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domingo, 22 de mayo de 2016

Preparando el último viaje


Augusto togado. Cabeza del siglo I a.C. Madrid. Museo Nacional del Prado


         Durante su larga vida, Augusto sintió el aliento de Tanatos sobre él en más de una ocasión. Los acontecimientos derivados de la inmensa responsabilidad que recayó sobre sus hombros, apenas adolescentes, tras el asesinato de Julio César y su precaria salud estuvieron a punto de causarle la muerte en más de una ocasión. Sin embargo, las Parcas habían trazado para el frágil muchacho de Velletri un destino diferente: perpetuar la eternidad de Roma poniendo al mismo tiempo los cimientos de Europa.
No obstante, una vez pasados los 70 años, el primer emperador romano sabía que le quedaba poco tiempo. Por ello, meticuloso y práctico como había sido toda su vida, sin dramatizar, no quiso dejar ningún cabo suelto antes de su partida. De ahí que preparara algunos documentos de su puño y letra dando instrucciones incluso para su funeral.
Uno de éstos era un breviarium imperii, donde recogía importantes asuntos de Estado, como las legiones distribuidas en los distintos lugares del Imperio, las reservas del erario público o los datos de la cuenta para gasto personal. Incluso señalaba los nombres de los esclavos-secretarios o libertos que podían ayudar en caso necesario.
Igualmente, Augusto revisó en estos años finales de su vida su propio testamento, un dossier complejo de varios tomos que custodiaban como era la tradición las Vírgenes Vestales.


Casa de las Vestales. Roma 2013

Escribió también un documento dirigido a Tiberio y al Pueblo Romano en el que les aconsejaba que mantuviesen las fronteras del Imperio que él había consolidado. Esta indicación, compartida por la mayoría de los emperadores (salvo excepciones como Trajano) se manifestó algo contradictoria porque si bien como el propio Augusto refirió en más de una ocasión, es más difícil gobernar que conquistar, la caída del Imperio romano de Occidente se produjo por la invasión de los pueblos germanos no romanizados.
Con la finalidad de perpetuar su obra terminó de rubricar sus Res Gestae Divi Augusti (llamadas así de manera póstuma por orden de Tiberio) indicando que fueran grabadas en dos columnas de bronce a la entrada de su Mausoleo, mandado construir cuando sólo contaba con 30 años. Dispuso también que varias copias, algunas en griego, fueran enviadas a varios puntos del Imperio. Las Res Gestae son unas memorias, en las que sin mentir, omite los hechos más polémicos de su vida y demuestran una vez más la genialidad de Augusto como político y su capacidad para difundir su imagen a las masas.



Texto original de las Res Gestae Divi Augusti hallado en Ankara

Para facilitar la transición de un gobierno a otro, el emperador reforzó en el año 13, la Comisión permanente que se encargaba de agilizar los asuntos del Senado. Los cónsules siguieron siendo miembros de la misma, mientras que el resto de miembros fueron reemplazados por los cónsules designados para años venideros, además de Tiberio, su hijo Druso y Germánico.
Acabadas todas estas gestiones poco más se sabe de los últimos meses del emperador; se tiene constancia de su participación en algunos actos oficiales, como la purificación del Pueblo Romano (acaecida en el año 14) que tuvo lugar en el Campo de Marte. Hay quien apunta que también realizó una visita a su nieto Agripa Póstumo arrepentido de haberlo desterrado y reconsiderando la posición de aquel en la sucesión. Toda esta historia alimentada por Tácito parece muy improbable pues nada indican el resto de fuentes al respecto; a ello se une la cláusula estipulada en su testamento ordenando que ni su nieto ni las dos Julia fueran enterrados en su Mausoleo.

domingo, 8 de mayo de 2016

El ocaso de un emperador


Cabeza de Augusto encontrada en Lora de Río. Siglo I a.C. Sevilla. Museo Arqueológico

Los últimos años de vida de Augusto fueron complicados. A la difícil situación en Germania se unieron en el año 12 d.C. una serie de inundaciones que afectaron a las principales fiestas mermando los ánimos de un pueblo romano, que vivía con temor la incertidumbre de un mundo sin el hombre que había regido su destino durante más de 40 años y que había traído la paz y prosperidad al acabar con las guerras civiles.
Esta sensación se agravó cuando al Príncipe empezaron a notársele seriamente los signos de una edad tan avanzada para la época (74 años). Así, Germánico leyó un discurso en el Senado en el que Augusto pedía a los senadores que no volvieran a saludarlo y despedirlo formalmente en sus apariciones públicas por el Foro. También pedía que fueran a visitarlo con menos frecuencia y solicitaba su perdón por no ser capaz ya de cenar en sus casas tan a menudo como antes. Augusto para aliviar su carga de trabajo empezó a realizar las tareas desde su casa, recibiendo a asambleas algunas veces reclinado en un sofá. Para facilitar su toma de decisiones modificó el consilium princeps; a partir de ahora este órgano, que servía de interlocutor entre el Senado y el emperador, en vez de estar formado por senadores elegidos por sorteo cada seis meses lo compondrían hombres nombrados por Augusto de forma permanente. Al mismo tiempo delegó más competencias en Tiberio y sus descendientes.

Augusto (Peter O’Toole) trabaja desde su diván. Fotograma de la miniserie Augusto, el primer emperador, 2004.

Esto tuvo algunas consecuencias negativas, pues por primera vez tras los desastres naturales antes mencionados se quemaron folletos llamando a la sedición y se castigó a sus autores. Al mismo tiempo, un conocido abogado, Casio Severo fue desterrado a Creta a causa de sus escritos republicanos. En este tipo de represalias se adivina seriamente la influencia de Tiberio pues Augusto nunca había prestado atención  a las críticas. “No te indignes desmasiado si alguien habla mal de mí. Basta con que logremos que nadie pueda perjudicarnos” (Suetonio. Vida de Augusto. 51,3) dijo en una ocasión a su hijastro. El Principado de Augusto se había caracterizado por la aceptación de la libertad de expresión, derecho que desaparecería durante el gobierno de Tiberio, en el que los procesos por lesa majestad estarían a la orden del día. Todo esto aumentaba la zozobra del pueblo y el miedo a lo que vendría después de Augusto.
          No obstante, el Príncipe siguió controlando una gran cantidad de trabajo y tomando decisiones importantes. Por ejemplo el impuesto del 5% sobre las herencias para mantener el Tesoro militar se había manifestado como muy impopular por lo que el Senado declaró que aceptaría cualquier impuesto menos ese. Dando una vez más muestra de su gran astucia, Augusto pidió a los senadores que presentaran propuestas válidas para financiar de manera estable el mantenimiento de las legiones. Después de estudiar varios proyectos nada prácticos decidió proponer uno sobre la propiedad, a sabiendas que éste resultaría aún más alarmante. Al final los senadores aceptaron de buen grado el antiguo impuesto. Augusto no había perdido facultades a la hora de imponer su voluntad aparentando que eran los demás quienes tomaban una decisión.