domingo, 5 de octubre de 2014

Cleopatra, la tentación de Roma. 1ª Parte

Cleopatra VII. Relieve del Templo de Hathor. Siglo I a.C. Dendera. 

Sólo hay una figura histórica a la que admiro tanto como a mi Augusto Imperator y no es otra que la reina Cleopatra; paradójicamente, su mayor enemiga. Está claro que el desenlace de la disputa entre ambos fue el que yo hubiera deseado porque a Augusto me une, por encima de todo, nuestra mutua pasión desmedida hacia Roma, cuya supervivencia se decidió en la batalla de Accio; sin embargo el ejemplo de la Reina del Nilo unido a mi fascinación por la cultura egipcia me acompaña cada día. Mujer excepcional como ninguna otra, luchó hasta el último aliento por liberar a Egipto de la esclavitud romana sobreponiéndose siempre a las adversidades y logrando destacar en un mundo de hombres. Con su arrolladora personalidad  e inteligencia (más que con la legendaria belleza que se le atribuye y que no lo fue tal) conquistó a los dos romanos más influyentes de su tiempo y aunque el tercero acabó llevándola a la tumba, se obsesionó hasta tal punto con ella que su propaganda peyorativa devastadora en lugar de destruir su memoria acabó creando un Mito. Sólo ella, siendo mujer, consiguió lo mismo que Anibal cuando se plantó a las puertas de Roma con sus elefantes: hacer temblar los cimientos de la ciudad más poderosa de todos los tiempos. Todo se ha dicho sobre Cleopatra, yo por mi parte Intentaré trazar un perfil lo más humano posible de la persona inigualable que se escondía debajo de la mítica soberana intentando despojarla de la ponzoña que los siglos ha vertido sobre ella.

Busto de Cleopatra joven como reina macedónica. Siglo I a.C, Belín. Museo Altes

Cleopatra Filópator Nea Thea nacida en enero del 69 a.C. fue la séptima reina egipcia que llevó tal nombre y la última de la dinastía Ptolemaica fundada por Ptolomeo I Sóter, uno de los generales de Alejandro Magno. Por tanto, su ascendencia era griega siendo muy probable que por sus venas no corriera ni una sola gota de sangre egipcia. De hecho hasta su famoso nombre es macedónico (así se llamaba la hermana de Alejandro). La pequeña princesa, huérfana de madre a muy temprana edad, creció en un ambiente en el que las intrigas y la traición entre los miembros de la corte estaban a la orden del día. Por eso desde la más tierna infancia tuvo que aprender a sobrevivir en ese mundo peligroso. Su padre Ptolomeo XII Auletes, más dedicado a la diversión que a gobernar, se mantenía en el trono gracias al apoyo de Roma, a la que cubría de oro a cambio de su ayuda. De hecho en el año 55 a.C. la ciudad del Tiber ayudó a Ptolomeo a recuperar su trono, usurpado por su hija Berenice IV, a la que mandó ejecutar al recuperar su reino. El águila romana volaba al acecho de conflictos en el país del Nilo pues su oro y su trigo eran de vital importancia para el ascenso imparable de Roma.

Cleopatra. 51-30 a.C. San Petesburgo. Museo del Hermitage

Con sólo 18 años (en el 51 a.C), Cleopatra subió al trono junto con su hermano Ptolomeo XIII con quien tuvo que contraer matrimonio tal y como estipulaba el testamento de su padre. Los inicios de su reinado fueron tan inestables que 3 años después (en 48 a.C), a causa de las hambrunas que sufrió el país y de las continuas maquinaciones de su hermana menor Arsinoe por hacerse con el trono (que contaba con el apoyo de sus consejeros y de sus dos hermanos menores) se vio obligada a exiliarse en Siria con un pequeño ejército de leales.
Desde el destierro Cleopatra trató en vano de recuperar el trono; no obstante fue el destino quien llevó en 47 a.C. a Egipto al hombre más poderoso del mundo: Cayo Julio César, tras los pasos de su enemigo Pompeyo Magno. Nada más llegar al país del Nilo el general romano se topó con la desagradable sorpresa de que el desorden allí imperante había costado la vida a Pompeyo cuya cabeza le ofreció el rey Ptolomeo XIII. El hecho que unos indeseables hubieran dado muerte a uno de los más famosos caudillos romanos hizo enfurecer a César, que al instante sintió antipatía por el gobierno egipcio. Por este motivo, y con la intención de poner fin a una disputa que indirectamente perjudicaba a  una Roma (que en cada conflicto egipcio veía mermados sus beneficios en ese país) convocó a todas las partes, incluida la reina Cleopatra. Ésta llegó a su palacio de noche escondida dentro de una alfombra (para evitar ser descubierta por sus hermanos) presentándose así ante César, que quedó gratamente impresionado  ante el desparpajo y audacia de la joven “César reservadamente hizo venir a Cleopatra. Tomó ésta entre sus amigos para que la acompañase el siciliano Apolodoro, y embarcándose en una barquita se acercó al palacio al oscurecer, mas como dudasen mucho que pudiera entrar de otra manera, tendieron en el suelo una alfombra, y echada y envuelta en él, Apolodoro lo ató con un cordel, y así la entró a las puertas hasta la habitación de César; dicen que esta fue el primer ardid con que le cautivó Cleopatra, y que, vencido de su trato y de sus gracias, la reconcilió con el hermano, negociando que reinaran juntos”. (Plutarco. Vidas Parelelas. Cayo Julio César. Tomo V.  XLIX).

Julio César y Cleopatra. Jean Leon Gerome. 1866

Ese encuentro cambió la vida de la reina. Cuentan las crónicas que el enamoramiento entre ambos fue fulminante y que ya esa noche la pasaron juntos. César devolvió a la reina el trono, por lo que Arsinoe y Ptolomeo XIII les declararon la guerra. Sería la denominada Guerra Alejandrina que supuso la muerte del rey Ptolomeo, de todos sus consejeros, el exilio de Arsinoe a Roma (para hacerla desfilar junto al carro de César en su triunfo) y el afianzamiento de Cleopatra en el trono de Egipto, eso sí, casada por orden de César con su otro hermano Ptolomeo XIV de 10 años de edad.
César pasó una temporada en Egipto recorriendo el Nilo junto a la reina y dedicado por entero al ocio. En esos meses ella quedó embarazada del que sería la pasión de su vida, su hijo Ptolomeo César, al que los alejandrinos llamaban simplemente Cesarión (nacido el 23 de junio de 47 a.C). A pesar de los 25 años que los separaban, César era un mujeriego empedernido con un gran atractivo y un carisma insuperable; además era un héroe militar a la altura de Alejandro, el único hombre con un ascendente divino a la altura de la estirpe de la reina (César proclamaba que la gens Julia descendía de Venus a través de Iulo, hijo de Eneas) y el dueño del mundo. Cleopatra se enamoró perdidamente del conquistador de las Galias, pues encarnaba todas las virtudes de un dios caído del Olimpo. Por su parte, él sintió una gran pasión hacia la reina egipcia; deslumbrado por su insultante juventud, belleza e ingenio la ensalzó como nunca lo había hecho con ninguna mujer. Suetonio nos cuenta que “amó también a reinas, pero más que a ninguna a Cleopatra: con ella prolongó a menudo los banquetes hasta el amanecer, e incluso se había adentrado en Egipto hasta Etiopía en la misma nave; por último la hizo venir a Roma y no la dejo partir hasta que la hubo colmado con los mayores honores y presentes, permitiéndole además que le pusiera su nombre al hijo que había tenido” (Vida de César. 52.1). Si bien nunca reconoció a Cesarión, César la hospedó como concubina durante sus estancias en Roma en su villa (fuera del Pomerium sagrado de la ciudad pues ningún soberano ungido podía entrar en Roma) y colocó una escultura de la reina parangonando a Venus en el templo dedicado a su diosa tutelar en el nuevo Foro que se estaba construyendo. Del mismo modo hay una cierta influencia egipcia en estos años en la política de Julio César, perceptible sobre todo en la organización de la administración, en la renovación del calendario y en la introducción del culto a Isis. Como consecuencia la alta sociedad romana, que jamás rendiría pleitesía a una reina vasalla de Roma, aborrecía a Cleopatra.


Villa Sciarra. Aún se levanta en el Gianicolo en el lugar donde la leyenda ubica la villa de César que hospedó a Cleopatra en Roma.

Venus del Esquilino. 50 d.C. Museos Capitolinos. Roma 2018
Fotografia propiedad de Francisco Javier Diaz Benito
Por la aparición de la serpiente y las rosas (símbolo de Isis) se piensa que es copia de la escultura de Cleopatra que César colocó en el templo de Venus Genitrix

      El fatídico 15 de marzo de 44 a.C, ella se encontraba en Roma cuando un grupo de esos mismos nobles encabezados por Marco Junio Bruto asesinaron al dictador, así que temiendo por su vida, tuvo que huir de noche en dirección a Alejandría junto con su hijo.
Sin embargo, a pesar de las fascinación que pudiera sentir por Cleopatra, César era demasiado romano para dejarse influir por cuestiones sentimentales, por lo que en su testamento ni siquiera la mencionó ni al hijo de ambos dejando su fortuna, su nombre y el porvenir de Roma al único que reconoció como hijo: su sobrino nieto Cayo Octavio, el futuro Augusto.
Cleopatra se vio de ese modo durante algunos años apartada del horizonte de Roma. Los romanos, a su vez, estaban inmersos en una nueva guerra civil contra los enemigos de César por lo que se olvidaron de Egipto y su reina. Ésta, a su vuelta de Roma, tras la muerte de su marido Ptolomeo XIV (probablemente a manos de ella) nombró corregente a un Cesarión de tan sólo 4 años de edad. En este período se centró en buscar soluciones a los problemas de su país, asolado por continúas plagas y hambrunas.


Cleopatra y Cesarión. Relieve del Templo de Hathor. Siglo I a.C. Dendera. 

En 41 a.C., Marco Antonio convocó en Tarso a la reina para asegurarse su lealtad. Ella con la intención de ganarse nuevamente el favor de Roma, salió a su encuentro sin escatimar en gastos (a pesar de la crisis económica que sufría el país del Nilo). Así, desplegó al máximo su infinito poder de seducción tal y como relata magistralmente Plutarco: “Como hubiese recibido además diferentes cartas, así del mismo Antonio como de otros amigos de éste que la llamaban, le miró ya con tal desdén y desenfado, que se resolvió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos con palas de plata, movidos al compás de la música de flautas, oboes y cítaras. Iba ella sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus. Asistíanla a uno y otro lado, para hacerle aire, muchachitos parecidos a los Amores que vemos pintados. Tenía asimismo cerca de sí criadas de gran belleza, vestidas de ropas con que representaban a las Nereidas y a las Gracias, puestas unas a la parte del timón, y otras junto a los cables. Sentíanse las orillas perfumadas de muchos y exquisitos aromas, y un gran gentío seguía la nave por una y otra orilla, mientras otros bajaban de la ciudad a gozar de aquel espectáculo, al que pronto corrió toda la muchedumbre que había en la plaza, hasta haberse quedado Antonio solo sentado en el tribunal; la voz que de unos en otros se propagaba era que Venus venía a ser festejada por Baco en bien del Asia. Convidóla, pues, a cenar: mas ella significó que desearía fuese Antonio quien viniese a acompañarla; y como éste quisiese darle desde luego pruebas de deferencia y humanidad, se prestó al convite y acudió a él. Encontróse con una prevención y aparato superior a lo que puede decirse; pero lo que le dejó parado sobre todo fue la muchedumbre de luces, porque se dice fueron tantas las que había suspendidas y colocadas por todas partes, y dispuestas entre sí con tal artificio y orden en cuadros y en círculos, que la vista que hacían era una de las más hermosas y dignas de mirarse de cuantas han podido transmitirse a la memoria de los hombres” (Vida de Antonio. XVI). El hedonista Antonio cayó rendido a los pies de la reina y del universo de placeres que ésta le ofrecía, por lo que marchó con ella a Alejandría donde pasó un invierno en el que Cleopatra lo colmó de todos los goces imaginables. Entre los dos crearon la Sociedad de la inimitable vida cuya finalidad era la celebración de banquetes y fiestas continuas. Sin embargo, en 40 a.C., el general volvió a Roma dejándola abandonada y embarazada. La reina de Egipto tuvo que ver como su amante se casaba nuevamente con la dulce Octavia (hermana de su colega triunviro) y nuevamente durante 4 años volvió a verse relegada del panorama político de primer nivel.

El encuentro de Antonio y Cleopatra. Lawrence Alma Tadema. 1885

     Y así continuaría hasta que en el 37 a.C, un hastiado Antonio volvió de nuevo sus ojos hacia Egipto. Sin embargo, a partir de ese momento se invirtieron los papeles, pues ella tomó las riendas de su alianza, tanto en lo personal como en lo político, con la finalidad de asegurar el futuro de Egipto y de sus hijos, sobre todo el de Cesarión. Antonio le cedió territorios y se casó con ella repudiando a Octavia. Asimismo, usó al hijo natural de César como arma contra el hijo adoptivo del dictador, su enemigo dueño de Occidente: Octavio César. De alguna forma esa fue la ruina de ambos. Fundamentalmente porque el mundo romano no iba a consentir que una mujer, además vasalla de Roma, marcara las directrices de su política.
El romance entre Cleopatra y Marco Antonio, como ya esbocé en mi reseña sobre el general romano, fue una relación tormentosa siempre a caballo entre el amor y la política encaminada por encima de todo a hacer realidad el sueño de Alejandro: unir Oriente y Occidente bajo una única dinastía fundada a partir de la unión de ambos.
El anhelo de Antonio de ocupar un lugar preeminente en el mundo unido a los escasos fondos con los que contaba para iniciar su guerra contra los partos fueron los motivos principales que lo ligaron definitivamente a Egipto y a una reina Cleopatra que supo darle todo lo que él necesitaba: “Cleopatra, usando una adulación no cuádruple, como dice Platón, sino múltiple, ora Antonio estuviese dedicado, a cosas serias, ora a juegos y chanzas, siempre le tenía preparado un nuevo placer y una nueva gracia con que le traía embobado, sin aflojar de día ni de noche. Porque con él jugaba a los dados, con él bebía y con él cazaba, siendo su espectadora si se ejercitaba en las armas. Cuando de noche se acercaba a las puertas y ventanas de los particulares para hacer burlas a los que se hallaban dentro, ella también corría con él las calles, y le acompañaba, tomando el traje de una esclava, porque él se disfrazaba de la misma manera” (Plutarco. Vida de Antonio. XXIX).

Marco Antonio y Cleopatra interpretados por Richard Burton y Elizabeth Taylor en el film Cleopatra (1963)

Cleopatra por su parte precisaba las legiones y el liderazgo militar de Antonio para afianzar y ampliar su poder. La reina egipcia usó hábilmente el desasosiego que carcomía el ánimo del triunviro (provocado sobre todo por los estragos del tiempo y los excesos) para acentuar su dependencia con respecto a ella, la cual fue extremadamente criticada por sus enemigos romanos: “Calvisio, amigo de (Octavio) César, añadió, como crímenes de Antonio en sus amores con Cleopatra, los siguientes: que había cedido y donado a ésta las bibliotecas de Pérgamo; que en un convite a presencia de muchos se había levantado y le había hecho cosquillas en los pies, por cierto convenio y apuesta entre ellos; que muchas veces, estando administrando justicia a reyes y tetrarcas, había recibido de ella billetes amorosos escritos en cornerinas y cristales, y puéstose a leerlos; y que hablando en una causa Furnio, hombre de grande autoridad y el más elocuente entre los Romanos, había pasado Cleopatra por la plaza conducida en silla de manos, y Antonio, luego que la había visto, había marchado allá, dejando pendiente el juicio, y pendiente de la silla de manos la había acompañado” (Vida de Antonio. LVIII). Quizás los cronistas romanos hostiles exageran, pero la devoción de Antonio hacia la reina en sus años finales está fuera de toda duda.
En cuanto a Cleopatra, hay que decir que a pesar de ser extremadamente fría y calculadora, de alguna manera siempre estuvo al lado de Antonio especialmente en el 37 a.C., cuando aquel fue derrotado estrepitosamente en Partia: “entonces, (Antonio) caminando sobre nieves y en medio de un invierno de los más crudos, perdió otros ocho mil hombres en la marcha, y bajando hasta el mar con muy poca gente, determinó esperar a Cleopatra. Como tardase, eran grande su desazón e inquietud, y aunque recurrió a sus desórdenes de beber hasta la embriaguez, no fue de manera que aguantase y se estuviese sentado, sino que se levantaba en medio de los brindis e iba a mirar muchas veces, hasta que por fin ella arribó al puerto, trayendo mucho vestuario y cuantiosos fondos para los soldados”. (Plutarco. Vida de Antonio. LI). Aunque Octavia salió también al encuentro de Antonio con dinero, soldados y armamento, éste le ordenó que dejará lo que traía en Atenas y que volviera de nuevo a Roma. Las fuentes atribuyen el deprecio de Antonio a su esposa romana a la intervención de su amante egipcia: “Llegó a entender Cleopatra que Octavia iba a ponerse en contraposición con ella, y temerosa de que, uniendo a la gravedad de sus costumbres y al poder de César, la dulzura del trato y la complacencia a voluntad de Antonio, se le hiciera invencible y del todo se apoderara de éste, fingió que estaba perdida de amores por Antonio; y para ello debilitaba el cuerpo con tomar escaso alimento, y en su presencia ponía la vista como espantada, y cuando se apartaba de ella, caída y triste. Hacía de modo que muchas veces se la viera llorar, y de repente se limpiaba y ocultaba las lágrimas, como que no quería que él lo advirtiese. Los aduladores, interesados por ella, motejaban a Antonio de duro e insensible, porque iba a acabar con una pobre mujer que en él solo tenía puestos sus sentidos; porque Octavia había venido con motivo de los negocios, enviada del hermano, y ya disfrutaba del nombre de legítima mujer, mientras que Cleopatra, reina de tantos pueblos, se contentaba con llamarse la amante de Antonio, y no tenía a menos o desdeñaba este nombre mientras veía a éste y le tenía a su lado; y luego que se mirase abandonada, era seguro que no sobreviviría. Finalmente, de tal manera le ablandaron y afeminaron que, por temor de que Cleopatra se dejase morir, se volvió a Alejandría”. (Plutarco. Vida de Antonio. LIII).

Cleopatra probando venenos en condenados a muerte. Alexandre Cabanel. 1887. Amberes. Koninklijk Museum

     Y así, entre múltiples desavenencias y reconciliaciones pasaron los amantes sus últimos años. En ese período Antonio celebró en Alejandría, a instancias de la reina, un triunfo por su victoria sobre Armenia, ambos llevaron a cabo la ceremonia de las Donaciones que encumbró a Cleopatra y sus hijos al mismo tiempo que prepararon la batalla de Accio  en el que fue el mayor error que cometieron pues el hecho que una mujer se paseará dando ordenes entre los soldados romanos indignó hasta tal punto a los lugartenientes de Antonio que uno tras otros fueron pasándose al bando de Octavio. Estas deserciones se incrementaron masivamente tras la derrota de la flota egipcia en las costas de Accio a causa de la controvertida huida de Antonio del combate tras la nave de la soberana que se alejaba en dirección a Alejandría. Pasaron juntos su último año de vida en el que transformaron la Sociedad para la inimitable vida en la Sociedad de Compañeros de la muerte mientras esperaban su destino final. Cuando Octavio llegó a las puertas de Alejandría,  Antonio  se suicidó ante la falsa noticia de que la reina había muerto. Sólo unos días antes Cleopatra había negado la cabeza de su esposo al vencedor de Accio que le ofrecía una amnistía a cambio de la misma. Marco Antonio murió en brazos de su amada Cleopatra que lo siguió algunas semanas después. Aunque no se sabe a ciencia cierta cómo se produjo la muerte de la reina, la versión que inmortalizó Plutarco se ha convertido en legendaria:  “Cleopatra juntó diferentes suertes de venenos mortales, y para probar el grado de dolor con que cada uno ocasionaba la muerte los hizo propinar a los presos de causas capitales; mas habiendo visto que los que eran prontos causaban la muerte acompañados de dolores, y que los más benignos obraban con lentitud, quiso hacer experiencia de los animales ponzoñosos, viendo ella por sí misma cuándo se picaban unos a otros.. Encontró, pues, que entre todos sólo la picadura del áspid producía sin convulsiones ni sollozos un sopor dulce y una especie de desmayo, en virtud del que, con un blando sudor del rostro y amortiguamiento de los sentidos, perdían poco a poco la vida los que habían sido picados, sin que fuera fácil despertarlos y hacerles volver en sí, a manera de los que tienen un sueño profundo” (Vida de Antonio. LXXI). Mítica es también la frase que el biógrafo romano puso en labios de una de las sirvientas de la reina que agonizante intentaba ceñir la corona en la cabeza del cadáver de Cleopatra ataviado con sus vestiduras más regias cuando los soldados de Octavio que irrumpieron en el sepulcro le preguntaron si aquella era una forma bella de morir: “Bellísima, como convenía a la que era de tantos reyes descendiente” (Vida de Antonio. LXXXV).

La muerte de Cleopatra. Jean André Rixens.1874. Toulouse. Museo de los Agustinos

domingo, 28 de septiembre de 2014

Caminando hacia Accio (37-32 a.C)

Tras la batalla de Nauloco, entre Octavio y Antonio comenzó un período de guerra fría que tendría su desenlace 6 años después en la batalla de Accio (31 a.C), la última gran guerra civil romana.


Busto de Octavio en su época de triunviro. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos

Una vez eliminados Sexto Pompeyo y Lépido, en Roma Octavio consolidó su poder; el joven triunviro cada vez sentía más la ciudad como suya y ésta se iba acostumbrando a reconocer en aquel muchacho de bello rostro al hombre que la protegía y velaba por sus intereses. Sin embargo, lo único que deslucía su imagen en fulgurante ascenso eran sus dudosas intervenciones en el campo de batalla. Esta circunstancia fue decisiva para que en estos años iniciara una guerra en Iliria (región agreste del Adriático que lindaba con Italia cuyos salvajes habitantes eran una fuente constante de conflicto). Aunque él estaba al mando de la operación, Agripa, su fiel guardián, permaneció a su lado en todo momento, aunque no pudo evitar que Octavio resultara gravemente herido cuando éste en una exhibición de gran valor se puso al frente de sus hombres. Quizás su propaganda exagerara la acción pero lo cierto es que ésta impactó en la opinión pública hasta el punto que el gran historiador Tito Livio escribiera sobre el cambio que experimentó Octavio comentando que “su belleza se realzó con la sangre y la dignitas del peligro en el que se encontró”. En el año 34 a.C., el sobrino nieto de César con 29 años comenzaba a dejar atrás la juventud.
Por su parte en Oriente, Antonio seguía recaudando fondos para su guerra contra Partia. Para ello, en el 37 a.C, había enviado a Octavia (que estaba nuevamente embarazada) de regreso a Roma a la vez que retomaba su relación sentimental con Cleopatra; ésta, que ya no era la cándida muchacha que él había abandonado encinta años atrás, a cambio de ayuda le exigió una serie de contrapartidas políticas y personales, entre las que destacaban una ceremonia que la convertiría en su esposa (aunque seguía casado con Octavia) y la cesión de algunos territorios tales como Creta, Chipre, parte del actual Líbano, Cilicia y otras regiones de Judea.


Moneda de Marco Antonio y Cleopatra

Toda esta situación, que irritó enormemente a Octavio, abriría una brecha profunda entre los dos colegas de gobierno. Cada vez se hacía más evidente que el mundo romano no podía ser regido por dos personas con criterios de gobierno tan diferentes: Antonio era un político tradicional dominado por sueños megalómanos que anhelaba ansiosamente la gloria en el campo de batalla, no obstante, ponía más afán en disfrutar los placeres de la vida que en alcanzar sus fines. Octavio, al contrario, era un trabajador incansable cuya manera de hacer política era totalmente novedosa y con una única obsesión: convertir Roma en la primera ciudad del mundo para desde allí consolidar la cultura romana por todos los territorios conquistados.
       Tras el fracaso de la campaña parta de Antonio en el 36 a.C., el futuro Augusto envió a su hermana Octavia a Atenas con ropa, provisiones, 70 barcos y 2000 hombres. Antonio lo consideró como una burla pues eran 20.000 los legionarios prometidos en Tarento. Enfureció y mandó una misiva a Octavia conminándole a dejar en Atenas lo que había traído al mismo tiempo que le ordenaba regresar a Roma. No sabemos hasta que punto Octavio usó a su hermana para minar la admiración que el pueblo romano aún sentía por Antonio, pues este mismo populacho adoraba a la joven. Octavio también la apreciaba mucho por lo que cuesta pensar en una clara mala intencionalidad en sus acciones hacia ella; no obstante, también es cierto que Octavio siempre exigió a los suyos el mismo sacrificio que el suyo en aras del bienestar de Roma; no sabemos desde cuando, pero lo cierto es que en esta época Octavio ya estaba convencido que Roma prosperara era imprescindible la eliminación de Antonio, aunque él no quería ser el desencadenante de una nueva guerra civil. No hay constancia de que Octavia mostrara resentimiento hacia su hermano aunque al volver de Atenas rechazó su oferta de instalarse con él en su casa del Palatino prefiriendo seguir residiendo en la villa de su esposo con todos sus hijos.

En 34 a.C., Marco Antonio resultó victorioso en una campaña en Armenia que en Roma fue recibida con gran frialdad. Por ello, lo celebró en Alejandría en una procesión que emulaba un triunfo romano. A pesar de que Antonio se cuidó mucho de acentuar las diferencias entre ambos desfiles, Octavio montó en cólera porque era inadmisible celebrar un triunfo por una conquista romana en ningún lugar que no fuera Roma. Sin embargo, la gota que colmo el vaso de la indignación en la capital del imperio fue la ceremonia que Antonio celebró en Alejandría conocida como las Donaciones. En ella, el triunviro sentado junto a la reina en sendos tronos de oro acompañados de sus hijos, los dos gemelos y el pequeño Ptolomeo Filadelfo (nacido en 36 a.C.) reconoció la legitimidad de Cesarión (el hijo mayor de Cleopatra) como hijo de César y repartió simbólicamente territorios entre los pequeños. Éste fue uno de los más graves errores de Antonio pues muchos de sus seguidores en Roma comenzaron a darle la espalda. La ruptura con Octavio era una realidad pues con las Donaciones no sólo estaba atentando contra el poder de Roma sino que ponía en duda la legitimidad de su colega triunviro como único hijo reconocido y heredero del dictador.


Territorios repartidos en las Donaciones de Alejandría

El 31 de diciembre de 33 a.C. expiró el Triunvirato y ninguno de los dos mostró ninguna intención en renovarlo. Esto fue el comienzo de una guerra difamatoria entre ambos cuyo final no podía ser otro que las armas. Las acusaciones se volvieron poco a poco más personales: Octavio criticó severamente a Antonio su afición a la bebida y su vida lujuriosa; éste contraatacó burlándose de los orígenes humildes de Octavio además de acusarlo de cruel y cobarde. Desgraciadamente de esta batalla dialéctica sólo se ha conservado un extracto de una curiosa carta de Antonio reproducida por Suetonio en el que acusa a su aún cuñado de hipocresía sexual: “¿Qué te pasa? ¿Es por qué me acuesto con una reina?: Es mi mujer. ¿No llevo haciéndolo desde hace 9 años? ¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso sólo te acuestas con Drusila? Suerte, si cuando leas esta carta, no te has acostado con Tertula, o Terentila o con Fufila, o con Salvia Titisenia, o con todas ellas?¿importa acaso dónde y con quién sacias tu deseo?. (Suetonio. Vida de Augusto. 69.2).
En el 32 a.C. Antonio se divorció de Octavia y la obligó a abandonar su casa. La ofensa a una dama tan ejemplar y querida la hizo suya toda Roma, a quien no le importaba cuántas amantes pudiera tener Antonio pero que consideraba intolerable su matrimonio con una extranjera.
Y esa fue a gran baza que jugó Octavio, que ese año no ostentaba ningún cargo público (como estaba acordado, su consulado, había dado paso al de dos cónsules afines a Antonio). Por ese motivo, protegido por senadores afines, comenzó su batalla en el Senado contra la orientalización de Antonio y su sometimiento a la que él tachaba de hechicera y de mujer ambiciosa, cuyo máximo anhelo era dictar justicia en el Capitolio. Los cónsules contraatacaron contra Octavio; sin embargo, lo discursos del futuro Príncipe contra la pretensiones de la Reina egipcia empezaron a movilizar a todas las ciudades de Italia y de las provincias occidentales, que una a una fueron prestando juramento de lealtad a Octavio tal y como él mismo relata en el Cap. 25 de sus Res Gestae Divi Augusti “Italia entera me juró, por propia iniciativa, lealtad personal y me reclamó como caudillo para la guerra que victoriosamente concluí en Accio. Igual juramento me prestaron las provincias de las Galias, las Hispanias, África, Sicilia y Cerdeña”. Fue una jugada maestra pues no era él quien incitaba a la guerra sino que todo Occidente le imploraba que liderara la guerra contra el enemigo extranjero que amenazaba la soberanía de Roma. Los cónsules y algunos partidarios se vieron obligados a huir en busca de Antonio. Sin embargo, aún quedaban algunos seguidores en la capital plantándole cara a un Octavio, que dio el golpe de gracia al robar de la Casa de Vestales el Testamento de Antonio, en el que fue uno de los actos más impíos de su vida. En sus últimas voluntades, Antonio nombraba herederos a sus hijos egipcios, reconocía a Cesarión como único hijo de César y, lo que es imperdonable para un romano: pedía en caso de morir en Roma que su cuerpo fuera trasladado a Alejandría para ser enterrado junto a la reina Cleopatra. Muy pocos censuraron a Octavio por haberse hecho con el testamento de un hombre vivo de aquel modo pues era tal la aberración que produjo la última cláusula en la opinión pública  que no sólo Roma sino Italia entera declaró la guerra a Cleopatra y a su aliado, el traidor a su patria Antonio.


Casa de las Vestales. Roma 2013

jueves, 18 de septiembre de 2014

Reapertura de la Casa de Augusto y Livia en el Palatino



El gran regalo de Roma a Augusto para conmemorar el bimilenario de su muerte se ha materializado hoy en la reapertura de nuevas salas restauradas de la que fue su casa en el Palatino y de las estancias pertenecientes a su esposa Livia. Un presente no solamente para él sino para todos los amantes de la arqueología y del arte que se ha convertido en el más espléndido broche de oro de los homenajes que la Ciudad Eterna viene dedicando a su más amado emperador durante el año 2014.
Augusto abre las puertas de su hogar como nunca antes para mostrar al mundo una de las más espectaculares muestras de pintura romana; y no solo, pues esas esplendidas paredes en su intimidad nos desvelan el lado más humano del que fue venerado como un dios durante más de tres siglos. Una casa humilde, como era su  personalidad, pero decorada con el gusto más exquisito, evidencia del refinamiento de sus moradores.
A las 4 salas que se podían visitar desde el año 2008 (un dormitorio, el oecus, la sala de la rampa y el famoso estudio del emperador) se añaden la espectacular Sala de las máscaras (reflejo de la pasión de Augusto por el teatro) cuyas paredes se inundan de una arquitectura ilusionista resaltada por un impactante rojo pompeyano y la Sala de los pinos en la que los restauradores han sacado a la luz un olvidado papagayo que se suma a las guirnaldas de hojas de pino que la decoran. El recorrido continúa hacia la Biblioteca, el Triclinio del Príncipe y la Sala de las Perspectivas mostrada por primera vez al gran público cuyas pinturas evocan una especie de casa de muñecas en dos planos y que  casi 1300 años antes preludian a Giotto.

                              
                                                                     Sala de las máscaras. Roma 2018

                                                         Detalle de la Sala de las máscaras. Roma 2018

Sala de los Pinos. Roma 2018

Sala de las Perspectivas. Roma 2018

Reconstrucción multimedia de la Sala de las Perspectivas. Roma 2018

     En el 2008 la Casa de Livia (las dependencias palaciegas destinadas a la famosa emperatriz) fueron también abiertas al público; sin embargo, fueron pocos los afortunados que pudieron contemplar las maravillosas pinturas que decoraban el día a día de la esposa de Augusto pues debido a la humedad debieron cerrarse al público al poco tiempo. A partir de hoy, tras una seria intervención destinada a sanear los espacios, podrán contemplarse en todo su esplendor las pinturas mitológicas del Tablino dedicadas a Argo y Mercurio así como la sala decorada con guirnaldas a base de motivos vegetales y el precioso Triclinio de la imperial pareja mostrado por primera vez al público. Algunas de estos maravillosos frescos han tenido que ser recogidos del suelo y reconstruidos como un puzzle gigantesco.

Detalle del Tablino. Roma 2018

Detalle del Triclinio. Roma 2018

Sala decorada con guirnaldas vegetales. Roma 2018

Entrada a la Casa de Livia. Roma 2018

          La casa que por años estuvo a la intemperie se ha protegido con una cubierta destinada a proteger un lugar único levantado en el suelo más sagrado de Roma, junto la cueva donde la loba amamantó a Rómulo y Remo  y que sin duda alguna se une desde ya a las que considero las tres joyas más preciadas de la Roma Antigua conservadas en la capital del Imperio: el Coliseo, el Panteón de Agripa y el Ara Pacis Augustae. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

El Templo de Apolo Palatino


Reconstrucción del Templo de Apolo Palatino

           El Templo de Apolo Palatino fue prometido por Octavio en el 36 a.C. durante la Batalla de Nauloco. El futuro Augusto lo edificó en el lugar de su casa del Palatino que había sido destruido por un rayo y que los auríspices habían anunciado como elegida por el dios. Fue dedicado el 9 de octubre de 28 a.C. y cedido inmediatamente al Estado. Celebra igualmente la victoria sobre Marco Antonio en Accio.
Era una de las más magnificas construcciones del Principado, la primera dedicada por Augusto en honor de su dios protector.
El templo, que estaba realizado en mármol de Carrara, se elevaba sobre un alto podio; era hexástilo, pseudoperíptero (con medias columnas adosadas a la cella) y de orden corintio. 



Delante de él se alzaba una terraza artificial de grandes dimensiones (Area Apollinis) presidida por un pórtico de columnas adornado con esculturas de las Danaides. Esta terraza estaba conectada con la casa de Augusto a través de un pasillo cubierto decorado con pinturas murales.
      En el templo de Apolo y en la biblioteca (que completaba el recinto) se reunía con frecuencia el Senado romano como señal de sujeción del Príncipe a las antiguas instituciones republicanas.

Area Apollinis


           Las imágenes de culto en el interior de la cella, de gran valor artístico, la componían una escultura de Apolo de Scopas, una de Diana y otra de Latona (hermana y madre respectivamente del dios). Bajo el podio de la escultura de Apolo fueron depositados por Augusto los Libros Sibilinos (libros proféticos usados para adivinar el futuro). "Cuando por fin asumió a la muerte de Lépido el Pontificado máximo hizo reunir todos los libros proféticos griegos y latinos de autores desconocidos y poco dignos de crédito que se encontraban en circulación, más de dos mil, y los mandó quemar, conservando únicamente los Sibilinos, e incluso éstos después de haber hecho una selección; los guardó en dos cajas doradas bajo el pedestal de Apolo Palatino". (Suetonio. Vida de Augusto. 31).

Apolo Barberini. Posible copia de la escultura de Apolo de Scopas. Munich. Gliptoteca

Desgraciadamente del templo de Apolo sólo se han conservado restos del basamento y de algunos capiteles (de una decoración naturalista muy cuidada). En las excavaciones salieron también a la luz una seríe de paneles de terracota que representan escenas mitológicas en estilo arcaico como Perseo y Atenas con la medusa o la disputa de Hércules y Apolo por el trípode délfico (posiblemente evocadora de la disputa entre el propio Octavio y Marco Antonio, que se consideraba descendiente de Hércules). Con toda probabilidad decorarían el Area Apollinis.

Restos del Templo de Apolo Palatino. Roma 2018

        
      Terracotas del Area Apollinis. Roma. Museo Palatino
Video de Luigi Manfredi

martes, 9 de septiembre de 2014

La Batalla de Nauloco

Batalla de Nauloco

En el año 38 a.C, el Triunvirato disfrutaba de un período de relativa tranquilidad: en Roma, Octavio acababa de contraer matrimonio con la que sería el amor de su vida, Livia Drusila, mientras que Antonio vivía en Atenas los últimos tiempos de felicidad conyugal con Octavia, que lo serenaba y que día tras día limaba las asperezas entre su temperamental marido y su adorado hermano.
Sin embargo, el flamante nuevo matrimonio de Octavio supuso el divorcio de Escribonia, tía de Sexto Pompeyo, lo que precipitó la ruptura con éste. Sexto, hijo de Pompeyo Magno, ocupaba Sicilia desde hacía unos años, dominio que había sido confirmado mediante el Tratado de Miseno firmado en el 39 a.C. La isla proveía de grano a Roma, siendo el último bastión de resistencia republicana. Sexto se convirtió en una fuente constante de conflictos para el Triunvirato, pues cada cierto tiempo sometía a la capital del Imperio a grandes hambrunas cuando cortaba el suministro de trigo.
En el año 38 a.C. Octavio comenzó la guerra contra Sexto pero la campaña fue desastrosa pues tuvo que retirar sus barcos debido al temporal. Entonces, el hijo adoptivo de César pidió ayuda a Lépido (que no acudió a su llamada) y a Antonio, que se dirigió a Brindisi donde se había citado con su cuñado; sin embargo al no encontrarlo volvió a embarcarse de vuelta a Oriente muy enfadado con Octavio.
Éste por su parte, al verse abandonado por sus colegas triunviros, se centró en la construcción de una nueva flota que puso al mando de su gran amigo, Marco Vipsanio Agripa, recién llegado de la Galia, donde había obtenido importantes éxitos militares. Agripa, gran estratega además de genial en el campo de batalla, lo primero que hizo fue construir un amplio puerto interior, el Portus Iulius que conectaba el Lago Averno con el Lucrino y éste a su vez con el mar. El puerto fue usado secretamente para entrenar los barcos en tácticas de guerra naval. Entre otras cosas pudieron experimentar con un nuevo arma inventada por Agripa, el harpax, un arpón que se tiraba desde una catapulta situada en el barco y  que mejoraba el tradicional corvus.

Harpax inventanda por Agripa

Octavio se unió a él, por lo que dejó a Mecenas al cuidado de Roma e Italia, aún cuando éste no ostentaba ningún cargo público. Asimismo pidió de nuevo ayuda a los otros triunviros. Antonio en esta ocasión, y gracias a la mediación de Octavia, le envió 120 barcos a Tarento a cambió de 20.000 soldados de infantería para emplearlos en su guerra parta. Lépido, por su lado, también apoyó a Octavio. Así, los poderes del Triunvirato se renovaron por 5 años más, hasta el 31 de diciembre de 33 a.C.

Mosaico con naves romanas. Foro delle Corporazioni. Ostia Antica. 2013

El 36 a.C., Octavio, Agripa y Lépido lanzaron un tripe ataque contra Pompeyo. Una vez más Octavio estuvo a punto de perder la vida en la Batalla de Taormina, en la que fue derrotado. Agripa en cambio venció a Sexto en la batalla de Mylae, y posteriormente, el 3 de septiembre de ese mismo año en Nauloco, en la que fue la batalla definitiva. Agripa, demostró sus grandes dotes militares venciendo su gran primera batalla naval como único general al mando de los ejércitos de Octavio. Ambas flotas contaban con el mismo número de naves (300), pero Agripa sólo perdió 5 frente a las 28 naves pompeyanas que se hundieron en Nauloco. Sexto Pompeyo huyó a Oriente con 7 naves donde fue derrotado y muerto por hombres de Antonio.
Octavio condecoró a Agripa con una corona rostrata, un fabuloso reconocimiento que se le concedió al gran general por primera vez en la historia y que no volvería a conseguir nadie nunca más. Era una corona de oro decorada con arietes de barco que podría lucir cuando se celebrara un triunfo. Asimismo fue recompensado con el consulado en 37 a.C., una magistratura inaccesible para una persona de baja estirpe como Agripa; se le concedieron además extensas propiedades y la mano de una de las mayores herederas de Roma, Cecilia, la hija de Tito Pomponio ático, célebre amigo de Cicerón.

Corona rostrata

Moneda deAgripa luciendo la corona rostrata

La batalla de Nauloco es de vital importancia por dos motivos: por una parte supuso el fin de la resistencia republicana y por otro la eliminación de Lépido, que tras la batalla quiso apoderarse de Sicilia, pero sus tropas se amotinaron por lo que Octavio lo destituyó y lo desterró a un isla aunque le permitió seguir detentando su título de Pontifex Maximus. Octavio requisó sus tropas y las naves de Sexto Pompeyo. A partir de ese momento el mundo romano sólo conocería dos amos: Octavio en Occidente y Antonio en Oriente.
Al volver a Roma, después de solucionar el licenciamiento de parte de sus tropas, Octavio fue recibido con grandes honores, entre los que destacaba la tribunicia sacrosanctitas, o sea el carácter sacro santo de su persona. A cambio rebajó los impuestos. A su vez el joven añadió a su nombre el praenomen Imperator, pasando a llamarse Imperator Caesar divi filius. A partir de ese momento comenzó a desvincularse de la figura de César. Empezaba a ser alguien por méritos propios.