidad alcanzada tras masacrar a los asesinos de César en Filipos (Octavio casi fue un convidado de piedra debido a su escasa pericia militar) hicieron que Marco Antonio partiera hacia Oriente con la clara intención de emular al dictador luchando contra los partos la batalla que a aquel sólo la muerte le impidió librarla; de alguna manera anhelaba demostrarse a si mismo y al espíritu del ahora venerado en los altares, que el divino Julio se había equivocado; sin embargo, sus fracasos allí propiciados en parte por la escasez de fondos para financiar la campaña y en parte por la pésima administración del triunviro acabaron haciendo fuerte a Octavio en Roma y ligaron a Antonio definitivamente a la relación más decisiva de su vida, la que mantuvo con la reina Cleopatra VII Filopator, sellando el destino de ambos más allá de esta vida.

Marco Antonio y Cleopatra

viernes, 21 de febrero de 2014

El hijo de un dios

      A finales de 45 a.C. el joven Octavio partió hacia Apolonia acompañado de su ya inseparable Marco Agripa, de otro amigo de la infancia, Quinto Salvidieno, y de un pintoresco personaje, Cayo Cilnio Mecenas.
      Apolonia era una ciudad griega que tenía una importante escuela de filosofía y retórica. Los jóvenes estarían allí bajo la tutela de Apolodoro de Pérgamo y dedicarían parte de su jornada al estudio de las lenguas griega y latina, entre otras disciplinas. El resto del tiempo lo emplearían en el entrenamiento con las legiones asentadas en Macedonia. A pesar de su delicada condición física, Octavio se empeñaba más allá de sus fuerzas en la práctica de estos ejercicios militares.


El joven Octavio

         No pasaron ni 4 meses de su estancia allí cuando un liberto de Atia, la madre de Octavio, se presentó ante el joven con una carta de ella en la que se le anunciaba que su tío abuelo había sido asesinado en el Senado y lo instaba a volver a casa lo antes posible, pues en torno a los seguidores del dictador cundía el el pánico y una gran inestabilidad.
        Las esperanzas de una gran carrera política y militar de la mano de César, se esfumaron en un segundo para Octavio, que debió sentir un gran dolor ante la pérdida de la persona que más había confiado en él.
        He hablado de los sentimientos de Julio César por su sobrino pero no de los que éste le profesaba. Tan cariñoso como se demostró a lo largo de su vida con los miembros de su familia y leal a sus afectos, el futuro Augusto debió haber sentido una gran adoración por la figura más cercana a un padre que había conocido y al que le debía todo: su linaje noble, su acercamiento a la alta política romana y una esmerada educación. El vil asesinato le inspiró un odio tan profundo hacia sus asesinos que lo incitó a una venganza obsesiva que no vio satisfecha hasta que pereció el último de ellos. Tan importante fue para él que inmortalizo ese sentimiento en una de las obras arquitectónicas más imponentes de su principado: el Foro de Augusto, cuyo Templo dedicó a Marte Vengador.

Reconstrucción del Foro de Augusto
Fuente: Roma Capitale

        Independientemente de que en muchas ocasiones posteriores utilizara la figura y la fascinación que César inspiraba para su propia propaganda y que no siguiera todos sus planes y proyectos políticos, para Octavio fue una pérdida profunda e irremplazable porque aún hubiera necesitado su protección y tutela durante tantos años. Además, ya nunca tendría la oportunidad de cumplir su sueño de luchar a su lado.
De este modo, cuando aún no había cumplido los 19 años se encontró desamparado, solo y desorientado ante una delicadísima situación política. No sólo su futuro pendía de un hilo sino también el de Roma y el de todas las provincias de ella dependientes. En una situación de absoluta vulnerabilidad se enfrentó al hecho de tener que tomar decisiones demasiado trascendentales para un adolescente.
Pero las tomó, aún cuando adoptar la primera de ellas le supuso decir adiós para siempre a la despreocupación de la juventud. En deliberación con sus tres íntimos amigos y rehusando la idea de Agripa (que ya entonces despuntaba en el ámbito militar) de hacerse con el mando de las legiones macedónicas los 4 jóvenes partieron hacia Italia de una manera discreta.
          Al desembarcar en Bríndisi, en el sur de Italia, recibió una nueva misiva de su madre que debió conmocionarlo profundamente pues le anunciaba que había sido abierto el testamento de Julio César y que no sólo lo nombraba como el heredero de las 3/4 partes de su patrimonio, sino lo que era más importante: lo adoptaba como hijo legándole su nombre, su clientela y el afecto de sus legiones. A pesar de las reticencias de su madre y padrastro que le instaban a renunciar a todo, Octavio aceptó los términos del testamento y, a partir de entonces, el muchacho de Velletri de dudosos orígenes pasó a convertirse en el hijo póstumo del hombre más poderoso del mundo, y en breve, por aclamación popular, dios insigne del Olimpo romano.
         Esa primavera romana fue muy inestable en cuanto a la meteorología. Temporales de lluvia y niebla asolaban la ciudad de las siete colinas desde los Idus de marzo. Cuentan las crónicas que el día que el heredero de César entró en Roma, el sol resplandecía, lo que fue considerado como un excelente augurio.

Agripa (Allen Leech), Octavio (Simon Woods) y Mecenas (Alex Wyndham).
Fotograma de la serie Roma

       Sin embargo, enseguida tuvo que enfrentarse a la animosidad del hombre en quien confiaba encontrar ayuda al haber sido durante años la mano derecha de su ahora padre adoptivo: el cónsul Marco Antonio, que no sólo había concedido una amnistía a los asesinos que lo convirtió en el Primer Hombre de Roma en aquellos días convulsos sino que se negó a validar el testamento de César, alegando ilegitimidad.
       Octavio, aunque tremendamente desilusionado, no se amilanó. Él era indudablemente el heredero que César había deseado en un testamento que validó en septiembre del 45 a.C., en una época en que su amante Cleopatra se encontraba en Roma con el hijo ilegítimo de ambos, el pequeño Ptolomeo César de casi 3 años, y que  pese a Hollywood y su filmografía, ni siquiera mencionó entre sus últimas voluntades. La designación de Octavio fue el último destello de genialidad de un César que supo ver en su joven sobrino la integridad y talento necesarios para el bienestar de Roma y su Imperio.