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miércoles, 5 de noviembre de 2014

La Batalla de Accio en los relieves Medinaceli


Batalla de Accio en los relieves Medinaceli. Siglo I d.C. Córdoba. Colección de la Duquesa de Cardona

La Exposición sobre Augusto ha permitido por primera vez contemplar todo el ciclo de los relieves conocidos como Medinaceli. Datados en los primeros años del imperio representan importantes escenas del principado de Augusto, destacando la que inmortaliza la Batalla de Accio, acaecida el 2 de septiembre de 31 a.C, cuya victoria supuso la asunción del poder absoluto por parte de Octavio. Probablemente decoraban un monumento conmemorativo de tal gesta.
Aunque se desconoce la procedencia del friso, se acepta que probablemente provenga del antiguo Reino de Nápoles (de Nola, lugar de fallecimiento de Augusto o de Pozzuoli), de ahí que un gran número de paneles fueran adquiridos entre 1558-1571 por la familia Alcalá- Medinaceli a través del Virrey de Napolés, Don Pedro Afán de Ribera; en la actualidad éstos son propiedad de la Duquesa de Cardona (Córdoba); otros fueron vendidos a Budapest.
Del inicio de la composición se ha conservado un fragmento del dios Apolo (dios tutelar de Augusto) que aparece sentado en una roca delante de su trípode velando por los intereses de su protegido.

Detalle del primer panel con escenas de la batalla

Un primer panel (hoy perdido) mostraría las primeras escenas de la batalla que continúa en los tres relieves conservados en España. En ellos las naves se confrontan entre si distribuidas rudimentariamente en dos planos para crear profundidad lo que se consigue al mismo tiempo con el uso del alto, medio y bajo relieve. Los barcos muestran un gran realismo y una gran minuciosidad en la representación de los detalles (remos, proas…) lo que ha permitido perfectamente distinguir la tipología de los mismos; al mismo tiempo ha proporcionado un documento visual inmejorable para el estudio de las flotas romanas. Las naves de Octavio y Agripa más ligeras presentan castillo de popa y catapultas, elementos claves de su victoria.
 Las olas del mar están representadas con una serie de incisiones curvilíneas sobre la que flotan las naves, además de una que se hunde en primer plano en lo profundo del mar.

Supuesta nave de Antonio en primer plano

En el panel central se distingue un barco con un centauro en la proa que se ha identificado con el buque insignia de Marco Antonio, pues se consideraba que este animal mitológico inducía a todos los vicios de los que Octavio acusaba a su rival: lujuria, lascivia, gusto por el vino; por ello recibió de los dioses un justo castigo siendo derrotado en Accio. En el tercer panel la nave del primer plano se ha identificado con la de Octavio.

Supuesta nave de Octavio en primer plano

A pesar de que los relieves están muy restaurados en la actualidad, llama la atención el naturalismo, el dinamismo y el gran virtuosismo técnico con el que se presentan las luchas cuerpo a cuerpo y el desarrollo de una de las batallas más famosas de la Antigua Roma.

viernes, 31 de octubre de 2014

La Batalla de Accio

La Batalla de Accio. Lorenzo A. Castro

La Batalla de Accio, sin ser espectacular en cuanto a estrategia militar, por sus consecuencias políticas puede considerarse una de las batallas más importantes de la historia, pues en ella se decidió nada más y nada menos que el destino de Europa.
Tras la consternación que produjo la lectura del testamento de Marco Antonio en el Senado romano, Octavio se dirigió al templo de Belona (diosa de la guerra) ubicado en el Campo de Marte para celebrar el antiguo ritual de declaración de guerra. La ceremonia consistía en que los sacerdotes de Belona arrojaban lanzas manchadas con la sangre de un cerdo sacrificado hacia la columna bélica (que se ubicaba dentro de un terreno delimitado delante del templo). Finalizado el rito, Roma se consideró oficialmente en guerra con Egipto.
El 1 de enero del año 31 a.C. Octavio fue nombrado cónsul por tercera vez. Dejando nuevamente a Mecenas al frente del gobierno de Italia cruzó el Adriático junto con Agripa a quien puso al frente de sus tropas. Antonio, por su parte, desplegó las suyas por las costas del Epiro y de Grecia, desde Corcira a Metone. Agripa, con una gran audacia,  asestó el primer golpe casi inmediatamente, al atacar y apoderarse del fuerte de Metone con lo que comprometía el abastecimiento que llegaba desde Egipto provocando escasez de víveres entre las filas de Antonio. Octavio, entre tanto, navegó hacía Accio y acampó en una colina al norte, desde donde disfrutaba de unas vistas inmejorables del terreno.

Detalle del monumento a Marco Vipsanio Agripa. Mérida 2014

Al poco, Antonio y Cleopatra se trasladaron desde Patras y ubicaron su campamento frente al del cónsul romano. Al mismo tiempo Agripa se apoderó de dos puertos muy valiosos: Leucas y Patras, lo que cortaba totalmente los suministros por mar al campamento de Antonio, donde comenzaba a reinar una gran desolación causada por el hambre y las enfermedades producidas por el bloqueo. Por este motivo comenzaron las deserciones entre las filas de Antonio, agravadas por el hecho de que los soldados romanos no toleraban que una mujer, la reina Cleopatra, compartiera el mando con su general. La huida de su amigo Domicio Ahenobarbo y la de Delio (el cual proporcionó a sus rivales un informe completo de sus planes bélicos) afectaron profundamente a Antonio.

Tapiz Antonio y Cleopatra saliendo hacia Accio. 1620. Madrid. Palacio Real

      Todo ello precipitó que Antonio y Cleopatra decidieran romper el bloqueo antes de que fuera demasiado tarde. El primero estaba decidido a plantear una batalla terrestre pues era el campo en el que se desenvolvía mejor; no obstante acabó secundando el deseo de la reina de que la batalla se desarrollara por mar.

La Batalla de Accio

El 2 de septiembre del 31 a.C., los barcos comenzaron a avanzar por el estrecho en fila y se desplegaron en dos líneas. Cleopatra desde su buque insignia la “Antonia” se colocó detrás de las filas sin intención de participar de forma activa en la batalla. Agripa se negó sensatamente a moverse por lo que toda las mañana estuvieron las flotas frente a frente quietas. Finalmente Antonio adelantó sus barcos iniciando la ofensiva. Agripa separó probablemente sus tropas en dos filas al contar con un número mayor de naves mientras que Antonio se vio obligado a  formar sólo una. Agripa avanzó hacia el flanco norte de su enemigo seguido por los barcos de Antonio por lo que el centro de la formación de éste acabó debilitándose. Después de dos horas en la que los barcos de Antonio estaban oponiendo resistencia aunque no conseguían salvar el bloqueo, ocurrió el hecho que marcó el desenlace de la batalla: la “Antonia” por orden de Cleopatra izó las velas repentinamente y atravesando el débil flanco central por una zona vacía de barcos se dirigió hacia el sur, en dirección hacia Egipto. Antonio se pasó inmediatamente a un barco más liberado del ataque y con una pequeña flota siguió a la reina, dejando el resto de su armada inmersa en el fragor de la batalla. Aunque de este episodio se han dado múltiples interpretaciones incluida aquella que la reina huyó presa del pánico y que Antonio la siguió perdidamente enamorado, lo cierto es que probablemente obedecía a un plan para escapar del asedio. No obstante,  al no conseguir  que lo siguieran el resto de los barcos la estrategia resultó ser un auténtico fracaso.
Al día siguiente la flota de Antonio que había quedado luchando frente al promontorio de Accio, se pasó al bando de Octavio que les prometió las mismas recompensas que a su ejército. A pesar de ello, algunos oficiales abandonaron a escondidas las filas de Octavio y fueron al encuentro de un Antonio, que tras dar alcance al barco de la reina se sumió en una profunda depresión acrecentada por el hecho de que las legiones acantonadas en Cirenaica se habían pasado a su enemigo. Entre tanto Cleopatra, entró en Alejandría con los barcos adornados como si hubiera ganado la guerra y eliminó a todos los que querían aprovechar la delicada situación para mermar su poder.
Por su parte, Octavio erigió en su campamento un enorme monumento en honor de la Victoria en el lugar que posteriormente fundó la ciudad de Nikópolis.


El vencedor de Accio en todo su esplendor
Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Roma. Museos Vaticano


      La batalla de Accio fue cantada por todos los poetas del entorno de Mecenas que la consideraron como el inicio de una nueva Edad de Oro; especialmente bellos son los versos que le dedica el más grande poeta latino, Virgilio, en su Eneida, porque refleja el profundo patriotismo con el que la afrontó el pueblo de Roma e Italia:
“A este lado César Augusto guiando a los ítalos al combate con los padres y el pueblo romano, y los Penates y los grandes dioses, en pie en lo alto de la popa, al que llamas gemelas le arrojan las espléndidas sienes y el astro de su padre brilla en su cabeza.
En otra parte Agripa con los vientos y los dioses de su lado guiando altivo la flota; soberbia insignia de la guerra, las sienes rostradas le relucen con la corona naval.
 Al otro lado con una tropa variopinta de bárbaros, Antonio, vencedor sobre los pueblos de la Aurora y el rojo litoral,  Egipto y las fuerzas de Oriente y la lejana Bactra arrastra consigo, y le sigue, ¡oh, sacrilegio!, la esposa egipcia.
Todos se enfrentaron a la vez  y espumas echó todo el mar sacudido por el refluir de los remos y los rostros tridentes. A Alta mar se dirigen; creería que las Cícladas flotaban arrancadas por el piélago o que altos montes con montes chocaban, en popas almenadas de moles tan grande se esfuerzan los hombres. Llama de estopa con la mano y hierro volador con las flechas arrojan, y enrojecen los campos de Neptuno con la nueva matanza.
La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro, y aún no se ve a su espalda las dos serpientes. Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis empuñan sus dardos contra Neptuno y Marte y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece  en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo, y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado acompañado de Belona con su flagelo de sangre. Apolo, viendo esto, tensaba su arco desde lo alto; con tal terror todo Egipto y lo indos, toda la Arabia, todos los sabeos su espalda volvían. A la misma reina se veía, invocando a los vientos, las velas desplegar y largar amarras. La había representado el señor del fuego pálida entre los muertos por la futura muerte, sacudida por las olas y el Yápige; al Nilo, enfrente, afligido con su enorme cuerpo y abriendo su seno y llamando con todo el vestido a los vencidos a su regazo azul y a sus aguas latebrosas”. (Virgilio. Eneida. Libro VIII. 678-713).

domingo, 28 de septiembre de 2014

Caminando hacia Accio (37-32 a.C)

Tras la batalla de Nauloco, entre Octavio y Antonio comenzó un período de guerra fría que tendría su desenlace 6 años después en la batalla de Accio (31 a.C), la última gran guerra civil romana.


Busto de Octavio en su época de triunviro. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos

Una vez eliminados Sexto Pompeyo y Lépido, en Roma Octavio consolidó su poder; el joven triunviro cada vez sentía más la ciudad como suya y ésta se iba acostumbrando a reconocer en aquel muchacho de bello rostro al hombre que la protegía y velaba por sus intereses. Sin embargo, lo único que deslucía su imagen en fulgurante ascenso eran sus dudosas intervenciones en el campo de batalla. Esta circunstancia fue decisiva para que en estos años iniciara una guerra en Iliria (región agreste del Adriático que lindaba con Italia cuyos salvajes habitantes eran una fuente constante de conflicto). Aunque él estaba al mando de la operación, Agripa, su fiel guardián, permaneció a su lado en todo momento, aunque no pudo evitar que Octavio resultara gravemente herido cuando éste en una exhibición de gran valor se puso al frente de sus hombres. Quizás su propaganda exagerara la acción pero lo cierto es que ésta impactó en la opinión pública hasta el punto que el gran historiador Tito Livio escribiera sobre el cambio que experimentó Octavio comentando que “su belleza se realzó con la sangre y la dignitas del peligro en el que se encontró”. En el año 34 a.C., el sobrino nieto de César con 29 años comenzaba a dejar atrás la juventud.
Por su parte en Oriente, Antonio seguía recaudando fondos para su guerra contra Partia. Para ello, en el 37 a.C, había enviado a Octavia (que estaba nuevamente embarazada) de regreso a Roma a la vez que retomaba su relación sentimental con Cleopatra; ésta, que ya no era la cándida muchacha que él había abandonado encinta años atrás, a cambio de ayuda le exigió una serie de contrapartidas políticas y personales, entre las que destacaban una ceremonia que la convertiría en su esposa (aunque seguía casado con Octavia) y la cesión de algunos territorios tales como Creta, Chipre, parte del actual Líbano, Cilicia y otras regiones de Judea.


Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

Toda esta situación, que irritó enormemente a Octavio, abriría una brecha profunda entre los dos colegas de gobierno. Cada vez se hacía más evidente que el mundo romano no podía ser regido por dos personas con criterios de gobierno tan diferentes: Antonio era un político tradicional dominado por sueños megalómanos que anhelaba ansiosamente la gloria en el campo de batalla, no obstante, ponía más afán en disfrutar los placeres de la vida que en alcanzar sus fines. Octavio, al contrario, era un trabajador incansable cuya manera de hacer política era totalmente novedosa y con una única obsesión: convertir Roma en la primera ciudad del mundo para desde allí consolidar la cultura romana por todos los territorios conquistados.
       Tras el fracaso de la campaña parta de Antonio en el 36 a.C., el futuro Augusto envió a su hermana Octavia a Atenas con ropa, provisiones, 70 barcos y 2000 hombres. Antonio lo consideró como una burla pues eran 20.000 los legionarios prometidos en Tarento. Enfureció y mandó una misiva a Octavia conminándole a dejar en Atenas lo que había traído al mismo tiempo que le ordenaba regresar a Roma. No sabemos hasta que punto Octavio usó a su hermana para minar la admiración que el pueblo romano aún sentía por Antonio, pues este mismo populacho adoraba a la joven. Octavio también la apreciaba mucho por lo que cuesta pensar en una clara mala intencionalidad en sus acciones hacia ella; no obstante, también es cierto que Octavio siempre exigió a los suyos el mismo sacrificio que el suyo en aras del bienestar de Roma; no sabemos desde cuando, pero lo cierto es que en esta época Octavio ya estaba convencido que Roma prosperara era imprescindible la eliminación de Antonio, aunque él no quería ser el desencadenante de una nueva guerra civil. No hay constancia de que Octavia mostrara resentimiento hacia su hermano aunque al volver de Atenas rechazó su oferta de instalarse con él en su casa del Palatino prefiriendo seguir residiendo en la villa de su esposo con todos sus hijos.

En 34 a.C., Marco Antonio resultó victorioso en una campaña en Armenia que en Roma fue recibida con gran frialdad. Por ello, lo celebró en Alejandría en una procesión que emulaba un triunfo romano. A pesar de que Antonio se cuidó mucho de acentuar las diferencias entre ambos desfiles, Octavio montó en cólera porque era inadmisible celebrar un triunfo por una conquista romana en ningún lugar que no fuera Roma. Sin embargo, la gota que colmo el vaso de la indignación en la capital del imperio fue la ceremonia que Antonio celebró en Alejandría conocida como las Donaciones. En ella, el triunviro sentado junto a la reina en sendos tronos de oro acompañados de sus hijos, los dos gemelos y el pequeño Ptolomeo Filadelfo (nacido en 36 a.C.) reconoció la legitimidad de Cesarión (el hijo mayor de Cleopatra) como hijo de César y repartió simbólicamente territorios entre los pequeños. Éste fue uno de los más graves errores de Antonio pues muchos de sus seguidores en Roma comenzaron a darle la espalda. La ruptura con Octavio era una realidad pues con las Donaciones no sólo estaba atentando contra el poder de Roma sino que ponía en duda la legitimidad de su colega triunviro como único hijo reconocido y heredero del dictador.


Territorios repartidos en las Donaciones de Alejandría

El 31 de diciembre de 33 a.C. expiró el Triunvirato y ninguno de los dos mostró ninguna intención en renovarlo. Esto fue el comienzo de una guerra difamatoria entre ambos cuyo final no podía ser otro que las armas. Las acusaciones se volvieron poco a poco más personales: Octavio criticó severamente a Antonio su afición a la bebida y su vida lujuriosa; éste contraatacó burlándose de los orígenes humildes de Octavio además de acusarlo de cruel y cobarde. Desgraciadamente de esta batalla dialéctica sólo se ha conservado un extracto de una curiosa carta de Antonio reproducida por Suetonio en el que acusa a su aún cuñado de hipocresía sexual: “¿Qué te pasa? ¿Es por qué me acuesto con una reina?: Es mi mujer. ¿No llevo haciéndolo desde hace 9 años? ¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso sólo te acuestas con Drusila? Suerte, si cuando leas esta carta, no te has acostado con Tertula, o Terentila o con Fufila, o con Salvia Titisenia, o con todas ellas?¿importa acaso dónde y con quién sacias tu deseo?. (Suetonio. Vida de Augusto. 69.2).
En el 32 a.C. Antonio se divorció de Octavia y la obligó a abandonar su casa. La ofensa a una dama tan ejemplar y querida la hizo suya toda Roma, a quien no le importaba cuántas amantes pudiera tener Antonio pero que consideraba intolerable su matrimonio con una extranjera.
Y esa fue a gran baza que jugó Octavio, que ese año no ostentaba ningún cargo público (como estaba acordado, su consulado, había dado paso al de dos cónsules afines a Antonio). Por ese motivo, protegido por senadores afines, comenzó su batalla en el Senado contra la orientalización de Antonio y su sometimiento a la que él tachaba de hechicera y de mujer ambiciosa, cuyo máximo anhelo era dictar justicia en el Capitolio. Los cónsules contraatacaron contra Octavio; sin embargo, lo discursos del futuro Príncipe contra la pretensiones de la Reina egipcia empezaron a movilizar a todas las ciudades de Italia y de las provincias occidentales, que una a una fueron prestando juramento de lealtad a Octavio tal y como él mismo relata en el Cap. 25 de sus Res Gestae Divi Augusti “Italia entera me juró, por propia iniciativa, lealtad personal y me reclamó como caudillo para la guerra que victoriosamente concluí en Accio. Igual juramento me prestaron las provincias de las Galias, las Hispanias, África, Sicilia y Cerdeña”. Fue una jugada maestra pues no era él quien incitaba a la guerra sino que todo Occidente le imploraba que liderara la guerra contra el enemigo extranjero que amenazaba la soberanía de Roma. Los cónsules y algunos partidarios se vieron obligados a huir en busca de Antonio. Sin embargo, aún quedaban algunos seguidores en la capital plantándole cara a un Octavio, que dio el golpe de gracia al robar de la Casa de Vestales el Testamento de Antonio, en el que fue uno de los actos más impíos de su vida. En sus últimas voluntades, Antonio nombraba herederos a sus hijos egipcios, reconocía a Cesarión como único hijo de César y, lo que es imperdonable para un romano: pedía en caso de morir en Roma que su cuerpo fuera trasladado a Alejandría para ser enterrado junto a la reina Cleopatra. Muy pocos censuraron a Octavio por haberse hecho con el testamento de un hombre vivo de aquel modo pues era tal la aberración que produjo la última cláusula en la opinión pública  que no sólo Roma sino Italia entera declaró la guerra a Cleopatra y a su aliado, el traidor a su patria Antonio.


Casa de las Vestales. Roma 2013

miércoles, 30 de abril de 2014

Marco Antonio. 2ª Parte

Marco Antonio y Cleopatra

         Ríos de tinta se han escrito sobre la relación entre Marco Antonio y Cleopatra: ¿se trataba de política? ¿se trataba de amor?. Por supuesto que lo que los unió desde el principio fue la política: ella, necesitaba una alianza fuerte con Roma para seguir manteniendo un trono que desde hacía décadas era sólo de paja; él, precisaba el oro de Egipto para poder vencer a los partos; a ello se sumaba la mutua ambición de hacer realidad el sueño de Alejandro: un imperio oriental cuya capital fuera Alejandría. Sin embargo, con el paso de los años también llegaría el amor.
Ambos, de carácter ingenioso y con gran sentido del humor, compartían una vida dominada por un fuerte hedonismo. Cleopatra tenía una mentalidad muy diferente a la de las recatadas matronas romanas, más acorde con el temperamento de él, por lo que no dudó en inventar para Marco Antonio todo tipo de placeres ya fueran sexuales o de ocio: participaba en todas las actividades que él practicaba ya se tratara de pesca, escapadas por Alejandría disfrazados de gente común o acudir a contemplarlo cuando realizaba sus ejercicios físicos y militares….en resumen, colmaba la  necesidad imperiosa que tenía él de sentirse querido e importante. Cuenta una anécdota que en uno de los frecuentes banquetes que ella organizaba en su honor, la reina disolvió en vinagre una perla valorada en 10 millones de sestercios para demostrarle al general que era capaz de organizarle la cena más cara de la historia. Nadie nunca había mostrado a Marco Antonio una devoción así.


Cleopatra disolviendo la perla en el vino. Andrea Casali. Siglo  XVIII. 

         Sin embargo, él no dudó en abandonarla la primera vez que convivieron juntos en Alejandría (entre los años 41 y 40 a.C); estuvieron separados durante cuatro años en los que el triunviro no sólo contrajo matrimonio con Octavia, la hermana del futuro Augusto en un matrimonio que debía asegurar la paz entre ambos, sino que no envío ni una sola carta a Cleopatra durante ese periodo ni se interesó por los gemelos que ella había dado a luz al poco de marchar él. Por eso, la reina cuando Antonio volvió a requerirle ayuda en el año 37 a.C. le exigió una serie de prerrogativas que lo alejarían definitivamente de Roma, al no estar en posición de negarle nada.

Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

          Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron en el 30 a.C, abandonados por todos, después de ver caer Alejandría en manos de Octavio. Él se arrojo sobre su espada al creer que ella había muerto; ella lo siguió un mes después tras intentar asegurar la vida de sus hijos. Hay quien dice que pretendió seducir a Octavio; me cuesta creerlo pues conociendo la inteligencia de la reina debía conocer perfectamente que el vencedor de Accio aborrecía el lujo y la sensualidad oriental y que era un hombre al que no dominaba más pasión que su amor por Roma. Su último acto en este mundo fue una petición al amo de mundo: recibir sepultura junto a Marco Antonio. “Que la eternidad sea para los dos o no sea para ninguno”. (Terenci Moix. No digas que fue un sueño). El futuro Augusto consintió y le organizó un entierro digno de su alcurnia, en un gesto que volvía a revelar su grandeza.

Cleopatra y Marco Antonio moribundo. Battoni Pompeyo Girolame.siglo XVIII

         Política por encima de todo, pero amor también, si bien entendido a la manera de hace 2.000 años. De ello da fe Plutarco en sus Vidas Paralelas al relatar la muerte de Antonio, texto conmovedor que hace creíble el hecho de que el autor fuera totalmente contrario a Cleopatra llegando a denominarla como “la más terrible peste que podía asolar a Antonio” (Vida de Antonio. 36).
“Informado de que la reina  vivía, pidió con encarecimiento a los esclavos que le tomaran en brazos, y así lo llevaron a las puertas de aquel edificio. Cleopatra no abrió la puerta, sino que, asomándose por las ventanas, le echó cuerdas y sogas con las que ataron a Antonio; ella tiraba de arriba con otras dos mujeres, que eran las únicas que había llevado al sepulcro. Dicen los que presenciaron este espectáculo haber sido el más miserable y lastimoso, porque le subían del modo que referimos, bañado en sangre, moribundo, tendiendo las manos y teniendo en ella clavados los ojos. Porque la obra no fue tampoco fácil para unas pobres mujeres, sino que Cleopatra misma, alargando las manos y descolgando demasiado el cuerpo, con dificultad pudo tomar el cordel, animándola y ayudándole los que se hallaban abajo. Luego que le hubo recogido de esta manera y que le puso en el lecho, rasgó sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su sangre, le llamaba su señor, su marido y su emperador, pudiéndose decir que casi se olvidó de los propios males, compadeciendo y lamentando los de Antonio. Hízola éste suspender el llanto, y pidió le dieran un poco de vino, o porque tuviera sed, o esperando acabar así más presto. Bebió, y la exhortó a que, si podía ser sin ignominia, pensara en salvarse, poniendo de los amigos de César su mayor esperanza en Proculeyo; y en cuanto a él, que no llorase por las mudanzas que acababa de experimentar, sino que antes le tuviese por dichoso, a causa de los grandes bienes que había disfrutado, pues había llegado a ser el más ilustre y de mayor poder entre los hombres; y si entonces era vencido, lo era noblemente romano por romano” (Plutarco. Vida de Antonio, 77). Con su último aliento Marco Antonio reivindicaba su romanidad.

La muerte de Marco Antonio. Ernest Hillemache. 1863.Grenoble. Musée des Beaux-Arts

Sin embargo, no fue suficiente pues de manera póstuma el Senado revocó todos los poderes que aún tenía, declaró maldito el día de su nacimiento, ordenó destruir todas sus estatuas a la vez que se decretó que nunca más nadie de la gens Antonia volviera a llevar el praenomen Marco. Su recuerdo fue sepultado en la memoria del tiempo por una Roma, incapaz de perdonar a quien un día pretendió mermar su supremacía, que borró su nombre de todos sus monumentos y calles, algo que ha mantenido hasta nuestros días. 
De ahí la dificultad para saber de manera fidedigna cómo era realmente Marco Antonio. No hay ninguna escultura identificada como suya con total claridad y aquellas que se le atribuyen son tan diferentes entre si que es difícil hacerse una idea.  Sólo las monedas y las descripciones de las fuentes nos permiten aproximarnos a él. Carente de la delicada belleza de Augusto, era un hombre de gran atractivo: alto, fuerte, musculoso, poseedor de un físico excepcional que él no dudaba en explotar vistiendo túnicas ajustadas y mostrando su desnudez cada vez que tenía ocasión. Tenía la frente despejada así como la nariz aguileña y cuando se dejaba crecer la barba, ésta era muy poblada.

Supuesto retrato de Marco Antonio. Siglo I a.c. Roma. Museos Capitolinos 

          Su carácter era prepotente, altanero y a veces lo dominaban ataques de ira cercanos a la locura pero también era extrovertido, dicharachero, muy amigo de sus amigos y aunque rozaba muchas veces la vulgaridad, esto le unió a sus soldados profundamente que lo consideraban uno más entre ellos; aficionado a la juergas y a las orgías interminables gustaba identificarse con Dionisio (dios del vino, la locura ritual y el éxtasis). No tenía problemas en comer y beber ante todo el mundo, presentarse vomitando en cualquier reunión a causa de las borracheras o a meter  en su cama a cualquier mujer, casada o no, costumbres que exasperaban a la alta sociedad romana. A ello se sumaba un amor por la ostentación que le  llevó incluso a pasear en una carroza junto a su amante de turno, la actriz Citeris tirada por leones acompañado de prostitutas y efebos. No obstante, lo que más irritó a los romanos fue que adquirió la casa que había pertenecido a Pompeyo Magno, negándose a pagar por ella, alegando que el Estado estaba en deuda con él.

Ritos Dionísiacos. Siglo I a.C. Pompeya. Villa de los Misterios. 2013  

         En cuanto a sus matrimonios y descendencia, se casó cuatro veces con mujeres romanas: con Fadia, con su prima Antonia Híbrida (con la que tuvo una hija Antonia), con la pasional Fulvia (tuvo dos hijos, Antillo y Julio Antonio) y con la dulce Octavia con la que tuvo dos hijas: Antonia Maior y Antonia Minor (madre del emperador Claudio). De su matrimonio egipcio con Cleopatra tuvo tres hijos: los gemelos Cleopatra Selene y Alejandro Helios y  Ptolomeo Filadelfo.
Una pequeña revancha desde ultratumba se tomó Marco Antonio ya que su descendencia perduró más allá en el tiempo que la de Augusto: los futuros emperadores Calígula (bisnieto de ambos) y Nerón (tataranieto de ambos), heredaron las excentricidades y el gusto por lo oriental de Antonio; por su parte Claudio (sobrino nieto de Augusto y nieto de Marco Antonio) se identificaba más con el Príncipe. En cuanto a sus otras hijas, la gemela Cleopatra Selene fue dada por  Augusto en matrimonio al rey Juba II de Mauritania, llegando a ser reina y estableciendo allí una dinastía que terminó cuando Calígula mandó asesinar a su primo Ptolomeo de Mauritania. Por su parte, su primera hija Antonia casó con Fitodoro de Tralles convirtiendo  a Antonio en antepasado de reyes y reinas de Asia.



En relación a la literatura, William Shakespare recuperó su recuerdo en sendas obras: Julio César (1599) y Antonio y Cleopatra (1606). Por su parte en cine, la figura de Marco Antonio ha sido interpretada por actores de reconocido prestigio entre los que destacan Marlon Brando en Julio César de Joseph Manckiewicz (1953), Richard Burton en Cleopatra nuevamente de Manckiewicz (1963) y Charlton Heston que protagonizó y dirigió Marco Antonio y Cleopatra (1972).


Marlon Brando, Richard Burton y Charlton Heston como Marco Antonio

          Sin embargo, para mí, es en televisión donde se ha llevado a cabo la mejor interpretación de Marco Antonio, realizada por James Purefoy en la serie Roma (2005-2007). Este actor británico capta genialmente la esencia del general romano dando vida a un personaje muy fidedigno, según la idea que podemos a hacernos de él a partir de los datos históricos.

James Purefoy como Marco Antonio. Fotograma de la serie Roma