domingo, 27 de mayo de 2018

Sólo Roma


Vista de Roma desde el Aventino. Roma 2018

He vuelto. Tras cuatro largos años de espera, no exentos de dificultades, el pasado 16 de mayo aterricé por fin en Fiumicino. Y mi corazón volvió a palpitar con esa intensidad que sólo se alcanza cuando se está cerca de lo que uno más ama.
Atrás quedaban los problemas cotidianos de las últimas semanas, las prisas, el desasosiego de jornadas en que las horas se suceden sin piedad, ahogando el tiempo que deberíamos dedicar a las cosas verdaderamente importantes. Por delante me esperaban cinco días para seguir de la mano de Augusto la estela de una Roma perdida que está más viva que nunca. Y durante ese breve pero intenso período, ella y sólo ella, ocuparía la totalidad de mis pensamientos y mis actos.
Mi primera visita, como no podía ser de otra forma fue a los Museos Vaticanos, a rendir pleitesía a mi divino Augusto Imperator que, eternamente inmortal, me esperaba en un remodelado Braccio Nuovo, con el nuevo color de sus paredes, lo que proporciona a su imagen una mayor belleza y majestuosidad. Después de unos instantes con él, sala tras sala, fui encontrándome con las huellas del pasado imperial y con las insuperables obras pictóricas de Pinturicchio (Salas de los Borgia), Rafael y Miguel Ángel. Una vez más pude sentir cuan pequeño parece el hombre ante la inmensidad capturada entre las paredes de la Capilla Sixtina.


Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Museos Vaticano. Roma 2018

Augusto de Prima Porta. Siglo I d.C. Museos Vaticano. Roma 2018

El día siguiente me reservaba la visita más anhelada de todo el viaje: por primera vez pude acceder en el Palatino a las estancias privadas de la Casa de Augusto y a la Casa de Livia, cuya restauración fue un regalo de Roma a su emperador más amado en el año 2014, en el que se conmemoró los 2000 años de su muerte. Yo ya había estado en anteriores ocasiones en la zona destinada a la representación oficial en la Casa de Augusto (abiertas al público desde el 2007), pero el resto casi nunca se había mostrado. Los momentos que pasé en su interior, de una forma casi privada, fue un auténtico gozo para los sentidos, no sólo por el exquisito gusto pictórico del creador del Imperio romano y de su esposa, sino por la manera en que está orientada la visita, acompañada de material audiovisual que permite la reconstrucción de algunas de las estancias sugiriéndonos una idea bastante aproximada de cómo eran hace 2000 años. Sencillamente maravillosa la experiencia, a lo que se suma la emoción de estar pisando el mismo suelo y estar envuelta por el mismo ambiente que ellos pisaron. Igualmente volví al Criptopórtico de Nerón, donde una vez más sentí escalofríos bajo esos muros, testigos mudos del asesinato de Calígula.


Casa de Augusto. Siglo I d.C. Roma 2018

Casa de Augusto. Siglo I d.C. Roma 2018

Casa de Augusto en reconstrucción multimedia. Siglo I d.C. Roma 2018

Casa de Livia. Siglo I d.C. Roma 2018

Casa de Livia. Siglo I d.C. Roma 2018

Casa de Livia. Siglo I d.C. Roma 2018

Criptopórtivo de Nerón. Siglo I d.C. Roma 2018

       El resto de mi visita por el Foro Romano fue apoteósica pues pude pasear por nuevos recorridos, nunca visitables hasta ahora: el área del Templo de Venus y Roma (que permitía las vistas más hermosas del Coliseo que he visto jamás), la Fuente de Juturna, el Lacus Curtius, el Foro de la Paz… Mi recorrido por la Roma que más amo culminó, como no podía ser de otra forma en el Anfiteatro Flavio, cuyo exterior restaurado me dejó sin aliento. Imponente, como siempre, es imposible no buscarlo cada vez que se alza la mirada desde cualquier rincón del Foro Romano. Aunque me fue imposible subir al anillo V, la grandiosidad y desnudez de su interior me sobrecogió una vez más.


Fuente de Juturna. Roma 2018

Atrio de la Casa de las Vestales. Roma 2018

Relieve junto al Lacus Curtius. Roma 2018

Coliseo. Roma 2018

Coliseo. Roma 2018

Emoción sólo igualada al volver a contemplar el Panteón, el milagro más grande de la arquitectura, que los ángeles preservaron para regalar a la multitud de personas que flanquean el dintel de su entrada cada día la ilusión de acercarnos al cielo cuando se eleva la mirada, o la mágica armonía que emana de las paredes del Ara Pacis, el altar que el Senado regaló a mi emperador en el año 9 a.C. a su vuelta de la Galia e Hispania. A pocos metros de allí, tuve que hacer una parada obligada en el Mausoleo cuyas obras siguen avanzando. Me conmovió ver los andamios y el presentimiento de que queda un día menos para que toda la obra del divino Augusto esté a salvo.


Panteón de Agripa. Siglo II d.C. Roma 2018

Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2018

Ara Pacis Augustae. 13-9 a.C. Roma 2018

Poco a poco la Roma Imperial me fue mostrando cada uno de sus rincones: el Foro Boario, los templos republicanos del área sacra de Largo Argentina, los Foros imperiales, el Castel Sant’Angelo, el Circo Massimo, los restos del Horologium Augusti… En esta ocasión, pude acceder también a un lugar muy especial en el que no había estado nunca por su dificultad de acceso: la Domus Aurea. El gran palacio de Nerón puede visitarse únicamente los fines de semanas en pequeños grupos guiados cuya recaudación va íntegramente destinada a los trabajos de conservación de la casa, amenazada de grandes peligros, el más preocupante de éstos la humedad. Por ello, la primera medida prevista es la  construcción de un jardín sobre la misma (la Domus Aurea se encuentra bajo el nivel del suelo) que absorba el exceso de agua y así evitar que no alcance las maravillosas pinturas que tanta influencia tuvieron durante el Renacimiento. Recorriendo sus inmensas salas fuí consciente de como el hogar de cada uno es el reflejo supremo de la personalidad de sus moradores. Lo que en Augusto es todo modestia y contención, en Nerón es grandiosidad y exuberancia: los altos techos, los grandes salas (entre las que destaca la sala octogonal que inspirará la cúpula del Panteón),  la escenografía a base de cascadas, juego de luces y efectos especiales con los que Nerón deleitaba a sus invitados contrastan notablemente con la simplicidad del hogar del primer emperador romano. Igualmente una proyección multimedia nos mostraba como era el Palacio en época de Nerón de tal manera que parecía que viajábamos en un túnel del tiempo hasta el siglo I de nuestra era.


Domus Aurea. Siglo I d.C. Roma 2018

Domus Aurea. Siglo I d.C. Roma 2018

Domus Aurea. Único resto del pavimento original. Siglo I d.C. Roma 2018

Domus Aurea. Sala octogonal. Siglo I d.C. Roma 2018


      Faltaba una última cita con la Roma Antigua: el museo de las Termas, donde pude deleitarme una vez mes ante la sublime visión del Augusto Pontifex Maximus y con los frescos de la Villa de Livia en Prima Porta en la intimidad que propicia este museo, mucho menos masificado que el resto de museos romano.


Augusto Pontifex Maximus. Siglo I d.C. Museo de las Termas. Roma 2018

Pinturas de la Villa de Livia en Prima Porta. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018

Pinturas de la Casa de la Farnesina. Siglo I a.C. Museo de las Termas. Roma 2018


           A pesar de que la presencia de Augusto es constante en cada rincón de la ciudad que tanto amó (incluso en las proyecciones nocturnas en su Foro que llena los vestigios del templo de Marte Vengador con su imagen) también hubo tiempo para perderme en la Roma de Bernini, en la Roma Cristiana, en la Roma de las fuentes y plazas más bellas del mundo, en la Roma de los parques y jardines, en la Roma bulliciosa del Trastevere.
Así, una visita obligada fue a la Galería Borghese donde se custodian las obras mitológicas de mi escultor favorito: Gian Lorenzo Bernini. Para mí el artista napolitano es el único que puede disputarle a Miguel Ángel el puesto de ser el más grande. Aunque siento devoción por Buonarotti, mi balanza se inclina un poco más hacía Bernini, hacia la vitalidad y inflamación de los sentidos que emanan de sus imágenes, hacia la morbidez de un mármol cincelado con tal perfección que puede llegar a confundirse con carne palpitante, hacia el éxtasis de sus figuras religiosas que encierran en realidad una exaltación de la vida y sus placeres. Como dice Javier Reverte “Roma no ha dejado de amar al sensual, transgresor y mundano Bernini, el más italiano de todos los artistas de Italia” (Un Otoño romano).


Apolo y Dafne. Gian Lorenzo Bernini. 1622-25. Galeria Borghese. Roma 2018


Plutón y Proserpina. Gian Lorenzo Bernini. 1621-22. Galeria Borghese. Roma 2018


Paolina Bonaparte. Antonio Canova.1805-8. Galeria Borghese. Roma 2018

Con Bernini me despedí de Roma, aunque cierto es que no caben despedidas de lo que vive dentro de ti.



Desde aquí mi más sincero agradecimiento a las personas que con su trabajo y dedicación hacen posible la conservación de las joyas arqueológicas y artísticas de la ciudad con más patrimonio histórico del mundo. Con vuestra inconmensurable labor habéis conseguido que Roma no sólo siga siendo la Ciudad Eterna sino que sea la urbe de la antigüedad que mejor ha envejecido.

martes, 15 de mayo de 2018

Los matrimonios de Claudio

Al igual que con otras facetas de su vida privada, Claudio tampoco fue muy afortunado en el amor. Según Suetonio “sentía una gran pasión por las mujeres, y no tuvo ninguna relación homosexual” (Vida de Claudio, 33, 2). Esto fue usado a veces en su contra pues los historiadores antiguos lo acusan en muchas ocasiones de estar sometido a sus esposas.

Claudio. Siglo I d.C. París, Museo del Louvre
Fuente: De Desconocido - Jastrow (2006), Dominio público, 

Antes de su primer matrimonio estuvo prometido dos veces: una con su prima Emilia Lépida (que no llegó a realizarse por cuestiones políticas) y con Livia Medulina (que murió de manera súbita el mismo día de la boda). Después de esto estuvo casado en cuatro ocasiones.
Su primera esposa fue Plaucia Urgulanila, familiar de una amiga íntima y confidente de su abuela Livia. De esta unión nació Claudio Druso (que murió siendo aún niño). Claudio se divorció de Urgunalia por adulterio y porque se sospechaba que había cometido un asesinato. Tras el divorcio, Urgulanila tuvo una hija, a la que Claudio repudió por considerarla hija de uno de sus libertos.
Poco después, Claudio se casó con Elia Petina (alrededor del año 28) hermana de Sejano, quien ansioso de fortalecer lazos con la familia imperial fue el máximo promotor de esta unión. A la caída del prefecto del pretorio, Claudio se divorció de Elia, con quien tuvo a su  hija Antonia.
Su tercer matrimonio fue aún más infortunado, su nueva esposa era una muchachita de 15 años, descendiente también de Augusto a través de Antonia la mayor (primera hija de su hermana Octavia con Marco Antonio): Valeria Mesalina, de excepcional belleza y cegada por la ambición. Mesalina estaba muy ligada al círculo de Calígula. Aceptó casarse con Claudio, pues su familia estaba arruinada y no gozaba de prestigio político. Lo sedujo con promesas de amor, que cautivaron a un escéptico Claudio, tras dos matrimonios fallidos. “Cuando un cincuentón  no muy inteligente y no muy atrayente se enamora de una muy atrayente y muy inteligente muchacha de quince años, por lo general tiene muy malas perspectivas” (Robert Graves, Yo Claudio, XXXII).

Mesalina y Británico. Siglo I d.C, París, Museo del Louvre
Fuente: De Desconocido - Ricardo André Frantz (User:Tetraktys), 2005, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2306515

Al poco tiempo dio dos hijos al emperador: Claudia Octavia (en el año 39-40) y el posteriormente conocido como Británico (en el año 41). Manipuladora y depravada, Mesalina usó el poder que tenía sin ningún tipo de escrúpulos para lograr sus fines, siendo atraer a su lecho a hombres de cualquier estrato social su primera prioridad. Las fuentes antiguas afirman que Mesalina era ninfómana. Relatan incluso que estando Claudio en Britania, organizó un concurso en Palacio para constatar que mujer era capaz de tener relaciones con más hombres. El gremio de prostitutas envió a su más reputada meretriz, Escilas, que perdió ante la lascivia de la emperatriz que superó la cifra de 25 hombres antes del amanecer. Claudio era ajeno a todo, hasta que la pasión de Mesalina por el cónsul Cayo Silio, precipitó la caída de la emperatriz. Ambos tramaron derrocar a Claudio y usurpar el trono imperial. Claudio fue informado por sus libertos y Mesalina fue mandada ejecutar.
Tras otra amarga desilusión, Claudio “afirmó ante la asamblea de los pretorianos que era su propósito permanecer célibe, puesto que los matrimonios le salían mal, y que si no lo cumplía, estaba dispuesto a aceptar la muerte de sus propios manos” (Suetonio. Vida de Claudio, 26, 2). Sin embargo, al poco tiempo estaba pensando en nuevos enlaces. Sobre la mesa había varias candidatas: su segunda esposa, Elia Petina, Lolia Paulina (que fuera esposa de Calígula) y la que a finalmente se convertiría en emperatriz, Agripina la menor, hija de su hermano Germánico y hermana de Calígula. Ésta “aprovechando su derecho a besarlo y las múltiples ocasiones que tenía de mostrarse tierna con él, le hizo enamorarse de ella a base de caricias” (Suetonio. Vida de Claudio, 26, 3). El Senado hubo de decretar que se permitiera este  matrimonio entre tío y sobrina, prohibido hasta entonces por considerarse incestuoso. Quizás también influyera en Claudio el hecho de querer reforzar su siempre débil posición con un miembro de la familia Julia, bisnieta de Augusto y madre del único descendiente varón del divinizado emperador, el entonces conocido como Lucio Domicio (futuro emperador Nerón). Agripina fue consiguiendo de Claudio todo lo que deseaba: casó a Nerón con su hija Octavia y logró que Claudio adoptase a Lucio Domicio, en detrimento de Británico.

Camafeo conmemorativo de la boda entre Claudio y Agripina la menor con Germánico y Agripina la mayor Siglo I d.C. Viena. Kunsthistorisches Museum.
Fuentehttp://www.romeandart.eu/es/arte-emperador-claudio.html

Los últimos meses de vida de Claudio, la relación de éste con Agripina se fue deteriorando, por lo que el emperador empezó a replantearse su elección de heredero. Esto convierte a Agripina en la máxima sospechosa del envenenamiento de Claudio a través de un plato de setas, como afirman por unanimidad los historiadores antiguos. De ser así, su última esposa fue la peor de todas pues le costó la vida.

Nerón joven. Siglo I d.C. Museo del Palazzo Massimo alle Terme. Roma 2018. 
Fotografia propiedad de Francisco Javier Díaz Benito

martes, 8 de mayo de 2018

La divinización de Livia


Livia como Ceres. siglo I d.C. París. Museo del Louvre

Una de las primeras medidas que adoptó Claudio fue la divinización de su abuela Livia en el año 42. A pesar de haber sido la mujer más poderosa de su tiempo, y de los honores y privilegios con los que Augusto la cubrió en vida, Livia no había ascendido a los altares tras su muerte. De hecho no es algo extraño, pues las mujeres tenían un papel secundario en la sociedad romana, y ni la excepcionalidad de Livia pudo cambiar eso. Y mucho menos siendo emperador su hijo Tiberio cuando murió, que se oponía a que las mujeres recibieran excesivas distinciones; a ello se une la enemistad entre ambos los últimos años de la vida de la emperatriz. Así, y todo, su bisnieta Drusila había sido nombrada diosa, tras su prematura muerte, por orden de su hermano Calígula, sin haber hecho nada reseñable, sólo motivado por la adoración que el emperador sentía por la joven.
¿Qué se oculta entonces tras el deseo de Claudio de honrar a su abuela con la más alta distinción? Hay que recordar que Livia lo había despreciado durante toda vida según se extrae de la lectura de las fuentes clásicas. Según mi opinión, tal decisión no fue motivada por amor de nieto sino fundamentalmente por dos presupuestos: por un lado, consagrando a esta mujer única, santificaba a la propia gens Claudia de la que él mismo era pater familiae; en segundo lugar, legitimaba su posición insegura en el trono, pues a pesar de ser sobrino nieto de Augusto, Claudio no había sido adoptado por la familia divina Julia. Con la deificación de su abuela, él mismo podía erigirse como descendiente de dioses.
A partir de ese momento, Livia fue honrada en los juegos públicos con un carro tirado por elefantes que portaba su imagen, le fue dedicada también una estatua en el templo de Augusto y las mujeres estaban obligadas a nombrarla en sus juramentos. Nada que la más grande emperatriz romana no mereciera.
Robert Graves, en su insigne Yo, Claudio, da una versión diferente, de la que quiero dejar algunos fragmentos entrañables, pues a pesar de la deformación que Graves provocó en el personaje de Livia, la convirtió junto con el protagonista, en el personaje más interesante de la ficción. Nos relata el propio Claudio.


Una Livia muy anciana (Sian Philips) se despide de su nieto Claudio (Derek Jacobi) en un fotograma de la serie Yo, Claudio, 1976

“Y así llego a la narración de mi cena con Livia. Me recibió muy graciosamente […].
- Bien, admito que tu presencia a la mesa sigue causándome cierto….Pero no importa. Si he roto una de mis reglas más antiguas, es cosa mía, no tuya. ¿Me odias, Claudio?. Sé franco
- Probablemente tanto como tú me odias a mí, abuela. […].
Trásilo (el astrólogo de Tiberio) me dijo que si bien moriría como una anciana desilusionada, sería reconocida como diosa muchos años después de mi muerte
- ¿Cuándo tienes que morir?
- Dentro de tres años, en primavera. Hasta sé el día.
- ¿Pero tienes tanta ansiedad para llegar a ser una diosa?. Mi tío Tiberio no está tan ansioso-
-Sólo pienso en eso, ahora que ha terminado mi tarea, ¿y por qué no? Si Augusto es un dios, es absurdo que yo no sea más que su sacerdotisa. Yo hice todo el trabajo, ¿no es así? […].
-Sí, abuela, ¿pero no te basta con saber todo lo que has hecho, sin necesidad de ser adorada por una chusma ignorante?.
-Claudio, déjame que te explique. Estoy de acuerdo en eso de la chusma ignorante. No pienso tanto en mi fama en la tierra como en el lugar que ocuparé en el más allá. He hecho muchas cosas impías…ningún gran gobernante puede dejar de hacerlas. He puesto el bien del Imperio por encima de todas las demás consideraciones […]. Es evidente que la recompensa adecuada es la de ser deificado ¿crees que las almas de los criminales son eternamente atormentadas?
-Siempre se me ha enseñado a creer que lo son.
-¿Pero los Dioses Inmortales están libres de todo temor de castigo, por muchos crímenes que hayan cometido?.
-Bueno, Júpiter depuso a su padre y mató a uno de sus nietos y se casó incestuosamente con su hermana…ninguno de ellos tiene una buena reputación moral. Y por supuesto los Jueces de los Mortales no tienen jurisdicción sobre ellos.
-Exactamente. Ya ves lo importante que es para mí llega a ser una diosa. Y ésa, es la razón de que tolere a Calígula. Ha jurado que, si mantengo su secreto, me convertirá en diosa en cuanto sea emperador. Y quiero que tú jures que harás lo posible para que yo llegue a ser diosa lo antes que puedas, porque oh, ¿no te das cuenta? hasta que él me haga diosa estaré en el Averno, sufriendo las torturas más espantosas, los tormentos más exquisitos e ineluctables.
El repentino cambio de su voz, de la fría arrogancia imperial a la aterrorizada súplica, me asombró más de lo que hubiera escuchado hasta ese momento. Tenía que decir algo, de modo que dije:
-No entiendo qué influencia podría llegar a tener alguna vez el pobre tío Claudio sobre el emperador o sobre el Senado.
-¡Lo que entiendas o no entiendas no tiene importancia, idiota! ¿quieres jurar que harás lo que te pido? ¿quieres jurar por tu propia cabeza?
-Abuela –respondí- juraré por mi cabeza (por lo que pueda valer ahora), con una condición.
-¿Te atreves a imponerme condiciones a mí?
- Sí, después de la vigésima copa. Y es una condición muy sencilla. Después de 36 años de mostrarme aversión y de no prestarme atención alguna, no querrás que haga algo por ti sin presentarte condiciones ¿verdad?
Sonrió
-¿Y cuál es esa sencilla condición?
-Hay muchas cosas que me gustaría saber. Quiero saber en primer lugar, quien mató a mi padre, y quien mató a Agripa, y quien mató a Germánico, y quien mató a Drusilo…
-¿Por qué quieres saber todo eso?¿por alguna imbécil esperanza de vengar en mí esas muertes?
-No, ni siquiera aunque la asesina fueras tú. Nunca me tomo venganza, a menos que me vea obligado a hacerlo por un juramento, o para protegerme. Creo que la maldad lleva su propio castigo. Lo único que deseo es saber la verdad. Soy un historiador profesional y lo único que realmente me interesa es describir cómo suceden  las cosas y por qué”.

Robert Graves. Yo, Claudio. XXV

domingo, 29 de abril de 2018

Modelo político e innovaciones del Principado de Claudio

La mayoría de historiadores coinciden en que Claudio se inspiró en el modelo político de Augusto para desarrollar su labor de máxima autoridad del mundo romano, aunque salpicado por algunos matices del de Julio César. Pero es sobre todo el patrón augusteo el que se evidencia en muchas de sus intervenciones políticas.


Augusto Pontifex Maximus. Siglo I d.C, Museo de las Termas. Roma 2011

En primer lugar, frente a las tendencias orientales manifestadas por Calígula, él volvió sus ojos hacia Occidente. Al igual que el primer emperador protegió las tradiciones religiosas romanas y no admitió que se le tributaran en vida honores divinos. Su política militar, su labor municipalizadora y su política exterior también están claramente basadas en las de Augusto. No obstante, en esta última faceta, al retomar el anhelo de Julio César de conquistar Britania se apartó ligeramente de la idea de su tío abuelo de no expandir más las fronteras del Imperio
A pesar de esta influencia inició una serie de proyectos de mejora dentro de la administración del imperio.
Claudio heredó unas finanzas públicas muy mermadas como consecuencia de los derroches de Calígula y de la gestión administrativa de los senadores. Para mejorar la administración financiera la dotó de personal especializado, reemplazando al Senado (que había controlado al Tesoro Público) por cuestores que fueran responsables del mismo. Claudio incluso llegó a servirse del ejército para mejorar los ingresos haciendo a las legiones trabajar duro en la extracción de minas y en la construcción de infraestructuras.


El Templo de Saturno, erario de Roma. 42 a.C. Roma 2011

Del mismo modo, el nuevo emperador reorganizó los servicios centrales de la administración, ampliando el número de secciones con funciones específicas. Así a la oficina central ad epistulis, (encargada de la correspondencia oficial y dirigida por el liberto Narciso), se le añadieron otras: a libellis (regentada por Calixto y encargada de atender peticiones), a studiis (responsable de proyectos administrativos), a cognitionibus (oficina que preparaba los documentos sobre procesos judiciales en los que intervenía el emperador, a rationibus (oficina central de finanzas bajo la dirección de Palas). De ésta dependían otras ubicadas en cada capital de provincia imperial, las que a la vez controlaban la actividad de otras sedes menores encargadas del cobro de impuestos indirectos. Al igual que en épocas anteriores había poca distinción entre el Erario público y la fortuna personal del emperador.
En esto se pone de manifiesto el gran poder que Claudio depositó en sus libertos imperiales. Sin ser el primer emperador que usó libertos para ayudarle en sus tareas, sí que incrementó su influencia, debido en parte a la gran desconfianza que sentía hacia el Senado, una institución que le era muy hostil. La gran centralización de funciones a las que se vio abocado derivó en el nombramiento de más libertos, al mismo tiempo que pretendía rebajar el gran poder acumulado por Calixto (el liberto de Calígula). Así, Narciso se convirtió en su secretario personal, Palas en secretario a cargo de la tesorería, Calixto fue nombrado secretario de justicia mientras que Polibio se encargaba de asuntos varios. No obstante, en contra de muchas fuentes antiguas (que convierten en muchas ocasiones a Claudio en un títere a manos de los antiguos esclavos) hay evidencias de que el emperador mantuvo el control en todo momento pues, cuando alguno cambió, la política siguió siendo la misma.


Claudio. Siglo I d.C, Roma. Museos Vaticano

En cuanto a la justicia, Claudio siguiendo el ejemplo de Augusto intervino activamente en su administración. Dos características propias de esta época son en primer lugar que el emperador actuaba de juez en procesos extraordinarios; en segundo lugar, consiguió otorgar capacidad jurídica a los procuradores para resolver pleitos menores relacionados en la esfera de su competencia. Ambas medidas limitaban los campos de actuación de los senadores pero consintieron una administración de justicia más ágil y menos corrupta.
Por otro lado, fue más generoso que Augusto a la hora de conceder la ciudadanía romana a gentes de provincias pues entendió que el Imperio no podía continuar marcando una acusada diferencia entre Italia y el resto de las provincias cuando éstas soportaban las cargas fiscales y militares en mayor medida que Italia. Según recoge Tácito en los Anales, en el año 28 a.C. con Augusto el censo de ciudadanos romanos adultos estaba en 4.063.000 mientras con Claudio en el años 47, d.C. los ciudadanos romanos ascendían a 5.987.072. No obstante, Claudio castigó la asunción ilegal de ciudadanía con dureza.


Inscripción con la concesión de la ciudadanía romana otorgada por Claudio a los habitantes de Volubilis (actual Marruecos)
Fuente: De Dorieo - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=38579583

Los edictos en época de Claudio son abundantes y de muy variada índole. Por ejemplo, en el campo de la medicina hay uno que aconsejaba el uso de tejo europeo (a pesar de su gran toxicidad) contra la mordedura de serpiente. Otro muy famoso es aquel que fomentaba la expulsión de flatulencias en público para mejorar la salud. Uno de sus edictos más famosos hace referencia a los esclavos enfermos, que eran abandonados en el Templo de Asclepio por sus amos para que muriesen. Si alguno sobrevivía los amos lo reclamaba. Claudio estipuló que los que se recuperasen serían libres. Además, si algún dueño decidía optar por matar al esclavo enfermo, sería acusado de asesinato.
Claudio también fue un gran promotor de obras públicas destacando en su Principado la construcción del Puerto de Ostia que debía evitar las frecuentes inundaciones y acabar con la escasez de grano.

domingo, 22 de abril de 2018

Aeterna Roma (21 de abril, 753 a.C-2018)

Cuenta la leyenda que Ascanio (Iulo), hijo del héroe troyano Eneas (concebido por Anquises y la diosa Venus) fundó Alba Longa sobre la orilla derecha del río Tíber. Descendientes suyos fueron el rey Numitor y su hermano Apulio. Éste, derrocó al primero y para asegurarse que el rey legítimo no pudiera tener descendencia nombró a su hija Rea Silvia sacerdotisa de la diosa Vesta, para que así permaneciera virgen.
A pesar de esto, Marte (el dios de la guerra) se encaprichó de la joven y engendró en ella a los gemelos Rómulo y Remo;  debido al gran peligro que corrían (si Apulio conocía la existencia de los niños) fueron arrojados al Tíber en una cesta que encalló en la zona de las siete colinas.

La loba Capitolina. Siglo V a.C.  Museos Capitolinos, Roma 2018. Foto propiedd de Francisco Javier Díaz Benito

Allí estuvieron a punto de perecer hasta que una loba (que la tradición llamaría Luperca) los recogió y los amamantó. Finalmente, el pastor Amulio los rescató y los llevó con su mujer donde fueron criados. Hay quien dice que Luperca no era más que una prostituta, pues desde la antigüedad estas mujeres eran llamadas lobas. De ahí la procedencia de la palabra lupanar (en latín loba se traduce como lupa).
Sea como fuera, los gemelos cuando se convirtieron en adultos, descubrieron su origen real y lucharon para devolver a su abuelo Numitor al trono. Posteriormente decidieron fundar una ciudad en el lugar donde fueron amamantados por la loba.
Como los hermanos empezaron a discutir sobre el lugar donde debían fundarla,  decidieron consultar el vuelo de las aves a la manera etrusca. Remo divisó 6 buitres volando sobre el Aventino mientras que Rómulo avistó 12 de las mismas aves sobrevolando el Palatino. La balanza cayó del lado de Rómulo, quien con un arado durante una ceremonia sagrada, trazó el perímetro de su nueva ciudad. Remo, que no aceptaba la victoria de Rómulo, burlándose de él, deshizo a patadas el surco dibujado por su hermano, en una clara afrenta, por lo que Rómulo, enfurecido, lo mató con su azada. “Así muera en adelante cualquier otro que franquee mis murallas” (Tito Livio. Ab Urbe Condita, I, 3,2). De este modo, Roma fue consagrada con la sangre de Marte y Remo.


Han pasado 2771 año, desde ese día que los historiadores clásicos Varrón y Ático (que vivieron en el siglo I a.C) concretaron sobre el día 11 antes de las calendas de mayo (o sea el 21 de abril actual) del año 753 a.C.
Independientemente de la veracidad de la leyenda, que cada niño romano conocía desde la cuna (de hecho hasta que fue quemada por el incendio de Roma del 64 d.C. se conservaba el Ficus Ruminalis, la higuera sagrada donde los romanos creían que había encallado la cesta con los gemelos), los vestigios arqueológicos desvelan asentamientos humanos a mediados del siglo VIII a.C. en la ladera de la colina palatina y la existencia del surco de una muralla. Se trataba de familias campesinas que vivían en chozas de barro. Eligieron el lugar a pesar de ser insalubre ya que estaba al resguardo de piratas y saqueadores, además de gozar de una posición estratégica: en el centro de la península itálica y del Mediterráneo.
Desde estos humildes orígenes los romanos fueron progresando sin cesar: dos siglos después ya se habían impuesto a las otras ciudades de su entorno, doscientos años más y eran dueños de Italia; así hasta conseguir el más poderoso Imperio de la historia que trazó el perfil de nuestro continente y del mundo occidental hasta nuestros días.
Y de ahí….a la eternidad. La ciudad antigua que mejor ha envejecido, la más mítica, la que ha sido cantada, pintada, admirada más que ninguna otra, la que siempre ha sido considerada favorita de los dioses. Un año más, su leyenda continúa: Aeterna Roma.


“A la urbe que llaman Roma, idiota de mí, la había imaginado, semejante a la nuestra […]. Pero tanto ha destacado ésta entre las demás ciudades, como los cipreses acostumbran a despuntar entre los flexibles juncos”. (Virgilio. Bucólicas).
“Sol divino que con fulgente carro descubres y escondes el día, siempre igual y diferente naces…nada más hermoso que Roma podrás contemplar” (Horacio. Carmen Saeculare)
A cada paso un palacio, una ruina, un jardín, un desierto, una casita, un establo, una columnata…y todo tan cerca que se podía dibujar en una hoja pequeña de papel” (Goethe. Viaje por Italia).
“Reina de las ciudades y Señora del mundo”. (Miguel de Cervantes. Novelas Ejemplares).
“¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu hermosura, huyo lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura” (Francisco Quevedo. A Roma sepultada en sus ruinas).
“Cuando Miguel Ángel, ya muy viejo, trabajaba en San Pedro, lo hallaron un día de invierno, después de caer una gran nevada, errando por entre las ruinas del Coliseo. Iba a elevar su alma al tono necesario para sentir las bellezas y los defectos de su propio dibujo de la cúpula de San Pedro. Tal es el poder de la belleza sublime” (Stendhal. Paseos por Roma)
“Fundando en lo caduco eterna gloria, tu cadáver a polvo reducido padrón será inmortal de tu victoria. Porque siendo tú sola lo que has sido, ni gastar puede el tiempo tu memoria, ni tu ruina caber en el olvido” (Gabriel Álvarez de Toledo. A Roma destruida).