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domingo, 28 de septiembre de 2014

Caminando hacia Accio (37-32 a.C)

Tras la batalla de Nauloco, entre Octavio y Antonio comenzó un período de guerra fría que tendría su desenlace 6 años después en la batalla de Accio (31 a.C), la última gran guerra civil romana.


Busto de Octavio en su época de triunviro. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos

Una vez eliminados Sexto Pompeyo y Lépido, en Roma Octavio consolidó su poder; el joven triunviro cada vez sentía más la ciudad como suya y ésta se iba acostumbrando a reconocer en aquel muchacho de bello rostro al hombre que la protegía y velaba por sus intereses. Sin embargo, lo único que deslucía su imagen en fulgurante ascenso eran sus dudosas intervenciones en el campo de batalla. Esta circunstancia fue decisiva para que en estos años iniciara una guerra en Iliria (región agreste del Adriático que lindaba con Italia cuyos salvajes habitantes eran una fuente constante de conflicto). Aunque él estaba al mando de la operación, Agripa, su fiel guardián, permaneció a su lado en todo momento, aunque no pudo evitar que Octavio resultara gravemente herido cuando éste en una exhibición de gran valor se puso al frente de sus hombres. Quizás su propaganda exagerara la acción pero lo cierto es que ésta impactó en la opinión pública hasta el punto que el gran historiador Tito Livio escribiera sobre el cambio que experimentó Octavio comentando que “su belleza se realzó con la sangre y la dignitas del peligro en el que se encontró”. En el año 34 a.C., el sobrino nieto de César con 29 años comenzaba a dejar atrás la juventud.
Por su parte en Oriente, Antonio seguía recaudando fondos para su guerra contra Partia. Para ello, en el 37 a.C, había enviado a Octavia (que estaba nuevamente embarazada) de regreso a Roma a la vez que retomaba su relación sentimental con Cleopatra; ésta, que ya no era la cándida muchacha que él había abandonado encinta años atrás, a cambio de ayuda le exigió una serie de contrapartidas políticas y personales, entre las que destacaban una ceremonia que la convertiría en su esposa (aunque seguía casado con Octavia) y la cesión de algunos territorios tales como Creta, Chipre, parte del actual Líbano, Cilicia y otras regiones de Judea.


Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

Toda esta situación, que irritó enormemente a Octavio, abriría una brecha profunda entre los dos colegas de gobierno. Cada vez se hacía más evidente que el mundo romano no podía ser regido por dos personas con criterios de gobierno tan diferentes: Antonio era un político tradicional dominado por sueños megalómanos que anhelaba ansiosamente la gloria en el campo de batalla, no obstante, ponía más afán en disfrutar los placeres de la vida que en alcanzar sus fines. Octavio, al contrario, era un trabajador incansable cuya manera de hacer política era totalmente novedosa y con una única obsesión: convertir Roma en la primera ciudad del mundo para desde allí consolidar la cultura romana por todos los territorios conquistados.
       Tras el fracaso de la campaña parta de Antonio en el 36 a.C., el futuro Augusto envió a su hermana Octavia a Atenas con ropa, provisiones, 70 barcos y 2000 hombres. Antonio lo consideró como una burla pues eran 20.000 los legionarios prometidos en Tarento. Enfureció y mandó una misiva a Octavia conminándole a dejar en Atenas lo que había traído al mismo tiempo que le ordenaba regresar a Roma. No sabemos hasta que punto Octavio usó a su hermana para minar la admiración que el pueblo romano aún sentía por Antonio, pues este mismo populacho adoraba a la joven. Octavio también la apreciaba mucho por lo que cuesta pensar en una clara mala intencionalidad en sus acciones hacia ella; no obstante, también es cierto que Octavio siempre exigió a los suyos el mismo sacrificio que el suyo en aras del bienestar de Roma; no sabemos desde cuando, pero lo cierto es que en esta época Octavio ya estaba convencido que Roma prosperara era imprescindible la eliminación de Antonio, aunque él no quería ser el desencadenante de una nueva guerra civil. No hay constancia de que Octavia mostrara resentimiento hacia su hermano aunque al volver de Atenas rechazó su oferta de instalarse con él en su casa del Palatino prefiriendo seguir residiendo en la villa de su esposo con todos sus hijos.

En 34 a.C., Marco Antonio resultó victorioso en una campaña en Armenia que en Roma fue recibida con gran frialdad. Por ello, lo celebró en Alejandría en una procesión que emulaba un triunfo romano. A pesar de que Antonio se cuidó mucho de acentuar las diferencias entre ambos desfiles, Octavio montó en cólera porque era inadmisible celebrar un triunfo por una conquista romana en ningún lugar que no fuera Roma. Sin embargo, la gota que colmo el vaso de la indignación en la capital del imperio fue la ceremonia que Antonio celebró en Alejandría conocida como las Donaciones. En ella, el triunviro sentado junto a la reina en sendos tronos de oro acompañados de sus hijos, los dos gemelos y el pequeño Ptolomeo Filadelfo (nacido en 36 a.C.) reconoció la legitimidad de Cesarión (el hijo mayor de Cleopatra) como hijo de César y repartió simbólicamente territorios entre los pequeños. Éste fue uno de los más graves errores de Antonio pues muchos de sus seguidores en Roma comenzaron a darle la espalda. La ruptura con Octavio era una realidad pues con las Donaciones no sólo estaba atentando contra el poder de Roma sino que ponía en duda la legitimidad de su colega triunviro como único hijo reconocido y heredero del dictador.


Territorios repartidos en las Donaciones de Alejandría

El 31 de diciembre de 33 a.C. expiró el Triunvirato y ninguno de los dos mostró ninguna intención en renovarlo. Esto fue el comienzo de una guerra difamatoria entre ambos cuyo final no podía ser otro que las armas. Las acusaciones se volvieron poco a poco más personales: Octavio criticó severamente a Antonio su afición a la bebida y su vida lujuriosa; éste contraatacó burlándose de los orígenes humildes de Octavio además de acusarlo de cruel y cobarde. Desgraciadamente de esta batalla dialéctica sólo se ha conservado un extracto de una curiosa carta de Antonio reproducida por Suetonio en el que acusa a su aún cuñado de hipocresía sexual: “¿Qué te pasa? ¿Es por qué me acuesto con una reina?: Es mi mujer. ¿No llevo haciéndolo desde hace 9 años? ¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso sólo te acuestas con Drusila? Suerte, si cuando leas esta carta, no te has acostado con Tertula, o Terentila o con Fufila, o con Salvia Titisenia, o con todas ellas?¿importa acaso dónde y con quién sacias tu deseo?. (Suetonio. Vida de Augusto. 69.2).
En el 32 a.C. Antonio se divorció de Octavia y la obligó a abandonar su casa. La ofensa a una dama tan ejemplar y querida la hizo suya toda Roma, a quien no le importaba cuántas amantes pudiera tener Antonio pero que consideraba intolerable su matrimonio con una extranjera.
Y esa fue a gran baza que jugó Octavio, que ese año no ostentaba ningún cargo público (como estaba acordado, su consulado, había dado paso al de dos cónsules afines a Antonio). Por ese motivo, protegido por senadores afines, comenzó su batalla en el Senado contra la orientalización de Antonio y su sometimiento a la que él tachaba de hechicera y de mujer ambiciosa, cuyo máximo anhelo era dictar justicia en el Capitolio. Los cónsules contraatacaron contra Octavio; sin embargo, lo discursos del futuro Príncipe contra la pretensiones de la Reina egipcia empezaron a movilizar a todas las ciudades de Italia y de las provincias occidentales, que una a una fueron prestando juramento de lealtad a Octavio tal y como él mismo relata en el Cap. 25 de sus Res Gestae Divi Augusti “Italia entera me juró, por propia iniciativa, lealtad personal y me reclamó como caudillo para la guerra que victoriosamente concluí en Accio. Igual juramento me prestaron las provincias de las Galias, las Hispanias, África, Sicilia y Cerdeña”. Fue una jugada maestra pues no era él quien incitaba a la guerra sino que todo Occidente le imploraba que liderara la guerra contra el enemigo extranjero que amenazaba la soberanía de Roma. Los cónsules y algunos partidarios se vieron obligados a huir en busca de Antonio. Sin embargo, aún quedaban algunos seguidores en la capital plantándole cara a un Octavio, que dio el golpe de gracia al robar de la Casa de Vestales el Testamento de Antonio, en el que fue uno de los actos más impíos de su vida. En sus últimas voluntades, Antonio nombraba herederos a sus hijos egipcios, reconocía a Cesarión como único hijo de César y, lo que es imperdonable para un romano: pedía en caso de morir en Roma que su cuerpo fuera trasladado a Alejandría para ser enterrado junto a la reina Cleopatra. Muy pocos censuraron a Octavio por haberse hecho con el testamento de un hombre vivo de aquel modo pues era tal la aberración que produjo la última cláusula en la opinión pública  que no sólo Roma sino Italia entera declaró la guerra a Cleopatra y a su aliado, el traidor a su patria Antonio.


Casa de las Vestales. Roma 2013

jueves, 29 de mayo de 2014

Un inestable triunvirato

Tras la batalla de Filipos, casi todos los asesinos de César habían muerto y la República con ellos. Ante la sospecha de que Lépido había colaborado con Sexto Pompeyo (fiel a la causa republicana), Antonio y Octavio reorganizaron nuevamente los territorios del triunvirato: redujeron los dominios de Lépido solamente a África mientras que Octavio se hizo cargo a partir de entonces de Italia y Antonio unió a las posesiones bajo su mando la Galia Narbonense.
Acto seguido, Antonio marchó hacia Oriente con la finalidad de recaudar dinero para pagar a las tropas y el más joven de los triunviros marchó hacia Roma para afrontar la molesta tarea de establecer a un gran número de veteranos del ejército; para empezar tuvo que confiscar tierras en 18 ciudades cuyos propietarios fueron desposeídos. Como los terrenos expropiados seguían sin ser suficientes para contentar a todos los  legionarios,  el descontento de unos y otros contra Octavio fue en aumento, dando lugar a múltiples disturbios. La situación se agravó al interceptar Sexto Pompeyo las naves de trigo que tenían que alimentar a la población romana y que provenían fundamentalmente de Sicilia, Cerdeña y África propiciando que el hambre asolara la capital del Imperio.
Para colmo de males de Octavio, Antonio no hacía más que aumentar su prestigio en Oriente, donde ya era conocido como el nuevo Dioniso. Necesitado de dinero para financiar la campaña parta, había puesto sus ojos en Egipto por lo que había mandado llamar a Tarsos a la reina Cleopatra; no sólo comenzaron entonces una relación sentimental sino que él la siguió a Alejandría donde pasaron todo el invierno.


El banquete de Cleopatra. Giovanni Battista Tiepolo. 1744. Victoria (Australia). Galeria Nacional

Así que mientras Marco Antonio vivía rodeado de lujos y placeres,  la situación en Italia se deterioraba a pasos agigantados.  En el año 40 a.C. el cónsul Lucio Antonio y Fulvia, respectivamente hermano y esposa del triunviro, movilizaron a campesinos desposeídos de tierras y a legionarios contrariados y desafiaron a Octavio, quien cedió el mando de sus legiones a Agripa y Salvidieno los cuales arrinconaron a Lucio y sus partidarios en Perugia. La ciudad fue sitiada y sellada con un foso y una empalizada de más de once kilómetros de longitud por lo que su rendición fue rápida. Lucio fue enviado a España por Octavio y Perugia fue saqueada y destruida. Algunas fuentes recogen que la venganza del triunviro fue implacable pues estando cercano los idus de marzo mandó sacrificar a 300 prisioneros ante el altar del Divino Julio.
Antonio afirmó no estar al corriente de lo que habían hecho su hermano y esposa en su nombre, pero en el momento que supo de la caída de Perugia abandonó Egipto en dirección a Atenas donde se encontró con Fulvia quien murió ese mismo año en extrañas circunstancias. Antonio recibió en esos días una misiva de Sexto Pompeyo que le proponía una alianza contra Octavio, el cual para evitarla, se divorció de la hija de Fulvia (sin haberla tocado pues le repugnaba todo lo que tuviera relación con la esposa de su colega), y contrajo un nuevo matrimonio con Escribonia, tía de Sexto, mucho mayor que él y a la que no le unía ningún sentimiento pero que se convertiría en la madre de su única hija, Julia.
Antes estos acontecimientos Antonio partió hacia Italia con la intención de enfrentarse a Octavio. Incluso convenció a Sexto Pompeyo para que atacara el país transalpino haciéndose con el control de Cerdeña. Nuevamente en el horizonte parecía vislumbrase una nueva guerra civil; sin embargo, los triunviros se encontraron con un problema añadido: los soldados de ambos ejércitos (todos veteranos de César) se negaban a luchar entre ellos y derramar, una vez más, sangre romana por lo que sólo quedaba como opción la vía de la negociación.

Áureo con Antonio y Octavio en cada cara

Asinio Polión actúo en nombre de Antonio y Mecenas en el de Octavio, que esta vez salió claramente favorecido. El triunvirato fue renovado por otros 5 años y el imperio dividido en dos partes: Oriente para Antonio y Occidente para Octavio. Italia sería compartida pues ambos podrían reclutar soldados allí. Lépido conservaría África. Ahora Sexto debería colaborar con Octavio y Antonio castigaría Partia. Para sellar el Tratado de Brindisi se concertó la boda de Antonio con Octavia, la hermana del futuro Augusto, que acababa de enviudar de su marido Cayo Claudio Marcelo. Octavio adoraba a su hermana y es difícil pensar que la hubiera entregado a Antonio si sus deseos de reconciliación no hubieran sido sinceros.

Octavia fue la primera mujer en aparecer en una moneda. Aquí junto a Marco Antonio

Por su parte Octavio salió reforzado de la guerra de Perugia: había quedado claro que el joven triunviro no era sólo el fruto del capricho de César y que había llegado a la política para quedarse. Su obstinado carácter convirtió la hostilidad del pueblo hacía él por sus políticas impopulares en confianza y respeto. Todos sus sacrificios y esfuerzos habían tenido éxito. Lo único negativo de este período es que descubrió que su amigo Salvidieno había conspirado a sus espaldas. No tuvo más remedio que procesarlo ante el Senado y condenarlo a muerte. A partir de ahora Agripa sería el único general de sus ejércitos.

miércoles, 30 de abril de 2014

Marco Antonio. 2ª Parte

Marco Antonio y Cleopatra

         Ríos de tinta se han escrito sobre la relación entre Marco Antonio y Cleopatra: ¿se trataba de política? ¿se trataba de amor?. Por supuesto que lo que los unió desde el principio fue la política: ella, necesitaba una alianza fuerte con Roma para seguir manteniendo un trono que desde hacía décadas era sólo de paja; él, precisaba el oro de Egipto para poder vencer a los partos; a ello se sumaba la mutua ambición de hacer realidad el sueño de Alejandro: un imperio oriental cuya capital fuera Alejandría. Sin embargo, con el paso de los años también llegaría el amor.
Ambos, de carácter ingenioso y con gran sentido del humor, compartían una vida dominada por un fuerte hedonismo. Cleopatra tenía una mentalidad muy diferente a la de las recatadas matronas romanas, más acorde con el temperamento de él, por lo que no dudó en inventar para Marco Antonio todo tipo de placeres ya fueran sexuales o de ocio: participaba en todas las actividades que él practicaba ya se tratara de pesca, escapadas por Alejandría disfrazados de gente común o acudir a contemplarlo cuando realizaba sus ejercicios físicos y militares….en resumen, colmaba la  necesidad imperiosa que tenía él de sentirse querido e importante. Cuenta una anécdota que en uno de los frecuentes banquetes que ella organizaba en su honor, la reina disolvió en vinagre una perla valorada en 10 millones de sestercios para demostrarle al general que era capaz de organizarle la cena más cara de la historia. Nadie nunca había mostrado a Marco Antonio una devoción así.


Cleopatra disolviendo la perla en el vino. Andrea Casali. Siglo  XVIII. 

         Sin embargo, él no dudó en abandonarla la primera vez que convivieron juntos en Alejandría (entre los años 41 y 40 a.C); estuvieron separados durante cuatro años en los que el triunviro no sólo contrajo matrimonio con Octavia, la hermana del futuro Augusto en un matrimonio que debía asegurar la paz entre ambos, sino que no envío ni una sola carta a Cleopatra durante ese periodo ni se interesó por los gemelos que ella había dado a luz al poco de marchar él. Por eso, la reina cuando Antonio volvió a requerirle ayuda en el año 37 a.C. le exigió una serie de prerrogativas que lo alejarían definitivamente de Roma, al no estar en posición de negarle nada.

Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

          Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron en el 30 a.C, abandonados por todos, después de ver caer Alejandría en manos de Octavio. Él se arrojo sobre su espada al creer que ella había muerto; ella lo siguió un mes después tras intentar asegurar la vida de sus hijos. Hay quien dice que pretendió seducir a Octavio; me cuesta creerlo pues conociendo la inteligencia de la reina debía conocer perfectamente que el vencedor de Accio aborrecía el lujo y la sensualidad oriental y que era un hombre al que no dominaba más pasión que su amor por Roma. Su último acto en este mundo fue una petición al amo de mundo: recibir sepultura junto a Marco Antonio. “Que la eternidad sea para los dos o no sea para ninguno”. (Terenci Moix. No digas que fue un sueño). El futuro Augusto consintió y le organizó un entierro digno de su alcurnia, en un gesto que volvía a revelar su grandeza.

Cleopatra y Marco Antonio moribundo. Battoni Pompeyo Girolame.siglo XVIII

         Política por encima de todo, pero amor también, si bien entendido a la manera de hace 2.000 años. De ello da fe Plutarco en sus Vidas Paralelas al relatar la muerte de Antonio, texto conmovedor que hace creíble el hecho de que el autor fuera totalmente contrario a Cleopatra llegando a denominarla como “la más terrible peste que podía asolar a Antonio” (Vida de Antonio. 36).
“Informado de que la reina  vivía, pidió con encarecimiento a los esclavos que le tomaran en brazos, y así lo llevaron a las puertas de aquel edificio. Cleopatra no abrió la puerta, sino que, asomándose por las ventanas, le echó cuerdas y sogas con las que ataron a Antonio; ella tiraba de arriba con otras dos mujeres, que eran las únicas que había llevado al sepulcro. Dicen los que presenciaron este espectáculo haber sido el más miserable y lastimoso, porque le subían del modo que referimos, bañado en sangre, moribundo, tendiendo las manos y teniendo en ella clavados los ojos. Porque la obra no fue tampoco fácil para unas pobres mujeres, sino que Cleopatra misma, alargando las manos y descolgando demasiado el cuerpo, con dificultad pudo tomar el cordel, animándola y ayudándole los que se hallaban abajo. Luego que le hubo recogido de esta manera y que le puso en el lecho, rasgó sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su sangre, le llamaba su señor, su marido y su emperador, pudiéndose decir que casi se olvidó de los propios males, compadeciendo y lamentando los de Antonio. Hízola éste suspender el llanto, y pidió le dieran un poco de vino, o porque tuviera sed, o esperando acabar así más presto. Bebió, y la exhortó a que, si podía ser sin ignominia, pensara en salvarse, poniendo de los amigos de César su mayor esperanza en Proculeyo; y en cuanto a él, que no llorase por las mudanzas que acababa de experimentar, sino que antes le tuviese por dichoso, a causa de los grandes bienes que había disfrutado, pues había llegado a ser el más ilustre y de mayor poder entre los hombres; y si entonces era vencido, lo era noblemente romano por romano” (Plutarco. Vida de Antonio, 77). Con su último aliento Marco Antonio reivindicaba su romanidad.

La muerte de Marco Antonio. Ernest Hillemache. 1863.Grenoble. Musée des Beaux-Arts

Sin embargo, no fue suficiente pues de manera póstuma el Senado revocó todos los poderes que aún tenía, declaró maldito el día de su nacimiento, ordenó destruir todas sus estatuas a la vez que se decretó que nunca más nadie de la gens Antonia volviera a llevar el praenomen Marco. Su recuerdo fue sepultado en la memoria del tiempo por una Roma, incapaz de perdonar a quien un día pretendió mermar su supremacía, que borró su nombre de todos sus monumentos y calles, algo que ha mantenido hasta nuestros días. 
De ahí la dificultad para saber de manera fidedigna cómo era realmente Marco Antonio. No hay ninguna escultura identificada como suya con total claridad y aquellas que se le atribuyen son tan diferentes entre si que es difícil hacerse una idea.  Sólo las monedas y las descripciones de las fuentes nos permiten aproximarnos a él. Carente de la delicada belleza de Augusto, era un hombre de gran atractivo: alto, fuerte, musculoso, poseedor de un físico excepcional que él no dudaba en explotar vistiendo túnicas ajustadas y mostrando su desnudez cada vez que tenía ocasión. Tenía la frente despejada así como la nariz aguileña y cuando se dejaba crecer la barba, ésta era muy poblada.

Supuesto retrato de Marco Antonio. Siglo I a.c. Roma. Museos Capitolinos 

          Su carácter era prepotente, altanero y a veces lo dominaban ataques de ira cercanos a la locura pero también era extrovertido, dicharachero, muy amigo de sus amigos y aunque rozaba muchas veces la vulgaridad, esto le unió a sus soldados profundamente que lo consideraban uno más entre ellos; aficionado a la juergas y a las orgías interminables gustaba identificarse con Dionisio (dios del vino, la locura ritual y el éxtasis). No tenía problemas en comer y beber ante todo el mundo, presentarse vomitando en cualquier reunión a causa de las borracheras o a meter  en su cama a cualquier mujer, casada o no, costumbres que exasperaban a la alta sociedad romana. A ello se sumaba un amor por la ostentación que le  llevó incluso a pasear en una carroza junto a su amante de turno, la actriz Citeris tirada por leones acompañado de prostitutas y efebos. No obstante, lo que más irritó a los romanos fue que adquirió la casa que había pertenecido a Pompeyo Magno, negándose a pagar por ella, alegando que el Estado estaba en deuda con él.

Ritos Dionísiacos. Siglo I a.C. Pompeya. Villa de los Misterios. 2013  

         En cuanto a sus matrimonios y descendencia, se casó cuatro veces con mujeres romanas: con Fadia, con su prima Antonia Híbrida (con la que tuvo una hija Antonia), con la pasional Fulvia (tuvo dos hijos, Antillo y Julio Antonio) y con la dulce Octavia con la que tuvo dos hijas: Antonia Maior y Antonia Minor (madre del emperador Claudio). De su matrimonio egipcio con Cleopatra tuvo tres hijos: los gemelos Cleopatra Selene y Alejandro Helios y  Ptolomeo Filadelfo.
Una pequeña revancha desde ultratumba se tomó Marco Antonio ya que su descendencia perduró más allá en el tiempo que la de Augusto: los futuros emperadores Calígula (bisnieto de ambos) y Nerón (tataranieto de ambos), heredaron las excentricidades y el gusto por lo oriental de Antonio; por su parte Claudio (sobrino nieto de Augusto y nieto de Marco Antonio) se identificaba más con el Príncipe. En cuanto a sus otras hijas, la gemela Cleopatra Selene fue dada por  Augusto en matrimonio al rey Juba II de Mauritania, llegando a ser reina y estableciendo allí una dinastía que terminó cuando Calígula mandó asesinar a su primo Ptolomeo de Mauritania. Por su parte, su primera hija Antonia casó con Fitodoro de Tralles convirtiendo  a Antonio en antepasado de reyes y reinas de Asia.



En relación a la literatura, William Shakespare recuperó su recuerdo en sendas obras: Julio César (1599) y Antonio y Cleopatra (1606). Por su parte en cine, la figura de Marco Antonio ha sido interpretada por actores de reconocido prestigio entre los que destacan Marlon Brando en Julio César de Joseph Manckiewicz (1953), Richard Burton en Cleopatra nuevamente de Manckiewicz (1963) y Charlton Heston que protagonizó y dirigió Marco Antonio y Cleopatra (1972).


Marlon Brando, Richard Burton y Charlton Heston como Marco Antonio

          Sin embargo, para mí, es en televisión donde se ha llevado a cabo la mejor interpretación de Marco Antonio, realizada por James Purefoy en la serie Roma (2005-2007). Este actor británico capta genialmente la esencia del general romano dando vida a un personaje muy fidedigno, según la idea que podemos a hacernos de él a partir de los datos históricos.

James Purefoy como Marco Antonio. Fotograma de la serie Roma

miércoles, 2 de abril de 2014

El Pórtico de Octavia


Pórtico de Octavia. Roma 2013

El Pórtico de Octavia fue construido por Augusto entre el 27 y el 23 a.C. en la zona del Circo Flaminio y dedicado a su querida hermana en el lugar donde desde el 143 a.C. se alzaba el Pórtico Metello. De considerables dimensiones (132 x 140 metros), se ubicaba junto el teatro erigido en honor al malogrado hijo de aquella, Marcelo. Enmarcaba un complejo que contenía los templos de Jupiter Estator y de Juno Regina, una schola, la Curia Octavia (de la que quedan restos de una exedra detrás de lo que fueron los dos templos) y una biblioteca patrocinada por la propia Octavia en memoria nuevamente de  Marcelo (la pérdida más dolorosa de su vida que la sumió en una profunda depresión).

Reconstrucción del Pórtico de Octavia
Fuente: Roma Capitale

Actualmente son visibles los restos del ingreso sobre el lado que da al Circo Flaminio. Entradas similares debieron levantarse al centro de los otros tres lados, pues el Pórtico tenía dos fachadas iguales y simétricas con cuatro columnas cada una encuadras por pilastras de capiteles corintios figurados coronados por un águila. Presentaba pórticos dobles en los lados más largos y simples en los más cortos.

Roma. 2013

Detalle de los capiteles de las columnas. Roma 2013

Detalle de capitel de una pilastra. Roma 2013

Sobre los lados del ingreso presenta paredes en ladrillo en origen revestidas con paneles de mármol blanco, con arcos que comunicaban el propileo con los pórticos externos. La techumbre se cubría a base de  tejas.
Fue restaurado en varias ocasiones a causa de incendios y fenómenos de la naturaleza como un terremoto en 442 d.C. Durante la Edad Media el propileo acogió el Mercado del pescado que estuvo en funcionamiento hasta 1885 año en fue trasladado a Piazza San Teodoro. Desde 1555 el Pórtico de Octavia forma parte del ghetto de Roma.

viernes, 31 de enero de 2014

Infancia en Velletri

Augusto nació en Roma el 23 de septiembre del año 63 a.C., en la casa que su familia poseía en la ladera del Palatino, cerca de las “Cabezas de Buey” y que tras su muerte fue consagrada como templo al ser el primer suelo que había pisado. Recibió el nombre de Cayo Octavio, siguiendo la costumbre romana.


Restos de la Casa natal de Augusto en el Palatino. Roma
Los Octavio eran una familia adinerada natural de Velletri, un pueblo situado en una de las laderas de los Montes Albanos muy cercano a Roma. De origen plebeyo, debían su abundante riqueza principalmente a actividades comerciales. Este hecho fue muy utilizado por sus enemigos políticos ya que lo acusaban de tener un antepasado liberto o incluso que su abuelo se dedicaba a la usura. Él lo único que dice respecto a su familia es que era una estirpe antigua que pertenecía al orden ecuestre.
En Velletri pasó Augusto la mayor parte de su infancia, por eso hay quien afirma que nació allí. Lo cierto es que en el siglo II d.C aún se conservaba la casa donde vivió, rodeada del mismo modo de un halo sacro.


Escultura moderna de Augusto. Velletri

Su padre, Cayo Octavio, fue el primer miembro de la Gens Octavia que ingresó en el Senado. A pesar de su trayectoria política y militar mediocre, su riqueza le permitió contraer matrimonio con Atia, hija de Marco Atio Balbo y Julia Menor, hermana de Julio César, perteneciente a la Gens Julia, una de las mayor abolengo de Roma, pero tremendamente empobrecida. Con ella tuvo dos hijos, Octavia Menor y Octavio, el futuro Augusto, a los que se sumaba Octavia Mayor, de un matrimonio anterior.



Supuesto retrato de Cayo Octavio, padre de Augusto. Siglo I a.C. Gliptoteca de Munich
Supuesto retrato de Atia, madre de Augusto. Siglo I a.C.

Más no resultó suficiente para Octavio hijo porque sus adversarios arremetían también contra los ascendentes de Atia por parte paterna, pues se decía que algún miembro de la familia regentó una tahona de pan. Según Suetonio hicieron circular un libelo que decía así: “De la más grosera tahona de Aricia procede tu harina materna; la amasó con sus manos manchadas por el trasiego de las monedas”. Estos ataques a sus orígenes fueron determinantes a la hora de moldear el carácter de Augusto, muy obsesionado por legitimar su vínculo con César, la única sangre totalmente noble que corría por sus venas.


Sin más gesta que haber ejercido el cargo de pretor y una escaramuza contra algunos esclavos huidos de la revuelta de Espartaco en Turio (tras la cual recibió el cognome de Turino que el pequeño Octavio usó en su infancia), Cayo Octavio padre murió habiendo ejercido por un año el cargo de gobernador de Macedonia y sin haber logrado ser Cónsul, la más alta magistratura del Estado. Su hijo tenía tan sólo 4 años de edad. Pronto su madre volvió a casarse con Lucio Marcio Filipo, que sí pertenecía a la alta aristocracia.
       La infancia de Octavio fue feliz, lejos de la agitación de Roma la mayor parte del tiempo y en un ambiente muy familiar y bucólico. A pesar de mantener buena relación con su padrastro algunos períodos se trasladó a vivir con su abuela Julia, a la que estaba muy unido.  También sentía gran afecto por su madre (una mujer que aunaba todas las virtudes de las antiguas matronas romanas) que lo sobreprotegía y asfixiaba más allá de lo razonable, y por su hermana Octavia Menor, a la que le profesó un cariño profundo durante toda su vida.

Octavia Menor. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

Por otra parte, recibió una educación severa, moralista y algo anticuada, encaminada sobre todo al conocimiento del latín y el griego y a un dominio perfecto del arte de la oratoria. Además de preceptores particulares también asistía a la escuela privada, donde probablemente conoció al que sería su gran amigo y otra de las personas más importantes de su vida, Marco Vipsanio Agripa.