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lunes, 13 de enero de 2014

Curiosidades de los Idus de marzo

Según las fuentes antiguas fueron múltiples los prodigios que anunciaron la muerte de Julio César. Entre los más famosos  se encuentra la advertencia que le hizo el arúspice Espurina sobre un gran peligro que le amenazaba durante los idus de marzo. Aquél fatídico día al encontrarse el dictador con Espurina camino del Senado le comentó que sus predicciones habían fallado porque habían llegado los idus de marzo y no le había ocurrido nada. Espurina le contestó que aún no había concluido la jornada.
Otro hecho curioso fue el lugar donde se produjo el asesinato: la Curia de Pompeyo. Ese día se había trasladado hasta allí la sesión del Senado al estar en obras su sede en el Foro romano. Esta Curia construida por el gran rival de César se ubicaba junto al teatro del mismo nombre erigido en lo que hoy se conoce como el Área Sacra di Largo di Torre Argentina en pleno centro de la Roma antigua.

Área Sacra di Largo di Torre Argentina. Roma 2013

La puerta de la sala donde se produjo el magnicidio fue mandada tapiar por Augusto con un gran bloque de hormigón siendo considerado lugar nefasto. El descubrimiento de este bloque ha sido determinante para que hace un par de años algunos investigadores determinaran el lugar exacto donde Julio César recibió las veintitrés puñaladas que acabaron con su vida y que, ironía del destino, lo hicieron caer a los pies de la escultura de Pompeyo que presidía la Curia.

Lugar exacto donde fue asesinado Julio César. Roma 2013

Una caída llena de infinita dignidad pues César  en sus últimos instantes, viendo que no saldría con vida de allí, se envolvió la cabeza con la toga y con la otra mano se cubrió las piernas para que sus asesinos no tuvieran opción de mofarse de su cuerpo desnudo. Mantuvo su dignitas intacta hasta el final demostrando una vez más su carisma único.


La muerte de César. Kar Theodor von Piloty.1865
Por su parte, casi todos sus asesinos murieron en los tres años sucesivos y casi ninguno lo hizo de muerte natural. Un gran número de ellos perecieron durante las guerras civiles que se desencadenaron tras la muerte del dictador, otros murieron en naufragio y otros se quitaron la vida con el mismo puñal con el que habían perpetrado el crimen.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Los Idus de marzo

Cayo Julio César. Roma 2011

 No concibo empezar ningún relato sobre Augusto sin hablar del día que cambió no sólo su vida, sino el devenir de la historia romana y, probablemente, con ella el de toda la humanidad, el 15 de marzo del año 44 a.C.
Ese día, las 23 puñaladas que acabaron con la vida de Cayo Julio César, una de las mentes más brillantes de la Historia, al mismo tiempo aniquilaron definitivamente aquello que los que se llamaron asimismo “libertadores” pretendían salvar, la República romana. Y el mundo cambió para siempre.
Mucho se ha debatido sobre las causas que motivaron la conspiración que culminó con la muerte de César: sociales (temor al final de la República y con ello a los privilegios de la nobleza), patrióticas (miedo a que se coronara rey y trasladara la capital del imperio lejos de Roma), políticas (acabar con la tiranía que suponía la acumulación de poderes en la persona de César, nombrado Dictador vitalicio de Roma), etc…en resumen, motivos de interés general. Pero interés general, ¿para quién?. El pueblo y las legiones adoraban a César. De su muerte sólo se beneficiaba parte del patriciado, enrabietados porque César les había masacrado en el campo de batalla lo que a ellos les supuso una merma en sus privilegios; mortificados porque debían su vida y su bienestar a la clemencia de César. De ahí que a estos, se unieran otros motivos, no tan heroicos, tales como la envidia, la sensación de sentirse pequeños ante un hombre con un magnetismo y carisma capaz de arrastrar a sus legiones a cualquier objetivo que él marcara, de seducir a la mayoría de mujeres romanas de más alta alcurnia, incluidas las esposas de sus enemigos e incluso enamorar con 52 años a una adolescente reina Cleopatra de tan sólo 21; un hombre con una voluntad y determinación de hierro, de la que ellos mismos carecían como demostraron después de perpetrar el magnicidio, pues al ver a César ensangrentado y desecho huyeron aterrorizados a esconderse, no siendo capaces ni siquiera de cumplir su plan original, en el que se incluía arrojar el cuerpo de César al Tíber, como solía hacerse con los peores criminales.
Y ese fue su gran error…pues cuando el pueblo constató la realidad, ya no hubo marcha atrás para ellos. Marco Antonio, cuyo conocimiento del complot para asesinar a su general, primo segundo y amigo, aún suscita dudas, aprovechó la situación y demostrando una gran inteligencia supo beneficiarse de la situación, y  pronunció en el funeral de César en el Foro Romano, el discurso de su vida, versionado por William Shakespeare en su obra Julio César cuyo momento culminante fue aquel en el que arrojó la toga ensangrentada de César a un populacho que hasta ese momento había permanecido incrédulo y silencioso y que enloqueció con ese gesto. La multitud improvisó una gran hoguera con todo lo que cogían a su paso y quemaron el cuerpo del líder en uno de los lugares más sagrados de la ciudad eterna: en el centro del Foro Romano. Desde ese momento los asesinos fueron acusados de traición y escaparon de Roma en dirección a Oriente para nunca más volver a la ciudad que habían pretendido salvar y que desde aquel instante los cubrió con el velo negro de la indiferencia.
Para ellos el olvido… y para César un pasaje directo a la inmortalidad. A los 3 años de su muerte fue deificado, por voluntad del Senado y el pueblo, y en el mismo lugar donde fue quemado, se erigió un altar y un templo, el templo del divino Julio, que estuvo al culto hasta la caída del Imperio romano de occidente en el siglo V d.C. y que aún hoy puede contemplarse siempre cubierto de flores, ofrendas eternas del pueblo romano que tanto lo amó.                       

Altar de César en el Foro Romano. 29 a.C. Roma 2013