domingo, 25 de marzo de 2018

Aliter dulcia o el origen de la torrija

Como hoy comienza la Semana Santa quiero dedicar esta breve reseña al origen romano del dulce más típico de la Cuaresma: la torrija.
La primera referencia de un producto de elaboración parecida la realizó el gastrónomo Apicio, que vivió en época Tiberio. Marco Gavio Apicio es un extravagante personaje que dedicó su vida y su fortuna a la organización de impresionantes banquetes en los que se deleitaba en asombrar a sus invitados con nuevos y exóticos sabores. A él se debe, el libro de cocina más antiguo conservado: De Re Coquinaria.


En éste incluye la receta de un dulce que él denomina Aliter dulcia, que consistía en pan bañado en leche, cocido y cubierto de miel. Apicio indica que se debe “poner en leche la miga de pan de mosto (el de África es el de mejor calidad). Cuando haya absorbido bien la leche, ponerlo en el horno sólo un momento, para evitar que se seque. Sacar y untarlo con miel mientras está caliente, pichándolo para que la absorba. Espolvorear pimienta y servir” (De Re Coquinaria, Libro VII, XI).
En España, la torrija aparece ya documentada en el siglo XV. Comenzó a prepararse para insuflar energía a las parturientas tras dar a luz.
Con posterioridad se asoció a la Cuaresma, aunque no se sabe el motivo con exactitud; quizás porque en el tiempo que no se podía comer carne era una forma de no desperdiciar el pan sobrante, que también se consumía en menor cantidad o, al ser un producto de gran aporte calórico, se utilizaba para compensar los períodos de abstinencia.
No sólo se elaboran en España sino que muchos países tienen su propia versión, como es el caso de Francia (pain perdu), Gran Bretaña (knights of Windsor)o Alemania (Arme ritter), entre otros.

domingo, 18 de marzo de 2018

Restableciendo el orden: comienza el Principado de Claudio


      
Claudio. Siglo I d.C, Roma. Museos Capitolinos


          Las primeras medidas que tomó Claudio tras ser investido como emperador del mundo romano estuvieron encaminadas a poner orden en el caos provocado tras el asesinato de su sobrino. Casio Querea fue ajusticiado y ejecutado, pues no sólo había matado a un emperador sino a su mujer y a su hijita, que no habían cometido más crímenes que ser su familia. Otro de los máximos implicados, Cornelio Sabino se suicidó ante el desprecio que les mostró la sociedad a la que habían pretendido salvar. Una vez más, tal y como ocurrió con el asesinato de César, Roma dio la espalda a los asesinos.
              Las represalias de Claudio no fueron más allá, ni siquiera contra los senadores que habían manifestado abiertamente no desearlo como emperador. Se mostró clemente, algo que los magistrados agradecieron, aún sobrecogidos por el trato que les dispensaba Calígula. El hecho de que Claudio hubiera sido el principal objeto de burla de su sobrino le sirvió para mostrarse muy cauteloso en el trato a los demás, poniendo toda su atención en no ofender a nadie.
              Así y todo no gozaba de ninguna popularidad, ni en el Senado ni entre el pueblo de Roma. Por ello, no disminuyó su temor a ser asesinado, por lo que siempre iba rodeado de guardias, incluso en el Senado o a la hora de comer. Nadie se podía acercar a él sin haber sido sometido a un intenso cacheo.

Moneda con el perfil de Claudio

              Eso sí, contaba con el apoyo de los dos prefectos del pretorio de Calígula, que habían salido indemne de la conspiración de enero (aunque cuando tuvo una posición más sólida los sustituyó por otros), y el del poderoso liberto imperial Cayo Julio Calixto (en la sombra máximo sospechoso de haber instigador el asesinato de Calígula). Flavio Josefo justifica esta teoría recogiendo en su obra que Calixto “había llegado a la cima del poder, igual al del tirano, gracias al miedo que inspiraba a todos y a la gran fortuna que había acumulado. Se apoderaba de todo lo que podía y era insolente con todos usando su poder con injusticia. Sabía que Cayo era implacable y tan terco que nunca desistía de lo que había decidido; por esto y por muchas otras cosas se sentía en peligro, especialmente por su gran fortuna. Por eso servía a Claudio, habiéndose pasado secretamente a su lado, pensando que éste obtendría el Imperio si Cayo desaparecía y que él encontraría, en un poder similar al que ocupaba, un pretexto para obtener favores y honores, si tomaba la precaución de conquistar la gratitud de Claudio y la reputación de que le había sido fiel. Incluso había llegado su audacia a decir que había recibido del emperador la orden de envenenar a Claudio, y había diferido su ejecución con mil pretextos” (Antigüedades Judías, Libro XIX, 10).
Calixto era un funcionario, no un soldado, pero manejaba todo los hilos ocultos del poder en el palacio imperial. Su trabajo incluía cuidar el patrimonio del emperador y administrar las finanzas de todo el mundo romano: los impuestos, el pago a las legiones, etc. El liberto conocía las cifras exactas de las cuentas públicas, sabía dónde se escondía la reserva de monedas y disfrutaba de privilegios nada inferiores a los de los senadores. Decían que tenía tanto poder que se comportaba como un déspota. Contar con su apoyo fue fundamental para Claudio.
Sin embargo, el nuevo emperador dando una muestra más de inteligencia, para que Calixto no acaparara tanto poder, buscó otros libertos de similar talento que lo contrarrestaran; éstos se convertirían en piezas claves de las intrigas palaciegas y del devenir de la dinastía Julio-Claudia en los años venideros: Narciso (antiguo esclavo del propio Claudio, sumamente habilidoso para resolver problemas) y Palas (que combinaba su gran capacidad organizativa con una lealtad férrea hacia la familia Claudia).


Agripina la Menor. Siglo I d.C, Milán. Museo Arqueológico

         En el ámbito de su propia casa, Claudio encaminó sus acciones a restaurar la armonía familiar. De ahí que una de sus primeras medidas fuera hacer regresar a sus sobrinas Agripina y Livila del exilio a las que había relegado su hermano Calígula.

domingo, 11 de marzo de 2018

Claudio, el emperador inesperado

La muerte de Calígula, a pesar de las características del personaje, produjo un caos y un vacío de poder en los días sucesivos a su asesinato. Por un lado, los soldados germanos sedientos de sangre buscaron palmo a palmo por la ciudad con la intención de acabar con los asesinos, matando a gente inocente al confundirlos con los tiranicidas. Éstos por su parte, escondidos debatían sobre la mejor manera de restaurar la República pues no estaban dispuestos a aceptar un nuevo tirano.

Senadores romanos. Siglo III d.C, Roma. Museos Vaticano
Fuente: De Sailko - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, 

Mientras el Senado se reunía para decidir sobre el futuro, no en la Curia Julia, sino en el templo de Júpiter Capitolino, con la intención de envolver de un hondo sentimiento simbólico la cita. Esa noche los dos cónsules fueron quienes ordenaron a los guardias mantener el orden. La euforia por parte de los senadores se resume en estas palabra que pone Flavio Josefo en boca de uno de los cónsules “para los que han crecido educados en la virtud, basta vivir una sola hora en un país libre, sin responder a nadie más que a uno mismo, gobernados por las leyes que nos han hecho grandes” (Antigüedades Judías, 19, 2, 2).
Sin embargo, los pretorianos tenían otros planes. A sabiendas de que nada podían ganar ellos con la vuelta de la República, no tardaron en movilizarse para buscar un sucesor que tuviera la sangre de Augusto. La tarea no era fácil pues el único descendiente del emperador, su sobrino Lucio Domicio (futuro emperador Nerón) era aún un niño. Sólo quedaba con vida un  varón, sobrino nieto del divino Augusto, considerado tan insignificante por su gloriosa familia que ni Sejano, ni su hermana Livila, ni su tío Tiberio ni su sobrino Calígula se tomó la molestia de asesinar. Por tanto, no podía haber otro candidato posible que el considerado el tonto de la corte, el tío Claudio.

Claudio es proclamado emperador. 
Detalle del cuadro Un emperador romano. Lawrence Alma Tadema. 1872
Fuente: De Lawrence Alma-Tadema - Art Renewal Center – description, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2255808

[Claudio] mantenido aparte con los demás por los que preparaban la emboscada contra Cayo y alejaban a la gente con el pretexto de que deseaba estar solo, se había retirado a una cámara que recibe el nombre de Hermeo; poco después, aterrado por la noticia del asesinato, se deslizo hasta una terraza contigua y se escondió entre las cortinas que cubrían la puertas. Un soldado raso que pasaba casualmente por allí vio sus pies y sintió curiosidad de saber quién era; al punto le reconoció, le sacó de su escondite y, mientras Claudio caía a sus plantas lleno de terror, le saludo como emperador. Luego le llevó ante sus otros compañeros, que estaban indecisos y que por el momento no hacían más que vociferar. Éstos lo colocaron en una litera y, como sus esclavos habían huido, por turnos lo llevaron sobre sus hombros hasta el campamento; iba afligido y tembloroso, mientras la multitud que encontraba a su paso le compadecía como a un inocente al que arrastraran al suplicio. Recibido dentro de la empalizada, pasó la noche entre centinelas, con muchas menos esperanzas que seguridad” (Suetonio. Vida del divino Claudio. 10, 1,2).


 Porta Praetoria. Restos de la Castra Praetoria. Siglo I d.C. Roma
Fuente: De No machine-readable author provided. Joris assumed (based on copyright claims). - No machine-readable source provided. Own work assumed (based on copyright claims)., Dominio público, 


         En el Senado ya había corrido la voz de la intención de los pretorianos, por lo que las cohortes urbanas habían ocupado el Foro y el Capitolio para defender la libertad apenas obtenida. Cuando llevaron a Claudio ante los senadores aquel respondió “que se hallaba retenido por la fuerza y la necesidad. Pero al día siguiente, en vista de que el Senado se mostraba más remiso en ejecutar sus propósitos a causa del enojoso desacuerdo a que llevaba la diversidad de pareceres, y de que ya la multitud que rodeaba la curia reclamaba un solo dirigente pronunciando su nombre, permitió que los soldados en armas, reunidos en asamblea, le prestaran juramento, y prometió a cada uno 15.000 sestercios, siendo así el primer César que recurrió al dinero para asegurarse la lealtad de los soldados” (Suetonio. Vida del divino Claudio. 10, 3,4).
El Senado no tuvo más remedio que aceptar a Claudio ante la insistencia del pueblo y los pretorianos. Incluso varios senadores se propusieron ellos mismos como candidatos recalcando la incompetencia de Claudio para desempeñar tal ardua tarea. Sin embargo, no podían competir con el linaje de Claudio: sobrino nieto de Augusto y hermano de Germánico. No obstante, al no haber sido adoptado por nadie de la gens julia, los senadores le concedieron el título de César. De esa forma, el nombre del genial general quedaría asociado para siempre como el título de los gobernantes del Imperio romano, y de muchos líderes del futuro.
Así, la última persona en la que nadie hubiera pensado, el hombre al que todos despreciaban, sobre todo dentro de su propia familia,  se convirtió en el cuarto emperador romano a la edad de 50 años, convertido en Tiberio Claudio César Augusto Germánico.


Claudio (Dereck Jacobi)  en el Senado rodeado de pretorianos. Fotograma de Yo, Claudio, 1976

“Y qué pensamientos o recuerdos pasaban por mi mente en esa extraordinaria ocasión?¿pensaba en la profecía de la sibila, en el augurio del lobezno, en el consejo de Polión, en el sueño de Briseis? ¿en mi abuelo y en mi libertad?¿en mis tres predecesores imperiales, Augusto, Tiberio, Calígula, en sus vidas y muertes?¿en el gran peligro que corría en manos de los conspiradores, del Senado y de los batallones de la guardia en el campamento?¿en Mesalina y nuestro hijo no nacido?¿en mi abuela Livia y la promesa que le había hecho de deificarla si alguna vez llegaba a ser emperador?¿en Póstumo y Germánico?¿en Agripina y Nerón?¿en Camila? No, nunca podrán adivinar lo que me pasaba por la mente. Pero seré franco y lo diré, aunque la confesión resulte vergonzosa. Pensaba: de modo que soy emperador, ¿eh? ¡Qué tontería! Pero por lo menos ahora podré hacer que la gente lea mis libros. Recitales públicos ante grandes multitudes. Y son buenos libros, he trabajado en ellos 35 años. No seré injusto […]. Eso era lo que pensaba. Y pensaba también en las oportunidades que tendría, como emperador, para consultar los archivos secretos y descubrir qué había ocurrido en tal ocasión y en tal otra. ¡Cuántas historias deformadas quedaban aún por corregir! ¡qué milagroso destino para un historiador!. (Robert Graves. Yo, Claudio, Cap. XXXIV).

domingo, 4 de marzo de 2018

Calígula en la literatura y el cine


Busto de Calígula. Siglo I d.C. Copenhage. New Carlsberg Glyptotek. 
Fotografía de Bill Storage, Laura Maish, John Pollini y Nick Stravrinides

Calígula ha aparecido frecuentemente en la literatura, el cine o la televisión ya sea como protagonista o como secundario. Su aparente locura y sadismo han despertado la curiosidad de generación tras generación. Aunque es muy triste, un personaje así, ha sido siempre mucho más mediático que Augusto.
Las fuentes antiguas, como he subrayado en múltiples ocasiones, son poco fiables pues de aquellas contemporáneas al emperador sólo se han conservado algunos detalles de Filón de Alejandría y de Séneca, éste último muy crítico al ser enemigo declarado de Calígula. Quienes proporcionan más datos sobre su Principado, en época posterior, son Suetonio y Dión Casio, a los que hay que analizar con reservas, pues ambos son miembros de clases privilegiadas que perdieron muchos derechos durante los años que Calígula estuvo al mando. También hablan del tercer emperador romano Plinio el joven y Flavio Josefo pero ninguno aporta una visión favorable.


"Confessio amantis". 1300
Fuente: By Bernard Quaritch. - https://archive.org/details/palographynote00quarrich, Public Domain, 

En siglos posteriores, ya en 1300, John Gower escribió “Confessio amantis” que presenta a Calígula como arquetipo de despotismo, crueldad  y lujuria, recalcando su carácter incestuoso. En 1712, François de Salignag de la Mothe Fenelon, obispo y dramaturgo contrario  a Luis XIV, refleja en sus “Dialogues des morts un debate en el otro mundo entre Calígula y su sobrino Nerón sobre cuál de ellos cometió más atrocidades. En 1930 Hans Sachs publicó una biografía psicológica, “Bubi Caligula” y en 1934, Robert Graves publica su obra “Yo, Claudio”, en la que el hijo de Germánico es un secundario de lujo. Esta obra recoge todas las excentricidades recalcadas por Suetonio, Dión Casio y Tácito.
En muchas otras publicaciones que ambientan los primeros años del cristianismo se resalta el contrapunto entre almas puras como San Pedro o San Pablo y almas corruptas como Calígula o Nerón. Ejemplo de esto son “El reino de los réprobos” (1985), que también conoció una serie televisiva,  Los últimos días de Pilatos” (1938),  o Le procurateur de Judée (1892), de Anatole France.



De mediados del siglo XX son “El caballo” de Gyula Hay, de 1964, que se centra en el nombramiento del caballo Incitato como cónsul satirizando sobre el servilismo con el que fue aceptado un hecho de esta índole, y “Aquellos nosotros” de Reinder Blijstra (1965) que refleja un diálogo entre Calígula y su hermana Drusila.
Respecto al teatro destacan el “Calígula” de Alejandro Dumas sénior de 1837 y el de Albert Camus de 1944. La segunda, une a sus valores teatrales intrínsecos el llevar a sus últimas consecuencias las premisas del nihilismo, anticipando el enloquecido final de los regímenes de Hitler y Mussolini. Aún hoy se representa con asiduidad en muchos festivales de teatro clásico. También en la obra de Nat Cassidy, “The Reckoning of Kit and Little Boots”, el autor hace una comparativa entre la vida del isabelino Christopher Marlowe y la de Calígula: ambos murieron asesinados y ambos tenían una peculiar visión de la religión. La obra también se centra en la relación del emperador con Drusila. Pepe Cibrián Campoy en 1983 llevo a escena el musical “Calígula” en 1983.


En cuanto a la literatura contemporánea existen múltiples biografías en todos los idiomas y novelas históricas. Entre las primeras destaca la de Daniel Nony, la de José Antonio  Rodríguez Valcárcel de 2010 o “El autócrata inmaduro” de José Manuel Roldan de 2012. Como novelas históricas hay que resaltar “Calígula, el dios cruel” obra de Siegfried Obermeier de 1998 o la de Paul Jean Franceschini y Pierre Lunel de 2002. Muy interesante también es el estudio de Regis Martín, “Los doce Césares” de 1998.
En el cine Calígula ha aparecido en muchas películas aunque normalmente representando a un personaje secundario, como en “La túnica sagrada” de 1953 interpretado por Jay Robinson y, en su continuación, “Demetrio y los gladiadores” de 1954. Un par películas tienen a Calígula como personaje principal: la de 1979 protagonizada por Malcolm McDowellen de gran contenido erótico y pornográfico, hasta tal punto que su emisión fue prohibida en muchos países y, otra de 1996, en la que Szabolcs Hajdu da vida al lunático emperador.

Malcolm McDowellen como Calígula. 1979

En televisión, John Hurt interpretó a Calígula en la más famosa serie sobre la familia imperial, “Yo, Claudio” de 1976. En la miniserie “Anno Domini” de 1986, Calígula también tiene un papel relevante. En esta ocasión John MvEnery se mete en su piel. Encarnado por John Simm, también aparece Calígula en la miniserie “Imperium: Nerone” de 2004.

John Hurt. Calígula en la serie Yo, Claudio. 1976

Para finalizar personajes de cine o televisión están profundamente inspirados en la figura de Calígula como es el caso de Cómodo (Joaquin Phoenix) en la película “Gladiator” (2000), el emperador Cartagia en la serie “Babylon 5” interpretado por Wortham Krimmer o el rey Joffrey Baratheon de la celebérrima “Juego de Tronos”, a quien da vida Jack Gleeson. En este último caso es asombroso el parecido, no sólo psicológico sino también físico, del personaje con el emperador romano.

Busto de Calígula. Siglo I d.C. Copenhage. Carsberg Glytokep Museum
Joffrey Baratheon (Jack Gleeson) en una escena de Juego de Tronos

domingo, 25 de febrero de 2018

Conclusiones del Principado de Calígula

Nadie duda de que el Principado de Calígula fue un cúmulo de disparates: vació el erario para llevar a la práctica exuberantes proyectos, se enemistó con todos los estratos de la sociedad e intentó implantar un modelo de autocracia oriental que jamás podría cuajar en un pueblo como el romano. Lo único bueno que tuvo su etapa es que se demostró la solidez del sistema creado por Augusto ya que las estructuras básicas de la administración no sufrieron apenas modificaciones ni se resintió el régimen imperial.
Aunque las fuentes hayan exagerado la realidad, Calígula fue un suicida al pensar que el hecho de detentar todo el poder le permitiría cambiar en pocos años la mentalidad de un pueblo tan tradicional como el romano.

Procesión de senadores en el Ara Pacis Augustae. Roma, 13-9 a.C.

A la nobleza y al orden senatorial los marginó y humilló mandando a ejecutar a muchos de sus miembros. Por su parte, con la plebe la relación de Calígula también fue irregular. Al principio se granjeó su devoción incondicional con espectáculos frecuentes, varias reducciones de impuestos (como la reducción a la mitad el impuesto general sobre la venta de productos que se aplicaba a toda Italia, para posteriormente abolirlo en el año 38), anulación de la reserva de asientos en los espectáculos, reapertura de los collegia (organizaciones de las estratos más bajos de la sociedad que permitía a sus integrantes disfrutar de algunos beneficios, pero que eran de difícil control por lo que acabaron siendo  prohibidos) e incluso, recibía en persona, tal como hacía Augusto, los regalos que las clases humildes ofrecían al emperador con ocasión del Año Nuevo. Al mismo tiempo,  intentó restituir a la plebe su papel político, aunque fuera de forma simbólica, para elegir a los magistrados. Sin embargo, Calígula fracasó en esto último debido a la desidia de las clases bajas a la hora de ejercitar su derecho. No obstante, a partir de su regreso del norte, se multiplicaron sus muestras de fastidio hacia el pueblo llano, que aún si llegar a la ruptura, enfriaron la relación entre ambas partes.
Lo que está claro es que Calígula era consciente de su poder y que no tuvo ningún reparo en ejercerlo, sin consideración alguna hacia los puntos de vista de sus súbditos. Es una nueva visión que difiere de la de Augusto o Tiberio, no por una mayor concentración de poder sino por la forma de ejecutarlo: al margen de todos.

Calígula. Siglo I d.C. París. Museo del Louvre

En cuanto a las finanzas, según Suetonio y Dión, Calígula dilapidó toda la fortuna amasada por Tiberio para costear sus exorbitantes caprichos en menos de un año; no obstante, los mismos también indican que Claudio, al iniciar su gobierno, repartió entre los pretorianos un donativo de 15.000 sestercios por cabeza y que no cesaron las acuñaciones de moneda, lo que no cuadra con que el Estado padeciera graves problemas financieros. Pese a ello, siempre existieron problemas a la hora de diferenciar la fortuna personal de los emperadores y el Erario Público. Hay que recalcar, a favor de Calígula, que al inicio de su Principado, quiso hacer públicas las cuentas del Imperio para mostrar la transparencia de su gestión. Llevó los balances ante el Senado dos veces, eso sí, antes del endurecimiento de su postura hacia esta institución.
De todos modos, sabemos que cuando la situación fiscal se hizo preocupante Calígula impuso nuevos impuestos aunque el miedo a perder popularidad impidió emprender una auténtica reforma fiscal.
Según  Suetonio “estableció un impuesto fijo sobre todos los comestibles que se vendían en Roma, exigió de los litigantes, donde quiera que se juzgase un pleito, la cuadragésima parte (2,5 %) de la cantidad en litigio, y estableció penas contra aquellos a quienes se comprobara que habían transigido o desistido de sus pretensiones; a los mozos de carga se les gravó con el octavo (12,5%) de su ganancia diaria, a las prostitutas con el precio de uno de sus servicios, añadiendo a este artículo de la ley que igual cantidad se exigiría de todos aquellos hombres y mujeres que vivían de la prostitución; hasta el matrimonio le señaló impuesto” (Vida de Calígula, 40).
Flavio Josefo por su parte recoge en su obra que al final de su vida se vio obligado a duplicarlos. Otra de sus medidas para ahorrar gastos fue que los  pretorianos se encargaran de la recaudación de impuestos, así no tenía que pagar a los publicani (tradicionales cobradores de impuestos).
La fluidez en las acuñaciones de monedas también es un hecho contrario a la grave crisis económica de la que hablan las fuentes. Desde tiempos de Augusto la política había estado encaminada a la creación de una moneda única. Él mismo se reservó en exclusiva el derecho de acuñar monedas en oro y plata dejando las emisiones en bronce al Senado que llevaban grabadas las letras SC (Senato Consulto, por decreto del Senado); sin embargo, permitió que siguieran abiertas las numerosas cecas dispersas por el territorio del Imperio. Tiberio y, sobre todo Calígula, fueron más restrictivos aún. De hecho, el hijo de Germánico cerró muchos de los talleres provinciales para centralizar la acuñación de monedas en Roma.
Al mismo tiempo, Calígula creó un valor nuevo, el quadrante (equivalente a la cuarta parte de un as). En las monedas de su Principado son muy habituales las representaciones de su rostro de perfil en el anverso, mientras que con frecuencia en el reverso aparecen su madre Agripina, sus hermanas, su padre Germánico o Augusto. Estas dos últimas tenían un gran carácter simbólico, pues la asociación con su padre le permitía mantener lazos con el ejército mientras que la vinculación con su bisabuelo le confería un carácter divino.

Denario con el rostro de Calígula en el anverso y el de Augusto en el reverso

Por su parte, en lo relativo a su inversión en obras públicas, tengo que reseñar que los grandes proyectos de Calígula fueron encaminados más a mejorar su condición de vida que a mejorar las del pueblo bajo su mando. Así, embelleció y reformó sus múltiples villas y residencias, comenzando por el Palacio Imperial, construyó su circo privado después llamado de Nerón o sus barcos de Nemi.
No obstante concluyó dos excelentes construcciones iniciadas bajo Tiberio: el templo del divino Augusto, dedicado por Calígula en el 37 y la restauración del Teatro de Pompeyo. Igualmente inició las obras del Aqua Claudia y la restauración de otros acueductos  de Roma. Igualmente, mejoró levemente tanto las comunicaciones por tierra y por mar como las instalaciones del Puerto de Reghium para favorecer el abastecimiento de grano, aunque según Flavio Josefo abandonó el proyecto a la mitad, y construyó también un gran faro en Boulogne que aún  era visible en el siglo XVI.

Acueducto Aqua Claudia. Siglo I d.C. Roma
Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Aqua_Claudia_16.jpg

En lo relativo a la impartición de justicia, Calígula como gobernante absoluto quiso agilizarla. El emperador solía asistir a las sesiones, aunque su presencia no era determinante en los veredictos. Cuando en el año 39 introdujo la ley de lesa majestad ordenó que se inscribiera en una tabla de bronce para que no se suscitaran dudas. Contrario a lo que afirman las fuentes no hay pruebas de que Calígula redujera el poder de los magistrados.
En las provincias su proyecto apenas tuvo incidencia aunque Calígula extendió el derecho de ciudadanía a los provinciales, otorgado en muchas ocasiones de manera colectiva, acogiendo con posterioridad a muchos de sus miembros en el orden ecuestre. Esta política buscaba la integración social de la población provincial, que después continuaría su sucesor Claudio y que culminaría en el año 212 cuando Caracalla la extendió a todos los habitantes del Imperio.

domingo, 18 de febrero de 2018

Puñales en el Palatino

“Hubo muchos prodigios que anunciaron su asesinato. En Olimpia, la estatua de Júpiter que había ordenado desmontar y trasladar a Roma, soltó de improviso una carcajada tan imponente que los andamios se vinieron abajo y los obreros huyeron a la desbandada; acto seguido apareció un individuo llamado Casio, que pretendía haber recibido en sueños la orden de inmolar un toro a Júpiter. El Capitolio de Capua fue alcanzado por un rayo el día de los idus de marzo, así como en Roma la habitación del intendente del Palacio. Hubo quienes opinaron que el segundo prodigio anunciaba al emperador un peligro proveniente de sus guardias y que el primero presagiaba un nuevo regicidio, como el que se había perpetrado otrora esa misma fecha. Asimismo, cuando consultó acerca de su horóscopo al astrólogo Sila, éste afirmó que su muerte estaba próxima con toda certeza. Las Fortunas de Anzio le advirtieron también que se guardara de Casio; por este motivo había dado orden de matar a Casio Longino, por entonces procónsul de Asia, sin recordar que Querea también se llamaba Casio”.
Suetonio. Vida de Calígula, 57, 1-3

Amanece sobre la colina Palatina. Parece un día normal, el sol brilla en el cielo a pesar del frio del invierno romano y los pájaros sobrevuelan el Foro; pero el bullicio creciente del pueblo que se encamina en masa hacia el teatro portátil de madera, levantado en el suelo más sagrado de Roma, señala que hoy no es un día cualquiera. Se celebran los juegos palatinos en honor del divino Augusto, algo que augura dinero y comida gratis para todos. Es el 24 de enero del año 41 de nuestra era.

Calígula. Siglo I de.C. Copenhage. New Carlsberg Glyptotek

El dueño del mundo, a escasos metros de allí, se ha despertado en su palacio de excelente humor, algo no muy habitual, pues las noches insomnes le pasan factura cada mañana; de sobra es conocido por todos que Calígula no duerme apenas. Vestido con una amplia túnica de vivos colores al más puro estilo oriental con su sien coronada de áureo laurel se dispone a salir hacia el teatro. A la puerta de sus aposentos le espera su guardia germana, formada por aguerridos guerreros que lo escoltaran hasta su lugar en el palco imperial. En la puerta del corredor que comunica el palacio con el teatro, el tribuno Casio Querea le sale al encuentro para requerirle el santo y seña del día. Calígula, dirigiéndose a él en su tono de burla habitual, le indica “dame un besito”. El veterano pretoriano se cuadra y repite la contraseña con semblante serio que no desvela ninguna emoción. El emperador se acerca a él y, con gestos obscenos, frunce los labios acercando su boca a la del soldado para un instante después alejarse entre sonoras carcajadas flanqueado por los germanos. El día no podía haber comenzado mejor.

Guardia pretoriana. Relieves del arco de Claudio. Siglo I d.C. París. Museo del Louvre

Sin embargo algo no va bien, pues al sacrificar un flamenco en honor de Augusto, la sangre del animal ha salpicado la túnica de Calígula. No es un buen presagio. Pero el emperador no ha prestado demasiada atención al escabroso detalle.
Cuando hace su entrada en el teatro la muchedumbre lo aclama. Y su regocijo aumenta al ver a los espectadores luchar entre ellos por hacerse con algunos de los regalos lanzados a la grada.
En el palco se rodea de sus más fieles colaboradores. Calígula aplaude pletórico la actuación de Mnéster su actor preferido, al que invita a acercarse para, a continuación, besarlo sonoramente ante el estupor de las masas. Aunque es algo habitual en él, el pueblo no se resigna a un emperador de actitudes tan poco romanas.


Mascaras teatrales de Villa Adriana. Siglo II d.C. Roma, Museos Capitolinos

El sol se acerca a su punto más alto. Es cerca de la una de la tarde. Viniciano insta a Calígula a salir a comer algo, pero el emperador tiene aún el estómago pesado de la copiosa cena de la noche anterior por lo que declina el ofrecimiento. Al poco, el senador se levanta y se disculpa ante él con la excusa de ir a las letrinas. Se aleja por el pasadizo oscuro que había traído a Calígula hacia allí, y de la oscuridad emergen otros hombres que le exigen que atraiga al emperador como sea. Entre las sombras se dibuja la figura imponente de Casio Querea que amenaza con matar al emperador en el mismo palco. Entre los otros conspiradores lo serenan, a sabiendas que cualquier error puede acabar en un baño de sangre que les costaría la vida a todos.
Viniciano vuelve junto a Caligula. Mientras se encamina hacia él acompañado de varios pretorianos ha pensado un plan para convencerlo a abandonar su sitio. Le dice que ha llegado la compañía de actores niños, descendientes de las más nobles familias de Asia, y que están ansiosos por saludarle. El César se levanta entusiasmado y sigue al senador nuevamente por el pasadizo escoltado sólo por los pretorianos. Lo acompañan su tío Claudio y algunos senadores. La comitiva se desvía hacia la puerta del palacio seguida por la guardia germana. Calígula, no obstante, continúa caminando solo por el lóbrego pasadizo bajo la escolta de los pretorianos con la intención de saludar a los niños. Los soldados han dispersado a la multitud devota que seguía a Calígula y que podrían servirle de escudo.


La muerte de Calígula


El silencio y la oscuridad, sólo rota por la tenue luz que entra por las pequeñas ventanas, lo envuelve todo. Se oyen pisadas militares procedentes del otro extremo del corredor. Otro grupo de pretorianos encabezados por Casio Querea sale al encuentro del emperador. Calígula sonríe mientras comenta con sorna y en voz alta que hacia él avanza Venus uniformada, en un nuevo ataque al tribuno. Cuando ambos hombres están frente a frente rodeados de pretorianos, Calígula vuelve a preguntar a Querea el santo y seña del día. El soldado lo mira con fiereza, al mismo tiempo que saca una afilada daga de su cinto, mientras le espeta cerca del rostro que el santo y seña del día ha cambiado, y que no puede ser otro que ¡libertad!. Ante el estupor de Calígula, Querea le clava la daga entre el brazo y el cuello en una herida no mortal cercana a la clavícula. El emperador, gimiendo de dolor, trata de huir pero otra puñalada asestada por Cornelio Sabino le hace caer de rodillas. Y en ese preciso momento la mayoría de conjurados, como lobos enfebrecidos, clavan una y otra vez sus espadas en el cuerpo del príncipe que con los ojos elevados a lo alto implora la protección de Júpiter. Se piensa que fue Aquila o quizás el mismo Querea quien le asestó el golpe de gracia. Y hay incluso quien dice que algunos de los conjurados se jactaron de haber bebido su sangre.
Al ver el cuerpo destrozado del emperador, los conjurados huyen a refugiarse irónicamente en la casa de Germánico, padre de Calígula. En cuanto los guardias germanos se han enterado del asesinato se lanzan en busca de los asesinos matando con gran furia a todas las personas que se interponen a su paso. Su rabia no se debe a la lealtad, sino al hecho de haber perdido al benefactor que los cubría de oro.
Poco a poco se va extendiendo un rumor por el teatro aunque las noticias son contradictorias. Ante la duda, creyendo que sea incluso una treta del propio Calígula, nadie se atreve a mostrar sus sentimientos ni a moverse de sus asientos. Cuando se confirma la muerte del César, la plebe que en principio exige con violencia la muerte de los asesinos, pausadamente se dispersa y abandona el teatro. Incluso los germanos deponen las armas. Un silencio sepulcral inunda las calles de Roma.
En el Palacio imperial, uno de los conspiradores, Junio Lupo se mueve sigiloso para acabar con la vida de la emperatriz Cesonia y de su hija Drusila. La esposa de Calígula es degollada mientras que la niña, que acaba de cumplir dos años, es estrellada contra la pared.

El asesinato de Cesonia. 1624-1703. Lazzaro Baldi. Roma. Galeria Spada

En el oscuro pasadizo el cadáver del dueño del mundo yace abandonado convertido en un despojo. Sólo un hombre de rasgos orientales y porte regio se atreve a acercarse a él. Con mucha delicadeza y ayudado por un esclavo coloca el cuerpo del emperador en una litera y abrigado por la noche lo lleva en secreto hasta los jardines de Lamia en el Esquilino. Allí lo quema como puede y lo entierra a toda prisa bajo una capa de fino césped. El hombre en cuestión es Herodes Agripa, amigo íntimo y leal del emperador, que esos días se encontraba en Roma como su invitado. Pocas semanas después, al volver del exilio las hermanas de Calígula, Agripina y Livila rescataron sus restos y los incineraron debidamente. Probablemente sus cenizas fueron sepultadas en el Mausoleo de Augusto, aunque no hay certeza. Incluso en Nemi buscan hoy en día sus restos. Según un rumor popular sólo entonces el fantasma de Calígula dejó de atormentar a los guardias de los jardines de Lamia y cesaron los horripilantes ruidos que resonaban de noche en el escenario del crimen.


Moneda de Herodes Agripa
Fuente: De Classical Numismatic Group, Inc. 
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Así, acabó sus días el último hijo varón de Germánico, con sólo 28 años de edad, de manera tan violenta como había vivido. El príncipe más aclamado al llegar al trono que, con la atrocidad de sus actos, pasó a encabezar desde entonces cualquier lista de los peores gobernantes de la historia.


Criptopórtico de Nerón. Pasadizo donde asesinaron a Calígula. Roma. Palatino

“Cayo murió de este modo, después de haber gobernado a los romanos durante 4 años  y 4 meses. Fue un hombre que, incluso antes de obtener el imperio, tenía un carácter duro y sin sentimientos, entregado a los placeres, amigo de la delación. Se atemorizaba por todo, y por ésto, una vez en el poder, estaba dispuesto a matar. Cuando disfruto del imperio, se comportó feroz y locamente aun contra aquellos que de ninguna manera debía tratar indebidamente, matando y no respetando las leyes y buscando las riquezas para sí. Quiso ser más que los dioses y las leyes, y resultó perverso para el pueblo. Aquello que la ley consideraba vergonzoso y condenable, parecíale más honorable que la virtud. No tenía en cuenta a los amigos, aunque estuvieran ubicados en altos puestos. Se indignaba contra ellos, infligiéndoles castigos por la menor causa. Para él, eran enemigos todos los que eran respetados por su virtud: quería que se cumpliera lo que ordenaba su indómita y desenfrenada voluntad. […]. No se recuerda de él ninguna acción grande o digna de un rey que haya hecho en beneficio de sus contemporáneos o la posteridad, excepto los trabajos realizados en los alrededores de Regio y Sicilia para recibir a los navíos llenos de trigo que venían de Egipto, obra muy considerable y favorable a la navegación. Pero no la terminó: la dejó inconclusa por su negligencia. Se preocupó, en cambio de cosas inútiles, de modo que gastaba grandes cantidades en placeres. […]. De nada le sirvieron las cosas buenas que aprendió  en su instrucción para librarse de la maldad a la que se inclinaba. Resulta difícil moderarse y gobernarse para aquellos que no están obligados a dar cuenta de lo que hacen y que tienen expedito el camino para proceder arbitrariamente. Al principio era tenido en gran estima por haberse esforzado en emular a los mejores en saber y reputación; luego, el exceso de sus injusticias terminó por destruir el afecto que sus contemporáneos le tenían y alimento un odio secreto” (Flavio Josefo. Antigüedades Judías. Libro XIX, 2, 5).