jueves, 27 de febrero de 2014

El Arco de Augusto

            En el Foro romano se levantaron dos arcos en honor del emperador Augusto: uno el Aziaco (en conmemoración de la victoria en la batalla de Accio contra Marco Antonio y Cleopatra) y otro el Pártico (para celebrar la recuperación de las insignias pérdidas por Craso ante los partos).
El Aziaco se erigió en el 29 a.C. entre el templo del Divino Julio y el Templo de Cástor y Pólux y el Pártico en el 19 a.C.


Reconstrucción del Foro romano. Destacado el Arco de Augusto

        Los especialistas no se ponen de acuerdo a cuál de ellos pertenecen los escasos restos que se conservan en el Foro ni si el Pártico sustituyó al Aziaco, pero sabemos cómo era gracias a las representaciones que han llegado hasta nuestros días en las monedas.

Restos del Arco de Augusto. Roma. 2013

Denario con el rostro de Augusto en una cara y su Arco en la otra


Otro denario con el rostro de Augusto en el anverso y su Arco en el reverso

            En primer lugar, es de reseñar que es el primer arco de tres vanos que se erigió en Roma, precursor de los Arcos de Septimio Severo y Constantino que aún lucen su esplendor en el Foro. El vano central, más alto y con cubierta curvilínea, estaba flanqueado por dos esculturas de la Victoria mientras que los dos laterales eran arquitrabados rematados con frontones triangulares. Coronaba el arco una cuadriga guiada por Augusto triunfal. En las paredes de los vanos laterales estaban grabados en placas los nombres de todos los cónsules (Fasti consolari), mientras en los pilares que sostenían los arquitrabes aparecían los nombres de todos los generales romanos que habían celebrado un triunfo (Fasti trionfali). Esta placas se han conservado en el Palazzo dei Conservatori y hoy forman parte de la arquitectura miguelangelesca del Capitolio.    


Reconstrucción del Arco de Augusto en el Foro romano
Detrás, el Templo de Cástor y Pólux donde se resaltan las tres columnas que quedan de él

Arco de Constantino. 312-315 d.C. Roma 2011

         En otros muchos lugares del imperio se dedicaron arcos en honor del primer emperador romano, como es el caso de Rímini, Aosta o Fano.

 Arco de Augusto. Rímini. 27 a.C
       
Arco de Augusto. 25 a.C. Aosta 2014

Arco de Augusto. Fano. 29 a.C

viernes, 21 de febrero de 2014

El hijo de un dios

      A finales de 45 a.C. el joven Octavio partió hacia Apolonia acompañado de su ya inseparable Marco Agripa, de otro amigo de la infancia, Quinto Salvidieno, y de un pintoresco personaje, Cayo Cilnio Mecenas.
      Apolonia era una ciudad griega que tenía una importante escuela de filosofía y retórica. Los jóvenes estarían allí bajo la tutela de Apolodoro de Pérgamo y dedicarían parte de su jornada al estudio de las lenguas griega y latina, entre otras disciplinas. El resto del tiempo lo emplearían en el entrenamiento con las legiones asentadas en Macedonia. A pesar de su delicada condición física, Octavio se empeñaba más allá de sus fuerzas en la práctica de estos ejercicios militares.


El joven Octavio

         No pasaron ni 4 meses de su estancia allí cuando un liberto de Atia, la madre de Octavio, se presentó ante el joven con una carta de ella en la que se le anunciaba que su tío abuelo había sido asesinado en el Senado y lo instaba a volver a casa lo antes posible, pues en torno a los seguidores del dictador cundía el el pánico y una gran inestabilidad.
        Las esperanzas de una gran carrera política y militar de la mano de César, se esfumaron en un segundo para Octavio, que debió sentir un gran dolor ante la pérdida de la persona que más había confiado en él.
        He hablado de los sentimientos de Julio César por su sobrino pero no de los que éste le profesaba. Tan cariñoso como se demostró a lo largo de su vida con los miembros de su familia y leal a sus afectos, el futuro Augusto debió haber sentido una gran adoración por la figura más cercana a un padre que había conocido y al que le debía todo: su linaje noble, su acercamiento a la alta política romana y una esmerada educación. El vil asesinato le inspiró un odio tan profundo hacia sus asesinos que lo incitó a una venganza obsesiva que no vio satisfecha hasta que pereció el último de ellos. Tan importante fue para él que inmortalizo ese sentimiento en una de las obras arquitectónicas más imponentes de su principado: el Foro de Augusto, cuyo Templo dedicó a Marte Vengador.

Reconstrucción del Foro de Augusto
Fuente: Roma Capitale

        Independientemente de que en muchas ocasiones posteriores utilizara la figura y la fascinación que César inspiraba para su propia propaganda y que no siguiera todos sus planes y proyectos políticos, para Octavio fue una pérdida profunda e irremplazable porque aún hubiera necesitado su protección y tutela durante tantos años. Además, ya nunca tendría la oportunidad de cumplir su sueño de luchar a su lado.
De este modo, cuando aún no había cumplido los 19 años se encontró desamparado, solo y desorientado ante una delicadísima situación política. No sólo su futuro pendía de un hilo sino también el de Roma y el de todas las provincias de ella dependientes. En una situación de absoluta vulnerabilidad se enfrentó al hecho de tener que tomar decisiones demasiado trascendentales para un adolescente.
Pero las tomó, aún cuando adoptar la primera de ellas le supuso decir adiós para siempre a la despreocupación de la juventud. En deliberación con sus tres íntimos amigos y rehusando la idea de Agripa (que ya entonces despuntaba en el ámbito militar) de hacerse con el mando de las legiones macedónicas los 4 jóvenes partieron hacia Italia de una manera discreta.
          Al desembarcar en Bríndisi, en el sur de Italia, recibió una nueva misiva de su madre que debió conmocionarlo profundamente pues le anunciaba que había sido abierto el testamento de Julio César y que no sólo lo nombraba como el heredero de las 3/4 partes de su patrimonio, sino lo que era más importante: lo adoptaba como hijo legándole su nombre, su clientela y el afecto de sus legiones. A pesar de las reticencias de su madre y padrastro que le instaban a renunciar a todo, Octavio aceptó los términos del testamento y, a partir de entonces, el muchacho de Velletri de dudosos orígenes pasó a convertirse en el hijo póstumo del hombre más poderoso del mundo, y en breve, por aclamación popular, dios insigne del Olimpo romano.
         Esa primavera romana fue muy inestable en cuanto a la meteorología. Temporales de lluvia y niebla asolaban la ciudad de las siete colinas desde los Idus de marzo. Cuentan las crónicas que el día que el heredero de César entró en Roma, el sol resplandecía, lo que fue considerado como un excelente augurio.

Agripa (Allen Leech), Octavio (Simon Woods) y Mecenas (Alex Wyndham).
Fotograma de la serie Roma

       Sin embargo, enseguida tuvo que enfrentarse a la animosidad del hombre en quien confiaba encontrar ayuda al haber sido durante años la mano derecha de su ahora padre adoptivo: el cónsul Marco Antonio, que no sólo había concedido una amnistía a los asesinos que lo convirtió en el Primer Hombre de Roma en aquellos días convulsos sino que se negó a validar el testamento de César, alegando ilegitimidad.
       Octavio, aunque tremendamente desilusionado, no se amilanó. Él era indudablemente el heredero que César había deseado en un testamento que validó en septiembre del 45 a.C., en una época en que su amante Cleopatra se encontraba en Roma con el hijo ilegítimo de ambos, el pequeño Ptolomeo César de casi 3 años, y que  pese a Hollywood y su filmografía, ni siquiera mencionó entre sus últimas voluntades. La designación de Octavio fue el último destello de genialidad de un César que supo ver en su joven sobrino la integridad y talento necesarios para el bienestar de Roma y su Imperio.

domingo, 16 de febrero de 2014

Perfil de un hombre sencillo

Un adolescente Augusto 
Fuente: Dibujo de Colleen McCullough 
Tal y como puede constatarse en los numerosos retratos que de él se han conservado y lo que cuentan las fuentes escritas, Augusto era un hombre de un gran atractivo físico, algo que conservó a lo largo de toda su vida.
De tez muy blanca, tenía una abundante cabellera rizada y rubia, que gustaba  peinar al modo romano: muy corta con flequillo desigual. Sus ojos de un azul grisáceo, destacaban en un rostro armonioso, en el que quizás sólo desentonaban un poco las orejas ligeramente despegadas. A él le gustaba creer en la fuerza de su mirada, pues muchos que lo miraban fijamente a los ojos se veían obligados a bajar la vista. Cuenta Suetonio que tenía una expresión tan serena que, un jefe galo al que había recibido en audiencia y que albergaba el propósito de empujarlo por un precipicio, desistió de ello al quedar cohibido ante su presencia.
Único retrato que ha conservado el color y la expresividad de sus preciosos ojos
Detalle del busto encontrado en Meroe (Nubia). 27-14 a.C. Londres. Museo Británico
Aunque era de pequeña estatura (el mismo Suetonio nos cuenta que medía 1,65 metros) y de complexión delicada, todo en él era tan proporcionado que sólo parecía bajo si alguien mucho más alto y fuerte se colocaba cerca. En algunas etapas de su vida intentó disimular su estatura usando calzado con alzas.
A los 23 años en uno de sus retratos más realistas. 40 a.C. Roma. Museos Capitolinos
Como la mayoría de las personas atractivas, apenas prestaba atención a su imagen. Vestía de manera muy sencilla, incluso podría decirse que anticuada, siempre ropa tejida por las mujeres de su familia. En invierno tenía que abrigarse mucho debido a su tendencia al enfriamiento y en verano no soportaba el calor ni el sol, por lo que no salía a la calle sin cubrirse con un sombrero de ala ancha.
Los bellos rasgos del Príncipe captados nuevamente por la genial Colleen McCullough
Fuente: Dibujos de Colleen McCullough 

A pesar de ser el hombre más rico de su tiempo, era de condición muy humilde, consciente de que él más que nadie debía dar ejemplo. Vivía en una modesta casa en el Palatino, más pequeña que la de cualquier noble romano. Aborrecía cualquier tipo de lujo o gusto por la ostentación.
Moderado como era en todos los ámbitos, comía frugalmente y casi siempre alimentos comunes y naturales. Apenas probaba el vino. Su único vicio reconocido era el juego. Le apasionaba jugar a los dados.
De naturaleza delicada, tuvo muy mala salud toda su vida. No se sabe mucho del origen de las múltiples enfermedades graves que lo aquejaron. Suetonio apunta que padeció cólicos nefríticos, fluxiones hepáticas, resfriados y enfermedades periódicas cada año. También de las fuentes se desprende que en situaciones límites los nervios agravaban su condición física. Sin embargo, a veces contra pronóstico, se sobrepuso a todas sus dolencias y consiguió vivir hasta los 76 años. No obstante, su precario estado físico unido a sus pocas actitudes para los ejercicios militares, propició  el abandonó de su práctica nada más acabar las guerras civiles. Prefería jugar a la pelota, pasear e incluso correr. Otros de sus hobbies eran la pesca y jugar con niños a las canicas.

 Rondando los 40 años
En cuanto a su carácter, su personalidad es compleja, camaleónica como él mismo. Para entenderla es imprescindible retrotraerse a su mundo, un mundo en el que sólo los fuertes de espíritu sobrevivían y en que el nadie era totalmente bueno ni malo. Por ese motivo no tuvo más remedio que ser cruel en muchas ocasiones hasta que consiguió asentar su posición. Era eso o acabar como pronosticó Cicerón en una de sus Cartas a sus amigos: “El chico debe ser elogiado, honrado y luego eliminado”. (Cicerón. Cartas, XI, 20,1).
Augusto a una edad más madura. S. I a.C. Museo del Louvre
De una gran inteligencia, era frío, calculador y falto de escrúpulos cuando la situación lo requería a la vez que rencoroso e inmisericorde ante la traición o el deshonor. Otras veces era tierno, dulce y compasivo. No dudó en demostrar su amor por su esposa Livia, por su hermana Octavia y demás miembros de su familia en múltiples ocasiones, en una época donde no estaba bien vista la demostración pública de afectos y mucho menos hacia las mujeres. Su carácter bondadoso le llevaba siempre a volcarse en la ayuda a sus súbditos más necesitados y a los más débiles y su gran paciencia queda patente por ejemplo en el hecho de que fue de los únicos en la familia imperial que mostró compasión por su sobrino nieto, el tullido e inquietante Claudio, que llegaría a ser emperador, al que aborrecía hasta su propia madre. En una de sus cartas a su esposa Livia (abuela del pequeño) que ha llegado hasta nosotros gracias a Suetonio, se expresaba en estos términos: “Durante tu ausencia, invitaré cada día a comer al joven Claudio, para que no lo haga solo con sus preceptores. Deseo que observe las maneras de alguien a quien pueda imitar. El pobrecillo no tiene suerte, pues cuando su mente  no se extravía, se deja ver claramente la nobleza de su espíritu”. (Suetonio. Vida de los Doce Césares. Libro V).
Asimismo es de destacar un carisma capaz de atar alguna lealtades incondicionales de por vida, como es el caso de Agripa y Mecenas, fieles a él hasta la muerte.
Trabajador incansable, de increíble eficacia y olfato político puso su vida y la de los suyos al servicio de la única pasión en la que no supo mostrar moderación: su amor desmedido por Roma. 
Augusto y Roma. Detalle de la Gemma Augustea. 9-12 a.C. Viena. Kunsthistorisches Museum

martes, 11 de febrero de 2014

Clausurada con éxito la Exposición Augusto

Entrada a Le Scuderie del Quirinale. Roma 2013
El pasado domingo 9 de febrero se clausuró en Roma la Exposición sobre Augusto. Alrededor de 160.000 personas han acudido durante estos casi cuatro meses a Le Scuderie del Quirinale para contemplar el espectacular legado de la Edad de Oro romana, que podrán seguir admirándose a partir del 19 de marzo en Les Galeries nacionales du Grand Palais de París.
La muestra ha sido sólo la primera de una serie de iniciativas que se llevarán a cabo durante el 2014 en Roma para conmemorar el bimilenario.  Esperemos que la más importante de todas sea el inicio de las labores de restauración del Mausoleo Augusteo (para lo que hay ya disponibles dos millones de euros) y que anhelamos no se demoren mucho pues el monumento está sufriendo considerablemente con los últimos temporales de lluvia y viento que están asolando la capital italiana este invierno. El resto de celebraciones en los próximos meses se ampliarán a otros puntos de la ciudad eterna.
Mausoleo de Augusto en Roma anegado a causa de las lluvias

Riada en el Mausoleo de Augusto
Pero no sólo es Roma, otras regiones de Italia y parte del extranjero también están llevando a cabo actos para conmemorar al hombre que consolidó el mayor Imperio que ha conocido la historia de la humanidad. Concretamente en España, las ciudades más vinculadas a su figura como Mérida, Tarragona o Zaragoza preparan del mismo modo su homenaje particular.
Dos mil años después de la muerte de Augusto, su memoria está más viva que nunca. 

domingo, 9 de febrero de 2014

El Templo del Divino Julio

Ofrenda floral ante la escultura de César en el Foro Julio
"Nacerá troyano César, de limpio origen, que el imperio ha de llevar hasta el Océano y su fama a los astros. Julio, con nombre que le viene del gran Julo. Lo acogerás en el cielo cuando llegue cargado con los despojos de Oriente; también él será invocado con votos". (Virgilio, La Eneida, Libro I, 286.).
Dos años después de su muerte, el 1 de enero del 42 a.C, Julio César fue oficialmente divinizado. Es el primer caso de divinización en el mundo romano, rito que deriva claramente de las costumbres de Oriente donde se ya se le consideraba un dios en vida del dictador.
Durante la celebración de los Juegos a Venus Genitrix y a la Victoria de César organizados en su honor por Augusto, apareció un cometa en el firmamento que estuvo brillando durante 7 días y que no desapareció hasta la finalización de los mismos. Dicho fenómeno natural (registrado en los libros de los astrónomos chinos) fue contemplado por una gran masa de gente que creyó sin discusión que era el alma de César que había sido llevada al cielo. Lo denominaron la stella crinita o Sidus Iulium y desde entonces adornó la frente de todas las esculturas del nuevo dios.
"Luce entre todas las glorias la estrella de Julio como brilla la luna entre las estrellas menores. ¡Padre y Guardián de la raza hunama, hijo de Saturno! Los hados te han dado el cuidado del gran César, que reina después de ti”Así lo cantaba Horacio en Las Odas (Libro I, Oda Primera, XII).
El propio Augusto en un fragmento de su autobiografía, citado por Plinio en su Historia Natural (II, 93), se expresa de este modo: "En los mismos días de mis juegos, se vio un cometa durante siete días. Era claramente visible en todos los países. La gente creyó que esa estrella significaba que el alma de César era recibida entre los dioses inmortales, por lo cual una estrella fue agregada a la cabeza de la estatua de César que hace poco consagré en el Foro"
En el 29 a.C., Augusto consagró en el lado sudeste del Foro romano sobre el lugar donde fue quemado el cuerpo de César, el templo del divino Julio que sustituyó a la columna y al altar que le había decretado el Senado.

Reconstrucción del templo del Divino Julio
El templo, probablemente corintio como casi todos los templos del Foro, era hexástilo. Lo distinguía una peculiaridad: en lugar de una escalera frontal de acceso,  presentaba dos escalinatas laterales, delimitadas por un muro que rodeaban el altar donde se había llevado a cabo la cremación.
Delante del pronaos tenía una tribuna para los oradores, la Rostra del divino Julio, que Augusto decoró con los mascarones de proa de las naves egipcias que había derrotado en Accio.
En el interior de la cella se colocó una estatua de César con la estrella sobre la frente, motivo que también se repetía en el frontón.
En la actualidad sólo se conservan algunos restos de la parte interior del podio y las ruinas del altar central, donde aún hoy se continúan realizando ofrendas al más grande general romano.
Restos del podio del Templo de César en el Foro. Roma 2013

Placa a la entrada del Altar del César. Roma 2011
"Colocaron los restos de César en el Foro, en la antigua Regia de los romanos.
Acumularon a su alrededor mesas, sillas y todo lo que de madera había por allí. 
Encendieron el fuego y todo el pueblo permaneció junto a él rezando durante la noche. En aquel 
lugar donde se erigió primeramente un altar ahora se alza el Templo de César, en el que es
venerado como un Dios". Apiano 

Ofrendas en el Ara de César. Roma 2011
La divinización de César fue crucial para la propaganda del entonces Octavio, que pasó a ser conocido como divus filius (hijo del dios).

Moneda con el perfil de Augusto y el Sidus Iulium en el reverso

miércoles, 5 de febrero de 2014

El sobrino nieto de César



 Augusto de Prima Porta. S. I d.C. Roma. Museos Vaticano
Julio César. S. II d.C. Roma. Museos Capitolinos.
Fuente: http://www.enigmasdelmundo.com/2011/05/julio-cesar-una-premonicion-fatal.html

El primer acto público del adolescente Octavio fue en el 51 a.C cuando con 12 años fue el encargado de leer el panegírico funerario en el entierro de su abuela Julia. A pesar de su corta edad, logró llamar la atención de todos, por su belleza, cuidada oratoria y saber estar.
No se sabe con certeza cuando empezaron los contactos con Julio Cesar, sin duda alguna la relación más importante de su vida, pues durante la infancia de Octavio el gran general estuvo ausente conquistando las Galias. Sí sabemos que el 18 de octubre del 48 a.C, el mismo día de la ceremonia en la que Octavio vistió la toga viril, dejando atrás su condición de niño, César en calidad de Pontifex Maximus ordenó nombrarlo pontífice de su Colegio sacerdotal.
También sabemos que desde que lo conoció, César, que no tenía descendientes, pues su única hija legítima, Julia, murió muy joven intentando dar a luz, se sintió fascinado por la inteligencia, perspicacia y seriedad del muchacho, prefiriéndolo claramente a los otros nietos de sus hermanas. Por eso, a su vuelta de Egipto en el 47 a.C,  lo  nombró patricio, lo que liberaba a Octavio de su dudoso origen.
Cuando César tuvo nuevamente que partir en dirección a África para combatir a los últimos reductos pompeyanos, Octavio, que ya tenía 16 años quiso acompañarlo, pero su madre Atia se lo prohibió alegando su juventud, y  como no gozaba de buena salud, prudente como era, el joven obedeció.
El afecto de César por su sobrino queda patente a su regreso victorioso cuando lo cubrió de honores: lo hizo desfilar a su lado en la celebración de sus Triunfos de sus victorias  militares y lo condecoró con insignias militares a pesar de no haber participado en las campañas, lo nombró Prefecto de la Ciudad, lo que permitió al  joven celebrar juicios, aunque de carácter simbólico en el Foro por primera vez, empezando a despertar la admiración de todos. Del mismo modo se hacía acompañar por él en numerosos actos públicos. Era tal el acercamiento entre ambos que la gente empezó a acudir a Octavio para obtener favores de César, a los que éste accedía la mayoría de las veces.

Cuando César partió una vez más en dirección Hispania detrás de los hijos de Pompeyo, Octavio tampoco pudo acompañarlo en esta ocasión al encontrarse de nuevo seriamente enfermo, algo que preocupó mucho al dictador. No obstante, en cuanto notó una cierta mejoría, aún convaleciente lo siguió en un viaje cargado de vicisitudes en el que sobrevivió incluso a un naufragio. Si bien cuando tío y sobrino se reunieron, la guerra hacía 7 meses que había terminado, César se sintió profundamente complacido de su arrojo y tesón al haber sabido vencer todos los obstáculos para alcanzar su objetivo.
Por eso, en el 45 a.C lo nombró jefe de la caballería y lo envío a Apolonia, con el fin de que se entrenara con el ejército acampado en dicha ciudad griega y al mismo tiempo completara su formación académica. En 4 meses se encontrarían de nuevo allí para iniciar la guerra contra los partos. Por primera vez, Octavio tendría la oportunidad de luchar a lado de César en una verdadera batalla.

Busto de un jovencísimo Octavio en su época de Apolonia. S. I a.C. Roma. Museos Vaticanos
Fuente: http://www.adevaherranz.es/Arte/UNIVERSAL/EDAD%20ANTIGUA/ROMA/ESCULTURA/Art%20Esc%20I

lunes, 3 de febrero de 2014

Fragmento del Ara Pacis Augustae

13-9 a.C. París. Museo del Louvre


Ara Pacis Augustae. Roma 2013
No me voy a extender sobre el maravilloso Altar de la Paz que el Senado decretó a Augusto en el 13 a.C a su vuelta de las campañas que supusieron la pacificación de Hispania y Galia porque hablaré de él ampliamente en la sesión Un paseo por la Roma de Augusto. Los relieves del Ara Pacis son la máxima expresión del relieve histórico romano. En sus frisos, sobre una decoración vegetal sin precedentes, se representa la procesión de la familia imperial y de los senadores, y su valor histórico y artístico es incalculable. Sin embargo, aquí comentaré un fragmento del mismo que se expone en el Departamento de Antigüedades griegas, etruscas y romanas del Museo del Louvre y que es una de las piezas expuestas en la Exposición del Quirinale.
Me emocionó particularmente la contemplación de este fragmento del friso septentrional que volvía por primera vez a Roma desde que saliera de allí en siglos anteriores. En el siglo XVI empezaron a redescubrirse los primeros restos del Ara Pacis. Al desconocerse su origen, las piezas fueron vendidas a museos de toda Italia y del extranjero. En 1895 las obras en un Palacio romano sacaron a la luz nuevos y espectaculares fragmentos que en 1093 Friedrich Von Duhn reconoció como los del Altar dedicado a la Pax Augusta del que hablaba el emperador en sus memorias. En 1937, coincidiendo con el bimilenario del nacimiento de Augusto se concluyeron las excavaciones. Mussolini obligó a la mayoría de los museos que albergaban fragmentos del mismo a devolverlos a Roma, inaugurando la reconstrucción del Altar el mismo día del cumpleaños del Príncipe. No consiguió recuperar los fragmentos de París y Viena.
Éste en concreto del Louvre es particularmente significativo porque en él se han identificado las dos mujeres más importantes de la vida de Augusto: su esposa Livia  y su hermana Octavia (portando en su mano izquierda una rama de laurel), ya fallecida en el 9 a.C., año en que se inauguró el Ara. Además de ellas, aparecen cinco personajes adultos y dos niños, la niña, es probablemente Julia Menor, nieta de Augusto.

Fragmento Ara Pacis del Museo del Louvre

       Siguiendo a la figura identificada como Octavia aparece una mujer anciana con la cabeza cubierta que se tapa la cara con el borde del manto. Es una alegoría de la muerte, que viste duelo por la hermana del Príncipe desaparecida 2 años antes.
Muy discutido ha sido el hecho de que Livia no aparezca representada junto a su esposo, inmortalizado en el friso meridional seguido muy de cerca por su yerno y amigo Agripa, su hija Julia y el hijo mayor de ambos Cayo César. Según apuntan puede deberse a que Livia no le había dado herederos, mientras que Julia era quien había asegurado la sucesión del Imperio a través de sus hijos.
Independientemente de su belleza y simbolismo, lo que me ha conmocionado es ver en un museo una pieza que debería estar ubicada en su lugar original. Al visitar el monumento esa misma tarde el hueco sin su presencia se hizo más intenso. Es muy triste para los que amamos el arte este tipo de circunstancias porque en este caso concreto no se trata de una escultura exenta o una pintura que puede exhibirse en cualquier lugar. Se trata de una pieza de un puzzle único que por las vicisitudes de los siglos se expone en un lugar descontextualizado y frio, en la que la mayoría de visitantes del Louvre, ansiosos en contemplar la sonrisa de la Gioconda, ni siquiera reparan. Es execrable la política de este museo y del Museo Británico de Londres, que a falta de riqueza arqueológica propia nutren sus colecciones del expolio del legado de las ciudades cuna de civilizaciones legendarias, la mayoría de las veces sacado de sus países de origen de una manera ilegal o aprovechando períodos bélicos o gobiernos totalitarios. El legado de la ciudad de Roma es de los romanos no existiendo mejor custodia para el mismo que la propia Roma. Espero que las autoridades italianas puedan algún día recuperar éste y los restantes fragmentos y que las generaciones venideras puedan contemplar el Ara Pacis en todo su esplendor tal y como lo vio Augusto.


Fragmento en su lugar de exposición en el Museo del Louvre

Friso septentrional del Ara Pacis

Reconstrucción del Friso septentrional del Ara Pacis con el fragmento del Louvre