domingo, 10 de junio de 2018

Conspiraciones en el aire

A pesar de su eficaz labor posterior, los inicios del principado de Claudio no fueron nada sencillos, con un Senado en contra que lo había aceptado como emperador a su disgusto y que veía que una legión de antiguos esclavos usurpaba su papel de consejero del primer hombre del Imperio.


Curia Julia, sene del Senado. Siglo IV. d.C, Foro Romano

Las luchas de poder no dejaron de sucederse entre senadores que consideraban a Claudio un idiota, indigno de regir el legado de Augusto. En este clima se sitúa la muerte de Apio Junio Silano un año después de la llegada de Claudio al poder. Según las fuentes antiguas Silano fue mandado traer desde Hispania por Mesalina, enamorada de él desde la infancia, para contraer matrimonio con su madre Domicia Lépida, y así tenerlo cerca. Como aquel rechazó a la emperatriz, ésta tramó toda una conjura para que Silano apareciera como culpable de querer acabar con la vida de Claudio. Otra hipótesis colocan al liberto Narciso como instigador de la muerte de Silano. Sean o no creíbles estas teorías, lo cierto es que Silano fue mandado ejecutar en dudosas circunstancias, lo que no mejoró las relaciones del emperador con un Senado que lo acusaba de dejarse manipular por mujeres y ex –esclavos.
Igualmente, fueron enviados al exilio Julia Livila (sobrina de Claudio) y el estoico Séneca, acusados de adulterio. Parece ser que el acercamiento de Livila (tras volver del exilio) a su tío había provocado los celos de Mesalina, que fue la que instigó a su marido contra la pareja. El filósofo fue enviado a Córcega y la joven a Pandataria donde murió al poco tiempo.


Escultura de Claudio. Siglo I d.C. Museos Vaticanos. Roma 2018

Todas estas situaciones habían dejado a Claudio nervioso e inseguro, pues a pesar de sus buenas intenciones, no lograba ser aceptado. Esto se puso nuevamente de manifiesto durante el año 42 cuando tuvo lugar otra conspiración, comandada por Anio Viniciano, quien contaba con el apoyo  del comandante de dos legiones de los Balcanes, Escriboniano. Sin embargo, no tuvo éxito pues los soldados se negaron  a unirse a la rebelión y su comandante se suicidó. Hubo una gran represión contra los sublevados.
Los senadores observaban estupefactos pues no entendían las promesas de clemencia de Claudio ni su anhelo de convertirse en un nuevo Augusto. El Senado no iba a olvidar tales purgas. No obstante, Claudio no perdió la confianza en sí mismo, consciente de que podía aportar prosperidad al Imperio y a sus habitantes, que eran quienes más le interesaban.

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